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"La trituradora de salarios": Sánchez comparece para arrinconar a su izquierda
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"La trituradora de salarios": Sánchez comparece para arrinconar a su izquierda

En la semana en que las izquierdas comienzan a perfilar sus posiciones, el presidente tomó la palabra en unas jornadas sobre desigualdad para exhibir un tono combativo

Foto: Pedro Sánchez. (EFE/Kiko Huesca)
Pedro Sánchez. (EFE/Kiko Huesca)
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El reparto de posiciones en las izquierdas vive una semana de ajustes. Mientras llega el acto convocado por los partidos reunidos en Sumar convocado para el sábado por la mañana, cada actor de ese espectro ideológico ha movido sus fichas. Junqueras vino a Madrid a dejar claro, incluso con tono humorístico, que la opción Rufián no iría a lugar alguno. Un poco antes, Emilio Delgado y el portavoz parlamentario de ERC mantuvieron un diálogo en la madrileña sala Galileo con notable expectación. Ese mismo día y los siguientes, formaciones amigas y enemigas comparecieron en la red social ‘X’ a denostar lo allí expuesto. La sensación que dejaron fue que, al igual que en estos años, los encontronazos son más numerosos que los abrazos y que las discusiones metafísicas sobre las diferencias persistirán mientras les quede aliento.

Entre un acto y otro, Moncloa organizó unas jornadas sobre desigualdad, celebradas la mañana del viernes en el CSIC, en las que participaron varios economistas reconocidos internacionalmente. Se emitió un mensaje grabado de Joseph Stiglitz, Branko Milanovic apareció con un nuevo e interesante libro bajo el brazo (The Great Global Transformation) y Gabriel Zucman puso el acento en la vertiente impositiva como instrumento para combatir la desigualdad. Zucman es famoso por haber propuesto un gravamen mínimo global del 2% anual sobre el patrimonio neto de las personas que tengan más de 100 millones de euros. Es una idea que ha generado un vivo debate en los últimos meses en Francia. “No es un impuesto, es una red de seguridad”, afirmó en Madrid. La desigualdad es un asunto en el que la izquierda tiene algo que decir, y Sánchez quiso poner énfasis en él-

Es ya un lugar común resaltar la desigualdad es uno de los problemas más acuciantes de nuestra época, pero el contenido que se atribuye a esa certeza es ambiguo. Las formas de abordar el asunto son muy dispares. Hay quienes subrayan que en Occidente las diferencias entre los ricos y el resto de la sociedad han aumentado, pero pretenden centrarse únicamente en mitigar las situaciones de exclusión. Otros insisten en la necesidad de redistribuir a través de los impuestos. Otros prefieren medidas como la renta básica. Otros, como fue el caso ayer, la perciben como un asunto grave, pero ponen el acento en sus efectos sobre jóvenes, mujeres, e inmigrantes, con la vivienda como problema transversal.

El ”agujero negro del bienestar”

Ese fue, en esencia el discurso que pronunció el ministro de Economía, Carlos Cuerpo. Resaltó los logros en la macroeconomía de este gobierno y señaló que se había creado empleo de calidad, que se ha recuperado renta real disponible per cápita en los hogares y que el nivel de desigualdad en España es el mínimo desde hace 20 años. Reconoció que no es suficiente, ya que “la acumulación de crisis (pandemias, guerras, cambio climático) hace que estemos lejos de nuestro objetivo”. También influye la percepción de los consumidores, que continúan sintiendo que la inflación es alta a pesar de que ya ha disminuido y está en línea con lo marcado por el banco central. En definitiva, nada nuevo en el discurso del PSOE.

Es la hora del "rearme moral", porque las cifras de la desigualdad son "indignantes"

Al menos, hasta que llegó el presidente, que calificó a la desigualdad como “el mayor de los retos a los que nos enfrentamos y un riesgo para la democracia”. Es la hora del “rearme moral”, porque las cifras de la desigualdad son “indignantes”. En su discurso apareció, por primera vez de forma expresa, esa diferencia entre las cifras macro y las micro, entre la economía de los expertos y la de las familias. Desgranó, como Cuerpo, los logros de este gobierno en ese sentido, pero constató que no bastaba con ellos, ya que había familias que pasaban dificultades. Repitió una expresión tres ocasiones, “la trituradora de salarios”. También lo calificó como “agujero negro del bienestar”. Insistió en que medidas como la subida del salario mínimo profesional, el ingreso mínimo vital, las pensiones dignas o el transporte gratuito no eran suficientes para ayudar a los ciudadanos porque “los poderes privados hurtan su proyecto vital”. Se refirió a las primas del seguro que se disparan por un arañazo en el coche, a la subida de las hipotecas, pero no de la remuneración de las cuentas bancarias, y a los gastos cotidianos que afectan al nivel de vida de los españoles, ese conjunto de elementos que son “la gasolina del malestar”. Señaló a los “oligarcas de la desigualdad” y subrayó que deberían pagar más impuestos y que tendrían que pagar más a sus trabajadores. Y, por supuesto, insistió en las comunidades autónomas que no aplican las medidas sobre vivienda aprobadas por el gobierno y en las que el dinero se destina a rebajas de impuestos para los ricos en lugar de a mejorar la vida de la gente. Madrid salió a relucir en alguna ocasión.

Sánchez entró así en un tema cada vez más relevante. Los anglosajones lo llaman ‘asequibilidad’. Es la dificultad para que quienes dependen de los ingresos de sus trabajos puedan afrontar el coste de la vida. Desde que Zohran Mamdani ganó la alcaldía de Nueva York poniendo el acento en ese asunto, la política ha girado su mirada hacia él. Sánchez tenía que referirse a él en algún instante, ya que una de las críticas que con más frecuencia se realizan a su gobierno es que resulta demasiado triunfalista, porque las buenas cifras macro no tienen reflejo en la microeconomía. Ayer recogió el guante, y lo hizo con un discurso con palabras contundentes. Las medidas anunciadas lo fueron menos. Anunció el inicio del estudio ‘Generaciones del Futuro’, que realizarán conjuntamente el CSIC, el INE y la Oficina Nacional de Prospectiva, porque “para actuar primero hay que comprender las causas”, y señaló las tres líneas de acción fundamentales para reducir la desigualdad, “educación, empleo y fiscalidad”. Y, claro está, responsabilizó a las comunidades autónomas del PP del deterioro en los servicios públicos. Quiso transmitir la idea de que el gobierno ya ha tomado muchas medidas para conseguir que el nivel de vida se eleve, y que es la negativa de las comunidades autónomas, que privatizan los servicios públicos, la que pone palos en las ruedas.

La posición internacional de Sánchez

Esa divergencia entre las palabras y las soluciones puede entenderse desde la posición que Sánchez ocupa en la escena internacional. Cuenta con apoyos entre los demócratas estadounidenses, que le ven como un líder europeo afín. En la Conferencia de Seguridad de Múnich, se reunió con Gavin Newson, el gobernador de California, quien le prodigó alabanzas, y se fotografió conversando con Hillary Clinton. Puede que Zohran Mamdani haya puesto la asequibilidad en el debate público, pero la vertiente demócrata que respalda a Sánchez no es exactamente esa. Es la que prefiere resaltar los desmanes del ICE, la importancia del orden basado en reglas, la defensa de las renovables y la lucha contra los autoritarismos. Es el establishment del partido. Mamdani representa un ala distinta. Newson, como Hillary Clinton, es bastante más estándar. La visión tecnocrática de ese partido demócrata es la que rodea a Sánchez en Moncloa.

En el coste de la vida radica un descontento que se va haciendo más grande y que la izquierda no logra ni apagar ni recoger

Ese anclaje debería servir a Sánchez como advertencia. Son los mismos que permitieron a Biden presentarse a pesar de su estado de salud, los que formaban parte del aparato que impuso a Kamala como candidata y que diseñó una campaña fallida que tuvo la lucha contra el autoritarismo en su centro. Ese es también el planteamiento que los socialistas están desplegando de cara a las generales: el temor a las tendencias autoritarias que se impondrían con la alianza entre PP y Vox. Es probable que no sea suficiente.

Mientras tanto, dos cosas ocurren al mismo tiempo. Las izquierdas se pelean acerca del método y la ciencia, discuten sobre si son más o menos feministas de lo debido y afirman que la solución es esa unidad que todos quieren de palabra y rechazan de facto. En la medida en que el paisaje no cambie, un Sánchez que afirma que los oligarcas deben pagar más impuestos y que habla de la trituradora de salarios parece más confiable, en su espectro político, que ese conjunto de fuerzas dubitativas.

Pero, en segundo lugar, la desigualdad continúa de fondo. La expresión más preocupante de ese fenómeno es el coste de la vida y la dificultad para afrontarlo con salarios que no crecen en proporción. Esa es la base del malestar, el fuego que aviva los incendios. Ahí radica un descontento que se va haciendo más grande y que la izquierda no logra apagar ni recoger.

El reparto de posiciones en las izquierdas vive una semana de ajustes. Mientras llega el acto convocado por los partidos reunidos en Sumar convocado para el sábado por la mañana, cada actor de ese espectro ideológico ha movido sus fichas. Junqueras vino a Madrid a dejar claro, incluso con tono humorístico, que la opción Rufián no iría a lugar alguno. Un poco antes, Emilio Delgado y el portavoz parlamentario de ERC mantuvieron un diálogo en la madrileña sala Galileo con notable expectación. Ese mismo día y los siguientes, formaciones amigas y enemigas comparecieron en la red social ‘X’ a denostar lo allí expuesto. La sensación que dejaron fue que, al igual que en estos años, los encontronazos son más numerosos que los abrazos y que las discusiones metafísicas sobre las diferencias persistirán mientras les quede aliento.

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