"Con apenas 40 misiles Taurus, España no puede decir que tiene capacidad de disuasión"
Conversamos con Pablo del Amo, investigador del Real Instituto Elcano y autor de 'La Defensa Española' sobre el estado operativo de las Fuerzas Armadas y los debates estratégicos pendientes como país
Pablo del Amo es una rara avis en el mundo del análisis geopolítico y estratégico. Investigador de política exterior en el Real Instituto Elcano, el think-tank español de referencia, este graduado en Historia y máster en Cooperación Internacional por la Universidad Complutense de Madrid, no llegó allí por los caminos de la academia y los papers, sino de las redes y los explicativos.
Del Amo fue uno de los fundadores y coordinadores del medioDescifrando la Guerra, que lleva desde 2017 dedicado al análisis de política internacional, geopolítica, seguridad y conflictos contemporáneos con un estilo cercano y pedagógico. Ahora acaba de publicar el libro La Defensa Española: entre la complacencia y la debilidad(Catarata, 2025), donde se nota esa vocación por la divulgación con rigor: explica el contexto, aterriza conceptos, analiza las capacidades reales de las Fuerzas Armadas y pone cifras, programas y decisiones políticas sobre la mesa sin convertir la conversación en un jeroglífico de siglas. Y eso no es nada fácil.
PREGUNTA. En tu libro repasas capacidades y carencias de las Fuerzas Armadas españolas hoy día. Si tuvieras que destacar las tres principales debilidades operativas de nuestra defensa, ¿cuáles serían?
RESPUESTA. Para mí, la principal es la falta de misiles —y, en particular, de capacidad de golpeo de largo alcance. En un conflicto de alta intensidad, España tiene apenas 40 misiles Taurus. Es una cifra ínfima si piensas en los escenarios recientes. No digo que España vaya a entrar en una guerra así, pero si hay una percepción de amenaza, no tienes capacidad de disuasión para atacar más allá de 300 o 500 km. Así que 40 Taurus es poquísimo.
A esto se suma que no tenemos artillería de cohetes, que en Ucrania se ha demostrado extremadamente útil. Esa capacidad sirve para atacar centros de mando y control, logística o concentraciones enemigas. Es una capacidad que ahora mismo no tenemos. Y la tercera, muy ligada a lo anterior, es la falta de munición y de reservas. Esto es un mal europeo, pero también se ha visto con Ucrania. Hemos tenido que correr para impulsar una industria capaz de producir, y aun así no ha sido suficiente.
P. Has mencionado la artillería de cohetes. España tenía el programa SILAM para cubrir esa carencia, pero el programa tenía tecnología israelí. ¿Cuánto está impactando la desconexión de Israel en términos militares?
R. Hay una dimensión política evidente. En mi opinión, era una decisión que había que tomar por lo que estaba pasando en Gaza. Pero estas cosas deberían haberse hecho con más antelación. La necesidad ya existía, e Israel no ha cambiado sustancialmente desde que intentaste comprar ese sistema. El problema es tomar decisiones políticas de gran calado sin prever consecuencias ni tener planes de respaldo.
Otro programa relevante era el sistema anticarro Spike, que el Ejército de Tierra lleva pidiendo mucho tiempo porque tiene medios bastante anticuados. Israel era el proveedor principal y entiendo que eso también ha quedado en stand by, como digo en el libro. Y luego está la dependencia en inteligencia y tecnología de punta. Ahí yo cortaría de raíz, teniendo en cuenta que Marruecos está creando muchas sinergias con Israel. Si ya tienes problemas de disuasión y de relación con Marruecos, darle margen para conocer tus debilidades en esos sectores no me parece sensato.
P. Los programas SILAM y Spike incluían transferencia tecnológica y planes de retorno para la industria nacional. En este ciclo inversor aparece siempre el dilema: comprar fuera o fabricar dentro. ¿Cómo lo ves?
R. Antes de escribir el libro, era más defensor de comprar dentro de la Unión Europea. Pero viendo las necesidades de España y el contexto —por ejemplo, Alemania poniendo dinero en sus empresas y rompiendo el level playing field—, apostaría más por el producto nacional. Eso no quiere decir convertirlo en un negocio ruinoso, como ha pasado en algunos casos. Ahí está el equilibrio. Pero yo apostaría por empresas nacionales con capacidad de formar consorcios internacionales donde podamos llevar la batuta. El problema es cuando te metes en proyectos europeos donde pones dinero, pero no tienes voz ni voto, y encima con resultados discutibles.
P. España es el cuarto exportador de armas de la UE y el noveno del mundo (con matices). ¿En qué somos buenos fabricando y en qué deberíamos apostar más?
R. Está claro que Navantia es uno de los puntales europeos en construcción naval. Necesita inversión y personal, pero ahí España puede aportar mucho, tanto a nivel europeo, como OTAN y exportación. Se vio con la integración del sistema AEGIS estadounidense en las fragatas F-100. Eso fue una hazaña tecnológica e industrial. Además, somos una península; estratégicamente nos conviene tener una Armada competente. Y luego apostaría por tecnología punta, como Indra en radares y sistemas avanzados, y Grupo Oesía en el ámbito de drones.
P. Quizás, el debate más polémico sobre comprar fuera sea el del F-35, el único caza de quinta generación que podemos embarcar. Y el proyecto de caza de combate europeo FCAS como solución futura parece ya cosa del pasado. Después de analizar en profundidad las capacidades españolas en tu libro, ¿F-35 sí o no?
R. Yo diría que no. Pero a mí lo que me falta es el debate político y estratégico de fondo: ¿qué política de defensa quieres? Si quieres un F-35 es porque quieres una aviación embarcada. Si quieres aviación embarcada es porque quieres un portaaviones (o algo equivalente). ¿Para qué quieres un portaaviones? Es carísimo y construirlo llevaría diez años. Eso implica que buscas proyección más allá del Mediterráneo. ¿Qué tipo de Armada quieres? ¿Defensa regional y costas? ¿Disuasión del flanco sur? ¿Proyección para misiones OTAN frente a Rusia?
Luego está el mensaje político del F-35. Es decir, que en Europa no hay cazas que compitan con él (que puede ser cierto en quinta generación), pero también le dices a EEUU que dependes de ellos y a la industria europea que no vas a apostar por Europa en un sistema estratégico. Y yo no creo que España necesite el F-35.
P. ¿Apostarías por un portaaviones o hay que ir por otro lado? Algunos miran a los LHD/portaeronaves y los planes de países como Turquía y Portugal para operarlos con drones.
R. Después de escuchar a defensores y detractores del portaaviones, creo que no es necesario, sobre todo por la inversión y, además, por mis dudas sobre la continuidad del gasto en defensa en España. Entre retrasos y cambios, cuando lo tengas, habrá que ver en qué punto está la guerra naval. Yo tiraría por drones navales. En Ucrania, el programa de drones navales ha sido capaz de negar el espacio marítimo a una armada como la rusa, bastante superior a la española. Si tu objetivo es proyección, un portaaviones es clave, pero solo tendrás uno. Lo sacas seis meses y otros seis está en astillero. Eso es vulnerabilidad.
P.¿Eres partidario de la robotización, con drones y sistemas baratos frente a grandes plataformas?
R. ¿Por qué EEUU se retiró de combatir a los hutíes? No porque fuese inferior militarmente. Se retiró porque no podía sostener políticamente el coste. Mientras ellos empleaban drones y misiles relativamente baratos, desplegar una fuerza naval y aérea, lanzar interceptores o sostener salidas cuesta millones. Incluso sin perder un avión, ya son decenas de millones. Esa democratización del fuego es la realidad estratégica. Si cerramos los ojos esperando un sistema perfecto que devuelva la era de las grandes plataformas, en el contexto español —una potencia media— no creo que nos corresponda ese gasto. Apostaría por tecnologías disruptivas, drones y capacidades de alto rendimiento con menor coste.
P. Pero la defensa también se quiere emplear como palanca industrial: empleo, ingeniería, reindustrialización.
R. Si vemos la defensa en términos puramente economicistas, nos perdemos el debate. La defensa no funciona así. ¿Cuánto valoras tu soberanía y tu seguridad? En España se usa el discurso del empleo para vender inversión en defensa y ganar aceptación social, pero esos empleos serán mínimos comparados con otras reindustrializaciones. La defensa puede ayudar, sí, pero no es el punto. El punto es aumentar soberanía y evitar que potencias hostiles influyan en tus decisiones. Ese es el núcleo y así intento explicarlo en el libro.
P. Gobierno presentó un plan estratégico de defensa de 10.000 millones de euros para acercarse al 2% del PIB. OTAN y EEUU hablan de destinar el 3,5%-5% del PIB. ¿Es suficiente el 2%? ¿Cuánto es "suficiente"?
R. No es una cuestión de poner un 2%, un 3,5% o un 5%. Es una cuestión de qué defensa quieres. No es un debate de doctrina abstracta. Es qué capacidades quieres tener. El enfoque es errado porque "meto el 2% y luego veo cómo lo relleno". La cifra del 5% o 3,5% viene de una imposición política de EEUU (Trump) porque sonaba bien. Luego la OTAN ha intentado ordenarlo con requisitos. Pero el debate real es, con el dinero que tengas, ¿qué quieres obtener? ¿Qué fallas quieres corregir?
Además, tenemos falta de cultura estratégica. Ni siquiera definimos bien nuestros intereses nacionales o los trade-offs. Hay que entender que priorizar unos objetivos implica renunciar a otros. En defensa y política exterior casi nunca se habla de contrapartidas.
P. Parte del debate es la disuasión europea y el posible repliegue de EEUU. ¿Cómo se construye la disuasión en este nuevo contexto geopolítico?
R. La disuasión es, en gran parte, psicológica. No creas disuasión solo porque montes un ejército enorme. Si Rusia, por ejemplo, intenta una incursión para poner a prueba la reacción aliada, lo clave es si percibe una reacción fuerte. Aunque el ejército europeo sea menor, si hay voluntad y respuesta, se lo piensa. Está la dependencia europea en capacidades clave de EEUU, como misiles de largo alcance, defensa antiaérea… También hay un elemento crucial del que se habla menos: los multiplicadores. Logística, inteligencia, mando y control. Eso hace funcionar a los ejércitos. Y luego está la disuasión nuclear, que da para varias tesis doctorales.
P. España carece de una hoja de ruta estratégica sobre qué quiere ser en la escena internacional, qué papel busca jugar en la UE/OTAN. ¿Cuál debería ser un punto de partida realista? ¿Qué ambiciones son razonables?
R. Hay que considerar la aceptación pública. En Francia o Reino Unido el hard power se acepta más; en España no. Seguimos más anclados en multilateralismo y misiones de paz, y no me parece mal. España tiene prioridades nacionales claras. La primera es la prosperidad y seguridad europea, vital para España. Eso exige coordinación y apoyo a los aliados. Pero la geografía manda. Nuestra prioridad estratégica debe ser el flanco sur y la estabilización del norte de África.
España debería jugar un papel de facilitador o mediador entre potencias del norte de África, sobre todo Marruecos y Argelia, en una carrera armamentística preocupante. Y también la cuestión del Sahel y el yihadismo, con Francia expulsada y la creciente presencia rusa. América Latina la veo más en clave política y económica, no tanto de poder duro. Sin dejar de apoyar al este, la hoja de ruta, para mí, empieza en el sur. Creo que pueden convivir los dos vectores. Una imagen de multilateralismo y cooperación, y a la vez reforzar defensa y seguridad. Lo que sería ingenuo es pensar que el orden liberal va a "volver" como antes. Hay que ser pragmáticos.
P. Mucha gente se pregunta: "¿Para qué armas si España no va a ir a la guerra?". ¿Cuál es tu percepción de riesgo? ¿En qué escenarios España podría verse forzada a intervenir?
R. España no es un país grande y necesita aliados en OTAN y UE. Si Rusia hace una incursión en los Bálticos o Polonia, es un problema de España porque afecta al espacio europeo de prosperidad y seguridad. Aunque España no sea atacada directamente, le concierne. En el sur, que no haya una amenaza de invasión convencional de Marruecos no significa que no haya amenazas híbridas. Se afrontan con inteligencia y diplomacia —y yo habría dedicado más a inteligencia y espionaje—, pero también con disuasión militar. La crisis de Perejil lo ilustra: no bastó reacción diplomática; hubo respuesta militar. Eso requiere capacidades y voluntad política. Si no puedes protegerte ni reaccionar, otros dictarán las normas por ti y tomarás decisiones contra tu interés.
P. En el libro dedicas un capítulo a la guerra híbrida y la zona gris (migración instrumentalizada, propaganda, presión social). ¿Cómo se disuade en ese escenario?
R. Hace falta una combinación de defensa, inteligencia y diplomacia. Pero hay un elemento clave. La fortaleza de la sociedad civil y del Estado. Si tienes un país polarizado, con desconfianza en el sistema, las amenazas híbridas —migración, propaganda, bulos, presión económica, etc.— te afectan mucho más. Una de las cuestiones más importantes, que se deja de lado en Europa, es fortalecer las sociedades democráticas y el estado del bienestar. Si haces defensa en detrimento del bienestar, creas perdedores y detractores, y pierdes resiliencia interna; eso se nota fuera.
P. Y con Trump y el auge de extremos, ¿cómo ves el mundo a corto plazo?
R. Lo veo más conflictivo porque estamos en un interregno. El orden liberal con EEUU como potencia hegemónica ya no existe, y el nuevo orden no termina de formarse. En ese proceso hay caos, convulsión e imprevisibilidad, y ahí surgen guerras: choque de influencias China–EEUU, Rusia, Oriente Medio, África…
No soy optimista. Los conflictos no van a acabar a corto plazo. Probablemente, tampoco a medio. Y Europa se está quedando atrás en hard power. Hay que asumir que EEUU ya no es un líder fiable y que, incluso si vuelve un (presidente) demócrata, el Estados Unidos de antes ya se fue. El mundo es más competitivo y habrá que responder a desafíos globales con más autonomía y capacidad.
Pablo del Amo es una rara avis en el mundo del análisis geopolítico y estratégico. Investigador de política exterior en el Real Instituto Elcano, el think-tank español de referencia, este graduado en Historia y máster en Cooperación Internacional por la Universidad Complutense de Madrid, no llegó allí por los caminos de la academia y los papers, sino de las redes y los explicativos.