La izquierda española ha entrado en una fase que ya no se explica con categorías políticas, sino con géneros televisivos. O al menos, ese es el retrato que ha hecho Carlos Alsina este miércoles en Más de uno tirando de memoria catódica: evocó Enredo, aquella serie de los setenta en la que cada capítulo era un desfile de parentescos imposibles y traiciones entre familias que se odiaban cordialmente.
A partir de esa referencia, el periodista describió la actual reorganización del espacio a la izquierda del PSOE como un auténtico laberinto de siglas, confluencias y liderazgos cruzados. “Esta es la historia de dos familias o dos y media”, ironizaba.
No hizo falta más contexto. En la política española contemporánea, los nombres propios funcionan como marcas registradas.
En el relato de Alsina, a un lado están los fundadores de Podemos, instalados simbólicamente en aquel chalet con piscina que se convirtió en metáfora involuntaria de la evolución del partido. Al otro, Yolanda Díaz, vicepresidenta segunda y líder de Sumar, empeñada en pilotar una nueva etapa que combine épica social y pragmatismo institucional.
El problema es que las viejas lealtades no se disuelven por decreto. La refundación del espacio no ha borrado las tensiones, sino que las ha reordenado. Iglesias y Montero orbitan como referencia moral y política de un electorado que desconfía de las transiciones suaves; Díaz intenta consolidarse como líder transversal capaz de ensanchar la base. Entre ambos polos, el terreno común se estrecha. Lo contaba Alsina en forma de historia: "Esta es la historia de dos familias o dos y media. Pablo e Irene viven en un barrio, digamos, y aman la vida. Lo único que aman más que la vida es hacerle la vida imposible a Yolanda".
Alsina ironizó también sobre los “tutoriales” publicados en algunos medios para explicar quién es quién en este nuevo mosaico de plataformas. La izquierda que nació denunciando la complejidad opaca del sistema ha terminado produciendo su propio sudoku organizativo.
El capítulo del burka
El monólogo también abordó el debate parlamentario sobre la prohibición del burka impulsada por Vox y respaldada por el PP, iniciativa que no prosperó. Lo que llamó la atención del periodista fue el argumento empleado por parte de la izquierda para rechazarla: la apelación a la libertad religiosa.
Para Alsina, oponerse a sancionar a las mujeres que lo llevan puede ser defendible. Otra cosa es convertir esa prenda en estandarte de emancipación. A su juicio, presentar el burka como símbolo de libertad supone una pirueta conceptual que deja sin respuesta a quienes lo consideran, precisamente, un signo de imposición cultural.
En esa línea, criticó que se perdiera la oportunidad de lanzar un mensaje claro a las mujeres que puedan estar sometidas a presiones familiares o religiosas. El debate, sugirió, merecía más matices que una consigna.
Una saga con escaños
Pero el núcleo del comentario fue la recomposición de la izquierda alternativa. Más que una refundación histórica, Alsina dibujó una pugna por delimitar territorios dentro de una misma familia ideológica. Actos presentados como hitos, nuevas alianzas que se escenifican en Madrid mientras se critica el centralismo madrileño, viejos aliados convertidos en competidores.
El paralelismo con Enredo es un recurso humorístico pero hay varios paralelismos, quizá demasiados. En aquella serie, cada episodio empezaba con un resumen para que el espectador entendiera el embrollo acumulado. Hoy, parece que la política española necesitaría algo parecido.
La izquierda española ha entrado en una fase que ya no se explica con categorías políticas, sino con géneros televisivos. O al menos, ese es el retrato que ha hecho Carlos Alsina este miércoles en Más de uno tirando de memoria catódica: evocó Enredo, aquella serie de los setenta en la que cada capítulo era un desfile de parentescos imposibles y traiciones entre familias que se odiaban cordialmente.