Lo que Aragón refleja del futuro político de España
Los resultados de los comicios recogen las tendencias en las que se están moviendo las confrontaciones electorales europeas. Y fijan algunas posiciones para nuestro país
El candidato del PP a la reelección en las elecciones de Aragón, Jorge Azcón, a su llegada a la Junta Directiva Nacional del PP. (Europa Press/Gustavo Valiente)
Los resultados electorales del pasado domingo forzaron a realizar ajustes en los argumentarios previstos. Durante la campaña, los populares insistieron en el desplome que iba a sufrir el partido sanchista en Aragón y los socialistas en los lazos cada vez más estrechos con los que Vox asfixiaba a Génova. Eran los discursos previstos tras la noche electoral, pero tuvieron que mitigarse por los daños que ambos sufrieron en sus filas. El fracaso de los socialistas ha sido menor del que se anticipaba, pero no por ello menos notable, lo que no deja de generar preocupación callada en las estructuras socialistas locales. Azcón ha ganado, pero pagará un precio elevado. Los gobiernos de Aragón y Extremadura se encarecerán porque Vox se muestra firme. La conveniencia de este ciclo electoral autonómico lanzado para debilitar a Sánchez también está pasando factura a Feijóo. No hay que desdeñar la inquietud dentro del PP.
Los partidos a la izquierda del PSOE tampoco salen especialmente favorecidos, salvo CHA. El auge de la Chunta, por más que sea un momento más dentro de un proceso complejo, da aire a esas formaciones que se niegan a que la recomposición estatal de las izquierdas se trace desde un centro. Quieren ir por libre y dominar en sus territorios. En esa tesitura está Compromís y también Más Madrid. Son más dificultades en el camino. ERC, Bildu y BNG no secundan la iniciativa deRufián.
Los movimientos que hemos visto hasta ahora en las autonómicas han sido tácticos e iban dirigidos a debilitar a los rivales
Las lecturas de estos comicios en clave nacional, por tanto, están llenas de matices. Trasladar lo que ocurre en Aragón al conjunto de España es muy arriesgado. En buena medida, porque todos los movimientos que hemos visto hasta ahora en las autonómicas han sido tácticos e iban dirigidos más a debilitar a los rivales que a asentar las posiciones propias. Solo Vox ha jugado con cierta mirada estratégica.
En ese contexto, dos discursos parecen descarrilarse. Sonaban ecos nostálgicos de los tiempos del consenso, y había quienes pugnaban de nuevo por el apoyo entre partidos sistémicos: al final del camino, el perdedor debería facilitar el gobierno de España al ganador para evitar la influencia de Vox. Más que una posibilidad, es un deseo interesado. El otro discurso improbable es el que insiste en la imprescindible unidad de las izquierdas, esa que reaparece en cada ciclo electoral. Sin embargo, los intereses de las fuerzas de ese espectro político son muy dispares, y es difícil que la ideología una lo que los intereses territoriales, de partido y personales separan. Aragón ha complicado un poco más esa unión de las izquierdas. Ni siquiera el desplome de Podemos la hace más fácil.
El mapa general
Aun así, lo sucedido este domingo no deja de subrayar un estado general. Las tendencias dominantes en la política occidental también están aquí: el auge del sentimiento antisistema y la importancia del territorio a la hora de determinar el voto. En otros países, ese regreso de las fronteras ha supuesto un auge nacionalista: nuestro país primero. En España, el énfasis territorial se ha construido desde la tensión entre el nacionalismo español y los regionalismos y los nacionalismos periféricos.
El bipartidismo se desgasta por dos lados: la pulsión antisistema (Vox) y la deriva de las izquierdas hacia opciones territoriales
La diferencia española está también en su configuración política: es uno de los pocos lugares donde el viejo bipartidismo resiste. Sin embargo, y Aragón es una muestra, aparece cada vez más debilitado. Es producto de la debilidad de un sistema, de la pérdida de confianza en los actores más relevantes y de un descontento flotante que se percibe con mayor nitidez a medida que este cambio de rumbo mundial avanza.
El desgaste del bipartidismo aparece por dos lados: el asentamiento de la pulsión antisistema en Vox y la deriva de los votantes de izquierdas hacia el refugio en opciones territoriales. La izquierda estatal española apenas existe: lo que aparece son un conjunto de formaciones nacionalistas o regionalistas (Compromís, BNG, Chunta, Esquerra, Bildu, Más Madrid) que están asentadas en su zona de influencia y que han ido recogiendo el desgaste del PSOE por su izquierda.
La implosión de aquello que canalizó Podemos ha ido a reforzar a las opciones locales. Además, la desilusión que pueden provocar los socialistas entre el electorado de izquierdas es recogida por partidos que ven en su espacio geográfico un refugio frente a las especies invasoras, las estatales. “Nosotros conocemos mejor lo nuestro, nos gobernamos mejor, nos va bien solos”. No quieren que una dirección central les imponga la hoja de ruta y, lo que es peor, las listas. Las formaciones independentistas creen, por otra parte, que marchar de la mano con fuerzas estatales resultaría perjudicial porque les restaría potencia identitaria.
El PSOE cree que ese voto regionalizado regresará en unas generales marcadas por la polarización y por la presencia de Trump
En cuanto a la derecha, la presencia de un Vox que se ha asentado en una propuesta antibipartidista, insurgente y alineada con las posiciones de las formaciones trumpistas, ha permitido a los de Abascal recoger el malestar frente a “lo de siempre”. Vox es un partido con una visión ideológica clara, y no dudará en tirar de la cuerda al PP para que ceda en los elementos políticos que entienda imprescindibles.
El bipartidismo está débil, no muerto
De modo que la fragilidad del bipartidismo español está arrastrando a cada partido central hacia nuevas posiciones. En la izquierda, hacia una mayor cesión en las negociaciones territoriales, ya que son el soporte que los sostiene. Los socialistas han compensado la pérdida de su electorado con el complemento que aportan las formaciones nacionalistas y regionalistas. El PP se ve empujado a ceder en las negociaciones con Vox. Esa doble presión sobre el bipartidismo constituye el momento político español y las elecciones aragonesas han vuelto a ratificarlo.
No obstante, en el bipartidismo no se perciben estos movimientos con demasiada preocupación. En Moncloa, porque asumieron este nuevo escenario como el único posible tras el 23-J. En Génova, porque su objetivo es gobernar, y si tiene que ser con Vox, será con ellos. El PP piensa en unas generales que ganará, de modo que, aunque Vox crezca, será el partido subordinado en el gobierno y no el principal. El objetivo es llegar a la Moncloa.
En cuanto al PSOE, hay una creencia firme en que este voto regionalizadofuncionará peor en unas generales marcadas por la polarización y por la presencia de PP/ Vox y Trump: un buen número de votantes elegirán la opción nacional que mejor puede combatir las tendencias autoritarias. Quizá el PP y el PSOE tengan razón. Desconocemos cuándo se celebrarán esos comicios y cuál será la situación de España en esos instantes. Pero, de momento, las tendencias generales en Occidente se ratifican: malestar con las formaciones que gobiernan, pulsión antisistema creciente, refugio en las fronteras territoriales. El bipartidismo está desgastado, pero no vencido. Aunque las dos formaciones están convencidas de que, en un tiempo no demasiado lejano, el partido rival será devorado por la presión de sus extremos: el PSOE irá a la debacle por las excesivas concesiones a sus socios o el PP será fagocitado por Vox.
Los resultados electorales del pasado domingo forzaron a realizar ajustes en los argumentarios previstos. Durante la campaña, los populares insistieron en el desplome que iba a sufrir el partido sanchista en Aragón y los socialistas en los lazos cada vez más estrechos con los que Vox asfixiaba a Génova. Eran los discursos previstos tras la noche electoral, pero tuvieron que mitigarse por los daños que ambos sufrieron en sus filas. El fracaso de los socialistas ha sido menor del que se anticipaba, pero no por ello menos notable, lo que no deja de generar preocupación callada en las estructuras socialistas locales. Azcón ha ganado, pero pagará un precio elevado. Los gobiernos de Aragón y Extremadura se encarecerán porque Vox se muestra firme. La conveniencia de este ciclo electoral autonómico lanzado para debilitar a Sánchez también está pasando factura a Feijóo. No hay que desdeñar la inquietud dentro del PP.