Pilar Alegría contra los elementos: los 10 problemas de la candidata de Sánchez
La líder del PSOE afronta una campaña a contracorriente penalizada por su pasado reciente, su cercanía con Sánchez, el desgaste del Gobierno, la inercia del PSOE y su papel en el 'me too' socialista. Vende cercanía y la bandera de lo público
La secretaria general del PSOE de Aragón y candidata a las elecciones autonómicas, Pilar Alegría, durante un mitin en Huesca el domingo. (Europa Press/Verónica Lacasa)
"Yo ya os lo digo, ya os lo avanzo: yo voy a por todas". La candidata socialista al Gobierno de Aragón, Pilar Alegría, necesita reivindicarse, y por eso en cada mitin imposta una suerte de triunfalismo motivacional, como un discurso de autoafirmación que trata de contrarrestar el peor enemigo de una campaña: la desmovilización de tu votante potencial. Y eso está muy relacionado con que la carrera electoral del 8-F ha comenzado con las dos principales incógnitas de unos comicios ya resueltas: quién va a ganar y quién va a gobernar. Y no es ella.
Si el ciclo electoral inaugurado en Extremadura el 21 de diciembre es preocupante para el PSOE en general, Pilar Alegría se lleva la palma. No hay una sola coyuntura, ni interna ni externa, que le favorezca, y hay hasta diez razones que complican seriamente sus expectativas. Aun así, desde que abandonó el Gobierno, la secretaria general del PSOE de Aragón no ha parado de recorrer la comunidad autónoma con un mensaje que busca combinar tres conceptos: "política útil, cercanía y compromiso con el territorio". Sobre esa base, las banderas clásicas de la izquierda con especial atención a la prevalencia de lo público.
El primer obstáculo con el que tiene que convivir es la inercia del Partido Socialista. La mejor prueba es que en la imagen que ella misma distribuyó al comienzo de la campaña no aparece el logo del partido, algo que no es inédito ni mucho menos, pero que sucede siempre que la marca perjudica las expectativas del candidato. La tendencia del PSOE es claramente a la baja en un escenario de derechización del voto en el que el PP se consolida como primera fuerza, Vox sube y los socialistas se derrumban. A Pilar Alegría le toca remar contracorriente.
El segundo, una de las causas del primero, es el desgaste que arrastra el Gobierno de España, especialmente en esta legislatura. Como portavoz del Consejo de Ministros, Alegría ha tenido que dar explicaciones todas las semanas de la acción de un Ejecutivo cercado por los escándalos de corrupción y paralizado por la incapacidad para legislar: martes tras martes ella ha sido el rostro de la Moncloa ante las innumerables preguntas sobre José Luis Ábalos, Begoña Gómez, David Sánchez o Leire Díez y sobre los constantes fracasos para sacar adelante en el Congreso los planes del Gobierno, como es el caso de los Presupuestos Generales del Estado (PGE). El balance de su gestión como portavoz ha sido el de una ministra a la defensiva, reflejo de un Gobierno débil con un presidente bunkerizado.
El tercero es su cercanía con Pedro Sánchez, a cuya ejecutoria está estrechamente vinculada para bien y para mal, pues fue él quien la hizo ministra y portavoz y quien la aupó al liderazgo del Partido Socialista en Aragón para controlar una federación socialista crítica con sus pactos de Gobierno, especialmente con el independentismo. Este domingo, el presidente la acompañó en el primer gran mitin de la campaña y no dudó en aprovechar la ocasión para pronunciarse sobre la tragedia de Adamuz, defender la gestión del ministro Puente y decir que "desgraciadamente las tragedias suceden". Eso no ayuda a la campaña de Alegría, centrada en construir una imagen de moderación en las formas frente al ambiente de polarización.
Cuarto, por su actuación en el Me Too del PSOE, y muy en particular con el escándalo de Paco Salazar. A Pilar Alegría le persigue una foto cenando con él meses después de que el escándalo saltara a las portadas de los periódicos y en un momento en el que el PSOE estaba tratando de cerrar la causa en falso. Es más, en la mañana del 5 de julio, cuando Sánchez reunió al Comité Federal para abordar el escándalo de Santos Cerdán, Alegría fue la única dirigente que defendió a Salazar a primera hora, a pesar de las acusaciones. Unas horas después tuvo que desdecirse. Desde los sectores feministas del partido se la señala como colaboradora necesaria de una estrategia que aleja al partido de uno de sus caladeros de voto más importantes: las mujeres.
El quinto aspecto tiene que ver con Javier Lambán, el expresidente aragonés fallecido el año pasado, que fue una de las voces orgánicas críticas con Sánchez, y uno de los rostros más queridos de quienes han tenido poder recientemente en el PSOE. En su estrategia por neutralizar a los críticos y someter al partido, Sánchez preparó una estrategia territorial basada en mimetizar la organización con el Gobierno: María Jesús Montero en Andalucía, Diana Morant en la Comunidad Valenciana, Óscar López en Madrid... y Alegría en Aragón, a pesar de su pasado lambanista cuando en Aragón mandaba Lambán. Aunque su poder orgánico en el PSOE aragonés es indiscutible, Alegría tiene que cargar con la etiqueta de haber traicionado a quien apostó por ella cuando no era nadie. Y eso, en determinados sectores del partido, no se lo perdonan.
El sexto problema con el que tiene que lidiar Alegría se llama Cataluña, o más en concreto, las cesiones del Gobierno a los independentistas catalanes. A los agravios que Aragón comparte con el resto de comunidades autónomas (amnistía, financiación, quita de deuda, competencias, etc,) hay que sumar cuestiones vinculadas con la vecindad, como es el caso de las pinturas del Monasterio de Sijena. Después de un largo litigio entre Aragón y Cataluña, el Tribunal Supremo dio la razón a Aragón y ordenó al Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), donde están expuestas, su devolución. El silencio de Pilar Alegría, que antepuso su cargo de ministra portavoz al de líder aragonesa, fue aprovechado por el presidente Azcón, hoy candidato del PP.
A pesar de que no lo es, Alegría tiene que combatir con el estigma de que es una paracaidista, una cunera en su propia tierra. Y eso que ganó las elecciones municipales de Zaragoza en 2019, no pudo gobernar y solo permaneció en la concejalía durante ocho meses porque Sánchez la nombró delegada del Gobierno para construir la alternativa a Lambán. Desde ahí dio el salto a Madrid, que siempre le ha pesado más que la política autonómica o local. Por eso, ha diseñado una precampaña y una campaña basada en la proximidad, en sus orígenes humildes, en la cercanía con el territorio. El 8-F dirá si este arreón final consigue suplir su ausencia de los últimos años.
El octavo asunto relevante que debe gestionar Alegría tiene que ver con el liderazgo. Según los datos de GAD3 publicados por Hoy Aragón, la candidata del PSOE cuenta con una alta popularidad (93%), aunque por debajo de Azcón (98%). No obstante, es la quinta en valoración con un 3,7 por detrás de Alberto Izquierdo, Jorge Pueyo, Tomás Guitarte y el candidato del PP, que es el único que aprueba (5,8).
Para más inri, una de las últimas decisiones que tomó Alegría antes de salir del Gobierno fue, como desveló este periódico, colocar a su jefa de prensa de campaña, Rebeca Muñoz Gil, en el Consejo de Administración del Hipódromo de la Zarzuela de Madrid, una empresa pública controlada por la SEPI y refugio habitual de altos cargos socialistas. Muñoz fue proclamada el pasado noviembre, cuando Alegría ya había sido designada para representar al PSOE en las elecciones de Aragón, aunque la incorporación de la periodista a la empresa pública fue posterior.
Por último, el décimo obstáculo son las corrientes de opinión que se crean sobre las encuestas, que dibujan unánimemente un escenario adverso para las aspiraciones del PSOE. Los sondeos son coincidentes con las tendencias dibujadas en las elecciones extremeñas, y eso es algo contra lo que debe luchar la candidata del PSOE.
Por la suma de todos estos argumentos, Pilar Alegría está haciendo una permanente apelación a la movilización. Su peor enemigo es que su votante potencial no vaya al colegio electoral. "El 8 de febrero, que nadie se quede en casa. El futuro de Aragón no está escrito, y vamos (...) a ganar estas elecciones". Suya es la decisión de poner nota en forma de escaños a una candidata que el adelanto electoral obligó a abandonar el palacio de la Moncloa para volver a su tierra. Una candidata que sabe que va a contracorriente, pero que lo va a intentar: "Voy a por todas".
"Yo ya os lo digo, ya os lo avanzo: yo voy a por todas". La candidata socialista al Gobierno de Aragón, Pilar Alegría, necesita reivindicarse, y por eso en cada mitin imposta una suerte de triunfalismo motivacional, como un discurso de autoafirmación que trata de contrarrestar el peor enemigo de una campaña: la desmovilización de tu votante potencial. Y eso está muy relacionado con que la carrera electoral del 8-F ha comenzado con las dos principales incógnitas de unos comicios ya resueltas: quién va a ganar y quién va a gobernar. Y no es ella.