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Retos operativos de un futuro imperfecto: cómo prepararnos para un mundo en carne viva
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tercera edición del foro 'desafíos defensa'

Retos operativos de un futuro imperfecto: cómo prepararnos para un mundo en carne viva

Los tres pilares en los que se basa la disuasión son: primero disponer de los medios adecuados. Segundo que el enemigo sepa que se tienen y que son eficaces y tercero, demostrar la voluntad de utilizarlos llegado el caso

Foto: Los cascos azules españoles en la Línea Azul, entre el Líbano e Israel. (EFE)
Los cascos azules españoles en la Línea Azul, entre el Líbano e Israel. (EFE)
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El panorama geopolítico y de defensa no puede ser más complejo en estos momentos. La guerra de Ucrania fue el despertador estratégico, pero la segunda llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos ha sido el empujón geopolítico. La OTAN, que parecía salir fortalecida y más unida que nunca del conflicto en el este de Europa, ahora exhibe preocupantes grietas diplomáticas. El orden internacional de la posguerra se acaba y la transición se ve incierta y peligrosa.

Una gran parte de lo que entendemos como "seguridad" se sustenta en la certidumbre; en términos defensivos esa certidumbre pasa por tener muy claro quiénes son los enemigos y quiénes los aliados. Hasta las elecciones presidenciales de Estados Unidos es cierto que los europeos nos habíamos dormido – mucho más de lo debido - en los laureles de una paz y seguridad que habíamos dejado en manos de otro. Pero el juego de alianzas estaba claro. Con Trump, ya no tanto.

El nuevo inquilino de la Casa Blanca ha blandido los aranceles y las amenazas diplomáticas contra Europa, coqueteó con Putin y muchos temen que pueda abandonar a Ucrania a su suerte en cualquier momento. Su argumento es que los países europeos (España en particular) no invierten lo necesario en defensa. Y su razón tiene. Pero el esfuerzo económico se puede redirigir, y de hecho se está haciendo, pero recuperar la certidumbre y la confianza dañadas será mucho más difícil. Entre las amenazas de tomar Groenlandia por la fuerza y pataleta diplomática con Noruega a cuenta del Nobel de la Paz, muestran un líder mundial irascible e imprevisible. Todo está en entredicho y avanzamos hacia un futuro estratégico imperfecto que habrá que gestionar.

Este es el escenario en el que la disuasión cobra un nuevo peso específico. Para ello, El Confidencial organiza la tercera edición del foro Desafíos Defensa 26: Disuasión Operativa en Córdoba, el próximo 29 de enero. Un encuentro que vuelve a reunir a líderes militares, empresariales y políticos del ecosistema de defensa en un momento geopolítico crítico para hacer una radiografía del estado real de la disuasión española y europea.

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Para ello, reuniremos a altos mandos operativos de nuestros tres ejércitos (el Teniente General Carlos Melero Claudio, Jefe de la Fuerza Terrestre (FUTER); el Teniente General Julio Nieto Sampayo, jefe del Mando Aéreo de Combate (MACOM) y el Capitán de Navío Salvador Moreno Regil, en representación de la Armada) para conocer de primera mano el estado, perspectivas y desafíos para alcanzar esta disuasión operativa. Tres visiones complementarias sobre cómo convertir sistemas, plataformas y doctrina en capacidad real de disuasión.

Disuasión, tres niveles

El objetivo de una política de defensa es conseguir ejercer disuasión sobre los potenciales enemigos que puedan amenazar la seguridad. Parece algo sencillo, pero no lo es tanto, sobre todo porque se basa en tres conceptos fundamentales y basta que uno solo falle para que la disuasión fracase. Disuadir consiste en disponer de unos medios defensivos que hagan que un potencial enemigo tenga dudas sobre emprender acciones militares, pues serían imposibles o como mínimo muy costosas. Se trata de hacerle ver que el precio que tenga que pagar sea excesivo.

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Los tres pilares en los que se basa la disuasión son: primero disponer de los medios adecuados. Segundo que el enemigo sepa que se tienen y que son eficaces y tercero, demostrar la voluntad de utilizarlos llegado el caso. El primer pilar es quizás el más evidente. Mal se podrá ejercer disuasión si no se dispone de medios adecuados y en cantidad suficiente. Su función ideal es que nunca tengan que usarse, lo que a veces se malinterpreta como que se ha realizado un gasto inútil, por más que la realidad sea que una guerra siempre es muchísimo más cara que la disuasión.

El segundo pilar consiste en dar a conocer los medios y su eficacia. Esto se hace de diferentes modos, entre ellos están las maniobras y ejercicios, donde no solo se enseñan las capacidades militares (el material) sino el adiestramiento de las tropas, es decir, cómo de eficaces son esos medios y si de verdad funcionan. También la cultura de defensa, los medios de comunicación, las jornadas de puertas abiertas, etc. contribuyen a esta faceta de dar a conocer las capacidades de las que se dispone.

El tercer pilar es eminentemente político, pues está en manos del Estado la decisión de utilizar esos medios y capacidades de los que se dispone y que ya se supone que son eficaces. Si no existe esta voluntad o se generan dudas sobre ella, la disuasión deja de existir. El enemigo pensará que efectivamente puede haber medios militares suficientes, pero si no se traslada firmeza en la voluntad de utilizarlos o responder en caso de amenaza o agresión, no sirven de nada y es cuando de verdad estamos incurriendo en un gasto inútil.

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Luego podríamos hablar de dos tipos de disuasión, la que se ejerce de manera individual y la conjunta. En momentos de "certidumbre defensiva", cuando los juegos de alianzas estaban claros, la disuasión que ejercía la OTAN como organización defensiva era grande. Había socios con una potencia militar considerable y desde 2014 – momento de la anexión rusa de Crimea – la OTAN respondió con solidez demostrando unidad y compromiso. Los Battlegroups desplegados inicialmente en las repúblicas bálticas y Polonia no eran una fuerza militar, pero sí una demostración de unidad y multilateralidad: "si tocas a uno, tocas a todos".

¿Dónde nos encontramos?

La llegada de Trump ha cambiado las reglas del juego y está poniendo en cuestión varios de los principios que sustentan la OTAN. Cuando un socio de la alianza plantea dudas o pone en tela de juicio su participación, socava la disuasión que se ejerce y esto es muy serio. Si a esto le unimos las dudas sobre la disuasión ejercida a título individual por muchos de los países europeos, el problema está servido. Es así porque el conflicto ucraniano puso de manifiesto que a nivel individual las capacidades militares de muchos países, desde Alemania, Reino Unido, España e incluso Francia, distaban mucho de ser las adecuadas para una disuasión creíble. Lo anterior con la salvedad de que Francia y Reino Unido ejercen buena parte de su disuasión gracias a su capacidad nuclear, muy independiente en el caso francés, menos autónoma en el británico por su dependencia de material norteamericano y totalmente dependiente a nivel OTAN, donde sin Estados Unidos apenas hay disuasión nuclear.

El reto al que nos enfrentamos los países europeos, y por extensión la OTAN, es muy grande dada la postura norteamericana. Las cifras no dejan lugar a dudas. Por un lado, el presupuesto de la Alianza es de aproximadamente 4.600 millones de euros para 2025, con proyección de alcanzar 5.300 millones de euros en 2026. Pero esto que no es más que, por decirlo de alguna manera, el gasto de funcionamiento de estructura y representa apenas el 0,3% del gasto total en defensa de los países aliados. De esta cifra Estados Unidos aporta aproximadamente el 16% de los fondos comunes desde 2021 (reducido desde el 22% anterior), lo que supuso unos 753 millones de dólares en 2024, no mucho más que Alemania, por ejemplo.

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Pero ese dinero no representa la inversión militar y, por tanto, no supone disuasión. La realidad es que, a la hora de responder en términos militares, es cada socio el que debería aportar sus capacidades militares, a las que en buena parte se han comprometido ante el resto. Aquí es donde está el problema de fondo, porque si pensamos en términos de capacidad militar, la suma del dinero que todos los socios de la OTAN dedican a defensa es de aproximadamente 1,6 billones de dólares, a lo que Estados Unidos contribuye con más de 980.000 millones y el resto de los países europeos más Canadá y Turquía con poco más de 608.000 millones. Cuando un socio del club de campo "paga" casi el 62% de los costes y dice que eso se ha acabado porque sus intereses están ahora en otro sitio, el resto tiene un problema.

Siguiente paso: disuasión creíble

El reto de Europa, donde se podría incluir también el de Canadá, es cómo conseguir ahora una disuasión creíble en términos militares. Es decir, cómo nos aseguramos – cuando el "primo de zumosol" ha dado un portazo – que nuestras capacidades militares son suficientes para mantener a raya las amenazas existentes y futuras. Los primeros pasos ya se están dando y muchos países europeos (por no decir todos o casi todos) están realizando importantes esfuerzos en potenciar su defensa. Baste ver el caso de Polonia, con un rearme espectacular, o el de Alemania. Lo triste es que en muchos casos – y aquí estaría el de España – buena parte de ese esfuerzo actual sería para compensar la dejadez y el olvido hacia la defensa de las últimas décadas.

Una cuestión adicional es cómo se plantea esa disuasión, si a título individual o de manera común. Lo primero implicaría un refuerzo individualizado de capacidades con una cierta coordinación entre los aliados. Lo segundo supone algo de mucho mayor calado, como sería retomar la idea de un ejército europeo y una defensa común. Está claro que se trata de un dilema difícil de solucionar y cuya respuesta será, en cualquier caso, de carácter político. Pero lo que es evidente es que, o el panorama cambia de un modo radical o el futuro no solo va a ser imperfecto, sino muy negro. En el fondo Europa o la Unión Europea, que para esto es casi lo mismo, es poco más que una entelequia. Un conjunto de 27 miembros cada uno con sus intereses particulares, sus egos, sus preferencias y sus disputas. No nos ponemos de acuerdo en casi nada y cuando parece que se consigue, hay un cambio de gobierno en algún estado que lo trastoca todo.

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Nos esperan no tardando mucho dos hitos muy importantes. El primero ocurrirá en julio de este mismo año, en Ankara, con la próxima cumbre de la OTAN. ¿Qué postura tomará Estados Unidos? ¿Qué se dirá a propósito de Groenlandia? Y aquí cabe esperar desde que no ocurra nada hasta algo tan serio como una refundación de la Alianza, en las que se modifiquen algunos de los artículos y la forma de aplicación de las condiciones de defensa mutua; sobre todo el famoso Artículo 5, ese que dice que un ataque armado contra uno o más aliados en Europa o América del Norte se considerará un ataque contra todos los aliados.

El siguiente hito será algo más lejano en el tiempo. Será a finales de 2028 cuando toquen las próximas elecciones presidenciales en Estados Unidos. ¿Forzará Trump su permanencia en el poder? ¿En qué nos afectará? Pero en el fondo, pase lo que pase, nuestro panorama ya ha cambiado y o reaccionamos hacia un nuevo entorno donde seamos capaces de ejercer una disuasión creíble o nuestro papel en el mundo no pasará de legislar sobre los tapones de plástico pegados a la botella.

El panorama geopolítico y de defensa no puede ser más complejo en estos momentos. La guerra de Ucrania fue el despertador estratégico, pero la segunda llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos ha sido el empujón geopolítico. La OTAN, que parecía salir fortalecida y más unida que nunca del conflicto en el este de Europa, ahora exhibe preocupantes grietas diplomáticas. El orden internacional de la posguerra se acaba y la transición se ve incierta y peligrosa.

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