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Los negocios rentables que nadie quiere: la gran paradoja del comercio español
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"MIS HIJOS NO QUIEREN ARREGLAR ZAPATOS"

Los negocios rentables que nadie quiere: la gran paradoja del comercio español

Aunque sus establecimientos dan dinero, muchos comerciantes de la generación del "baby boom" a punto de jubilarse se encuentran con que nadie quiere coger el relevo

Foto: Un carnicero en un mercado de Alcalá de Henares, Madrid. (EFE/Fernando Villar)
Un carnicero en un mercado de Alcalá de Henares, Madrid. (EFE/Fernando Villar)
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"El 90% de mis clientes llora cuando termino una restauración y ven mi trabajo”, cuenta María del Rosario Blanco, la única reparadora de máquinas de coser que queda en España. “Me llaman de todo el país para arreglar estos equipos porque antiguamente había uno en cada casa. El problema es que en abril me jubilo sin dejar relevo. Por eso cuando anuncié en Facebook que buscaba a alguien para enseñarle se dispararon los pedidos y no he hallado a nadie que pueda sustituirme. Es muy triste que esto ocurra con un trabajo tan demandado como el mío”.

Sarín, como todos sus vecinos le llaman en Ponferrada, forma parte de un grupo de pequeños empresarios o autónomos españoles que están viendo desaparecer sus negocios, a pesar de ser exitosos. Algunos realizan actividades esenciales para la sociedad, a veces tienen más demanda de la que pueden cubrir y sus proyectos mantienen una rentabilidad inalterable, pero muchos terminan bajando la persiana porque casi nadie está dispuesto a asumir estos oficios generalmente manuales y aparatosos.

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Hablamos de negocios imprescindibles como carnicerías o fruterías que facturan miles de euros al día, o zapateros y relojeros que no alcanzan para cubrir servicios menos vitales pero igual de demandados. Ante la falta de mano de obra, estos proyectos echan el cierre porque sus dueños se jubilan, se enferman o simplemente tienen que mudarse de ciudad. Los que logran sobrevivir a duras penas terminan subiendo precios o empeorando la calidad de sus servicios.

“Es un tema que afecta a muchos autónomos independientemente de su sector y los más afectados son quienes desempeñan oficios, los dueños de pequeños comercios, y los que trabajan en el sector agropecuario”, explica Antonio Magraner, vicepresidente de la Asociación de Trabajadores Autónomos (ATA). “No es un problema específico de zonas rurales, como se podría pensar. En las ciudades estamos viendo que también hay un problema importante de relevo generacional con muchos negocios familiares. Es algo recurrente en toda España”.

Oficios demandados, pero que nadie sabe hacer

En ciudades como Zaragoza, por ejemplo, el Ayuntamiento tomó cartas en el asunto después de que cerraran unos 2.500 negocios locales desde 2011. En marzo de 2025 se creó una Oficina de Impulso al Autónomo ​en la capital aragonesa con 300.000 euros de presupuesto para, entre otras funciones, propiciar un match entre quienes dejan un proyecto y sus potenciales sustitutos.

El relevo generacional hace tiempo que dejó de existir como lo teníamos concebido”, explica Jesús Blanco, responsable de la oficina zaragozana. “Muchos jóvenes quieren ser funcionarios o trabajar menos, y por eso no se hacen cargo de un comercio creado por sus padres con horarios que demandan presencialidad y echar horas detrás de un mostrador. Ahí entramos nosotros para intentar poner en contacto a los dueños de esos negocios con sus posibles sustitutos. También brindamos asesorías a las partes interesadas y abrimos una línea de subvenciones para apoyar las inversiones que se tengan que hacer para impulsar estos negocios”.

Una floristería con 45 años de historia, una carnicería centenaria o una cafetería súper rentable son algunos de los negocios que cerraron en Zaragoza o estuvieron a punto de hacerlo, y dispararon las alarmas del consistorio. Blanco hace hincapié en la historia de la cafetería ubicada en el centro de la ciudad, porque su dueño tenía que dejarla en contra de su voluntad. Facturaba más de 1.000 euros cada día vendiendo solo café y té, pero no podía continuar al frente debido a una mudanza por razones familiares.

"Me han escrito muchos interesados, pero no valían para esto ni tenían experiencia"

"Gracias a nuestra mediación este señor encontró a un colombiano que se quedó con el negocio y así no tuvo que cerrarlo", señala Blanco. "En este caso la jubilación quedaba lejos, porque tanto el antiguo dueño como el nuevo tienen 50 años. Una buena parte de los negocios que hemos ayudado a mantener quedan en manos de inmigrantes o de sus descendientes, y ellos se han hecho fuertes en determinados tipos de negocios como las fruterías".

Inmigrantes latinoamericanos como el colombiano que mencionaba Blanco dominan más determinados oficios que aquí apenas se sostienen, como consecuencia de la precariedad que pervive en el tejido productivo de las sociedades donde crecieron. Debido a la complejidad que tienen oficios como el de Sarín, por ejemplo, preparar al hipotético nuevo personal requiere años. En ningún sitio enseñan a reparar esas máquinas y a ella no le queda tiempo para hacerlo.

"Suelo trabajar sola, pero delego partes del proceso porque ya no puedo con todo como antes”, explica la mujer de 65 años. "Lo ideal sería hacerlo entre dos personas, pero siempre he estado sola. Después de conseguir proveedores en medio mundo para las piezas que demanda las restauración de estas máquinas, me da mucha pena que todo termine por no haber encontrado a alguien. Me han escrito muchos interesados, pero ninguno era bueno para esto y no tenían experiencia. Solo uno la tenía como ebanista y podía hacer los muebles, pero no sabía cómo iban las máquinas".

placeholder Máquina de coser restaurada por Sarín. (Cedida)
Máquina de coser restaurada por Sarín. (Cedida)

Sarín antiguamente se dedicaba a la restauración de cuadros o muebles, pero desde 2018 se ha especializado en las máquinas de coser y ha llegado a alistar piezas raras que hoy se exhiben en un pequeño museo especializado de Elche. Además, está el incentivo de que se pagan muy bien las reparaciones. Como se trata de un objeto tan difundido en los hogares españoles donde crecieron quienes ahora son adultos mayores y concentran la mayor parte de la riqueza, muchos “pagan lo que sea” por restaurar estas piezas.

“En lo que va de mes he recibido 15 solicitudes de presupuestos para restauraciones y no paran de llegar pedidos porque la gente sabe que terminaré pronto. El tema es que algunos tardan en decidirse, ya que es mucho dinero y se lo piensan antes de darme el ok. Restaurar solo una máquina cuesta un mínimo de 700 euros, y el presupuesto base sube a 2.000 euros si se incluye el mueble. Eso es lo otro que duele, que esto le da para vivir a cualquiera. Yo facturo entre 13.000 y 15.000 euros cada trimestre”.

El negocio de Sarín sería la panacea para cualquier emprendedor: la localización del taller puede ser flexible, goza de una jugosa rentabilidad y no tiene competencia en un país de 50 millones de habitantes. De hecho, restaura máquinas de coser de portugueses y franceses que recurren a sus servicios porque no encuentran nada parecido en sus países.

"Mis hijos estudian para no tener que arreglar zapatos"

Lejos de que se logre frenar con determinadas políticas los cierres de estos negocios, “es un problema que tendrá un auge considerable en los próximos años”, lamenta Magraner desde la ATA, la mayor organización de autónomos en España. “Están comenzando a jubilarse los primeros autónomos de la generación del baby boom, que irá en aumento de aquí en adelante. Al mismo tiempo vemos que las generaciones venideras no quieren hacerse cargo de esos negocios, pero quienes se están jubilando tampoco quieren que las generaciones que vienen pasen por las dificultades que han pasado ellos”.

Tal es el caso de Antonio García, un zapatero del mercado madrileño de La Paloma. Sus hijos no tienen muy claro en qué consiste el proceso de reparación del calzado, y apenas han puesto un pie en el puesto que lleva su padre desde hace 24 años. Parece que terminará con él la tradición familiar que viene desde su abuelo y lo ha mantenido ligado a las suelas toda la vida.

"Nunca nadie se interesa por trabajar aquí conmigo porque es un oficio al que hay que dedicarle mucho tiempo", explica el señor de 52 años. "Mi padre tampoco quería que yo me dedicara a esto, pero terminé aquí porque no quería estudiar. Por eso le he inculcado a mis hijos que tienen que estudiar para vivir de otras cosas. El problema no es que mis hijos no quieran, sino que nadie quiera. Vivimos en una sociedad donde se valora mucho el tiempo libre y para tenerlo, mucha gente prefiere ganar menos. Como quedamos tan pocos cada día tenemos más demanda y los precios han subido. Quizás en un futuro nosotros, por nuestros oficios, ganemos más que otros profesionales. Aquí me saco mucho más de 2.000 euros al mes, pero tengo que echar horas y pagar impuestos. Un pescadero o un carnicero gana incluso más dinero".

placeholder Antonio García trabajando en su zapatería en el mercado de La Paloma, en Madrid. (Daniel González)
Antonio García trabajando en su zapatería en el mercado de La Paloma, en Madrid. (Daniel González)

En el mercado donde trabaja García varios puestos "de toda la vida" han tenido que cerrar siendo muy rentables. Si antes había tres carnicerías, dos pescaderías y dos charcuterías, ahora solo queda un local de cada tipo y los espacios físicos fueron absorbidos por un supermercado que se ha ido expandiendo poco a poco. En los últimos años casi ha desaparecido la mitad de negocios que habían en esta galería de comercio minorista de la calle Toledo en el barrio de La Latina.

La situación puede ser mucho más grave cuando se trata de trabajadores ambulantes, a domicilio o que no tienen un espacio físico donde basifican u ofertan sus servicios. Es posible verificar si ha cerrado una frutería en el barrio cuando vemos sin uso su antiguo local, pero eso se complica con otras profesiones. "No sabemos cuántos fontaneros o cerrajeros han desaparecido porque son personas que hacen su trabajo fundamentalmente a domicilio", explica Blanco sobre el ecosistema de autónomos en Zaragoza. "Hablamos de negocios lucrativos, pero nadie ha querido sumarse a su trabajo y explotar su cartera de clientes. Eso explica por qué nos cobran tanta pasta para abrirnos una cerradura cuando perdemos una llave. Las empresas de clima y aire acondicionado, por ejemplo, siempre nos dicen que abren los cursos y nadie se presenta porque no molan este tipo de trabajos físicos".

La formación es uno de los grandes lastres que enfrentan estos empresarios, explica el encargado de una relojería del centro de Madrid. A su negocio llegan relojes de cuarzo (batería) con complicaciones nimias, pero también piezas de lujo que valen decenas de miles de euros. Estas no pueden caer en las manos de un aprendiz o de un relojero con poca experiencia. El problema es que no encuentra profesionales para encargarle reparaciones que exigen una alta cualificación como relojero.

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"Llevo tiempo sin encontrar relojeros para cubrir la demanda de reparaciones", explica el empresario apoyado en un mostrador repleto de sobres con relojes que tardan semanas o meses en llegar a las manos de un mecánico. "Ahora mismo trabajamos con tres relojeros, pero para cubrir toda la demanda necesitaría tres más como mínimo. Es tan difícil encontrar gente porque no hay escuelas de relojeros, y las pocas opciones que hay para estudiar esto son extremadamente caras. Hay un curso de solo diez horas por el que cobran 400 euros, y otro de tres meses que cuesta 6.000 euros, pero en tan poco tiempo no se puede aprender relojería".

Mientras este negocio no encuentre más trabajadores, estos seguirán subiendo los precios a sus servicios como han hecho durante los últimos años. Los clientes finales son los principales perjudicados, pues como promedio, ahora reciben sus relojes reparados a los dos meses de haberlos llevado a la tienda.

"El 90% de mis clientes llora cuando termino una restauración y ven mi trabajo”, cuenta María del Rosario Blanco, la única reparadora de máquinas de coser que queda en España. “Me llaman de todo el país para arreglar estos equipos porque antiguamente había uno en cada casa. El problema es que en abril me jubilo sin dejar relevo. Por eso cuando anuncié en Facebook que buscaba a alguien para enseñarle se dispararon los pedidos y no he hallado a nadie que pueda sustituirme. Es muy triste que esto ocurra con un trabajo tan demandado como el mío”.

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