"El capitalismo está mutando y ha empezado a sentirse incómodo con las democracias"
El economista Juan Torres alerta de una deriva autoritaria y del fraude de la ortodoxia económica, pero sostiene que aún existen soluciones y urge acuerdos, reformas y rendición de cuentas para revertir la involución
El polifacético Jean Cocteau dejó dicho que su pesimismo era, en realidad, una variedad de su optimismo, y algo parecido debe sentir este economista español, Juan Torres, cuando se asoma al mundo actual y lo analiza. La conclusión se resume en afirmaciones contundentes como que el mundo está atravesando por "una oleada de autoritarismo global", que estamos en la época del "crimen perfecto por el asesinato de la verdad" o que "la economía dominante es un fraude intelectual". Pese a todo, Juan Torres López (Granada, 1954) parece extrañarse cuando se le dice que este último libro suyo es el más pesimista de todos. "No creo que sea el libro más pesimista, pero sí el que he escrito en una situación más pésima", replica Juan Torres en relación con la situación del mundo actual.
Dicho así, expresado así, tampoco es desdeñable encontrarnos con un intelectual que no se engaña con lo que está viendo, pero que mantiene su confianza en el futuro. Este choque de sensaciones se produce porque, por una parte, tiene claro que en la historia de la humanidad nunca hemos estado más cerca de encontrar soluciones para algunos de los problemas fundamentales del ser humano y, por otra, porque contempla como en las democracias y en las economías más desarrollada existe una tendencia inexplicable a la involución. Cuando podríamos estar más cerca, nos colocamos más lejos. Ese es el absurdo.
RESPUESTA. Claro, porque lo paradójico de este momento es que tenemos al lado las soluciones para que el mundo funciones de una manera más pacífica, más próspera y democrática y, sin embargo, lo que impera son nuevas tensiones internacionales, guerras que implican a potencias nucleares y gobiernos populistas con ambiciones autocráticas. En ese panorama, quiero creer que la Humanidad sabrá salir de esta situación. Debemos pensarlo porque así; yo, al menos, lo pienso así y me acuerdo Maurice Chevalier. En una ocasión, siendo ya muy mayor, unos periodistas le preguntaron por la frustración que tenía que provocarle las limitaciones de la vejez, a él que había tenido una vida tan intensa. Y Chevalier les contestó que sí, que tenían razón, pero que la alternativa era mucho peor. Mejor viejo que muerto, claro.
P. Su libro contiene una alerta por el intento que existe por desmantelar todos los controles y contrapesos que se precisan en una democracia y en una economía de mercado. ¿Es sólo una alerta económica o también política?
R. Lo que quiero decir es que el capitalismo está mutando. Históricamente, el capitalismo se ha desarrollado al mismo tiempo que se han ido asentando las democracias, en una sociedad de derechos y libertades. A pesar de las tensiones que hayan podido existir, durante muchos años ha sido así. Pero eso ha comenzado a cambiar y el capitalismo parece que ha empezado a sentirse incómodo con las democracias. El magnate de la tecnología, Peter Thiel, ya lo dijo claramente hace tiempo, que "la libertad no es compatible con la democracia". Hace treinta o cuarenta años hubiéramos pensado que se trataba de un oxímoron, pero en la actualidad lo afirman así los magnates que necesitan acumular grandes fortunas y aumentan cada vez más la desigualdad.
Foto: P. P.
P. Bueno, es tan contradictorio como todo lo que se genera en ese contexto; como Curtis Yarvin y su ‘ilustración oscura’, otro oxímoron que da por periclitados los sistemas democráticos.
R. Están empezando a confluir dos procesos de una forma trágica. Por un lado, los grandes capitales que se sienten incómodos con el corsé de las democracias y, por otra parte, el descuido de los sistemas democráticos por parte de sus protagonistas políticos. Piensan que la democracia era algo sobreentendido, como el pan en el menú, y que no había que cultivar el más elemental de los sentidos, como es el de sentarte a dialogar con quien piensa distinto, negociar y acordar. Es el deterioro del que viene advirtiendo Jürgen Habermas cuando señala, no sólo a la clase política, a la voluntad política que debe ser de carácter horizontal, orientada hacia el entendimiento, sino también a los ciudadanos porque parece que las sociedades democráticas se han desentendido igualmente. Si miramos a nuestro alrededor no parece que haya una reivindicación auténtica y radical, en el sentido más noble del término, de la democracia. A lo sumo, lo que vemos es que la democracia se utiliza como una pelota que se utiliza de unos contra otros. En España, por ejemplo, esto último se ve claramente. Me temo que, dentro de poco, todo esto va a empezar a dolernos mucho.
"Junto al respeto a la verdad, la rendición de cuentas son prerrequisitos esenciales de la convivencia democrática"
P. Lo que ocurre es que, si lo miramos con perspectiva, el deterioro de las democracias se provoca por la degeneración del sistema por el sectarismo imperante, la falta de acuerdos para aprobar reformas o la corrupción. Le pongo un ejemplo que usted cita en el libro: el discurso de "la motosierra". ¿Cuánta responsabilidad tiene la enorme burocracia política que lo precede?
R. Sí, claro, es posible que eso ocurra, pero lo peor es que nos lleve al desmantelamiento de las agencias de meteorología, como ha ocurrido en Estados Unidos. O la NASA… O las agencias de evaluación educativa y las de vacunación. Se puede criticar el gasto público y exigir transparencia, pero esto otro es complemente absurdo, es llevar a los gobiernos a un populismo barato que sólo contribuirá a empeorarlo todo. Claro que en esto también influye decisivamente la ‘época de fakes’ en la que estamos, que es la época de mentir sin rendir cuentas. De hecho, yo creo que el gran fracaso de las sociedades contemporáneas es el de haber sido incapaces de establecer un sistema de rendición de cuentas en la democracia. Junto al respeto a la verdad, yo los considero como los prerrequisitos esenciales de la convivencia democrática. Quiero creer que una sociedad de progreso y democrática acabará entendiendo que la verdad es un bien básico y que se acabará imponiendo, por un efecto rebote, cuando en la vida diaria ya no se sustenten las mentiras. Pero también le digo que tampoco descarto lo contrario porque siempre tengo muy presente el desastre de la Segunda Guerra Mundial. A Hitler, en los años previos a que el partido nazi llegara al poder, nadie se lo tomaba en serio, lo ponían como un imbécil, un payaso, y, sin embargo, era un tipo de una lucidez y unos conocimientos extraordinarios. A todo el mundo le parecía impensable que pudiera llegar a ser lo que fue y que pudiera ocurrir lo que ocurrió.
P. Es que, si lo miramos con esa perspectiva, el error que nunca cometen esos populismos es el de tirarse a una piscina vacía, siempre está llena del agua del descontento social.
R. En esa época de la Alemania de Hitler, el descontento no sólo arrastró a las masas sino también a grupos económicos muy poderosos. Por esa razón, efectivamente, personajes que, en el momento, se les desconsidera y no se les da ninguna importancia, meros accidentes de la historia, acaban acaparando los intereses económicos y atraen a las masas que se encuentras desprotegidas, sin norte, desposeídas. También eso está ocurriendo en la actualidad por la incapacidad de las fuerzas políticas tradicionales para crear un ambiente de protección, de seguridad y de progreso colectivo.
P. ¿Qué importancia tiene en el declive del que hablamos el hecho de que vivamos en una sociedad globalizada en la que países democráticos y con derechos laborales tienen que competir con una dictadura comunista convertida en un gigante del capitalismo?
R. De acuerdo, tiene razón en ese planteamiento, pero más que China me preocupa esa falta de competencia cuando los gobiernos democráticos tienen que pagar en forma de intereses el cien por cien de las inversiones en infraestructuras o en redes que necesitan, o si seguimos viviendo en la ficción de que estamos desarrollando economías de mercado eficientes cuando se trata de economías de mercado oligopólicas. Una economía autocrática que esconde la explotación puede tener esa ventaja competitiva de la que habla, pero más nos vale que empecemos a fijarnos, y a resolver, este modelo de producción que es completamente ineficiente. Brutalmente ineficiente.
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P. Habla de vivir en una ficción y ese es, de hecho, lo que más me ha impresionado de su libro. Afirma usted que los manuales de economía que se enseña en las universidades es una pura ficción. Es tan desconcertante como si se dijera en las universidades de Medicina se enseña una anatomía equivocada…
R. Sí, como si la anatomía que se enseña mostrara el cuerpo humano con alas. Yo sé que cuesta trabajo creer eso, pero es así. Cuando le explico a la gente que los modelos macroeconómicos que utilizan los bancos centrales y los organismos internacionales no contemplan el dinero y la deuda, es que no se lo creen. Ciertamente es increíble porque no estamos hablando de otros factores, como la energía o la producción de materiales, pues podría debatirse, pero decir que los bancos centrales no contemplan el dinero a la hora de hacer política monetaria, puede parecer mentira pero es verdad. Es un fraude. También hablamos permanentemente, y se hacen políticas hablando de la demanda de mercado, y no existe ni un solo libro o manual en todo el mundo en el que alguien haya sido capaz de representar una demanda de mercado en un producto. Es imposible, matemáticamente imposible. Y, sin embargo, cuando hablamos de vivienda, de salarios, de transportes o de empleo hacemos referencia a la demanda de mercado. Es una falacia.
P. En su anterior libro fue usted muy crítico con la desorientación de la izquierda, decía que había perdido el norte y la empatía, "fallo multiorgánico", decía. ¿Existe, a su juicio, alguna política de izquierda de la actualidad que supere ese desnorte?
R. Y yo tendría que pedirle a usted que definiera 'izquierda'… Pero bueno, más allá de eso. La economía surge de la organización del ser humano para garantizar su sustento. Desde ese punto de vista, en realidad en la economía no hay tanta presencia de ideología como de intereses. Cuando vamos al mercado o a la farmacia, no compramos por ideología. En ese sentido, lo que yo me preguntaría es si puede existir una economía democrática que satisfaga el interés de los ciudadanos con un fin redistributivo.
P. ¿España va como un cohete, como dice el Gobierno? En este sentido, es verdad que crece el PIB y aumenta la ocupación laboral, pero el fenómeno de los 'trabajadores pobres' no se detiene. Más crecimiento y más pobres. ¿No es incomprensible?
R. No es exactamente incomprensible porque el Producto Interior Bruto es como la velocidad a la que va una nave, pero no especifica cómo se encuentran los pasajeros que van dentro. Lo que es un contrasentido es que vayamos en una nave que está dirigida por alguien que sólo contempla la velocidad, que es lo que está pasando en España. La velocidad de crucero de España es mayor que la de otros países, que es en sí mismo un buen dato porque estamos creciendo, pero es insuficiente si al mismo tiempo aumenta la desigualdad y la dificultad de las familias para llegar a fin de mes. En esas condiciones, no se puede decir que España vaya como un cohete. Hacen falta cambios en la base productiva y hacen falta acuerdos y pactos de Estado que, en la actualidad, son materialmente imposible que se produzcan. Y cito varias imprescindibles, a mi juicio: una reforma fiscal, una reforma de la administración pública y de la financiación autonómica porque no se puede mantener este modelo de ir diseñándola a tirones para satisfacer necesidades parlamentarias. En fin, que sin acuerdos de Estado, sin transversalidad y sin gobernabilidad lo que sucede es que España está perdiendo una oportunidad para dar un salto astronómico en su desarrollo económico. Es una desgracia, una pena.
P. ¿Qué importancia le concede en este panorama a los casos de corrupción que se están investigando?
R. Como economista, la importancia que le concedo es máxima porque la economía no va bien cuando hay inestabilidad política, desconfianza e incertidumbre. Este goteo de casos de corrupción provoca un desánimo grande en la gente corriente que no es así, con independencia de la ideología que tenga. Se deterioran los cimientos de la democracia porque, además, los casos de corrupción han afectado a los dos grandes partidos, el PSOE y el PP, aunque no han sido los únicos, como la derecha nacionalista catalana. A mi juicio, el problema de la corrupción está en que los dos partidos han sido cesaristas y eso ha provocado enormes vías de agua. Esa es una losa que va teniendo un peso insoportable.
P. Vi hace unos días una película francesa que se llama "Un año difícil" que me recordó a su teoría. Desde que comenzó el milenio hemos asistido a una sucesión de crisis con sus correspondientes excusas: la crisis de 2007, por el mal funcionamiento del sistema bancario; la de 2020 por la pandemia; la de 2022 por la inflación tras la invasión de Ucrania; y la de 2025 por Donald Trump y sus las decisiones erráticas.
R. Sí, siempre hay una excusa, algo a lo que se le pueda achacar la crisis, y van pasando desde ‘algo imprevisibles’ a ‘algo inimaginable’ o un ‘caso aislado’. Lo cierto es que cada vez es más gente consciente de que el mundo se desenvuelve sobre una policrisis, por los elementos de fragilidad, de debilidad que provoca, que antes o después acaban saltando. Por eso vamos de crisis en crisis. Dice un refrán chino que nadie puede estar de puntillas permanentemente y yo creo que a la economía internacional le está ocurriendo eso. Los organismos internacionales más conservadores dicen, cuando entramos en una crisis, que hay que tomar medidas, pero cuando pasa se olvidan de todo lo dicho. En este momento, estamos en plena burbuja de Inteligencia Artificial que ya veremos por dónde sale y, paralelamente, el mundo de las criptodivisas es una bomba de relojería. Cuando eso estalle se dirá lo mismo: nadie podía preverlo. La realidad es que ya se sabe porque las grandes tecnológicas están realizando unas inversiones que están ocultando en sus balances. Eso, antes o después, aparecerá en forma de explosión.
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P. Una vez más, cuando eso suceda, será fundamental la fortaleza de cada país para saber cómo sale de la crisis.
R. Pues mire, en ese caso, España tiene mejores resortes que otros países, curiosamente. Más va a sufrir, por ejemplo, Alemania, o incluso Italia, por la deuda. Pero bueno, aquí debemos añadir otro grado más de incertidumbre porque no sabemos bien qué va a pasar en Europa. La incapacidad, la falta de autoridad y de autonomía; la falta de un proyecto y la incoherencia de los dirigentes europeos bordea lo nunca visto. Europa puede acabar implosionando porque se está metiendo en un callejón en el que no sabe si hay salida. Fíjese por ejemplo en la barbaridad que supone haberse metido en un gran gasto militar que no va a generar Defensa para Europa. Sólo a los dirigentes europeos se les ocurre meter dinero en Defensa sin que eso repercuta lo más mínimo en un Ejército europeo. Si al mismo tiempo suenan tambores de guerra por la ofensiva de Rusia… En fin, puede parecer exagerado y yo quiero creer que es exagerado, pero cuando la guerra se prepara, la guerra llega.
P. Ha comenzado un nuevo año, 2026, y, si miramos atrás en la historia, más allá incluso que los dos últimos milenios, siempre encontraremos que el progreso sale adelante. Quedémonos con esa esperanza, ¿no le parece?
R. Claro. Podemos estar horas hablando de lo mal que está el mundo pero, al mismo tiempo, tenemos que ser conscientes de dos cosas. La primera es que el mundo de hoy, pese a toda la porquería y la fealdad que vemos, está mejor que nunca en la historia. Y en segundo lugar, que si miramos alrededor también podemos ver embriones, brotes, de esperanza porque la gente se levanta por las mañanas y saca adelante un país, en la escuela, en la empresa, en la administración. Y no lo hace sólo con gente que piensa igual que él, sino que lo hace con responsabilidad, con cooperación, con patriotismo cívico y así construyen el mundo de otra manera pese a las dificultades. Esa realidad cotidiana es la que tiene que llevarnos a pensar que los seres humanos podremos superar esto. Pensemos eso porque, como decíamos al principio, la alternativa es mucho peor.
El polifacético Jean Cocteau dejó dicho que su pesimismo era, en realidad, una variedad de su optimismo, y algo parecido debe sentir este economista español, Juan Torres, cuando se asoma al mundo actual y lo analiza. La conclusión se resume en afirmaciones contundentes como que el mundo está atravesando por "una oleada de autoritarismo global", que estamos en la época del "crimen perfecto por el asesinato de la verdad" o que "la economía dominante es un fraude intelectual". Pese a todo, Juan Torres López (Granada, 1954) parece extrañarse cuando se le dice que este último libro suyo es el más pesimista de todos. "No creo que sea el libro más pesimista, pero sí el que he escrito en una situación más pésima", replica Juan Torres en relación con la situación del mundo actual.