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2026: año del pendulazo en España
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2026: año del pendulazo en España

El rotundo desplazamiento del péndulo ideológico en las democracias occidentales no es una moda pasajera, es un fenómeno histórico de largo recorrido que tiene sus raíces hundidas en tensiones acumuladas durante décadas

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A lo largo de toda esta década, he analizado todas las elecciones celebradas en los principales países occidentales. Y me he encontrado con una pauta muy similar en todos los casos. Los distintos electorados se están escorando hacia la derecha siguiendo una pauta parecida.

El rotundo desplazamiento del péndulo ideológico en las democracias occidentales no es una moda pasajera, es un fenómeno histórico de largo recorrido que tiene sus raíces hundidas en una serie de tensiones acumuladas durante décadas. Las consecuencias electorales emergen ahora, pero las causas son profundas. Son de índole económica, cultural y política. Y han terminado amenazando la legitimidad del consenso entre progresistas, liberales y conservadores que se sembró tras la Segunda Guerra Mundial.

La promesa democrática se ha agrietado porque su cumplimiento ha dejado de estar garantizado. Todo lo que antes pareció fiable, desde la seguridad económica a la solidez institucional pasando por la convivencia, es percibido como inestable en esta época tan convulsa. Por eso, porque la angustia existe, las capas sociales desprovistas de protección, identidad y orden están buscando refugio bajo el paraguas de formaciones populistas y nacionalistas.

Protección porque la revolución tecnológica ha transformado la economía y está ampliando la distancia entre los ganadores y los perdedores del nuevo capitalismo. Las capas de clase media y trabajadora, basales para la estabilidad de la democracia, están sufriendo. El paisaje se ha desindustrializado, las familias se han empobrecido y las generaciones más jóvenes se han encontrado tan precarizadas que no tienen la posibilidad de poner en pie sus proyectos de vida. Sólo la extrema derecha ha sido capaz de elaborar una cosmovisión para las víctimas de la ansiedad económica permanente.

Identidad porque los cambios sociales, al acelerarse tanto, han abierto demasiadas grietas culturales. Quienes fueron socializados en la jerarquía y la homogeneidad comenzaron a sentirse simbólicamente desposeídos. Luego, denigrados por las élites políticas progresistas y cosmopolitas al ser tachados de “deplorables” por no abrazar inmediatamente los avances en igualdad de género, derechos LGTBI y multiculturalismo. La combinación de pérdida de centralidad cultural y resentimiento generó una bolsa de resentimiento desatendido. Sólo la extrema derecha ha sido capaz de reunir a los relegados, a las víctimas de la ansiedad identitaria, y lo ha hecho en torno a un proyecto reaccionario.

Y orden, porque la arquitectura institucional ya no es percibida como ética y materialmente fiable. Las élites dejaron de ser sistémicas al perderle respeto al sistema. La vida pública ha quedado manchada por la corrupción y envilecida por la polarización. Las crisis, de todo tipo, se han sucedido con respuestas ineficientes de los distintos gobiernos. Todos los agentes de estabilización, incluyendo a los sistemas de partidos tradicionales, han pasado a ser vistos como sospechosos aliados de la disrupción. La instalación del miedo y del sentimiento de traición ha invalidado la autoridad moral y política de las élites. Y sólo la extrema derecha ha sido capaz de plantear a las víctimas del asco y de la incertidumbre una oferta persuasiva y vindicativa, definitiva e impugnatoria. En una palabra: revolucionaria.

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La secuencia de la expansión del nacional populismo en la opinión pública ha seguido un patrón semejante en las sociedades occidentales. Contiene variantes, por supuesto, pero también resulta válida para predecir lo que viene.

En todos los casos existe un primer núcleo ultraconservador que nunca es demasiado numeroso pero que siempre está compacto, así como armado en lo económico, lo cultural y lo tecnológico. Fundamentalmente, grupos muy de derechas, de clases medias y altas, con una frecuente vibración religiosa.

En general, la segunda onda de la piedra que cae en el lago perimetra a los hombres jóvenes. Es el sector más ávido de referentes duros y antisistémicos. Hablamos de chavales precarizados y muy conectados a las redes sociales, que necesitan autoafirmación y que son muy permeables a las visiones omnicomprensivas de la realidad.

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La tercera ola suele inundar al voto masculino de 30 a 50 años que está tradicionalmente ubicado en las clases medias pero con trabajos poco cualificados, especialmente dentro los sectores agrario y de servicios. En esa capa se siente con especial intensidad el impacto del cambio económico, la competencia de la inmigración y el arrinconamiento cultural. Si añadimos una oferta insuficiente de los partidos centrales, contamos con un caldo de cultivo idóneo para la rápida radicalización.

El cuarto movimiento, precisamente el que comienza a darse ahora en nuestro país, puede ubicarse hasta en los mapas, donde el conflicto entre el centro y la periferia se ha agudizado. También en los entornos rurales. Aquí, donde la “agenda verde” se percibe como un capricho de los ricos, es donde la extrema derecha despliega un discurso de timbre obrerista pero de fondo xenófobo y ultraconservador, donde se denuncian la indiferencia y la arrogancia de los grandes partidos y donde se levanta una suerte de geografía moral que agita la llamada al choque entre “la España que madruga” y las burbujas de los poderosos.

Hace unos meses, los del pensamiento convencional, los que por algún motivo incomprensible pensaban que nuestra sociedad permanecería ajena a lo ocurrido en el resto del mundo, argumentaban que nunca podría haber transferencias de voto desde la izquierda hacia la extrema derecha porque, al fin y al cabo, un obrero es un obrero y un pobre es un pobre.

Se levanta una suerte de geografía moral que agita la llamada al choque entre "la España que madruga" y las burbujas de los poderosos

Desde hace unas semanas, los partidarios de aquel pensamiento mágico han pasado al pensamiento de la negociación. Cuentan ahora que las trasferencias existen, pero son menores, las califican de marginales. Si se subiesen a un cercanías podrían hacer un viaje en el tiempo y anticipar lo que vendrá en el ciclo electoral español de 2026. La brecha está abierta y, en el estado actual de las cosas, sólo puede ir a más.

El quinto giro, el definitivo, se ha dado del mismo modo en Francia, Alemania o Estados Unidos. Se activó de modo súbito, en las últimas semanas de las campañas electorales más decisivas y pasando bajo el radar de los sondeos, llegó hasta irrumpir en las urnas.

La normalización y la conversación de las fuerzas de la extrema derecha en actores principales. Quedan siempre focos inmunes a la conversión, por ejemplo, los más mayores o los territorios con más carga nacionalista. Pero la eclosión se acelera porque, finalmente, contra todos los pronósticos, se produce un desplazamiento indetectado en el voto de las mujeres.

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A partir de ese momento, los partidos tradicionales asumen el error que cometieron al aceptar los marcos ideológicos y comunicativos de sus competidores y se hacen conscientes de que el último refugio permanecerá en pie mientras aguanten los “boomers”.

La digestión del nuevo tablero en el sistema de partidos se le hace especialmente costosa a los progresistas. Tardan en asumir que se produjo una desconexión entre la base electoral con la que contaban y el imaginario que emitieron para ese público. El cuento dejó de funcionar porque a los electores les costaba conciliar el sueño. La tranquilidad de los líderes de la izquierda, urbanos y muy bien formados, viajados y nada mal pagados, les llevó a pedir un voto que priorizaba la agenda de lo inmaterial en lugar de la lista de la compra semanal.

Reconocer quién tiene la responsabilidad del distanciamiento requiere mucha honestidad y mucho esfuerzo. Y, sin embargo, sólo lleva hasta la mitad del recorrido. La tentación de buscar un remedio urgente, un contraespejo de la extrema derecha, es difícil de soslayar, tal y como hemos visto en Nueva York o comienza a verse en Gran Bretaña. Si prometen más de lo que pueden traer, la desilusión no puede ser mayor.

Si prometen más de lo que pueden traer, la desilusión no puede ser mayor

En las condiciones actuales es más que difícil erguir un proyecto de seguridad material, convivencia fraternal y solidez institucional. El margen de maniobra es estrecho para redistribuir la riqueza. El cambio social y cultural es demasiado veloz, todo va demasiado aprisa y la democracia está en serio riesgo de perder su atributo principal: el control de la situación. Si la oferta tiene menor escala de lo que requiere la situación, será rechazada por carecer de espíritu y potencia de transformación.
La derecha convencional puede, al menos, contar con la ventaja de reconstruir el puente con el mundo previamente conocido. Los puentes, como señaló Cortázar, necesitan dos orillas. En su caso, el retorno es más sencillo siempre que la democracia sobreviva y sólo, o al menos principalmente, si los ultras fracasan en la gestión.

A lo largo de la historia, el péndulo ideológico ha oscilado periódicamente. Pero lo que estamos viviendo ahora no es una oscilación más. Todo parece indicar que será bastante duradera. En mi opinión, estamos todavía lejos de su punto álgido. De hecho, considero probable que ni siquiera llegue en esta década.

En Estados Unidos no se aprecian señales de vida inteligente dentro del Partido Demócrata. En Europa, la extrema derecha está en primera o segunda posición en las encuestas de la mayoría de naciones, pero todavía no ha llegado a máximos en posiciones de poder. En Iberoamérica, también parece quedarle recorrido a la expansión.

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Por lo tanto, la llegada a ese punto álgido podría depender de cuatro factores: la conquista de los gobiernos en un número de países todavía más significativo, el vaciamiento de la democracia y de la lógica constitucional desde el poder ejecutivo, la completa hegemonía cultural y la absoluta incapacidad de las opciones sistémicas para plantear una alternativa persuasiva.

Si tomamos esos cuatro aspectos y los aplicamos en España, no costará demasiado concluir que la trayectoria del pendulazo marcará el año que hoy estrenamos. Existen, eso sí, algunas resistencias para que Vox pueda llegar a superar el listón del 20% a escala nacional, aunque no estén las cosas para descartar nada: el voto de las mujeres, el voto de los mayores y el voto en Cataluña, Navarra, País Vasco, Asturias y Galicia.

También se da un enigma que no parece resuelto ni por la propia ultraderecha. Da la impresión de que ellos mismos no han decidido todavía si quieren gobernar de verdad a corto plazo o si prefieren esperar mientras desestabilizan el sistema y condicionan la política y la actualidad.

Existen algunas resistencias para que Vox pueda llegar a superar el 20% a escala nacional

Nadie, ni siquiera el presidente, sabe cuándo se verá el Gobierno forzado a convocar elecciones generales. Y nadie, ni siquiera su líder, sabe cómo se comportará Vox después de que se abran las urnas.

Hasta ahora, lo único probado es que Iglesias se comportó con Sánchez con más lealtad de la que Abascal está teniendo con Feijóo. Su deseo de sorpasar al Partido Popular como primera fuerza de la derecha es legítimo, pero no nuevo. En su día lo tuvo Ciudadanos y, cuando aquello se transparentó al poner al partido por delante del país, terminó pasando lo que ocurrió de un día para otro.

Todo lo que podemos hacer, mientras llegan las generales, es poner la atención en las autonómicas de Andalucía. Ya sé que no es lo más probable, pero tampoco es imposible que Vox empate o supere al PSOE en esa región; desde luego podría hacerlo en más de una provincia con relativa facilidad. Ojo a las urnas andaluzas porque muchos de los grandes cambios anteriores comenzaron allí.

El análisis nos dice que el punto álgido del pendulazo, tanto en España como en occidente en general, tardará en llegar. La historia nos dice que detrás vendrá la reacción frente a los reaccionarios, nos cuenta que todos los movimientos fundamentados en el resentimiento acaban agotándose. No sé si la democracia en que hemos crecido terminará o no terminará siendo un paréntesis histórico. Pero sí que estoy bastante seguro de algo: los cambios que viviremos durante los próximos años seguirán teniendo repercusiones durante las próximas décadas.

A lo largo de toda esta década, he analizado todas las elecciones celebradas en los principales países occidentales. Y me he encontrado con una pauta muy similar en todos los casos. Los distintos electorados se están escorando hacia la derecha siguiendo una pauta parecida.

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