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Lo que de verdad provoca el auge de Vox
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Lo que de verdad provoca el auge de Vox

Más allá de un programa concreto o de la aceptación de su líder, la formación de Abascal se está beneficiando de un clima social asentado. España está cambiando y hay demandas que no tienen respuesta

Foto:  Exterior de la mezquita de Talayuela. En este pueblo de Extremadura, una de cada cuatro personas es de origen marroquí. (Carlos Gil)
Exterior de la mezquita de Talayuela. En este pueblo de Extremadura, una de cada cuatro personas es de origen marroquí. (Carlos Gil)
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Conviene reparar la importancia que han tenido en Extremadura las campañas periféricas. Más allá del eje en el que se ha puesto el foco, el de izquierda/derecha, hay otros relevantes. Uno de ellos es el de los partidos principales contra los minoritarios. Estos se desenvolvían en un entorno difícil, porque las formaciones centrales estaban muy asentadas en la región. PP y PSOE se repartían la mayor parte del voto, pero también las transferencias; lo que uno perdía, lo solía ganar el otro. Los comicios del domingo resaltan que ese bloque que podría llamarse del establishment ha salido debilitado. Guardiola ganó, y sumó un diputado, pero perdió votos; el PSOE se hundió; los dos de los flancos dieron un salto adelante significativo.

En las urnas se ha demostrado un deseo de cambio, que en primera instancia se concreta en una poderosa mayoría de la derecha, pero que deja un añadido, porque ha beneficiado especialmente a Vox. Lo que ha impulsado al bloque conservador no ha sido el PP, sino el partido que prometía sacudir estructuras. El PSOE se ha desplomado. En países europeos, cuando una de las formaciones principales se ha estancado, la otra ha caído y ha crecido la extrema derecha, ha sido la señal de que el eje tradicional se estaba rompiendo y que llegaban nuevas fuerzas para gobernar. De momento, en España no ha arraigado esta tendencia, pero conviene no desdeñar las señales.

El crecimiento de Vox, no obstante, pone el acento en los fantasmas que atraviesan la política occidental. El PP sigue atrapado en una posición complicada, entre el PSOE y Vox, y no sabe cómo frenar el ascenso de los de Abascal. Y ello cuando muchos de sus votantes prefieren un gobierno PP-Vox que otro que dependa del PNV o del apoyo de los socialistas. El PSOE y las izquierdas siguen insistiendo en los peligros de la ultraderecha, aunque hayan constatado que ejercer de dique moviliza bastante menos que hace dos años.

El impulso 'antiestablishment' es importante porque cada vez está más presente en la política española y solo Vox ha apostado por recogerlo

Mientras tanto, hay piezas que se mueven, y eso que ocurre en las periferias anticipa transformaciones. En especial porque el auge de Vox no proviene directamente de la oferta de Vox. Se señala a menudo que su crecimiento emana de una política que excita las emociones en lugar de la razón, e incluso se insiste en el papel de la desinformación a la hora de explicar el crecimiento de las opciones antiestablishment. Se busca muy rápidamente la explicación y se repara poco en el contexto que lo facilita. El impulso antiestablishment es importante porque cada vez está más presente en la política española y solo Vox ha apostado por recogerlo.

El agujero de la izquierda

Extremadura señala que España se ha ido desplazando hacia la derecha, pero no solo políticamente, también en el plano social. España ya no es sociológicamente de izquierdas, y ese es un giro que se tiene que anotar con mayúsculas. Y es más significativo en la medida en que en las regiones más desfavorecidas del país, las que muestran mayor desgaste económico, domina electoralmente la derecha.

Uno de los rotos más grandes que afrontan las izquierdas es la pérdida de apoyo en las ciudades pequeñas e intermedias

Este cambio no puede explicarse sin reparar en uno de los rotos más grandes que afrontan las izquierdas, y especialmente el PSOE, que es el partido dominante en ellas: las ciudades pequeñas e intermedias. En las últimas elecciones generales, donde los socialistas crecieron en votos respecto de las autonómicas y municipales celebradas pocos meses antes, el agujero en las capitales era significativo, salvo al norte del Ebro.

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Extremadura ha mostrado de manera nítida esa deriva, con el PSOE en descenso en el mundo urbano (un entorno de ciudades pequeñas e intermedias), al igual que ocurre en Castilla y León y en Andalucía. Las elecciones andaluzas aportarán todavía más luz al respecto. La izquierda perdió las capitales hace tiempo, pero conservaba tirón en muchas ciudades de provincia. Ahí está todavía su esperanza de obtener un buen resultado. El PSOE puede resistir en los entornos rurales, pero necesita de un empujón en las ciudades. De momento, la tendencia es a la baja, también ahí.

Los fuegos que no se apagan

El malestar en los territorios interiores, y en sus ciudades pequeñas e intermedias puede ser explicado desde los cambios operados en la época global. Las grandes urbes concentraron recursos, inversión, empleo y posibilidades de futuro, mientras otras sentían el peso del declive. En ellas ha crecido un sentimiento de haber sido relegadas, cuando no olvidadas, en las que resuenan nuevas preguntas: ¿por qué nadie nos presta atención? ¿Por qué se ignoran nuestras necesidades? Cuando esos interrogantes se expresan en voz alta a menudo, las derechas resultan beneficiadas por el simple hecho de que en España gobiernan los socialistas y sus socios. Es sencillo, y es una baza que el PP juega con insistencia, responsabilizar al Gobierno de Sánchez de las condiciones insuficientes en que se desenvuelve la vida cotidiana muchos territorios.

Pero este es un momento antiestablishment, y del mismo modo que no le basta a las izquierdas con agitar la irrupción de la extrema derecha para movilizar a sus electores, al PP le está llegando ese instante en el que señalar a Sánchez como responsable ya no le permite crecer. Vox obtiene rédito del malestar, porque la confianza en los partidos tradicionales decae. Si el PSOE gobierna en Madrid, el PP lo hace en muchas comunidades y ayuntamientos. Las campañas contra el bipartidismo hacen efecto.

"No pensáis en nosotros, no os importamos" es una convicción que arraiga en los jóvenes que giran a la derecha, pero también en sus padres

Además del desencanto territorial, que opera en muchas comunidades que se sienten maltratadas, también hay malestares que se formulan en términos personales: ¿las personas como yo le importamos a alguien? ¿Somos tenidos en cuenta? A veces, esas cuitas se expresan de maneras más hostiles: ¿se están riendo de nosotros? Esta reacción afecta a ambos lados del espectro político, pero hacen más daño a las izquierdas, porque están en el gobierno y porque sus ideas se anclan en una mirada de gran ciudad.

Pero, en segunda instancia, salen perjudicadas por su posición ideológico-electoral. Han priorizado confrontar con las ideas de la extrema derecha, por convicción y por táctica electoral, de manera que, en lugar de proponer soluciones para el conjunto de la población, se han centrado en aquellos sectores en los que confían para detener la deriva reaccionaria: los jóvenes, el feminista, el que apoya la inmigración y el que aboga por otra estructura territorial. Ese programa ha sido entendido en muchos lugares con una suerte de arrinconamiento, de desdén para quienes no coinciden con él, con una sensación de haberse convertido en ciudadanos de segunda. Se aprecia especialmente en los jóvenes que han girado hacia la derecha, pero también en sus padres: “No pensáis en nosotros, no os importamos”.

Este sentimiento se hace todavía mayor en muchas ciudades pequeñas, así como en las poblaciones rurales, porque la pérdida de servicios públicos y, por tanto, de calidad de vida, les hace verse maltratados: “No solo no nos ayudáis, sino que nos hacéis la vida más difícil; parece que estáis haciendo todo lo posible para que nos vayamos de nuestro pueblo. Parece que sobramos”.

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El sentimiento antiestablishment, que se traduce en el alejamiento de las urnas de parte de la población y en el acercamiento a las opciones políticas que prometen un cambio más contundente, en especial en regiones a las que les falta impulso, proviene de estos fuegos. Hay gente que se siente olvidada, y con razón, y no está obteniendo una respuesta. Con ese suelo, es bastante fácil que penetren las ideas que afirman “lo que nos negáis a nosotros se lo dais a los catalanes” (o a los vascos, o a las ONG, o a los chiringuitos de vuestros amigos), y “las ayudas que no nos llegan van a parar a los inmigrantes”. La reacción contra los impuestos también proviene de ahí. El error consiste en fijarse en las respuestas, y en catalogarlas mediante connotaciones políticas negativas, en lugar de escuchar las preguntas.

Conviene reparar la importancia que han tenido en Extremadura las campañas periféricas. Más allá del eje en el que se ha puesto el foco, el de izquierda/derecha, hay otros relevantes. Uno de ellos es el de los partidos principales contra los minoritarios. Estos se desenvolvían en un entorno difícil, porque las formaciones centrales estaban muy asentadas en la región. PP y PSOE se repartían la mayor parte del voto, pero también las transferencias; lo que uno perdía, lo solía ganar el otro. Los comicios del domingo resaltan que ese bloque que podría llamarse del establishment ha salido debilitado. Guardiola ganó, y sumó un diputado, pero perdió votos; el PSOE se hundió; los dos de los flancos dieron un salto adelante significativo.

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