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Generación 'no contacto': los hijos que no quieren saber nada de sus padres en España
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UN TABÚ QUE VA DESAPARECIENDO

Generación 'no contacto': los hijos que no quieren saber nada de sus padres en España

Los jóvenes cada vez protagonizar más dinámicas de separación final, algo que hasta ahora era impensable. Hablamos con algunos de ellos para saber por qué han roto con sus progenitores

Foto: Cena navideña para ancianos en Volendam (Países Bajos). (EFE/EPA/Dingena Mol)
Cena navideña para ancianos en Volendam (Países Bajos). (EFE/EPA/Dingena Mol)
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Según los datos más recientes de los que dispone el INE, en 2024 hubo en España un total de 82.991 divorcios. Esa cifra se traduce, en el día a día de los españoles, en una normalización de la disolución de los matrimonios. Si el lector no es uno de ellos, con total seguridad conocerá a más de una (y de diez) personas que se hayan divorciado. Y hay consenso acerca de la inmensidad de razones que pueden justificar un divorcio, aunque estas se pueden reducir a una simple regla: si un miembro de un matrimonio le hace daño (físico o psicológico, da igual) al otro, este último está en todo su derecho —no solo legal, sino también moral— de acabar con esa relación. Si esto es así para un compromiso tan profundo como el matrimonio, elegido conscientemente, ¿por qué no se aplica la misma vara de medir a la relación 'involuntaria' entre padres e hijos? Dicho de otro modo: ¿por qué es tan difícil (y está tan mal visto) romper con tus padres?

Hay voces de expertos y analistas, especialmente fuera de España (sobre todo en Estados Unidos y medios anglosajones) que señalan que las generaciones más jóvenes parecen estar protagonizando más dinámicas de separación familiar o estrangement (distanciarse o cortar contacto con familiares). Por ejemplo, Karl Pillemer, sociólogo de la Universidad de Cornell y experto en dinámicas familiares, ha explicado en diversos medios de comunicación que hay estudios que muestran que una parte significativa de adultos jóvenes reportan cortes de contacto con familiares, y que esto se ve en las generaciones más jóvenes (millennials y Gen Z), aunque también puede reflejar una mayor visibilización y apertura sobre el tema, más que un aumento puro y duro de la incidencia. También expertos citados en publicaciones como The Week y The New Yorker indican que hay un fenómeno emergente de jóvenes que optan por ir no contact con familiares que perciben como tóxicos o dañinos, y que psicólogos y terapeutas están empezando a observar esta decisión como una forma de proteger la salud mental, algo que ahora se discute más abiertamente que antes.

Para los afortunados que hayan sido bendecidos con unos excelentes progenitores, esta decisión carece de sentido; pero para los que no, se impone una realidad aplastante: los malos padres existen. De hecho, según algunos expertos, pueden ser muy comunes: “La mayoría de las familias son disfuncionales. Hay muy pocas en las que esto no sea cierto. Aunque parezca que no, es así. En casi todas hay dinámicas dañinas normalizadas”, explica Sandra Sagón, trabajadora social y terapeuta especializada en la relación entre madres e hijas. De nuevo, podría parecer que estos casos son la excepción, pero la experta explica que hay detalles que no identificamos como tóxicos, pero que sí lo son: “Puede haber un padre muy autoritario y una madre pasiva, o al revés; una madre muy narcisista y un padre sometido; un hijo al que se idealiza y otros que quedan discriminados. Este tipo de situaciones se repiten muchísimo”. Estas ‘pequeñas cosas’ conllevan daños psicológicos en los hijos: “Muchas de estas situaciones generan dolor real en las personas, pero se tienden a minimizar: se piensa que es percepción propia, cuando en realidad sí está ocurriendo”, explica Sagón.

La historia de Laura Fernández (nombre ficticio, para proteger su privacidad) no comienza con ‘pequeñas dinámicas’, sino todo lo contrario: “Yo tenía un año y medio cuando mi padre desapareció y mi madre entró en depresión. En mi adolescencia, con mi madre, es la etapa de la que más recuerdos tengo. Fue ahí cuando empezaron los maltratos físicos y verbales”. Pero, ¿qué hace que una madre pueda hacerle algo así a su hija? “El detonante fue la ruptura con mi padre, y cuando yo desarrollé mi personalidad, mi madre reconocía a mi padre en mí y comenzó su odio”.

A los doce años, tomó la decisión: "No quería verlo más"

A pesar de una historia tan traumática, cortar la relación madre-hija no es sencillo. “Para el ser humano es mucho más fácil vincularse que desvincularse”, explica la psicóloga clínica y divulgadora Isabel Serrano-Rosa. Y continúa: “Muchas veces preferimos negociar con nosotros mismos y quedarnos en las relaciones de las que formamos parte, que afrontar el hecho de quedarnos huérfanos”. Para Laura, no haber formado parte de una familia normal provocó lo que se puede entender como una predisposición a la ruptura: “El ambiente era exigente, lleno de normas y reglas, solitario y completamente carente de una familia ‘pura y dura’”. Pero los vínculos, incluso los que son tan malos como estos, son fuertes: “Sentí siempre mucha presión y una obligación de que a la familia había que mantenerla, fuese como fuese, aguantando lo inaguantable”.

Marta Kornelski también rompió la relación con uno de sus progenitores, su padre. En su caso, además, con el añadido de que el daño que sufrió no era solo para herirla a ella, sino a su madre: Marta es víctima de la violencia vicaria. “Mi padre siempre utilizó mi figura para dañar a mi madre, y también a mí. Crecí normalizando ese ambiente, creyendo que aquello era simplemente lo normal”, explica Marta. Y continúa: “Fue al entrar en la preadolescencia cuando empecé a sentir un rechazo consciente al ir a verle. En ese periodo ya podía identificar mejor cómo me afectaban sus actitudes violentas hacia mí cada vez que estaba con él”. Su historia comienza a finales de los años 90, cuando su madre intentó tomar medidas para acabar con la relación de pareja que la hería a ella y, sobre todo, a su hija: “Mi madre nunca denunció a mi padre porque, cuando acudió a hacerlo a una comisaría en 1997, no la tomaron en serio; le pidieron que volviera a casa. Hasta el abogado del divorcio conocía la violencia que mi padre ejercía contra ella y contra mí, así como sus formas de intimidación. Aun así, le concedieron la custodia compartida; a un hombre que acababa de salir de prisión por otros delitos”, detalla.

placeholder Las películas de Alauda Ruiz de Azúa son un retrato de las dinámicas familiares (positivas y negativas).
Las películas de Alauda Ruiz de Azúa son un retrato de las dinámicas familiares (positivas y negativas).

Fue a los 12 años cuando Marta tomó la decisión: “Yo ya no quería estar con él, no solo por cómo me trataba a mí, sino porque también maltrataba delante de mí a su pareja de entonces. La violencia física y psicológica era constante. Finalmente, decidí contárselo a mi madre, que tuvo que venir a buscarme después de un episodio violento”. A continuación, reunió el valor para, en unas Navidades, decirle directamente a ese hombre que “no quería verlo más”.

Progenitores, yo os creo

Una mujer puede dejar a su pareja de 15 años si así lo desea, un marido puede divorciarse sin problema. Amigos, familiares y conocidos, así como sus opiniones, no pintan nada. Pero no es lo mismo con los hijos que se separan de sus padres: en nuestra sociedad “impera, siempre, el cuarto mandamiento: honrarás a tu padre y a tu madre”, explica Sandra Sagón. Y continúa: “La sociedad no acompaña a estas personas, no las apoya. Es muy difícil dar el paso porque los demás te juzgan, te señalan”. Además, añade que hay una figura intocable, sobre todo en las culturas mediterráneas: “La madre está siempre idealizada, siempre en los altares. Cuando hay un conflicto, a los primeros a los que se cuestiona es a los hijos, jamás a la madre”. Isabel Serrano-Rosa ahonda en las causas: “Todos hemos crecido con el mito de la familia intacta”.

Mario Laguarda-Serrano, psicólogo y socio de Isabel en el centro de psicología EnpositivoSi ahonda en los orígenes de esos dogmas: “Nuestros primeros momentos de culpa vienen desde la familia. Desde muy pequeños aprendemos que cuando hacemos algo que está mal, sentimos culpa, y esta sirve para enseñarnos cuáles son las normas sociales, qué se puede hacer y qué no”. Y continúa: “Funciona como un mecanismo muy potente de regulación social. Te indica que no estás cumpliendo con lo que se espera de ti dentro de la familia y, por tanto, hace que muchas personas se cuestionen romper, porque sienten que están haciendo algo mal, aunque la relación las esté dañando”. Este sentimiento no solo se da en los hijos, sino en las personas cercanas a la familia, como explica Serrano-Rosa: “La cultura no favorece que tú rompas. Diríamos que… ¿Cómo vas a romper con tus padres? No es pensable. Vivimos con el concepto del perdón: ‘perdónalo’, ‘venga, hombre, tampoco vas a romper con tu madre’, ‘pobrecillo’, ‘mira todo lo que han hecho por ti’. Y muchas veces esto es funcional y hay que tenerlo en cuenta, pero la cultura no favorece que tú rompas”.

"Un maltratador nunca es un buen padre, eso sigue sin entenderse"

Incluso después de haber dado el gran paso, la comprensión no llega, “muchas veces, por parte de personas que repiten sin pensar discursos conservadores sobre la ‘familia’. Hay quien cree que perdonar es una obligación moral, o que un padre lo es automáticamente por la sangre. Pero no: un padre es quien te cuida, te respeta y te acompaña”, explica Marta Kornelski. Por suerte para ella, otro hombre sustituyó a su padre: “Esa persona siempre fue mi abuelo Andrés”. Además, explica que “es importante decirlo con claridad: toda persona que te daña, aunque sea familia, no merece tu perdón. Tienes derecho a alejarla de tu vida”.

Marta vivió el estigma que supone romper con sus padres (con uno, en este caso) en propia carne, sin importar siquiera que se tratase de un caso de violencia vicaria: “De niña, jamás me sentí comprendida. Yo era la primera de mi clase con padres divorciados, y eso ya me marcaba. Pero nadie sabía —ni yo lo decía— la violencia que se vivía con él. No había comprensión, ni recursos, ni tampoco un lenguaje social para hablar de todo esto”. Con los años, en cambio, estas experiencias han hecho que Marta sienta un compromiso por visibilizar la situación de padres e hijos víctimas de violencia vicaria: “Hoy siento que mi testimonio es importante para visibilizar algo esencial: un maltratador nunca es un buen padre. Ese mensaje sigue sin entenderse a nivel institucional y social. Por eso mismo hay que creer a las mujeres y menores que exponen estas situaciones”. Y apostilla: “Por fortuna yo no fui una hija asesinada”.

Por su parte, Laura, completamente ‘huérfana’, decidió ocultar su decisión: “No tengo hermanos, nunca conocí a la familia de mi padre y con mis amigos intentaba hablar lo menos posible porque no me sentía cómoda”. Lo más duro, explica, fue “el sentimiento de culpa que siempre tuve integrado. Saber que por mi culpa mi madre estaba sola. Fue muy duro tomar la decisión definitiva y mantenerla sin intentar volver a ‘ayudarla’”. Exactamente, el mismo sentimiento de culpa del que hablaba Mario Laguarda-Serrano.

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Romper definitivamente el vínculo no está libre de secuelas. Para empezar, como explica Sandra Sagón, “siempre queda un anhelo; ¿y si cambian?”. Además, estas situaciones han cambiado profundamente la forma de ser de las protagonistas: “Ahora no tengo ‘piedad’ para alejarme de gente que siento que no me aporta. Soy mucho más selectiva y cautelosa a la hora de relacionarme con gente. Antes, en cambio, era mucho más confiada y daba todo por personas que no me correspondían”, narra Laura.

Animar a alguien, sea quien sea, a ‘romper’ con sus padres es impensable; es una decisión que cada cual debe tomar por sí mismo. Pero, de poder, ¿qué se dirían las protagonistas a sí mismas antes de tomar esa decisión? Laura, por ejemplo, se diría que “no se repitiese tanto la frase ‘tú puedes con todo, sigue adelante’. Es muy importante el poder tener el tiempo de derrumbarse y volver a levantarse más fuerte y con quizás otra perspectiva. De lo contrario, siempre vivirás en un limbo en el cual crees que no pasa nada porque puedes con todo y sigues, pero realmente estás rota por dentro”. Marta, por su parte, se animaría: “Me diría: Estás haciendo lo correcto. Gracias por cuidarte desde niña y por dar voz a lo que viviste. Has sobrevivido, y eso ya es un acto de valentía inmensa”.

Según los datos más recientes de los que dispone el INE, en 2024 hubo en España un total de 82.991 divorcios. Esa cifra se traduce, en el día a día de los españoles, en una normalización de la disolución de los matrimonios. Si el lector no es uno de ellos, con total seguridad conocerá a más de una (y de diez) personas que se hayan divorciado. Y hay consenso acerca de la inmensidad de razones que pueden justificar un divorcio, aunque estas se pueden reducir a una simple regla: si un miembro de un matrimonio le hace daño (físico o psicológico, da igual) al otro, este último está en todo su derecho —no solo legal, sino también moral— de acabar con esa relación. Si esto es así para un compromiso tan profundo como el matrimonio, elegido conscientemente, ¿por qué no se aplica la misma vara de medir a la relación 'involuntaria' entre padres e hijos? Dicho de otro modo: ¿por qué es tan difícil (y está tan mal visto) romper con tus padres?

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