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"Estamos donde estábamos": por qué los socios no quieren romper con el Gobierno
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"Estamos donde estábamos": por qué los socios no quieren romper con el Gobierno

El bloque de investidura ha planteado diversas exigencias a Sánchez, pero no se ha mostrado dispuesto a alejarse definitivamente de él. Hay lazos que unen, pero están deshilachándose

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el pasado lunes. (Europa Press/Eduardo Parra)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el pasado lunes. (Europa Press/Eduardo Parra)
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El Gobierno está emitiendo señales de agotamiento. Los partidos de la derecha creen que Sánchez está noqueado. Los de izquierda no perciben capacidad de respuesta. Los socialistas no adivinan qué tecla tocar para recuperar la iniciativa.

La rueda de prensa del lunes, en la que Sánchez presentó un exhaustivo balance de las medidas realizadas, así como las declaraciones a los medios en la copa de Navidad de Moncloa han dejado una sensación ambigua en el bloque de investidura. El presidente se mostró decidido a resistir, reivindicó la acción gubernamental y quiso transmitir una sensación de ‘estabilidad a pesar de todo’, pero no convenció a los partidos que le apoyan. Las críticas son numerosas. Unos le ven paralizado, otros entienden que “la hemorragia no se frena con medidas sociales como el bono transporte”, y otros creen que “amnistía y reparto de los fondos” es un programa escaso para un futuro cada vez más incierto.

"Si Moncloa no toma medidas radicales, el Gobierno se va a pudrir; se lo está poniendo a huevo a la oposición"

Este aumento de la presión puede verse desde dos perspectivas. La primera es coyuntural y está relacionada con la intranquilidad creciente entre los socios por el momento de debilidad del Ejecutivo. Sumar ha exigido una reforma profunda, más medidas progresistas y una reunión. Compromís, el cese de la ministra de Igualdad y el ministro de Transportes. El PNV afirmó que “si no frena la hemorragia, tendrá que pensarse acudir a elecciones”. Desde Esquerra aseguran que “la aparición pública del lunes fue insuficiente, falta de autocrítica y de sentido de realidad” y Bildu que “si Moncloa no toma medidas radicales, el Gobierno se va a pudrir; se lo está poniendo a huevo a la oposición”. Junts lo tenía claro hace tiempo: si la posición de Sánchez es débil, mejor para sus negociaciones. Es el momento de la exigencia: el PSOE está al frente y tiene que demostrar que todavía tiene fuerzas. Necesita marcar el paso.

Quizá las exigencias que mejor definen el sentir común son las de Esquerra. Insisten en que “hay una primera línea roja: si se demuestra que ha existido financiación ilegal del PSOE, habrá un cambio de rasante”, algo que también ha recordado el PNV. Exigen más hechos que palabras en el caso de los abusos, porque “por salud, del sistema, no se puede dejar que las conquistas feministas se vayan al garete”, lo que subrayan especialmente los partidos de izquierda, que entienden ese flanco como el más débil. Y, por supuesto, ERC exige que se cumplan los acuerdos que suscribieron, y “en especial, la financiación. No vamos a perder el foco. Los líos del PSOE no nos apartarán del objetivo. Junqueras se lo dirá a la cara”. Son exigencias que se habían formulado antes de la comparecencia, y poco ha cambiado tras ella: “Estamos donde estábamos”.

La perspectiva estructural

Ese “estamos donde estábamos” debe entenderse desde una segunda perspectiva, la estructural, la que explica la firmeza de los lazos: todos los socios tienen intereses de distintos tipos con el Gobierno. Junts no moverá ficha hasta que no se asegure la ley de amnistía y Puigdemont pueda regresar. A partir de entonces se moverán piezas, pero no ahora. El PNV no solo está negociando con el PSOE el traspaso de competencias acordadas, sino que una ruptura con los socialistas podría romper el equilibrio vasco: los jeltzales y los socialistas son socios en Euskadi desde hace mucho tiempo, y una ruptura en Madrid podría llevar a que el PSOE abriera la puerta a pactos amplios con Bildu. Sumar sigue en los ministerios, sin un partido construido y sin una confluencia sólida en la que pueda refugiarse. IU, además, necesita esperar a Andalucía. Y Podemos está mucho más interesado en sacar a Yolanda Díaz y a Sumar de la futura fuerza común de la izquierda que en acabar con el Gobierno.

Hay demasiados incentivos, ideológicos y pragmáticos, como para empujar en la dirección de que el Gobierno caiga

Son estos elementos los que atan a Sánchez y al bloque de investidura, y por eso la ruptura no aparece en el horizonte. No se trata únicamente de que un Gobierno de PP y Vox pueda implantar un programa que disguste a los socios; también haría imposibles algunos de los acuerdos que han suscrito. Hay demasiados incentivos, ideológicos y pragmáticos, como para empujar en la dirección de que el Gobierno caiga. Y habría que ver cuál de esos partidos está dispuesto a pagar el precio electoral de tumbar al Ejecutivo. Ni siquiera Junts saldría bien de esa situación, una vez que Aliança Catalana está creciendo.

La esencia de Sánchez

Sin embargo, y ahora más que nunca, la política debe observarse desde la eventualidad. Los incentivos presentes pueden ser distintos dentro de unos meses, quizá incluso en unas semanas. No hay ninguna certeza sobre lo que puede aparecer en las investigaciones en curso, y tampoco la hay de que no surjan nuevos casos de acoso en el Partido Socialista. Lo que se asegura hoy debe ponerse entre paréntesis, incluida la afirmación del Gobierno de que “todavía quedan dos años de legislatura”.

Si no conserva su carácter de dique, los socios le dejarán solo, tumben o no el Gobierno

Este es un momento de inflexión para los socialistas, en la medida en que todos los frentes permanecen abiertos y que el ciclo electoral entrante arroja malas expectativas. Sánchez superó un momento similar antes de verano, con el caso Cerdán, y logró remontar tras las vacaciones gracias a su posición respecto de Gaza. Ahora se perciben menos opciones.

El papel que ha jugado el presidente, y el que le ha permitido unir al bloque, tiene una esencia: ofrecerse como dique firme frente a la posibilidad, cada vez más presente, de un Ejecutivo con PP y Vox. Pero ese muro tiene que ser sólido: solo entonces el bloque de investidura se decidirá a aportar los ladrillos precisos. Si, por el contrario, los socios perciben que el agua se filtra entre las piedras, comenzarán a pensar en construir su refugio en otro lado. Ese es el momento de la legislatura: el bloque de investidura constata demasiadas fisuras en el dique y le exigen que lo apuntale. Si no conserva su carácter de muro, los socios se apartarán, tumben o no el Gobierno, sin disimulo.

No es una advertencia menor. La posición de resistente alcanza un pico a partir del cual, aferrarse tiende a ser contraproducente. Cuanto más se aguanta, mayor es el desgaste y peor el resultado electoral en el momento de las elecciones. La derecha cree que ese momento llegó hace tiempo, que el PSOE ha entrado en una fase similar a Zapatero en su etapa final, y que lo que le queda a Sánchez es vivir un declive continuo. Los socios quieren que demuestre que todavía ese instante no ha llegado.

El Gobierno está emitiendo señales de agotamiento. Los partidos de la derecha creen que Sánchez está noqueado. Los de izquierda no perciben capacidad de respuesta. Los socialistas no adivinan qué tecla tocar para recuperar la iniciativa.

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