Almaraz, el otro botón nuclear de las elecciones en Extremadura
Es una de las 11 centrales del mundo con la máxima calificación, genera 4.000 empleos y paga 435 millones al año en impuestos. La derecha exige su continuidad y la izquierda está en fuera de juego. Es un movilizador de voto el 21D
Cuando uno accede a la central nuclear de Almaraz, lo primero que ve son unos cervatillos correteando libremente. Es una imagen casi bucólica que destapa una certeza: la propaganda antinuclear también vive en ti y es complicado desprenderse de los prejuicios, porque rápidamente uno desconfía y piensa que los han puesto ahí para lavar su imagen: peligro, radiación, catástrofe. Rápidamente alguien bromea: "No tienen tres ojos ni cinco patas, todo va bien". El prejuicio se manifiesta, y no es ilógico: tres accidentes nucleares subsisten en la memoria colectiva, con especial mención al de Chernóbil en 1986. También Fukushima (Japón, 2011) y Three Mile Island (Estados Unidos, 1979). La ficción se ha ocupado del resto, pero la realidad es distinta. Radicalmente distinta.
La comarca donde está ubicada la central de Almaraz (Cáceres) es un paraje natural cercano al parque nacional de Monfragüe. En el embalse de Arrocampo que rodea las instalaciones ha surgido una zona de especial de protección de aves (ZEPA): miles de aves y especies acuáticas viven en este humedal construido para colmar las necesidades de refrigeración de la central. Todo esto no es una excepción, porque la energía nuclear no agrede al medio ambiente. Otro tema son los residuos, guardados bajo siete llaves, varias alambradas y en contenedores especiales. En Francia se empiezan a reutilizar, pero en España todavía no.
Todo pintaba negro para la energía nuclear hasta 2022. La Comisión Europea concluyó entonces que es una energía verde, una decisión que supuso una gran decepción para la izquierda mundial y un punto de inflexión para un sector que ya había iniciado el camino hacia la extinción, al menos en España. De los siete reactores activos en la península, los dos primeros en apagarse iban a ser Almaraz 1 (1 de noviembre de 2027) y Almaraz 2 (31 de octubre de 2028). Pero el debate vuelve a estar abierto y todo parece indicar que la tozuda realidad va a doblar el pulso al Gobierno más declaradamente antinuclear de nuestra historia.
La decisión de Bruselas, impulsada por la crisis energética derivada de la guerra de Ucrania, ha envalentonado a los partidarios de la energía nuclear, hasta el punto que el mantenimiento de las dos centrales cacereñas no sólo se ha convertido en un asunto político en las elecciones autonómicas del próximo domingo, sino que es tema de conversación en las cafeterías de toda Extremadura junto con el caso del hermano de Pedro Sánchez y con las relaciones de futuro entre el PP y Vox. No es extraño: Almaraz contribuye a la comunidad autónoma con la creación de 4.000 empleos directos, indirectos e inducidos y más de 400 empresas dependen de su actividad, muy especialmente en la comarca. Es un motivo de orgullo y en el actual escenario geoestratégico mundial, una oportunidad.
La seguridad por bandera
Para acceder a las zonas restringidas donde se encuentran los reactores y las salas de control hay que vestirse adecuadamente: botas, chaqueta, casco, gafas y tapones para los oídos. Generar energía nuclear es un proceso complejo que, para empezar, hace bastante ruido. Ah, y nada de teléfonos móviles. Una vez dentro de las instalaciones hay dos palabras que se repiten: seguridad y calidad. La energía nuclear vuelve a estar de moda, pero el sector es consciente de que no puede cometer errores. La imagen cuenta.
Se pueden leer por todas partes carteles que proclaman los "cero accidentes", una forma de recordar al empleado y advertir al visitante de que debe comportarse con rigor. Todos los procesos están duplicados y nada se hace sin el correspondiente protocolo y siguiendo el procedimiento. Se deja constancia de cada accidente, por muy menor que sea: desde un martillazo en un dedo a un esguince, todo. Este año no ha habido ninguno, uno el año pasado y nada en 2023. En la década anterior había alguno más (ver gráfico adjunto), pero todos siempre leves.
La sala de control es setentera, como preparada para un rodaje de Stanley Kubrick. Sobre un suelo verde oscuro y un mobiliario de metal color pistacho, como de taquilla de instituto, se abre paso una luz tenue que se logra con una rejilla dorada. El techo de hormigón es mucho más alto, pero se trata de convertirlo en un lugar acogedor entre decenas de monitores, teléfonos, botones, luces verdes y rojas y gráficas en tiempo real. Siempre hay un responsable atento, por turnos. Después de Chernóbil se creó una clasificación, denominada WANO para catalogar la seguridad en las centrales. Sólo hay once en el mundo en la categoría 1 (excelencia) y tanto Almaraz 1 y 2 como Trillo, en Guadalajara, se someten con éxito cada cuatro años a una revisión exhaustiva de las autoridades internacionales. No hay peligro.
La seguridad se manifiesta de muchas otras maneras. Para empezar, con una unidad de la Guardia Civil que se ocupa de vigilar el perímetro y los accesos y que está financiada por la central, no por el Ministerio del Interior. Esto genera ciertas suspicacias en el cuerpo. Y para seguir porque la instalación debe ser autónoma, como se demostró con el apagón en toda España. ¿Qué sucedió aquel día? Como en el resto de la península, la central dejó de recibir energía externa, lo que obligó a poner en marcha el plan B, porque en Almaraz todo está previsto y duplicado: cuatro generadores diésel, similares a los de los barcos, arrancaron automáticamente en doce segundos y proporcionaron el 100% de potencia. Aún había uno más a la espera, de modo que la central funcionó con normalidad. En el sector consideran, además, que visualizar las consecuencias de la política energética del Gobierno es un respaldo para ellos. "No hay mal que por bien no venga", bromean.
Impuestos
La influencia de la central no termina en Extremadura. Es la instalación que más aporta al sistema eléctrico español, con un suministro medio anual de 16.000 millones de kw/h. Es decir, genera el 7% de la electricidad total en España, lo que supone alimentar a cuatro millones de hogares. Y otra aportación más, que revela la estrategia del Gobierno hacia esta forma de obtención de energía: la central de Almaraz va a pagar 435 millones de euros en impuestos este 2025, lo que supone una subida de casi el 30% en los últimos seis años (343 millones en 2019).
La tendencia es alcista desde 2012, pero la presidenta en funciones de la Junta de Extremadura, María Guardiola, se ha comprometido a bajar el tramo autonómico a partir de 2027. Lo hace por convicción y porque sabe que la apuesta por la energía nuclear es ganadora en la región. Tanto, que el candidato del PSOE, Miguel Ángel Gallardo, también quiere que se prolongue la vida de Almaraz. Su problema es que el Gobierno de España ha sido el más beligerante de Europa contra esta forma de energía, incluso ahora que la exministra española Teresa Ribera es vicepresidenta de una Comisión Europea que está volviendo a apostar por ella.
Visitar una central nuclear es un ejercicio interesante porque permite al visitante enfrentarse a sus propios prejuicios, o a su propia ignorancia, y, además, hacer una inmersión científica, económica y fiscal, incluso ecológica. En Almaraz lo saben bien, como en Navalmoral de la Mata, Cáceres y en toda Extremadura: si se cierra Almaraz la comarca caerá en depresión. Por eso, en esta campaña casi nadie se atreve a pedir el cierre, pues supondría ir contra su tierra.
Las elecciones de Extremadura del próximo domingo 21 serán lo primero de muchas cosas, porque son las primeras del nuevo ciclo electoral. Permitirán calibrar la magnitud del castigo al PSOE por los casos de corrupción y de machismo en uno de sus feudos más fuertes; permitirán valorar en qué términos deben establecerse las relaciones entre el PP y Vox; y ya están permitiendo abrir un debate desprejuiciado sobre el modelo energético para España. Almaraz es ya mucho más que una central. Es un símbolo del resurgir de la energía nuclear y es un modelo que no es único en el mundo. En este momento hay 139 reactores en el mundo con autorización para seguir funcionando 60 años más, la mayoría de ellos en Estados Unidos. ¿Por qué no hacer lo mismo con los dos reactores que se elevan sobre el embalse de Arrocampo y bajo la sierra de Gredos? Es sencillo: basta con vencer los prejuicios ideológicos.
Cuando uno accede a la central nuclear de Almaraz, lo primero que ve son unos cervatillos correteando libremente. Es una imagen casi bucólica que destapa una certeza: la propaganda antinuclear también vive en ti y es complicado desprenderse de los prejuicios, porque rápidamente uno desconfía y piensa que los han puesto ahí para lavar su imagen: peligro, radiación, catástrofe. Rápidamente alguien bromea: "No tienen tres ojos ni cinco patas, todo va bien". El prejuicio se manifiesta, y no es ilógico: tres accidentes nucleares subsisten en la memoria colectiva, con especial mención al de Chernóbil en 1986. También Fukushima (Japón, 2011) y Three Mile Island (Estados Unidos, 1979). La ficción se ha ocupado del resto, pero la realidad es distinta. Radicalmente distinta.