La gente que necesita doparse para trabajar: "Alterno porros y orfidales para dormir"
El 10% de las mujeres trabajadoras han consumido psicofármacos en los últimos 30 días. Los hombres solteros y menores de 25 años son otro perfil vulnerable al alcohol. ¿Qué está ocurriendo?
El 11 de julio de 2015, Eilene Zimmerman fue a casa de su exmarido. Estaba preocupada. Durante los últimos meses su comportamiento se había vuelto errático; podía estar furibundo y amenazador un minuto y arrepentido y generoso al siguiente. Además, había adelgazado, parecía distraído y faltaba con frecuencia a las actividades de sus hijos. Ella supuso que la culpa era del estrés y el exceso de trabajo: era socio de un importante bufete de abogados en Silicon Valley y había pasado más de dos décadas trabajando más de sesenta horas a la semana. Llevaba casi una semana sin cogerle el teléfono a sus hijos, así que aquel día de verano se presentó en su domicilio.
Lo encontró tendido en el suelo, boca arriba, entre el cuarto de baño y el dormitorio. Estaba muerto. Tenía un agujerito sanguinolento debajo del codo. Zimmerman también encontró dos jeringuillas con una mezcla oscura en su interior. “Fue capaz de llenar dos jeringuillas con un mejunje marrón claro que probablemente fuese cocaína y tramadol, y de dejarlas con cuidado en el borde del lavabo del baño”, escribe Zimmerman en Bofetón (Yonki Books, 2024), un libro de memorias en el que explora e investiga las adicciones y drogodependencias relacionadas con el mundo laboral. La última llamada que hizo su exmarido fue para conectarse a una conferencia telefónica.
El suyo es un caso concreto, novelado y ocurrido en otro país, pero que habla de una realidad que todo el mundo conoce en España, pero de la que no se suele hablar: el “dopaje laboral”. El tomarse algo antes, durante o después del trabajo para aguantar, para subsistir, para rendir más. “Es un tema delicado, multicausal, con gran estigmatización social y con mucha pérdida de autoestima que viene del miedo a confesar que se tiene un problema”, explica a El Confidencial María Jesús Otero, jefa de la Unidad Técnica de Psicosociología Centro Nacional de Nuevas Tecnologías (CNNT) del Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST). “Sabemos que es un problema que está ahí, pero es necesario realizar mayores esfuerzos para hacer frente a un problema con muchas aristas y en constante crecimiento”, continúa Otero.
Según los últimos datos del informe Salud mental y trabajo. Diagnóstico de situación, INSST, 2023, un 32% de la población ocupada declara presión de tiempo o sobrecarga de trabajo y la identifica como factor perjudicial para la salud mental, siendo el Transporte y almacenamiento, Actividades financieras y de seguros, Administración pública y Actividades sanitarias y de servicios sociales los oficios más expuestos. Además, los datos recogidos señalan que exponerse a condiciones de “alta tensión” aumenta alrededor de un 77% la probabilidad de padecer depresión y se asocia a un mayor consumo de psicotrópicos. La alta inseguridad laboral incrementa aproximadamente un 61% el riesgo de trastornos depresivos, hasta un 77% el de trastornos ansiosos y en torno a un 30% el consumo de psicofármacos. Igualmente, la combinación de altas exigencias y bajas compensaciones se vincula con aumentos de hasta un 66% en el riesgo de depresión.
"Me daba a la bebida: mi jornada era partida y no tenía casi vida"
Del mismo modo, y según la última Encuesta sobre consumo de sustancias psicoactivas en el ámbito laboral en España, el alcohol, tabaco, hipnosedantes y cannabis se posicionan como las drogas con mayor nivel de consumo tanto en la población que trabaja como en la que no. Sin embargo, las prevalencias de consumo en los últimos 12 meses son más elevadas entre la población laboral que en la población general para todas las sustancias excepto para hipnosedantes (con o sin receta). Asimismo, el alcohol es con diferencia la droga más consumida. El 81% de la población trabajadora ha consumido alcohol en los últimos 12 meses.
“Yo me daba a la bebida”, confiesa Roberto, de 30 años, quien durante dos años estuvo trabajando como transportista y repartidor para un gran supermercado. “El trabajo era una mierda, los horarios iban rotando, tenía jornada partida y casi no tenía vida”, recuerda para señalar que hubo un momento en el que se dio cuenta de que la cosa se le estaba yendo de las manos. “Me ponía ciego todos los findes y, muchas veces, también bebía a diario, al salir del curro. Sentía que no iba a poder con mi vida si no lo hacía”, recuerda.
Roberto acabó por dejar el trabajo: “Puedes acabar destrozándote la vida con esto y, ¿para qué? ¿Por 1.500 euros al mes, con suerte?, no gracias”, continúa para decir que ahora está mejor, en otro sitio, donde no tiene que moverse de aquí para allá. “Sigo bebiendo, aunque no lo mismo. He bajado mucho la cantidad y estoy intentando controlarlo, aunque a veces me pregunto si es posible sobrevivir al mundo laboral sin atufarte de vez en cuando”, opina.
“Con el alcohol, además, tenemos el gran problema de que su consumo, en países como el nuestro, es altamente social y que aún hay una gran presión del entorno para que bebas en tu tiempo de ocio, aunque sí que es verdad que es una tendencia que está cambiando”, apunta, por su parte, Otero, quien resalta que los hombres solteros, menores de 25 años, sin estudios o con estudios primarios, son quienes presentan un mayor consumo de alcohol de riesgo.
A partir de los 45, peor
“Los consumos son más prevalentes en hombres en todas las drogas, tanto las legales como las ilegales, esto también incluye tabaco, anfetaminas y esas cosas”, prosigue Otero para señalar la única excepción: los hipnosedantes. Ahí la prevalencia y el consumo es mayor en mujeres, cuyo consumo va subiendo a medida que aumenta la edad. “De 45 años para arriba es cuando se produce el mayor consumo”, explica. Además, según sus datos, el 10% de las mujeres trabajadoras han consumido psicofármacos en los últimos 30 días para poder trabajar.
Marta, de vez en cuando, se toma alguna benzodiacepina para que su cabeza se calle
Una de ellas es Marta, que prefiere no dar su nombre real. Marta tiene 26 y es médico residente en Oncología en un gran hospital. “Hacemos guardias de 24 horas y luego está la jornada laboral de la mañana”, cuenta la médico para señalar que su trabajo a nivel psicológico es “cargante” por la gravedad de los pacientes a los que suele atender y, además, el ambiente laboral es muy tenso. “Se critica mucho lo que hace el de al lado. Me paso el día escuchando cómo critican a los demás y, claro, no puedo evitar pensar que eso también lo hacen conmigo. Es un ambiente hostil”, desvela.
Marta no recuerda cuándo empezó a darse una ayudita para dormir. “No es que sea algo constante, que haga en mi día a día. Las consultas las soporto, pero muchas veces, cuando estoy en la cama, pienso en las cosas que me han pasado en la guardia o en pacientes que me han llegado un poco más y me da apuro haber hecho algo mal con ellos, o el que dirán al día siguiente mis compañeros sobre si he hecho bien o mal una cosa u otra”, explica. Así que Marta, de vez en cuando, se toma alguna benzodiacepina. Para poder dormir, que su cabeza se calle y pueda trabajar al día siguiente.
“Me estresa tener cinco horas de descanso una noche de guardia y no poder aprovecharlas”, cuenta para señalar que, en su oficio, el gran problema con las drogas es el acceso absoluto. “Creo que en los hospitales se utilizan mucho por dos razones: es un trabajo muy exigente y están muy accesibles”, zanja Marta para insistir en que, muchas veces, el mayor disgusto se lo lleva antes por el trato con compañeros que por situaciones con pacientes.
Otra mujer que ha recurrido a los hipnosedantes es Julia, de 31, quien a los 25 llegó a mezclar orfidales y el cannabis para poder soportar su rutina laboral. Julia siempre ha sido una persona ansiosa y cuenta que, de adolescente, ya estuvo medicada con un tratamiento para la depresión, pero en esta ocasión su problema son los horarios. “Yo había estudiado filología y me había contratado una empresa para dar clases de español a extranjeros. ¿El problema?, que yo me tenía que adaptar a sus horarios. Si mis clientes eran de Singapur yo tenía que dar clases a la hora que fuese”, relata y cuenta que fue muy duro levantarse a las tres de la mañana, las cuatro, las cinco, cuando fuera. Cada día un horario distinto.
“Además de que es un trabajo en el que tienes que estar concentrada, no puedes desconectar y entrar en piloto automático, la demanda mental era muy alta”, continúa Julia. Su ansiedad también lo era. Así que empezó tomando CBD en gotas y, poco a poco, fue subiendo la dosis. Luego, media pastilla de Orfidal. Después, una entera. “Me iba dosificando, pero llega un punto en el que te pasas irremediablemente y, además, yo sabía que el Orfidal te puede enganchar, así que alternaba con los porros”, relata. Salía a relajarse entre clase y clase, a sacar al perro, y aprovechaba a darse un par de caladas. "Me producían una sensación de relajación, de que todo daba igual. Y, al final, eso se acaba convirtiendo en una espiral”, declara. Julia, como Roberto, acabó dejando el trabajo.
Entre los indicadores de riesgo psicosociales que expone el INSST en cuanto al consumo de hipnosedantes, los porcentajes de consumo más elevados se encuentran entre las personas que declaran tener condiciones de empleo poco favorables. En este sentido, un 10,5% de las que se sienten mal pagadas reconocen haber tomado hipnosedantes recientemente (frente a un 6,4% que son consumidores pero que no comentan tener este factor de riesgo); así como un 10,0% de las que se encuentran en una situación de inseguridad laboral (frente a un 6,3% que no refiere inseguridad laboral). En un segundo nivel de prevalencia se ubican ciertos factores relacionados con la seguridad en el trabajo, como la penosidad laboral o trabajar en condiciones de frío/calor y también el estar sometidos a tensión o estrés, agotamiento en el trabajo o jornadas con escaso tiempo de descanso.
Drogarte para activarte... y para desactivarte
“Uno de los grandes problemas que tenemos, dentro de la cuestión, es que quien se activa tiene que desactivarse y, muchas veces, acabamos viendo a personas que se toman algo para rendir, para sentirse más productivas, ya sea una droga legal o ilegal, pero que luego, por la noche, tienen que tomarse otra cosa porque, si no, no duermen”, apunta por su parte Marta Martín, psicóloga experta en salud mental y Clinical Lead en Alan España, quien opina que, en la actualidad, vivimos un lavado de cara de las drogas en general.
"Hay muchos memes en redes sociales, mucha broma, mucho 'no pasa nada'. No hay consecuencias. Todo vale. Y, claro, esto perjudica sobre todo a los trabajadores jóvenes”, opina para apuntar también al consumo de sustancias que, asegura, socialmente se ven como algo inocuo: café a cascoporro, bebidas energéticas para mantenerte despierto o el uso de potenciadores en las profesiones creativas para conseguir un mayor rendimiento cerebral como los suplementos de magnesio o la creatina.
“¿Es esto necesario o nos estamos poniendo al límite?”, se pregunta la psicóloga, quien asegura atender a pacientes que mezclan ocho sustancias diferentes a la semana. “Estamos viendo, también, aunque suene paradójico, un auge en los trastornos alimenticios por una obsesión de comer más sano para llegar a tener el cuerpo en lo que se considera un rendimiento perfecto, ideal, llegando a unos extremos que también implican deterioro”, zanja.
El 11 de julio de 2015, Eilene Zimmerman fue a casa de su exmarido. Estaba preocupada. Durante los últimos meses su comportamiento se había vuelto errático; podía estar furibundo y amenazador un minuto y arrepentido y generoso al siguiente. Además, había adelgazado, parecía distraído y faltaba con frecuencia a las actividades de sus hijos. Ella supuso que la culpa era del estrés y el exceso de trabajo: era socio de un importante bufete de abogados en Silicon Valley y había pasado más de dos décadas trabajando más de sesenta horas a la semana. Llevaba casi una semana sin cogerle el teléfono a sus hijos, así que aquel día de verano se presentó en su domicilio.