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"Es una fe de bricolaje". De qué hablamos cuando decimos que la religión ha vuelto
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De la cruz de tu abuela al cuarzo rosa

"Es una fe de bricolaje". De qué hablamos cuando decimos que la religión ha vuelto

Los jóvenes han vuelto a interesarse por la espiritualidad, pero su vuelta al rezo está lejos de una vida religiosa clásica. Mezclar tradiciones está a la orden del día y se confunde constantemente con el crecimiento personal

Foto: Procesión en Madrid. (EFE)
Procesión en Madrid. (EFE)
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María pasó por un colegio católico, donde hizo la comunión y se confirmó. Ha tenido la clásica vida de una joven española criada en una familia católica y a sus 24 años, aunque está pasando por un periodo donde no va a misa diaria, se sigue considerando creyente y practicante. Pero algo ha cambiado en su interior en el último año, ha vivido una conversión hacia algo que va más allá de un "confío en Dios".

Mientras toca la pequeña medalla dorada que lleva en el cuello y busca algo de inspiración en Pinterest, se confiesa: "Con la edad vas madurando la fe". Su tradicional relación con la religión ha dado paso a algo mucho más complejo. Es toda una experta en prácticas como el vision board o el manifesting. De hecho, a diciembre de 2025 ha conseguido más cosas de las que plasmó en esa composición y sabe que, en este caso, no ha sido solo por obra milagrosa de “un dios mágico”. Ella es un buen ejemplo del cambio que ha habido en la relación de los jóvenes con la espiritualidad. Es verdad que la religión se ha vuelto a poner de moda, pero no es como imaginamos.

Manifestar y rezar es lo mismo, pero llamado de otra manera”, sentencia la joven. Para ella no es que todas estas prácticas que ha ido añadiendo sean herramientas complementarias o incompatibles, es que son las dos caras de una misma moneda. Explica que dejar todo en manos de Dios no asegura conseguir aquello que te propones. El mismo acto de fe que deposita las esperanzas en un collage de imágenes aesthetic.

En los últimos años, ha ido ganando espacio en el debate público la nueva relación de los jóvenes con la religión. Y proyectos como el último disco de Rosalía lo han elevado aún más. Pero esa sensación de religiosidad choca con unas estadísticas que hablan de que cada vez hay menos practicantes en el mundo e instituciones como la Iglesia viven desde hace bastante tiempo inmersas en una lenta pero irrefrenable decadencia. ¿Cómo cuadra ese aumento en el interés por la espiritualidad con esas cifras? Para algunos de esos jóvenes, y también muchos expertos, no es algo descabellado. La gente ha vuelto a pensar en la fe y en Dios, pero de una forma distinta.

Según datos del Barómetro sobre religión y creencias en España que elabora la Fundación Pluralismo y Convivencia con datos de instituciones como el INE o el CIS, hay casi el mismo porcentaje de católicos que ayunan por su credo (es decir, siguen una de las tradiciones más arraigadas del cristianismo) que consultan el tarot. Pero hay algo aún más curioso y es que esa misma práctica es aún más común entre los agnósticos, pues el porcentaje de no creyentes que consulta las cartas llega al 15%. Y hay ritos como el yoga o la meditación que se han instaurado en todas las opciones religiosas con altos porcentajes.

Muchos jóvenes – y no tan jóvenes – que incluso se definen como agnósticos o directamente ateos, han encontrado en rituales como el tarot o el vision board un apoyo en su cotidianidad. Y así han generado una situación que mezcla lo espiritual incluso con el desarrollo personal. Desde composiciones para conseguir tus objetivos, hasta pasar el palo santo o comprar un cuarzo rosa. Todo vale. Y junto, aún más.

“Una fe de bricolaje”

Profesar una fe siempre ha sido una experiencia muy personal de cada individuo, sin embargo, las redes sociales han supuesto un escaparate de convivencia e hibridación. “La religión bricolaje es una dinámica de secularización prolongada en el tiempo y se lleva estudiando desde hace más de 40 años en sociología”, explica Rafael Ruiz, especializado en secularización y religiones y profesor en la Universidad Complutense de Madrid. Se ha intensificado con la lógica propia de lo que denomina como “modernidad tardía” donde se acaba percibiendo la fe como una experiencia a personalizar y el “subjetivismo” a presentarte como religioso.

Se normaliza una hibridación de creencias donde unas no excluyen a otras y donde la puerta a la espiritualidad llega en muchos formatos. “Creo que el uso de las piedras o pasar el palo santo es más accesible que otras prácticas”, defiende Helena. Tiene la misma edad que María, pero ella se considera agnóstica. Ve las religiones tradicionales desde un concepto más institucional, lo que al final se acaba traduciendo en algo “poco cercano” o, al menos, difícil de empezar de primeras.

Lo que antes implicaba introspección, tiempo y vínculo comunitario, ahora se presenta como un catálogo de experiencias. Así, prácticas como el yoga, encender una vela o hasta pedir a ChatGPT que te eche las cartas se extienden entre los usuarios sin tener necesariamente que leer un libro sagrado o asistir a una homilía. Es algo que podemos ver incluso con los influencers. En los últimos tiempos se ha disparado la moda de presentarte como religioso, pero sin que haga falta definir tu creencia. Hay quien dice que Dios le habla directamente o que escucha voces o que tiene una relación especial con su alma.

Esos mismos creadores de contenido también son un ejemplo de otra pata clave de esta vuelta a la fe, y es que se puede capitalizar muy bien. Dios está de moda y tanto marcas como personajes buscan la mejor manera de subirse a la ola. Aunque eso también genera algo de rechazo en ciertas personas. “Por ejemplo, la estética esotérica es de lo que nos hemos apropiado las modernas, pero para mí la espiritualidad es otra cosa: algo mucho más íntimo”, diferencia Helena. Al final, el contenido que consume y la capitalización de estos rituales hace que no lo vea como un ritual del que solo participar si formas parte de una creencia o comunidad, sino como algo más similar a un show.

Desde piedras de todos los tamaños y formas, hasta camisetas con lemas. Hoy la espiritualidad se compra, se colecciona y se exhibe. “Capitalizamos la fe de tal manera que sentimos que necesitamos un producto para atraer buena energía”, defiende la joven. Para ella, la creencia debería venir antes de la adquisición de un material: “Creo que el mensaje que dan las redes sociales es de cómprate esto y sentirás esto otro”.

Esta mercantilización también implica cierto individualismo. “La dinámica de un algoritmo personalizado y la tendencia al consumismo se traduce a la religión”, confirma Rafael Ruiz. Considera que esta oleada de fe viene más como síntoma de lo que consumimos, oímos y hasta compramos, más que como un “cambio de rumbo en el proceso de secularización”.

¿Somos más creyentes?

“Que ahora Rosalía saque un disco con esta temática no quiere decir que haya más personas creyentes”, recalca Ruiz. Madonna, Daddy Yankee, Camilo y Evaluna... Muchos son los artistas que a lo largo de su carrera han hecho referencia a la creencia o han recurrido a su estética. Lo que sí ha sido un cambio ha sido la reacción porque “hasta el sector religioso lo ha celebrado”.

Según el último Barómetro publicado por el Centro de Investigaciones Sociológicas, el pasado noviembre, un 53,5% de los españoles, mayores de edad, se consideraba católico. El porcentaje de practicantes era del 17,5%. De hecho, en la franja de edad de 18 a 24 años, apenas el 11,7% se declaran católicos practicantes. Una cifras que siguen la tendencia de las últimas décadas. Aunque es cierto que la caída se ha ido frenando en los últimos años y hay cierta estabilización.

“Que hubiera un sentimiento general de pérdida de fe no implica la desaparición de las religiones”, confiesa el investigador, quien asegura que esta visión puede llegar a magnificar el hecho de que ahora los mensajes religiosos estén algo más presentes. Pero sin duda, uno de los factores que más influye es el momento social. “Si vemos precariedad o problemas a nivel mundial, entiendo que seamos una generación que necesitemos recurrir a cierta esperanza”, sentencia Helena.

El debate, al final, no está en volver a creer, sino en cómo se están encontrando las formas de adaptar dicha moral ante una generación que se siente vacía. La pregunta, entonces, no es si somos más creyentes o la sociedad más conservadora, sino qué necesidad estamos intentando cubrir cuando pasamos un palo santo “por si acaso”, colgamos nuestro vision board o accedemos a que nos lean la mano.

María pasó por un colegio católico, donde hizo la comunión y se confirmó. Ha tenido la clásica vida de una joven española criada en una familia católica y a sus 24 años, aunque está pasando por un periodo donde no va a misa diaria, se sigue considerando creyente y practicante. Pero algo ha cambiado en su interior en el último año, ha vivido una conversión hacia algo que va más allá de un "confío en Dios".

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