Lo que viene: las señales de que la izquierda está en pleno rearme ideológico
La prolongada guerra de desgaste que ha tenido lugar alrededor de los asuntos culturales y los materiales en los partidos progresistas toca a su fin. Emerge una nueva dirección
El combate político de ideas a menudo se asemeja a una guerra de desgaste. Surge un asunto que cobra visibilidad y que suscita una reacción de alarma; las fuerzas se movilizan y acuden a la lucha. Es como si el ejército se desplazase veloz para combatir al invasor. Se forma un frente, con sus trincheras, que se congela durante un tiempo. Pero con el transcurso de los meses, o de años, una de los contendientes se agota, el muro se derrumba y el camino queda libre para que el triunfador avance. La tensión entre los asuntos materiales y los culturales en el ámbito progresista es un reciente ejemplo de una guerra de desgaste.
A nivel internacional, el frente quedó dinamitado por un doble detonante. El primero fue la victoria deTrump, que supuso un golpe incuestionable al planteamiento progresista de apoyarse en la defensa de la democracia y en políticas culturales progresistas, que serían defendidas por una coalición electoral ganadora, la que vinculaba clases urbanas formadas, jóvenes, mujeres y minorías. La elección de Mamdani en Nueva York fue el segundo aldabonazo, porque abrió un nuevo camino, ya que centró el mensaje en el coste de la vida en la gran ciudad y forjó con él una nueva coalición. La cercanía de las elecciones de mitad de mandato en EEUU, con un Trump a la baja, ha provocado que los demócratas estén recentrando su mensaje en la economía, el empleo, los salarios y el nivel de vida, olvidando así el viejo marco. Las clases trabajadoras constituyen un nuevo objetivo: Trump se llevó a buena parte de ellas en las presidenciales, y los demócratas necesitan tejer un programa que resulte atractivo para una parte de la población que ha pasado de ser políticamente prescindible a muy relevante.
Europa va por detrás. Las dudas de los demócratas en EEUU, parte de los cuales insisten en el viejo programa de defensa de la democracia contra la extrema derecha, las políticas para combatir el cambio climático y el apoyo a la inmigración, son bastante mayores en el viejo continente. En Francia, hay una división entre La Francia Insumisa deMélenchon, que se apoya fundamentalmente en las periferias de las ciudades, la clase media precarizada y los inmigrantes, y el Partido Socialista, cuyo programa es más estándar, ya que aspira a dar la batalla a RN en la segunda vuelta de las presidenciales. En Alemania, tanto el SPD como los verdes están en descenso, mientras que Die Linke se mantiene y la izquierda soberanista de BSW acaba de sufrir la dimisión de su fundadora. En el Reino Unido, el fracaso del gobierno de Starmer, generó la creación de Your Party, cuyos dos impulsores, Jeremy Corbyn y Zarah Sultana, se han enfrentado ya, dañando seriamente el futuro de la formación. La renovación ideológica, en la izquierda europea parece estar supeditada a la resolución de las divisiones internas. En España esa tendencia se mantiene, ya que la alianza entre los socialistas y los partidos a su izquierda, se ve debilitada por la división dentro de estos. Tampoco parecía haber señales de cambios en la ideología.
El fin de la guerra de desgaste
Sin embargo, las señales de que algo profundo se mueve en el ámbito progresista son intensas. Las piezas están resituándose. El informe Deciding to win, impulsado por la facción centrista del partido demócrata estadounidense, es tajante al respecto: “Nuestro partido necesita moderar sus posturas en inmigración, seguridad pública, producción de energía y algunas preocupaciones identitarias y culturales. Deberíamos centrarnos más en temas que los votantes creen que no priorizamos lo suficiente, en particular la economía y el coste de la vida, y menos en temas que los votantes creen que sobreenfatizamos, como el cambio climático, la democracia, el aborto y las cuestiones identitarias y culturales”. James Carville ya había avisado de que “es hora de que los demócratas adopten una plataforma radical, agresiva, sin tapujos, sin complejos y totalmente inconfundible de pura furia económica. Es nuestra única salida del abismo”
Las soluciones que aportan los partidos de izquierda europeos no son las adecuadas, ya que "redoblan la apuesta por la agenda cultural"
Daron Acemoglu, profesor de Economía en el MIT, ganador del premio Nobel y uno de los intelectuales más influyentes en el progresismo, publicó hace unos días un artículo en ‘Financial Times’ titulado El liberalismo puede recuperar a la clase trabajadora. Aquí te explicamos cómo. En el texto subraya que las soluciones que aportan los demócratas y los partidos de izquierda europeos no son las adecuadas, ya que insistir en ellas “redoblaría la apuesta por la política cultural que los progresistas han encabezado”. Sus ideas suenan “a statu quo incapaz de reconstruir la prosperidad compartida”
Acemoglu recomienda “focalizarse en los problemas de la clase trabajadora: empleos, salarios, coste de la vida, etc.”, y apostar por atraer a las comunidades obreras de EEUU. Es un objetivo que “no se puede lograr con las preocupaciones del socialismo democrático que funcionan con los votantes urbanos, con educación superior y progresistas de las megaciudades”. El economista subraya que “el apoyo a la democracia aumenta significativamente cuando los gobiernos construyen prosperidad compartida, reducen la desigualdad, brindan servicios públicos de alta calidad y controlan la corrupción”.
"Las élites educadas de la izquierda se replegaron hacia agendas culturales desconectadas de las prioridades materiales de los trabajadores"
También en España hay voces sorprendentes que se han sumado a esta corriente. Miguel Ángel Fernández Ordóñez, el exgobernador del Banco de España, acaba de publicar en ‘Agenda Pública’ un artículo, que tiene por título Cómo puede la izquierda liberal reconectar con la clase trabajadora, y que camina en la dirección indicada por Acemoglu. Mafo critica que “las élites educadas de la izquierda se replegaron hacia agendas culturales, muchas de ellas legítimas, pero desconectadas de las prioridades materiales de las clases trabajadoras”. Coincide con el economista turco-estadounidense en que “la izquierda debe volver a ser el partido del trabajo y del crecimiento, no solo de la redistribución. La tradición socialdemócrata lo sabía. Roosevelt lo sabía. Incluso el laborismo británico de posguerra lo sabía: la prioridad era crear prosperidad para todos, no gestionar la escasez mediante subsidios”.
La postura de Fernández Ordóñez es llamativa, en la medida en que fue el principal defensor de los programas de austeridad iniciados a partir de 2008 y una de las voces que más abogaron por reducir los salarios. Además, su visión sobre el derecho de la competencia, que formaba parte de la corriente dominante, favoreció las concentraciones de empresas y de poder económico: la competencia era más bien un instrumento para liberalizar la economía y restar posibilidades de acción a los Estados. Las tendencias contemporáneas en el antitrust estadounidense defendidas por los progresistas estadounidenses como Lina Khanestán muy lejos de esta vieja visión.
A menudo, y este ha sido un error habitual de las izquierdas, se han convertido escaramuzas en guerras que no se podían ganar
Cuando el recentramiento en la economía y en las clases trabajadoras penetra en el corazón del progresismo más moderado, parece claro qué lado de la trinchera está ganando la guerra de desgaste. El consenso, fruto de las demandas de este tiempo, pero también de la urgencia de la izquierda por recuperarse, está asomando en el progresismo estadounidense. Y una vez que se asienta allí, termina difundiéndose por todo el espectro occidental. Así ha sido durante muchas décadas, y lo esperable es que ahora ocurra también. El rearme ideológico que supone este giro alcanzará a la totalidad de la izquierda, partido socialista incluido.
La sonrisa amarga
Las guerras de desgaste tienen efectos políticos y personales. Daniel Bernabé, autor de La trampa de la diversidad, en su modesto puesto de trabajo del edificio Semillas, debe estar observando la época entre la sonrisa y la amargura. Cuando expuso las mismas tesis que ahora están penetrando en el establishment progresista, sufrió un buen número de descalificaciones, al igual que quienes se negaron a seguir el camino que la ortodoxia de la izquierda marcaba entonces. Fue un momento ambiguo, porque pagó un precio personal elevado, su libro se convirtió en un éxito y perdió la batalla política: las fuerzas progresistas acudieron al frente y ganaron la guerra interna. Sin embargo, dejaron en mano de las derechas nacionalistas el estandarte de la economía productiva e industrial, así como la revitalización del nivel de vida del ciudadano común. No era su prioridad.
Aquella guerra ha finalizado con la derrota del progresismo activista. En España todavía priman el combate a favor de la democracia y contra la extrema derecha, y la confianza en el feminismo y la juventud como fuerzas de choque electorales, pero es una opción electoral y socialmente en declive.
Librar guerras de desgaste implica tener las fuerzas para sostenerlas. A menudo, y este ha sido un error habitual de las izquierdas, se han convertido escaramuzas en guerras que no se podían ganar. Solo había munición para resistir un tiempo, y a costa de elevar la voz permanentemente y de enfocar el asunto como una lucha sin matices entre el bien y el mal. Ocurrió con la ley del ‘sí es sí’, que tuvo consecuencias perjudiciales para Podemos, que cargó con las culpas de los errores, pero también contribuyó a hacer crecer a Vox: los jóvenes comenzaron a distanciarse de la altanería, la agresividad y los excesos con que fue defendida y giraron no solo en su posición política, sino en la misma visión sobre el feminismo. Los arrebatos presentes pueden convertirse en las derrotas del futuro. Es probable que esté ocurriendo lo mismo con el nuevo libro de Soto Ivars. La enorme animadversión con que ha sido recibido está volviéndose en contra: la campaña de marketing del ensayo ya está hecha, y en lo político, el lado contrario ha salido reforzado. Convertir escaramuzas en guerras suele ser mala idea. Recentrar la política en la economía implica también adoptar una visión estratégica de la época, que no se pierda en combates tacticistas.
El combate político de ideas a menudo se asemeja a una guerra de desgaste. Surge un asunto que cobra visibilidad y que suscita una reacción de alarma; las fuerzas se movilizan y acuden a la lucha. Es como si el ejército se desplazase veloz para combatir al invasor. Se forma un frente, con sus trincheras, que se congela durante un tiempo. Pero con el transcurso de los meses, o de años, una de los contendientes se agota, el muro se derrumba y el camino queda libre para que el triunfador avance. La tensión entre los asuntos materiales y los culturales en el ámbito progresista es un reciente ejemplo de una guerra de desgaste.