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'Lo que nos quitaron': el centro de la batalla política entre Sánchez y la derecha
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'Lo que nos quitaron': el centro de la batalla política entre Sánchez y la derecha

La política se ha convertido en un asunto de tribunales y en la lucha por la redefinición del tiempo. El pasado regresa una y otra vez para intentar definir el futuro ideológico

Foto: Campaña del gobierno para conmemorar el 20-N. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
Campaña del gobierno para conmemorar el 20-N. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
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El debate fallido sobre el franquismo de la pasada semana fue más un elemento de competición político-electoral que un asunto ideológico. Con él no se pretendía revisar el pasado, sino advertir sobre el futuro: al recordar las virtudes de la España en democracia en contraposición a la de la dictadura, se pretendía avisar sobre el regreso de las tentaciones autoritarias.

Una parte del espectro político estaba bajo alarma. Los regímenes autoritarios están dejando de asustar la población juvenil, una señal de que el dique contra los totalitarismos puede caer. Los jóvenes son un indicador del cambio de los tiempos. Franco ya no da miedo, las estrellas culturales ponen de moda la religión, se vuelve a hablar de la natalidad como elemento positivo y necesario, e incluso fuerzas de la izquierda abren el debate sobre la inmigración por primera vez en mucho tiempo. Las piezas están moviéndose en una dirección inesperada. Con consecuencias políticas. Una de las principales bazas de los socialistas de cara a las siguientes elecciones es avivar el temor social a la llegada de la ultraderecha bajo el paraguas de un pacto PP-Vox. En 2023 le funcionó. El escenario cultural y social de 2025 parece menos favorable a ese discurso.

Democracia contra autoritarismo

Los actos del 20 N tuvieron ese cambio en cuenta. Antes de que estallase el asunto del fiscal general, el presidente Sánchez publicó una columna en eldiario.es en la que, junto con los argumentos esperables, con el subrayado de que los trabajadores que luchaban por sus derechos, las mujeres que combatían el machismo y los jóvenes que querían libertad fueron el verdadero motor de la Transición y los que empujaron hacia la libertad y la democracia. Son sectores de la población en los que confía como votantes socialistas y a los que dirige muchos de sus mensajes.

En la defensa de la democracia residen la principal baza y el límite electoral de las fuerzas políticas progresistas

También difundió la campaña institucional ‘La democracia es tu poder’ con un tuit en el que afirmaba que “celebramos poder opinar, pensar, votar y ser lo que uno quiere. La democracia es nuestro poder. Defendámosla”. En esa frase está la principal baza y el principal límite, en estos instantes, de las fuerzas progresistas.

Un ejemplo y una advertencia

En la medida en que la batalla democrática sea la conversación dominante, y que el debate quede limitado a los derechos, la izquierda cuenta con ventaja. Las encuestas pueden alertar sobre la tentación autoritaria, pero la mayor parte de los votantes continúan prefiriendo la democracia y muchos de los derechos que llegaron con ella. Si el debate excede de esos términos, los progresistas tienen hoy las de perder.

A menudo, en este debate enfangado en el que se mueve la conversación pública, el ascenso de las derechas trumpistas se achaca a la acción de las redes, las noticias falsas y, como afirma Sánchez, “a la nostalgia de un pasado que nunca fue”. Esa mirada es confortable, porque evita analizar si Trump hizo algo bien para llegar al poder y si sus argumentos le parecían razonables a personas razonables, y no simplemente a ignorantes abducidos por Twitter y los podcasters de YouTube.

Las derechas trumpistas no se basan en el regreso al pasado: lo ponen de relieve para subrayar 'lo que nos quitaron'

La alianza electoral transversal que Trump consiguió criticó elementos del sistema que no funcionaban y porque se atrevió a pronunciar en voz alta conceptos proscritos hasta entonces, como nacionalismo económico, política industrial o fin de la globalización. Hay que insistir en que los mensajes culturales no fueron el centro de la campaña de Trump: optó por subrayar la posición antisistema y por una apuesta que incluía la promesa de recuperar el vigor económico del país, de elevar el nivel de vida y el olvido de las aventuras exteriores y de elevar el nivel de vida. Biden, y después Kamala, apostaron por la defensa de la democracia y de los valores en un contexto de declive del nivel de vida. Cada cual eligió su posición. Ganó Trump porque puso el foco en el lugar que más importaba a los estadounidenses.

Este hecho es importante porque EEUU está más polarizado que España, las sentencias judiciales fueron mucho más contundentes que en nuestro país y la guerra cultural estaba en pleno auge. Sin embargo, el factor decisivo en el proceso electoral, el que acabó decantando a los votantes a favor de Trump, fue el declive en el nivel de vida y los problemas ligados a él, que afectaban a la vida cotidiana de los estadounidenses. Los republicanos prometieron un cambio, los demócratas se centraron en defender la democracia. Mamdani ganó siguiendo el camino contrario.

Lo que nos quitaron

Sería conveniente no entender este reflujo de los tiempos como un deseo nostálgico de regresar a un pasado perdido. Desde luego, puede aparecer en un segmento de las derechas, pero dista mucho de ser el centro del asunto. El telón comparativo que se establece con las décadas precedentes, y que las derechas trumpistas suelen utilizar, tiene que ver con una relectura que finaliza en la descripción de aquello que nos quitaron.

‘Lo que nos quitaron’ contiene una idea que puede resonar: España era un lugar los trabajadores tenían una vivienda en propiedad, y posiblemente otra en el pueblo, el empleo era estable y las familias contaban con un automóvil propio. Todo eso no lo tenemos ahora. Las casas solo las pueden comprar los ricos, y en especial los de fuera, la gente se ve obligada a vivir en alquiler, y a un precio muy elevado, y los trabajos son precarios. El mensaje central es que eso se perdió porque nos lo quitaron. Y, para las derechas, hay responsables claros de esa pérdida interesada: los inmigrantes que trajeron las élites globalistas, las izquierdas de la regulación, la configuración autonómica que privilegió a los catalanes y a los vascos.

Cuando lleguen las generales, es mucho más probable que el votante esté pensando en sus problemas que en los institucionales

Sin embargo, este mensaje, que está presente en algunas de las derechas trumpistas, empezando por la estadounidense, no circula aquí de manera nítida. La idea del nacionalismo económico, con sus derivadas sobre ‘lo que nos quitaron’, solo la ha apuntado Vox y circunscrita a campos específicos, como la vivienda y la inmigración. Las derechas, también la de Abascal, están centradas en la corrupción de Sánchez y el PSOE, en la lucha contra los separatismos y en la lucha por las instituciones. En ese terreno de juego, la judicialización se ha convertido en el centro de la política, y a ella ha fiado el PP su principal baza para derrocar al gobierno. El 20 N quedó opacado por los informes de la UCO y el anuncio del fallo que condena al fiscal general.

Los acontecimientos en este ámbito hacen pensar que tampoco es necesario, para que las derechas lleguen a gobernar, que aporten algo más que esa oposición frontal a Sánchez. Pero cabe advertir que los demócratas estadounidenses pensaron que acabarían con Trump a través de los tribunales. Las condenas, sin embargo, le ayudaron en las elecciones. Los procesos judiciales también se vuelven en contra de quienes los ganan. El último ejemplo no está muy lejano: la sentencia del procés fue la condición de posibilidad de la victoria socialista en las urnas, porque sentó las bases para conseguir el voto masivo en Cataluña y País Vasco en las generales, así como el apoyo posterior de los nacionalistas. Al margen de estas cuestiones, hay algo más relevante: cuando llegue el momento de las elecciones generales, es mucho más probable que el ciudadano común esté pensando en los problemas que le afectan directamente que en los institucionales.

El debate fallido sobre el franquismo de la pasada semana fue más un elemento de competición político-electoral que un asunto ideológico. Con él no se pretendía revisar el pasado, sino advertir sobre el futuro: al recordar las virtudes de la España en democracia en contraposición a la de la dictadura, se pretendía avisar sobre el regreso de las tentaciones autoritarias.

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