Siete días de noviembre

Del “mi querido General” a desmontar el franquismo en cinco movimientos

Ilustración rey Juan Carlos
Por Juan Fernández-Miranda
Diseño Emma Esser y Blanca Casanova
Datos Marta Ley
Desarrollo María Mateo

“Mi querido General:  aunque con retraso le mando las fotos de este verano en el ‘Azor’: Creo que son estupendas. Especialmente la suya, mi general, es excelente y si quiere puedo entregarle el negativo para que puede ser utilizada por el Ministerio de Información. Espero verle a la vuelta. Por aquí ya estoy otra vez en el trabajo, aunque tengo que decir  que este verano he tratado de no ausentarme más que periodos cortos, que son muy agradables, más intensos y no se amontona el trabajo. Sin más. A sus órdenes con un abrazo respetuoso y cariñoso. Juan Carlos”. 

LA CARTA exclusiva de Juan Carlos a Franco en 1971

LA CARTA exclusiva de Juan Carlos a Franco en 1971

Esta carta privada que el entonces Príncipe Juan Carlos envía a Francisco Franco el 16 de septiembre de 1971 revela el tipo de relación que mantenían el jefe del Estado y la persona que había designado como sucesor, y que vivía en España alejado de su familia desde 23 años antes: respeto y cariño. 

La pregunta en 2025 es cómo es compatible ese Príncipe que mantiene una relación de afecto por Franco y ese Rey que consagra su gran obra política a desmontar el Estado franquista desde el mismo día en que es proclamado. La respuesta es que no sólo es compatible, sino que Juan Carlos de Borbón debía mantener ese doble juego si quería no solo reinar, sino llevar España a una democracia homologable a los países de su entorno. Así fue desde, al menos, 1969.

Juan Carlos vive en España desde el 9 de noviembre de 1948, al día siguiente de que sus padres le despiden en la Estación del Cossio de Lisboa. Ese niño de once años, de pelo rubio y rizado, se sube al Lusitania Express consciente de la decisión que ha tomado su padre: entregarle a su mayor adversario para adquirir una baza a futuro para restaurar la Monarquía. La infancia de don Juanito, que ya nunca más vivirá en la casa familiar, es un canje a cambio de una probabilidad. 

Juan Carlos I en distintas etapas de su vida (Keystone, API, Bettmann, Central Press / Getty Images)
Juan Carlos I en distintas etapas de su vida (Keystone, API, Bettmann, Central Press / Getty Images).

Ese otoño hay una profunda sequía en Extremadura. Cuando el tren cruza la frontera, el hijo de don Juan apoya la frente en la ventana y observa el paisaje yermo del país del que tanto le ha hablado su padre: 

¿Toda España es así? — pregunta desasosegado ante un paraje seco en perfecta metáfora de la España de posguerra.

Unas horas después el tren no llega al centro de Madrid. El anuncio de la llegada de don Juan Carlos a Madrid ha sacudido los mentideros nacionales y Franco lo tiene todo diseñado para evitar exaltaciones monárquicas: frialdad y censura. Don Juan quería, que al menos, en el diario monárquico ABC se publicara un editorial explicando los motivos de esta decisión, así como una foto junto a su hijo. La respuesta de Franco es no, porque sabe que en ese momento de posguerra su principal adversario no son ya los rojos, sino los monárquicos. Son las ocho de la mañana del 9 de noviembre de 1948 y don Juan Carlos está a punto de apearse del tren y poner pie en tierra española. 

Cuando don Juanito pisa por primera vez España es inmediatamente trasladado al Cerro de los Ángeles, centro geográfico de la península. Mientras observan la estatua del Salvador, alguien le explica que unos milicianos borrachos la fusilaron en la Guerra Civil. Desde el Pardo Franco concede una gran importancia a esta visita y quiere saber de primera mano cómo ha transcurrido, así que esa misma tarde convoca al jefe de la comitiva.

Puntos claves de la relación entre Franco y don juan carlos

Puntos claves de la relación entre Franco y don juan carlos

— ¿Había gente esperándole en Villaverde?
— Nadie, Excelencia.
— ¿Comprendió que el Cerro de los Ángeles es hoy el símbolo de mi victoria sobre las hordas rojas?
— Sí, Excelencia, estoy seguro de ello.
— ¿Se ocupó alguien de recordarle al Príncipe que siguen existiendo dos Españas: la de los vencedores y la de los vencidos?
— Sí, Excelencia. Eso se lo explicó muy claro el conde de Rodezno.
— Es importante que el Príncipe comprenda que su padre se equivoca cuando pretende convertirse un día en Rey de todos los españoles.
— Un grave error del conde de Barcelona, Excelencia.
— Un error en el que no debe caer su hijo.

Veintisiete años después, el 20 de noviembre de 1975, Juan Carlos I no sólo cayó en ese “error”, sino que en sus primeros siete días como Rey adoptó cinco decisiones de alta política que transcurridos diecinueve meses supondrían el desmontaje del régimen de Franco, un reino sin Rey.

En 1969, Franco hizo un movimiento político que puso en un aprieto a ese niño que pisó España por primera vez en 1948: cuando tenía 32 años y nada más llegar de una visita a sus padres a Estoril, el dictador lo mandó llamar y, en aplicación de la Ley de Sucesiones de 1947 (la que establecía que España era un reino sin Rey) le ofreció ser su sucesor a título de Rey. Esto suponía saltarse a don Juan, la estocada final de Franco a quien había sido su principal adversario. Si aceptaba, Juan Carlos sería distinguido con el título inexistente en la Monarquía hispánica de príncipe de España, pero para eso tenía que jurar los principios del Movimiento, las leyes fundamentales del franquismo. 

Despachos de Juan Carlos I y Francisco Franco (Keystone/Getty Images y EFE)
Despachos de Juan Carlos I y Francisco Franco (Keystone/Getty Images y EFE).

— Pero, mi general, ¿por qué no me dijo nada cuando le vine a ver antes de ir a Estoril?
— No quería que lo supierais antes de ver a vuestra familia

— Mi general, de todas formas ahora debo poner a mi padre al corriente de sus intenciones.
— Preferiría que no lo hicierais.
— Mi general, yo no puedo mentir a mi padre y menos todavía ocultarle una noticia tan importante.
En ese momento, Franco observa al príncipe en silencio, con gesto impenetrable. Y añade:
— Entonces... ¿qué decidís, Alteza?
— De acuerdo, mi general, acepto.

La decisión generó en Juan Carlos una doble angustia. La primera porque su padre no lo iba a entender, y Franco siempre jugó a enfrentar al padre con el hijo y en esta ocasión lo consiguió. La segunda porque jurar los Principios del Movimiento suponía vincularse demasiado con el franquismo y contaminar el viaje a la democracia que el Príncipe ya tenía en la cabeza. En esta situación, en aquel mes de julio de 1969, decidió llamar a quien había sido su profesor de derecho político, Torcuato Fernández-Miranda, que le quitó las preocupaciones de un plumazo jurídico. No sería un perjuro.  

Torcuato Fernández-Miranda jura el cargo de presidente de las Cortes y del Consejo del Reino. Fue el primer nombramiento de Juan Carlos I y fue clave para lanzar la reforma política y nombrar a Adolfo Suárez presidente del Gobierno
Torcuato Fernández-Miranda jura el cargo de presidente de las Cortes y del Consejo del Reino. Fue el primer nombramiento de Juan Carlos I y fue clave para lanzar la reforma política y nombrar a Adolfo Suárez presidente del Gobierno.

Vuestra Alteza no debe preocuparse. Jurad los Principios del Movimiento, que más tarde los iremos cambiando legalmente uno tras otro. Iremos de la Ley a la ley. 

En lo personal, la relación entre Franco y Juan Carlos era afectuosa. Queda latente en esa nota de 1971: “Un abrazo respetuoso y cariñoso”. En su libro de memorias de próxima publicación en España, “Reconciliación”, el Rey lo explica con naturalidad: “Nos separaban 46 años. Él no tenía hijos (varones). Quizás proyectase hacia mí un sentimiento paternal. No ocultaba su simpatía por mí. Incluso cierta ternura y benevolencia". Es más, en su entrevista en Le Figaro, el que fuera Jefe del Estado subraya su sentimiento de gratitud hacia Franco: "¿Por qué mentir, si fue una persona que me hizo rey, y en realidad me hizo rey para crear un régimen más abierto?".

El príncipe Juan Carlos junto al dictador Francisco Franco en 1975
El príncipe Juan Carlos junto al dictador Francisco Franco en 1975.

¿Es, por tanto, compatible la buena relación personal con el objetivo político de desmontar el franquismo? Sí, y los hechos lo demuestran. Así atrajo Juan Carlos I a todos a su plan reformista, un plan que llevaba fraguándose muchos años. Un plan que exigía contar con todos, y especialmente con el pueblo español. Un plan que se empezó a desarrollar después de la muerte de Franco y que se puede concretar en cinco movimientos de alta politica:

Al ejército: LEALTAD

21 de noviembre de 1975

Si había un estamento reactivo al cambio era el Ejército, y Juan Carlos lo sabía. No en vano Franco era militar y su régimen se construyó sobre la victoria en la guerra civil. Por eso, casi cuarenta años después, la cúpula militar estaba plagada de militares leales al dictador. En aquel momento, en las Fuerzas Armadas anidaban una duda y dos certezas. La duda era cuál era el plan del sucesor a título de Rey. Las certezas se presentaban como dos líneas rojas: la legalización del Partido Comunista y el mantenimiento de la unidad de España. El reto del Rey consistía en conseguir la lealtad del Ejército, pues sin ellos no sería posible llevar a cabo el plan reformista, un temor avalado por dos siglos de golpes de Estado cuarteleros y decenas de asonadas militares. 

Ascenso a capitán general de los ejércitos

Ascenso a capitán general de los ejércitos

En aquel instante era trascendental evitar vacíos de poder. El 21 de noviembre, un día después de la muerte de Franco y uno antes de la proclamación, el Boletín Oficial del Estado (BOE) publicó un decreto ley que lo nombraba jefe supremo de las Fuerzas Armadas: “Se promueve al empleo de Capitán General de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire a Su Alteza Real el Príncipe de España”. Esta decisión la tomó el Consejo de Ministros “en atención a las excepcionales circunstancias que concurren en el Príncipe de España”, y la tomó en la misma tarde del día en que Franco falleció en la cama.

Arriba: Juan Carlos I saluda en Madrid el día de su proclamación, 22 de noviembre de 1975. (Jacques Pavlovsky/Getty Images). Abajo: El príncipe Juan Carlos observa un blindado AMX-30D durante un desfile militar. (Keystone/Getty Images)
Arriba: Juan Carlos I saluda en Madrid el día de su proclamación, 22 de noviembre de 1975. (Jacques Pavlovsky/Getty Images). Abajo: El príncipe Juan Carlos observa un blindado AMX-30D durante un desfile militar. (Keystone/Getty Images).

Muchos años después, en 1993, Juan Carlos I concedió una larga entrevista que se publicó en formato libro: “El Rey. Conversaciones con D. Juan Carlos I de España”, (Plaza y Janés, 1993), de José Luis de Vilallonga, es un antecedente de “Reconciliación” publicado en los tiempos felices, y por ello probablemente más valioso. En esa larga conversación el Rey explica que “en los días que siguieron a la muerte de Franco el Ejército habría podido hacer lo que le diera la gana. Pero obedeció al Rey. Y seamos claros: le obedeció porque yo había sido nombrado por Franco, y en el Ejército las órdenes de Franco, incluso después de muerto, no se discutían”.

Es más, cinco años después de su proclamación, los capitanes generales del Ejército volvieron a mostrar lealtad al jefe del Estado tras el golpe de Estado militar del 23F, la prueba más explícita de que en las Fuerzas Armadas aún pervivían esas resistencias: “Tenemos que estar agradecidos a las Fuerzas Armadas, Adolfo -le dijo el Rey a Suárez al día siguiente - porque en su inmensa mayoría han sido fieles a la Corona”. Esa fidelidad germinó gracias a aquel decreto ley publicado antes de ser formalmente proclamado Rey de España. Y no debe olvidarse que en su primer lustro como monarca se había legalizado el Partido Comunista y se habían aprobado los Estatutos de Autonomía de Cataluña y del País Vasco, las dos líneas rojas para los más inmovilistas del Ejército. Pero el Rey se ganó la autoridad desde la víspera de su proclamación en las Cortes.

A la derecha franquista: concordia

22 de noviembre de 1975

Las ojeras son notables. No es sólo el peso de la Historia en un momento trascendental, es que el 22 de noviembre de 1975 don Juan Carlos ha dormido poco. Hace 73 años que las Cortes españolas no se reúnen para proclamar un Rey. A las doce de la mañana, el hemiciclo de las Cortes se viste de gala. 540 procuradores (lo que hoy son diputados) observan desde sus escaños y en el centro de la tribuna de invitados está Carmen Franco Polo, la hija del dictador. Su luto es riguroso. El Rey luce el informe de capitán general, y la Reina un vestido largo fucsia que contrasta con los tonos oscuros que predominan entre los asistentes.

el primer discurso del rey, una declaración de intenciones

cronología

La razón por la que don Juan Carlos ha dormido poco es porque el búnker franquista quiere influir en el discurso de proclamación y el todavía príncipe tiene que aguantar presiones hasta el final. Pero no está dispuesto a ceder porque sabe que ese discurso es clave para transmitir sus intenciones. Quien da primero da dos veces, y lo tiene muy hablado con su principal consejero político, Fernández-Miranda:

—No os angustieis. Será más fácil de lo que os imagináis. Cuando la gente vea que en lugar de Franco hay un rey, comprenderá, sin que haya necesidad de explicárselo, que las cosas no pueden continuar como antes.
—Sí, pero necesitaré un mínimo de tiempo, un paréntesis, para que entiendan bien lo que tengo la intención de hacer.
—Vuestro primer discurso será la clave de todo el cambio. En él habréis de decir a los españoles: esto es lo que tengo la intención de hacer y así es como voy a hacerlo.
Y eso es lo que va a hacer el rey a pesar de los intentos de quien es el presidente de las Cortes, la persona que le va a tomar el juramento: Alejandro Rodríguez de Valcárcel, en ese momento un personaje tan inmovilista como trascendental.

El Parlamento el día de la coronación de Juan Carlos I y Sofía, el 22 de noviembre de 1975. (Gianni Ferrari/Getty Images)
El Parlamento el día de la coronación de Juan Carlos I y Sofía, el 22 de noviembre de 1975. (Gianni Ferrari/Getty Images).

El búnker franquista ha tratado de alargar al máximo la vida de Franco, aun a pesar de generarle un sufrimiento probablemente innecesario ante lo inevitable. Había dos motivos, uno simbólico y otro político. El primero es hacer coincidir la fecha con la del asesinato del fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, 39 años atrás. El segundo era tratar de mantenerlo vivo hasta el día 26 de noviembre. ¿Por qué? Porque ese día caduca el mandato de Rodríguez de Valcárcel como presidente de las Cortes, del Consejo del Reino y del Consejo de la Regencia. Si Franco sigue vivo, su mandato será automáticamente renovado durante cinco años, hasta 1980, un obstáculo más para los planes del Rey. Si no, el sucesor podrá removerlo del cargo y situar a un aperturista. Finalmente, Franco muere el 20 y el Rey puede pronunciar un discurso que es un mensaje político para el mundo, pero especialmente a los que le están escuchando en el hemiciclo. A ellos es a los que en menos de un año tendrá que convencer para que apoyen con su voto la reforma política, una ley que en la práctica supondrá la desaparición formal del franquismo. Todo empieza esa mañana del 22 de noviembre.

01. Gran consenso ideológico sobre el Rey Juan Carlos I

En 1986, por el VIII aniversario de la Constitución, se preguntó sobre hasta qué punto el Rey Juan Carlos I había contribuido a la estabilidad democrática. El cruce de las respuestas según la ideología demuestra que tanto la izquierda como la derecha consideraba mayoritariamente que había contribuido mucho o bastante.

Mucho
Bastante
Poco
Nada
NS/NC

Pulsa sobre las barras para ver más información

Fuente: CIS.

“Hoy se inicia una nueva etapa de la Historia de España. La institución que personifico integra a todos los españoles y nuestro futuro se basará en un efectivo consenso de concordia nacional”.

Concordia y consenso. Palabras nuevas. Y finaliza el Rey con una frase llena de contenido:

— Si todos permanecemos unidos, habremos ganado el futuro. ¡Viva España!

Don Juan Carlos ha hablado de concordia, pero no de democracia. Ha mostrado gratitud a Franco, pero no ha hablado de la guerra, ni de la victoria. En definitiva, ha medido su mensaje para ir desplazando las expresiones, loas y costumbres del franquismo e ir despertando conciencias. 

Han pasado 16.293 días desde que Alfonso XIII tomó la decisión de salir de España después de unas elecciones municipales. Los vivas al rey y los vivas a España cruzan el hemiciclo, presidido por las estatuas en piedra de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón.

ilustración Torcuato

Sin embargo, nada más abandonar el plenario, una mayoría de los procuradores se dan la vuelta y lanzan un caluroso aplauso a Carmen Franco. El Rey les ha mostrado el camino, pero aún queda mucho por hacer.

La primera prueba está en la decisión del Rey de sustituir a Valcárcel antes del día 26 para colocar a Fernandez-Miranda, una persona que genera desconfianza en el búnker. Para conseguirlo tiene que cambiar cromos con el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro: "Tú me apoyas para nombrar a Torcuato y yo te permito que sigas siendo presidente del Gobierno". Arias acepta encantado. El Rey tendrá que convivir con él unos meses más, pero a cambio ha conseguido situar a su hombre de confianza en el puesto clave para lanzar la operación reforma. Desde el primer día aprende que su labor debe combinar los símbolos con la negociación.

A la izquierda de dentro: indulto

25 de noviembre de 1975

— Deseo comenzar mi reinado haciendo uso de la prerrogativa de gracia.

Tres días después de la proclamación, el Rey preside su primer Consejo de Ministros. Tiene el poder y quiere ejercerlo. El Gobierno es aún el último nombrado por Franco, el mismo que dos meses atrás había aprobado las últimas ejecuciones del franquismo con la oposición explícita del entonces príncipe Juan Carlos, que quiere empezar marcando la diferencia. Así, el 25 de noviembre se aprueba un indulto general que propicia la salida de la cárcel de 4.000 presos, entre otros Marcelino Camacho, líder del sindicato Comisiones Obreras, obrero metalúrgico y persona respetada por su labor en defensa de los derechos de los trabajadores. Había sido condenado inicialmente por el Tribunal de Orden Público (TOP) a veinte años de prisión, que luego fueron rebajados a seis por el Supremo. Pero en la España que quiere Juan Carlos I no caben los delitos políticos.

 Marcelino Camacho salió de prisión
Encarcelado tras el último gran juicio político del franquismo, Marcelino Camacho salió de prisión indultado por Juan Carlos I en su primer Consejo de ministros, a los tres días de la proclamación (Matias Nieto/Getty Images).

— Nuestra alegría no es completa porque dentro quedan muchos compañeros. —afirma Camacho en una rueda de prensa en las puertas de la cárcel—. El indulto es estrechísimo. Hay que conseguir la amnistía para todos, y pronto.

La palabra clave es amnistía, una reivindicación del Partido Comunista desde 1956 que se empieza a fraguar solo cinco días después de la muerte de Franco. El indulto no es total, dado que se exceptúan las penas por delitos de terrorismo, pero sí abarca “todas las penas impuestas o que puedan imponerse, incluidas las de muerte por delitos anteriores al 22 de noviembre”. El mensaje de Juan Carlos I a través de la liberación de Marcelino Camacho es claro: estás en libertad, puedes dar una rueda de prensa y puedes reclamar lo que quieras. Han pasado sólo tres días.

A la izquierda de fuera: participación

25 de noviembre de 1975

— Manolo, debes ir a ver a Ceaucescu.

Juan Carlos I sabe bien que la izquierda se divide en los de dentro y los de fuera, y él cuenta con todos. Por eso necesita hacer llegar cuanto antes un mensaje a Santiago Carrillo, el líder del Partido Comunista de España (PCE) y enemigo público número uno del franquismo, que ya le ha bautizado como “Juanito el breve” y que desde su exilio en París está atacando con dureza al sucesor de Franco por considerarlo un rey impuesto. La izquierda no quiere Monarquía: quiere una república socialista. La revolución. Juan Carlos debe actuar, y pronto. 

Juan Carlos I recibe a Santiago Carrillo en Zarzuela
Juan Carlos I recibe a Santiago Carrillo en Zarzuela. Nada más ser proclamado Rey le envió un mensaje a través de Nicolae Ceaucescu: "Cuento con todas las tendencias políticas".

El tal Manolo se apellida Prado y Colón de Carvajal, y es a quien el Rey confía las más arduas misiones internacionales. Esta no es poca cosa: conseguir ser recibido por Nicolae Ceaucescu, el presidente comunista de Rumanía. Tiene ascendencia sobre Carrillo porque financia al PCE en el exilio. El Rey lo conoció en 1971, durante los actos de celebración de los 2.500 años del Imperio persa. Se llevaron bien y Ceaucescu le hizo una promesa: “Si un día necesita de mi, acuérdese de que puedo serle útil”. 

Ese día ha llegado, y Prado consigue presentarse en Bucarest y reunirse con Ceaucescu en nombre del Rey, pero sin dejar pruebas. Si trasciende que está haciendo un acercamiento a los comunistas, el franquismo no lo va a tolerar. 

EL TELÓN DE ACERO

1975. En plena guerra fría Europa estaba dividida en bloques: capitalista y comunista.

Bloque comunista
Bloque occidental
No alineados militarmente
Mapa telón de acero
Fuente: AFP.

— Señor presidente, este es mi mensaje: —le dice Prado a Ceaucescu—. Su Majestad me ha pedido que venga a verle desde su convencimiento de que la democracia en España necesariamente debe construirse con la integración y la asistencia de todas las tendencias políticas del país. Y me pide que le transmita que, dada su amistad con Santiago Carrillo, el Rey quisiera que le trasladara el convencimiento de que con agresividad y con intentos de hacer perder la credibilidad sobre las perspectivas futuras de desarrollo político de España, lo único que hará es ser obstructivo e impedir no sólo la adecuada evolución política del país, sino las posibilidades de su propio partido de integrarse en un proceso hacia la democracia.

Ceaucescu cumple su parte y Carrillo recibe el mensaje. Menos de dos años después, el PCE concurre a las elecciones generales. Adolfo Suárez lo legalizó con gran audacia, pero el Rey había allanado el camino desde el primer momento.

A los líderes internacionales: democracia

27 de noviembre de 1975

Una de las diferencias entre la Monarquía británica y la española es que el Rey inglés es coronado ante Dios en la catedral, mientras que el español es proclamado ante el pueblo en las Cortes. Es una diferencia sustancial. El problema de Juan Carlos I es que el día 22 Francisco Franco aún no ha sido enterrado, y los líderes de las democracias occidentales no quieren acudir a Madrid para no vincularse al dictador. Y el Rey sabe que la ausencia de caras reconocibles en occidente es un problema: no le arropa ni un solo jefe del Estado europeo, tan solo el vicepresidente de Estados Unidos, Nelson Rockefeller; el presidente de Chile, Augusto Pinochet; y la primera dama filipina, Ymelda Marcos. 

Los Reyes de España, en la escalinata de la iglesia de San Jerónimo el Real de Madrid acompañados de líderes internacionales (EFE)
Los Reyes de España, en la escalinata de la iglesia de San Jerónimo el Real de Madrid acompañados de líderes internacionales (EFE).

En esos primeros momentos, Juan Carlos I sabe que necesita atraer la atención de las democracias occidentales para poder ingresar en ese selecto club. Por eso, deja transcurrir unos días y organiza un segundo acto, este de Coronación en la Basílica de los Jerónimos. Será el día 28, y el cadáver de Franco ya ha sido enterrado. El objetivo es, ahora sí, enviar un mensaje al mundo. El objetivo es convencer al presidente de la República francesa, Valéry Giscard D'Estaing. ¿Quién mejor que Manuel Prado para lograrlo?

02. Juan Carlos, líder destacado en el extranjero

En el año 1976, se preguntó en países de Europa y Estados Unidos sobre la incipiente democracia española. El gráfico muestra, para cada país, la respuesta a la pregunta: "De las personas que le voy a citar, indique quién es a su juicio el principal impulsor de la reforma política española".

 Juan Carlos, líder destacado en el extranjero
Nota: En el caso de Gran Bretaña, Irlanda y Países Nórdicos algunas personas dieron más de una respuesta, por lo que el total suma más del 100%
Fuente: CIS.

— ¿Es consciente Juanito -pregunta Giscard- de que su proyecto es prácticamente imposible, de que su reinado puede durar tres o cuatro meses en total?

Así están las cosas, pero la capacidad de seducción del hombre enviado por el Rey no tiene límite conocido. Prado vuelve a Madrid: 

— Primero me pidió el Toisón.
— Ni hablar — responde don Juan Carlos.
— Después me dijo que aceptaría un desayuno a solas el mismo día de la coronación.
— ¿Un desayuno? ¿Qué quiere desayunar? ¡Ven y dame un abrazo, porque la presencia de Giscard bien vale un desayuno con bollos, con bacon, con huevos fritos, con migas o con lo que él quiera!

Quién es quién

A primera hora de la mañana del día 27 el Rey de España y el presidente de Francia desayunan juntos ante fotógrafos y cámaras. Han tenido que transcurrir seis décadas para que un jefe de Estado francés visite España, y ese es el mejor aval para Juan Carlos. Pero hay más: el vicepresidente Rockefeller; el presidente de la República Federal de Alemania, Walter Scheel; Felipe de Edimburgo, marido de Isabel II de Inglaterra, y los herederos de Bélgica y Luxemburgo. También asisten el joven heredero marroquí y el príncipe saudí, entre otras representaciones de familias reales y delegaciones de numerosos países del mundo. Desde mucho antes de su proclamación Juan Carlos se esforzó en dar señales de aperturismo en el extranjero y entablar relaciones personales con los grandes líderes del mundo libre. Su figura tras el proceso de transición adquirió un gran prestigio internacional (ver gráfico 2 y 3).

Además, en el acto religioso queda patente el apoyo de otra institución clave para un proceso político de la magnitud que aspira a liderar Juan Carlos I. El cardenal Vicente Enrique y Tarancón, presidente de la Conferencia Episcopal, deja una vez más claras sus convicciones aperturistas: “la Iglesia se siente comprometida con la nueva situación y que no regateará su estima, su oración ni su colaboración al Rey”. Es un discurso valiente, puesto que Arias Navarro había intentado una semana antes que no oficiara el funeral de Franco y dado que los más exaltados le consideraban un traidor al grito de “Tarancón al paredón”.

EL CAMINO A LA DEMOCRACIA, DESDE EL EXTRANJERO

En el año 1976, se preguntó en países de Europa y Estados Unidos sobre la incipiente democracia española. El gráfico muestra, para cada país, el porcentaje de personas según si consideraban que España se encaminaba hacia una democracia o no.

No
NS/NC

Pulsa sobre las barras para ver más información

Nota: En el caso de Gran Bretaña, Irlanda y Países Nórdicos algunas personas dieron más de una respuesta, por lo que el total suma más del 100%
Fuente: CIS.

Cinco días después de su proclamación, occidente acoge a Juan Carlos I y le da un voto de confianza. Unos meses después, el Rey de España pronunciará en Washington un discurso ante las dos cámaras parlamentarias y recibirá un sonoro aplauso y el reconocimiento de la cuna de la democracia:

"La espectacular promesa del monarca, su compromiso con una España democrática fue tan completo como cualquier liberal pudiera desear" resumen en sus editoriales The Washington Post y The New York Times.

ilustración rey

La actuación del Rey durante la Transición no sólo agradó a los monárquicos sino que propició el respaldo de muchos republicanos y provocó el surgimiento de un nuevo fenómeno: el juancarlismo (ver gráfico 1) . En la semana que va desde la muerte de Franco hasta ese segundo acto de coronación, Juan Carlos I lanzó el proceso de Transición con determinación, inteligencia y mano izquierda. Supo que para cumplir con éxito el desafío que la Historia puso en sus manos debía contar con todos, y eso requería de cualidades propias de la alta política. En esos días, y en esa etapa histórica, Juan Carlos I actuó como un hombre de Estado.

FUENTES:

El Rey. Conversaciones con D. Juan Carlos I de España (José Luis de Vilallonga, Plaza y Janés, 1993); Así se hizo la Transición (Victoria Prego, Plaza y Janés, 1995); Sábado Santo rojo (Joaquín Bardavío , Ediciones Uve, 1980); El piloto del cambio, (Charles Powell, Espejo de España, 1991); Objetivo Democracia (Juan Fernández-Miranda, Espasa 2025).