Los 'boomers' también tienen problemas 'millennial': "A los 63 me tengo que buscar la vida"
Frente a la teoría de que los problemas son generacionales y que los mayores de 50 son unos privilegiados, hay determinadas coyunturas (laborales o de vivienda) que comparten tanto los 'boomers' como los 'millenials'
"Todos los profesionales de mi alrededor se quejan de que los jóvenes no quieren trabajar en este tipo de trabajos. Aprended un oficio, que os van a respetar y os van a pagar bien. No tengáis duda".Karlos Arguiñano, representante televisivo boomer, resumía así en su programa hace unos meses su solución a uno de los problemas más acuciantes asociados a la generación millennial. Antonio Garamendino ha escatimado en comentarios a lo largo de sus siete años como presidente de la CEOE acerca de la “falta” de actitud de los jóvenes: “¿Tú crees que Carlitos [Alcaraz] trabaja 37 horas y media a la semana? No. Es la cultura del esfuerzo, de sufrir, de saber qué pierdes, qué ganas", comentaba el portavoz de los empresarios en septiembre de este año.
Todas estas opiniones son repetidas en redes sociales, medios de comunicación e, incluso, en las cenas familiares, donde muchos de los mayores tienen una opinión muy clara: los millennials son responsables de sus propios males, una generación echada a perder. ¿Pero son los X o incluso los boomersinmunes a los problemas de los nacidos en los ochenta y noventa o hay quienes también los sufren, aunque olvidados tanto por sus semejantes como por las generaciones posteriores?
Para empezar, es necesario algo de contexto: los millennials ya no son jóvenes. Los primeros, nacidos a principios de los ochenta, tienen entre 44 y 45 años. Son señoras y señores. Para continuar, según los últimos datos disponibles del INE, los millennials ocupados suponían en el 4º trimestre de 2023 el 35% del total de los trabajadores españoles. De lejos, el grupo más representado. A pesar de eso, se asocian ciertos problemas a esta generación, entre los que destacan el acceso a la vivienda y la estabilidad financiera; la precariedad laboral, el desencanto por el empleo y la necesidad de reinvención constante; la pérdida de las relaciones afectivas verdaderas y tradicionales, así como la limitación (ayudada por redes sociales) de estas al plano sexual y, por último, la ausencia de identidad clara, atrapados entre el ‘sueño’ que vivieron sus mayores y la ‘despreocupación’ que muestran los más jóvenes.
Pero lo cierto es que muchos de quienes lanzan esas críticas desde generaciones anteriores no están tan a salvo de la precariedad que reprochan. Maribel Rodríguez, nacida en 1963, lo sabe bien. Hace seis años se encontraba en la recepción de un hotel del centro de Madrid, el mismo empleo que había desempeñado durante los últimos 14. Mucho trabajo, sí, pero con un buen sueldo y condiciones, algo que muchos considerarían un éxito profesional. Por desgracia, la epidemia de covid-19 (un evento ‘define-generaciones’), supuso un mazazo irreversible para su hotel. Con eso, 14 años de trabajo se quedaron en dos años de paro… y a buscarse la vida: “Pensaba que me jubilaría allí. Pero llegó la pandemia, cerró la empresa y me quedé en la calle. Desde entonces apenas he trabajado tres o cuatro meses”.
"El esfuerzo no garantiza nada. Eso de si trabajas duro tendrás seguridad es una mentira"
Maribel, como muchos otros, esperaba que el esfuerzo fuese una fuente de seguridad, pero descubrir la realidad no fue fácil: “El esfuerzo no garantiza nada. Eso de que ‘si trabajas duro tendrás seguridad’ es una mentira. Por mucho que te esfuerces, si eres un empleado dependiente de una nómina, no hay nada que te asegure el futuro”. Para Maribel, el discurso del ‘esfuérzate y todo saldrá bien’, no está resultando más que una ilusión. Como explica Almudena Moreno, profesora de Sociología de la Universidad de Valladolid, “la cultura neoliberal e individualista ha generado la idea del ‘sálvese usted mismo porque es posible’. Cargar sobre el individuo toda la responsabilidad de su situación solo acrecienta su malestar y su incapacidad para hacer frente a las situaciones sociales que no dependen de él mismo”.
Caer al borde de la jubilación
Moreno explica a El Confidencial que no todo es blanco o negro, sobre todo en lo que a estos rangos de edad se refiere: “El concepto de generación se utiliza con bastante ligereza para tratar de explicar fenómenos sociales complejos que tienen bastantes causas”. A pesar de eso, puntualiza que dentro de una generación, hay aspectos definitorios: “Desde la perspectiva sociológica la generación responde a una cohorte de población que está condicionada por ciertos acontecimientos históricos”. Un ejemplo: se podría decir que lo que une a los millennials es que todos ellos empezaron su carrera profesional en las inmediaciones (temporales) de la crisis de 2008, un muy mal momento.
Diseño gráfico con un poco de humor. (Reuters/Brian Snyder)
Una historia similar a la de Maribel, aunque más hiriente, es la de Enrique Montojo (seudónimo, pues pide mantener el anonimato). 25 años trabajando en la misma empresa, no de cara al público, donde la juventud física (según explica Maribel), así como la belleza, puede abrir más puertas; sino como diseñador digital para una agencia. Enrique era de los pioneros de Photoshop en España, de los que indagaban en primitivos foros acerca de todos los minúsculos cambios que Adobe le había hecho a su producto, cosa que sigue haciendo: “Yo salí de ser un pintor albañil, de buscarme la vida, a poner mucho empeño en mi futuro orientado al diseño. Con esos trabajos que hacía conseguí comprarme un ordenador y empezar”.
De ahí, con la ayuda de un amigo, pero de forma mayormente autodidacta, le salieron (a mediados de los años noventa) sus primeros ‘bolos’ como freelance en diseño digital. Fui creciendo de manera profesional hasta que entré en una agencia en la que todo eso era nuevo: el nivel interactivo, las redes sociales… Estuve 25 años en ella”. Pero el modelo de su empresa cambió. ¿La fórmula? Lo que hacen 10, pueden hacerlo dos. Con eso en mente, el primero en caer fue Enrique, a tres años de jubilarse. Semanas después, el resto -menos uno- de su departamento. Gracias y hasta luego.
La identidad generacional de Enrique, al menos en el entorno laboral, no es la de un boomer o ‘X’, sino que está en tierra de nadie: “Me siento más joven de lo que me toca, totalmente. Gente de mi generación no ha tenido la capacidad de adaptarse continuamente ni de evolucionar a nivel laboral. Yo siempre he tenido inquietudes, el interés de estar lo más actualizado posible. No te voy a decir que estoy echando veinte horas, pero jamás he perdido el interés”. Lo único que le queda a Enrique es cubrir el requisito de edad y años tributados con hacienda, pero lo va a hacer a su manera: “No he perdido las ganas de aprender, aunque ya estoy en una fase de la vida en la que, para lo que me queda de jubilación, haré solo trabajos puntuales y poco más”.
"He hecho cursos de todo tipo, pero quiero trabajar de lo mío y jubilarme"
Por su parte, Maribel ha intentado reinventarse, aunque la palabra le suene vacía: “Cuando era joven sí me gustaba hacerlo, pero ahora no. Ya he hecho cursos de todo tipo y lo que quiero es trabajar en lo mío, ganar lo justo y jubilarme tranquila”, dice. Después de quedarse sin empleo tras la pandemia, empezó un curso gratuito de ofimática para refrescarse y entretenerse, en sus propias palabras. Su caso refleja bien una tendencia que se repite entre quienes rondan los sesenta: trabajadores con experiencia y ganas, pero que chocan contra un mercado laboral que idolatra lo joven y lo nuevo. Pero una cosa es querer, y otra hacer. Maribel emigró a Mallorca en busca de empleo, empezó allí a trabajar para Ryanair siendo de esas personas que obligan a pagar si una maleta supera unas dimensiones irrisorias. Terminó abandonando ese camino y buscó otro, que resultó ser un fiasco. A partir de ahí, Maribel ahora mismo busca de todo, de recepcionista de hotel a camarera de restaurante.
Compartir piso tras los 60
El segundo frente es la vivienda. Maribel ha compartido piso casi toda su vida y, a sus 63 años, sigue haciéndolo. “Aunque tuviera trabajo, no podría vivir sola. Tendría que compartir”, asegura. Durante años pagó 587 euros de alquiler por una casa en Madrid; poco después, la dueña pedía mil. “Al final se lo dejó a mi sobrina en 750, pero si yo hubiera seguido allí, habría tenido un problemón. Es imposible pagar eso con mi salario”. Lo suyo no es un caso aislado. “La vivienda era un símbolo de autonomía y seguridad”, recuerda Moreno. Y continúa: “Hoy muchos colectivos han renunciado a ese valor aspiracional y se conforman con un habitáculo donde poder descansar. Es el reflejo del deterioro del Estado del bienestar y de la falta de políticas que regulen el mercado de la vivienda”.
Ni siquiera las relaciones personales escapan a esa sensación de fragilidad. A falta de datos sobre el uso que hacen de Tinder los mayores de 60 (la plataforma carece de esa información concreta) contamos con la estimación que realizó la app de citas Kismia en 2023. Según ellos, el segmento de usuarios de estas apps de mayores de 60 años ha crecido más deprisa que otras franjas en la última década. Maribel cuenta que llegó a usar aplicaciones de citas y que, al principio, le funcionaron: “La mayoría las usa para echar un polvo y ya está, pero yo tuve un novio casi dos años que conocí en un sitio de estos”. Cree, sin embargo, que el fondo no ha cambiado tanto: “La gente sigue saliendo y ligando como antes, pero ahora los teléfonos interfieren de otra manera”. Moreno lo analiza en términos más amplios: “Los vínculos afectivos son un espejo de la cultura neoliberal individualizada. En las nuevas relaciones no se ve al interlocutor, solo los deseos de uno mismo reflejados en el otro. Es otra de las grandes crisis del momento”.
Construcción de un edificio sostenible. (Europa Press/David Zorrakino)
María Perea (nombre figurado, nos pide preservar su anonimato), una profesional radicada en Madrid, bien situada, que hace dos años traspasó la barrera de los 60 (junto con aproximadamente otros 680.000 españoles), es fiel encarnación de lo que explica Moreno. Sin pareja desde hace más de 10 años, hace dos se decidió, por consejo de una amiga, a abrirse una cuenta en Bumble, una plataforma de contactos "supuestamente más selectiva que Tinder", explica. No buscaba, añade, sexo, sino que "echaba de menos tener pareja. Porque siempre he encontrado que la vida en pareja es más divertida, y porque se echa de menos el calor de los abrazos y los besos, además del 'lujo' de contar con un apoyo o un contrapunto en el camino, la verdad".
Pero todas esas expectativas estaban destinadas a colisionar con lo que para María es "la cruda realidad de ayer y hoy, con Bumble o sin Bumble: por una parte, sorprendentemente, se reproduce algo que ya viví cuando estaba en la treintena y la cuarentena: los de mi edad están interesados por mujeres más jóvenes que yo. Si cuando tenía 45 mis contemporáneos estaban como locos buscando chicas de veintitantos que les hicieran sentir más jóvenes (por eso 'tuve' que enredarme con uno de treinta y pocos), ahora, a mis 60, los de mi edad buscan mujeres más jóvenes que yo porque... yo qué sé por qué, la verdad es que a estas alturas ni lo sé ni me importa. Lo único que sé es que a mí tampoco me hacen mucha gracia ellos".
Por otra parte, explica, no está dispuesta a retroceder en su autonomía: "La idea de adaptarme a otra persona, que antaño me parecía no solo aceptable, sino consustancial al concepto de pareja, ahora me espanta. Es que no estoy dispuesta a cambiar nada de mi forma de vida, que me ha costado muchísimo conseguir. Y de convivir ya ni hablamos". De hecho, como declaraba hace un par de años en un encuentro el experto Feliciano Villar, de la Universidad de Barcelona, si la fórmula de pareja en ascenso para las personas mayores era la de una especie de noviazgo in aeternum, sin papeles, era porque aseguraba "el apoyo y la compañía del otro sin los roces inevitables de la convivencia".
La fórmula entre los mayores es la de un noviazgo 'in aeternum', sin papeles
Esa mezcla de experiencia, desencanto y resistencia también define a su generación. Maribel lo dice con ironía: “Solo cuando me miro al espejo pienso: ‘ostras, soy una señora’. Pero por dentro sigo igual que cuando tenía treinta”. Para Moreno, esa sensación responde a un fenómeno más amplio: “Todos quieren ser jóvenes porque es un símbolo de bienestar, ilusión y energía, pero las políticas públicas olvidan a los jóvenes reales. Es una contradicción en sí misma”.
Entre la inestabilidad laboral, la vivienda imposible y la precariedad emocional, la generación de Maribel vive en un tiempo suspendido: lo suficientemente mayor para haber cumplido con las promesas del esfuerzo, pero aún lo bastante joven como para seguir esperando que alguna de ellas se cumpla.
"Todos los profesionales de mi alrededor se quejan de que los jóvenes no quieren trabajar en este tipo de trabajos. Aprended un oficio, que os van a respetar y os van a pagar bien. No tengáis duda".Karlos Arguiñano, representante televisivo boomer, resumía así en su programa hace unos meses su solución a uno de los problemas más acuciantes asociados a la generación millennial. Antonio Garamendino ha escatimado en comentarios a lo largo de sus siete años como presidente de la CEOE acerca de la “falta” de actitud de los jóvenes: “¿Tú crees que Carlitos [Alcaraz] trabaja 37 horas y media a la semana? No. Es la cultura del esfuerzo, de sufrir, de saber qué pierdes, qué ganas", comentaba el portavoz de los empresarios en septiembre de este año.