Españoles, Junts es de derechas y noquea a Sánchez: "Es la hora del cambio"
Míriam Nogueras apaliza al presidente mientras Bildu lo abraza con su rostro más batasuno. En una sesión de control en la que sobrevoló Franco, cincuenta años después, el presidente niega con un escueto "no" si hubo financiación ilegal en el PSOE
Miriam Nogueras, en la sesión de control al Gobierno. (Europa Press/Eduardo Parra)
Cuentan las crónicas que, en los plenos en las Cortes durante la dictadura, Francisco Franco dormía la siesta en la antesala del hemiciclo. Ni en sus mejores sueños habría imaginado el dictador que 50 años después de su muerte su nombre iba a sonar una decena de veces en una sesión de control al Gobierno, y que el presidente del mismo aún estaría obsesionado con su figura.
La de esta mañana no ha sido una sesión de control al uso. De repente, algo ha sucedido, algo inesperado en esta legislatura en la que nada es lo que parece, la posverdad campa a sus anchas y los discursos políticos son relatos de laboratorio. De repente, la derecha catalana se ha presentado como eso, un partido de derechas, y la ultraizquierda vasca como lo que es: una ultraizquierda obsesionada en 2025 con fascistas, franquistas y nazis. Esto es, en sí mismo, relevante, porque si Junts es más un partido de derechas que un partido independentista, el Gobierno tiene un problema; y si Bildu deja de hablar como un corderito degollado y saca su colmillo abertzale, el Gobierno tiene otro problema. Dos problemas, uno para gobernar y otro para pedir el voto.
Antes de que Pedro Sánchez anunciara que el Consejo de Ministros aprobará un listado de símbolos franquistas en las calles españolas, Míriam Nogueras se ha quitado hoy el traje de independentista para ponerse el de señora de derechas que defiende las ideas propias del pensamiento liberal conservador. Resulta que a estas alturas de la película la portavoz de Junts habla más de ideología que de identidad, y eso es negar la esencia misma del sanchismo.
En la segunda pregunta de la mañana, Nogueras ha advertido que iba a ser dura y lo ha sido. El discurso podría firmarlo el PP, o incluso Vox: “Voy a ser muy clara con usted. Ya no le sirve envolverse con la bandera palestina, ahora lo hace con la del cambio horario”, ha comenzado mientras la cara de Sánchez mutaba del gesto amable habitual con todos sus socios (ya sean indepes, podemitas o abertzales) al rostro duro del boxeador que sabe que viene una somanta. Después ha hablado de autónomos “perseguidos” por el Gobierno, se ha interesado irónicamente por “cuántos pisos públicos han construido”, ha denunciado la okupación y el pago “del rescate de las estrellitas de la Flotilla”, ha arremetido contra “las izquierdas españolas” y se ha referido a la financiación ilegal de partidos políticos: “Y luego dirán que viene la derecha”.
Pero eso no ha sido todo, lo mejor ha sido la advertencia final, que firmarían la misma Ester Muñoz (PP) o Pepa Millán (Vox): “Y luego dirán que vienen la derecha”. Pero eso no fue lo mejor, sino la advertencia final: “deje de hablar del cambio de hora y hablemos la hora del cambio”. Sorprendente, pero no lo único de una sesión que no le ha salido bien al Gobierno.
La segunda noticia ha llegado con Mertxe Aizpurua. Después de meses mostrándose una política amable intercambiando sonrisas, parabienes y blanqueamientos con Sánchez, la portavoz de Bildu también se quitó el uniforme de la legislatura, que en su caso era un baby de colegiala inocente preocupada por los desfavorecidos. Debajo, la Batasuna de siempre, la que señala objetivos, para erigirse como defensora de la memoria. “La mujer que señalaba desde su periódico a gente en España para asesinarla. ¡Qué asco!”, ha dicho rápida la portavoz del PP. Y la vicepresidenta María Jesús Montero no ha tenido más remedio que salir en defensa de la de Bildu. Ahí es donde está este Gobierno, lo cual no es una sorpresa pero oscurece el blanqueamiento exprés de los herederos de Batasuna. Bildu sigue siendo Bildu, por si a alguien se le ha olvidado, y Sánchez es su pastor.
La tercera sorpresa la ha protagonizado el presidente del Gobierno, que ha respondido a una pregunta directa, cerrada, a bocajarro, formulada por el líder de la oposición. Sí, Sánchez ha respondido, y eso, en esta legislatura, es noticia. Preguntaba Alberto Núñez Feijóo: “¿Desde que usted es secretario general, el PSOE se ha financiado ilegalmente sí o no?”. Y Sánchez, como si un ataque de enajenación transitoria se tratara, ha respondido: “No… no”. Escueto, sí, previsible, también, pero respuesta al fin y al cabo. De manera que Feijóo ya tiene al presidente del Gobierno negando en sede parlamentaria algo que los tribunales se encargarán o no de demostrar. Feijóo tiene lo que quería: el presidente que defendió a Ábalos y a Cerdán niega la financiación. “Veremos si ha mentido en sede parlamentaria”, decía un popular al acabar la sesión.
Y sí, Francisco Franco ha vuelto esta mañana al Parlamento, y no solo en la boca de Aizpurua y Sánchez, también en la de Cayetana Álvarez de Toledo. La diputada del PP ha aceptado el reto que le planteó hace siete días, el ministro de justicia, Félix Bolaños, para poner al Gobierno ante el espejo. Álvarez de Toledo ha hecho algo que el PP no hacía en el Parlamento desde 2002: condenar la dictadura de Franco para retar al Gobierno a hacer lo mismo con Maduro. No ha pasado por el aro el ministro Bolaños, ni ningún otro miembro del Gobierno socialista, que han preferido hablar de los problemas de los presidentes autonómicos del PP: Mazón y la Dana, Ayuso y el aborto, Moreno y los cribados. Ese es el mantra de la Moncloa y de ahí no se mueven.
De modo que el Gobierno sigue donde siempre, haciendo oposición a la oposición, pero las cosas se mueven a su alrededor y hoy Sánchez está un poco más expuesto: porque puede que haya mentido en sede parlamentaria; porque su Bildu se ha quitado la careta para demostrar que son los de siempre; y sobre todo porque Junts le ha enseñado la patita. ¿Para qué? Eso está por escribir, pero desde luego no para prestarles sus votos. Todo en una mañana más en medio de una legislatura en la que nada es lo que parece. ¿O sí?
Cuentan las crónicas que, en los plenos en las Cortes durante la dictadura, Francisco Franco dormía la siesta en la antesala del hemiciclo. Ni en sus mejores sueños habría imaginado el dictador que 50 años después de su muerte su nombre iba a sonar una decena de veces en una sesión de control al Gobierno, y que el presidente del mismo aún estaría obsesionado con su figura.