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Pero ¿quién dirige hoy la izquierda?
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Pero ¿quién dirige hoy la izquierda?

Las bases ideológicas de la izquierda de los últimos diez años se han sustentado en las ideas de los millennials progresistas. El problema es que su tiempo ha pasado. Emergen nuevas aspiraciones

Foto: Sánchez, Montero y Díaz. (EFE/Mariscal)
Sánchez, Montero y Díaz. (EFE/Mariscal)
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Más allá de la peculiar situación española, la izquierda (más centrista o más extremista) vive momentos complicados en la escena política occidental. Sus rivales han sentido el momento de debilidad y se afanan en la tarea de desprestigio (un editorial del semanario francés Le Point se preguntaba Pero ¿cómo se puede seguir siendo de izquierdas?), pero tampoco los progresistas parecen ayudarse demasiado a sí mismos. Las señales de su agotamiento se manifiestan en diferentes niveles, desde el operativo, con el laborista Keir Starmer despeñándose en su popularidad a causa de la adopción de unas medidas que podían haber sido firmadas por Tony Blair o por John Major, hasta el simbólico, con Kamala Harris, de gira de presentación de su nuevo libro, reivindicándose como “la candidata presidencial más preparada de la historia”. Tampoco en el plano programático parece existir mucha vitalidad: la figura progresista más popular en los últimos días es un economista tecnocrático, Gabriel Zucman, que insiste en la propuesta de Piketty de implantar un impuesto al patrimonio; hay quien aboga por un DOGE de izquierdas y cree que los métodos tecnocráticos de esta época (la auditoría, la medición de impacto y la sustitución de mano de obra por tecnología) liberará recursos para dedicarlos a bienes públicos necesarios.

El tiempo pasa

Hay varias explicaciones para la caída en aprecio social de la izquierda (la derecha ofrece regularmente unas cuantas), pero conviene incidir en un par de ellas, las ligadas con el tiempo y con el espacio. Las opciones políticas dependen, en su ideología, de las clases sociales de las que surgen y en las que se asientan, y del momento en que cobran efervescencia. En España, ambas cosas fueron evidentes en la renovación de los postulados progresistas tras la crisis de 2008. Hubo un evidente factor generacional, con jóvenes que se veían sin casa, sin trabajo y sin futuro. Eran personas con titulación universitaria, pertenecientes al entorno urbano, conectadas con las redes globales e indignadas con la esfera política. De ese entorno y de ese momento histórico surgió Podemos, que canalizó las energías a través de la lucha contra la casta y con un programa que prometía más democracia: partidos tejidos por círculos locales, participación del vecino en los ayuntamientos, estructuras más horizontales, el poder de la decisión en común como camino de salida. En el centro derecha y en el centro izquierda también surgió un grupo de tecnócratas jóvenes que esperaban ser la generación que impulsara la modernización, aunque tuvieron bastante menos éxito (colectivo) que Podemos.

Los progresistas millennials eran jóvenes hasta que dejaron de serlo. Para las nuevas generaciones, ya no representan el futuro

Ambos eran hijos de clases medias urbanas que aspiraban a modos diferentes de modernización y de cambio en España. Podemos encabezó, durante un tiempo, los deseos de transformación de una sociedad que soportaba los efectos de la crisis financiera. No supieron manejar sus cartas y el PSOE tomó la delantera gracias a un Sánchez que se ha movido siempre en el posibilismo, girando hacia un lado u otro según conveniencia del momento, y que ha sacado partido a su talento táctico. Ambas izquierdas fueron reconvirtiendo su programa hacia el combate por los derechos, el ecologismo, la posición favorable a la inmigración, el feminismo y la lucha antifascista. Ese era el programa progresista internacional y Sánchez lo encarnaba de un modo más amplio.

En ese trayecto, ocurrieron dos cosas relevantes. La primera fue que quedaron constreñidas por su espacio: las izquierdas no lograron salir, en cuanto a repercusión política, de las clases sociales urbanas y formadas de las que provenían; la segunda fue el paso del tiempo: ellos eran los jóvenes hasta que dejaron de serlo y aparecieron nuevas generaciones con otras perspectivas. Ya no representaban el futuro.

El regreso al pasado

En todo caso, se forjó un progresismo millenial con rasgos comunes en toda Europa, y que constituyó la base ideológica de las izquierdas, de las más moderadas y de las más extremas. Todavía perdura, y en algunos lugares, con cierta aceptación. Es el caso de La Francia Insumisa de Mélenchon. En su último libro publicado, de retórica revolucionaria, insiste en el núcleo compartido. Es favorable a la inmigración, defiende las prestaciones públicas, ve un grave problema en el avance de la extrema derecha y se ha manifestado repetidamente a favor de Gaza. En cuanto a la visión económica, él mismo la explica: “Decimos que queremos relanzar la economía, aumentar el poder adquisitivo para que aumente el consumo… pero ¿consumir qué? ¿Y fabricar qué? Si es para fabricar como antes, nos volveríamos productivistas. Por tanto, no es posible reformar solo un segmento de la producción, hay que abordarla en su conjunto. Hay que planificar el cambio ecológico. Habrá que producir ciertas cosas en lugar de otras”.

Francia es también el ejemplo del límite de la propuesta: el programa de Mélenchon se agota en las clases urbanas progresistas y las periferias de las grandes ciudades. Si Francia fuera una provincia, los barrios centrales de la capital votarían a los partidos prosistema, los barrios de la periferia a Mélenchon y el resto a Le Pen. Pero como Francia es mucho más grande que una mera provincia, Rassemblement National tiene mucho más voto, el de buena parte de la Francia interior. Ahora saca partido también del descontento entre la derecha francesa con el gobierno actual y, por tanto, del deseo de cambio.

Es la lucha entre los activistas y los integrados, con la militancia que le queda a IU mirando a unos y otros y sin que le convenza ninguno

Este es el problema electoral del progresismo millennial, ya que su vuelta de tuerca ideológica lo ha alejado de las clases con menos recursos y de las medias en descenso, que no se reconocen en el programa que les proponen. Pero, al mismo tiempo, tampoco tienen a la juventud de su lado, que ha tomado otras derivas.

En este momento de crisis, se ha producido algo significativo: el regreso al pasado. Frente a esa falta de presencia social y de crecimiento electoral, las izquierdas han optado por mantenerse firmes en el socialismo millennial. En Francia, continúa Mélenchon al frente. En España, Podemos abraza a los anticapitalistas, los antiguos troskistas, y Sumar quiere insistir en la modernización verde. Es la lucha entre los activistas y los integrados, con la militancia que le queda a IU mirando a unos y otros y sin que le convenza ninguno.

Su poder electoral es proporcional al deseo conservador. Venían a transformar la sociedad y se han convertido en partidos defensivos

Lo más curioso se está produciendo en el Reino Unido. La debilidad de Starmer trata de ser aprovechada por Corbyn para regresar, y su mayor apuesta es ese énfasis en la democracia que señalaba el movimiento del 15 M. Su idea para revitalizar la izquierda es hacer un acuerdo con los verdes y retomar la propuesta de construir formaciones horizontales: “Los partidos no democráticos producen sociedades no democráticas, donde una pequeña parte de la sociedad posee los recursos que todos necesitamos para sobrevivir. Los partidos democráticos producen sociedades democráticas; donde la riqueza y los recursos son propiedad de todos”. Farage se dispara en las encuestas, Starmer se está hundiendo y los tories se hallan inmersos en una crisis cósmica. Corbyn tiene el camino de salida: “Quienes quieren obstaculizar el cambio transformador quieren suprimir los derechos, las voces y el poder de la gente común. Su mayor temor es la democracia, porque la democracia es nuestra mayor fortaleza”.

No hay mucho ahí que pueda sonar cautivador a buena parte de la población. Poseen un programa de resistencia, anclado en la defensa contra el fascismo, y una insistencia en las libertades individuales en un momento en que están siendo atacadas, pero no ofrecen una esperanza de futuro. Son partidos que luchan contra el cambio climático, contra el racismo y contra la extrema derecha. Su poder electoral es proporcional al deseo de conservar lo que existe. Venían a transformar la sociedad y se han convertido en partidos defensivos. Los efectos del paso del tiempo.

El síntoma juvenil

Esa desorientación choca con lo que muestra La gran ambición, la película sobre Enrico Berlinguer que ha dirigido Andrea Segre, que se estrenó este verano en los cines españoles y que ahora puede verse en Filmin. Era la época en que el Partido Comunista Italiano acariciaba la posibilidad de gobernar el país. La guerra fría estaba de fondo y una formación comunista podía llegar al poder de un Estado occidental. Masas obreras organizadas, aires de cambio, otro tiempo.

Pablo Iglesias, que siempre ha tenido olfato para estas cosas, entrevistó para Canal Red al director de la película. En la conversación aparecieron aspectos políticamente cruciales. La gran ambición no trata tanto sobre Berlinguer, explicó Segre, como sobre personas para las que el sentido de su vida no está ligado a intereses personales, sino con el interés común. Esa experiencia en la que lo privado se trasciende para conseguir metas colectivas no es exactamente la que se vive hoy, una época en la que la sociedad aboga por la desconexión con la política y profundiza en la búsqueda de soluciones individuales.

'La gran ambición' le hacía sentir nostalgia de un futuro, es decir, de poder compartir con los demás un sueño de futuro

Segre contaba lo mucho que le sorprendió la aceptación que la película había tenido entre los jóvenes. En Italia, 150.000 pasaron por taquilla. Las experiencias en otros países también han sido satisfactorias en ese sentido. El director aseguraba que la película había penetrado en esa capa social porque, en un mundo en el que la política básicamente consiste en la gestión de grupos de intereses, el chaval de 20 años siente la pulsión de la necesidad política, de ocuparse de las cosas de la polis. Un joven le dijo que La gran ambición le hacía sentir nostalgia de un futuro, es decir, de poder compartir con los demás un sueño de futuro.

Las tres cosas, el anhelo de lo político, la construcción de una comunidad con un horizonte compartido y la superación de lo individual a través de la búsqueda del interés común, están ausentes hoy de la vida pública. La política es vista como un instrumento de arribistas o como una mera transacción de intereses particulares, por lo que la gente se aleja de ella, cuando no la evita directamente. Esta percepción afecta a todos los ámbitos ideológicos, pero golpea en mayor medida a la izquierda. La derecha está repolitizándose en parte por la vía de las formaciones trumpistas. El progresismo sigue insistiendo en valores ligados con las libertades individuales y carece de un horizonte que alcanzar. La derecha tradicional y los experimentos estilo Milei ahondan también en las libertades individuales, en las económicas, y no tienen más proyecto que conservar el statu quo. Los MAGA son otra cosa.

Sánchez cree que puede atraer a los jóvenes con 'La Revuelta' y 'Playz' y acudiendo a pódcasts juveniles en tiempo electoral. Suerte con eso

Lo que afirma Segre es muy importante, pero es algo que resulta difícil de entender en toda su extensión para él mismo o para para políticos como Iglesias. Les fascina el pasado, escarban en él, pero no pueden ofrecer los valores colectivos en los que las opciones políticas se basan. La idea de unidad es la resistencia contra el fascismo, pero eso ya lo hace Sánchez. No hay propuesta de futuro, más allá de conservar el presente frente a las amenazas. Es la señal de una falta de comprensión del momento: el progresismo millenial está agotado porque los tiempos son otros y el mundo ha cambiado. Es una generación que ha sido presa de la velocidad de la época, y lo que en un momento parecía el futuro se convirtió rápidamente en el ayer. El tiempo de los Corbyn, Mélenchon, Iglesias, Yolanda Díaz, de toda esa generación que proviene de la década pasada, se ha agotado. Cultivan la resistencia, pero también la resistencia a marcharse.

Lo que los jóvenes le cuentan a Segre excede con mucho a una generación en concreto. Hay que constatar que la primera opción de los jóvenes es ignorar la política. Pero los que apuestan por ella transmiten un anhelo de polis y de búsqueda de horizonte compartido que es esencial para la política misma, y que es común a todas las edades. Sánchez cree que puede atraer a los jóvenes con La Revuelta y Playz y acudiendo a pódcasts juveniles en tiempo electoral. Suerte con eso. Lo que emerge es otra cosa a la que no están respondiendo los partidos. Por ahí se cuelan otras opciones. La nueva época.

Más allá de la peculiar situación española, la izquierda (más centrista o más extremista) vive momentos complicados en la escena política occidental. Sus rivales han sentido el momento de debilidad y se afanan en la tarea de desprestigio (un editorial del semanario francés Le Point se preguntaba Pero ¿cómo se puede seguir siendo de izquierdas?), pero tampoco los progresistas parecen ayudarse demasiado a sí mismos. Las señales de su agotamiento se manifiestan en diferentes niveles, desde el operativo, con el laborista Keir Starmer despeñándose en su popularidad a causa de la adopción de unas medidas que podían haber sido firmadas por Tony Blair o por John Major, hasta el simbólico, con Kamala Harris, de gira de presentación de su nuevo libro, reivindicándose como “la candidata presidencial más preparada de la historia”. Tampoco en el plano programático parece existir mucha vitalidad: la figura progresista más popular en los últimos días es un economista tecnocrático, Gabriel Zucman, que insiste en la propuesta de Piketty de implantar un impuesto al patrimonio; hay quien aboga por un DOGE de izquierdas y cree que los métodos tecnocráticos de esta época (la auditoría, la medición de impacto y la sustitución de mano de obra por tecnología) liberará recursos para dedicarlos a bienes públicos necesarios.

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