La izquierda y esa oferta que no se podría rechazar
La movilización a favor de Gaza ha activado a votantes progresistas que habían tomado distancia de la política. Pero la agitación aprovecha solo a Sánchez, no al resto de izquierdas. Se busca solución
Rufián y Bolaños en el Congreso. (EFE/J.J. Guillén)
La izquierda vive en un momento de esperanza desde que Gaza penetró en el discurso público. Algunas encuestas recientes refuerzan ese estado de ánimo. Pero, por más que señalen cambios significativos en el reparto de voto, lo cierto es que el horizonte final no cambia: el resultado continúa siendo un gobierno del PP apoyado por los de Abascal. Si la demoscopia tuviera razón, lo que se produciría es un desplazamiento en el voto de las izquierdas hacia Sánchez que permitiría al PSOE ganar las elecciones, pero no seguir en La Moncloa. El aporte del resto de formaciones progresistas sería tan escaso que no alcanzaría para conservar el gobierno. El Gobierno, además, debe hacer frente a asuntos judiciales continuos, el último de los cuales, los pagos en sobres que aparecen en el informe de la UCO, ha servido para que el PP concluya que ha llegado el momento del 'game over'.
En este contexto, el aporte electoral de las fuerzas a la izquierda del PSOE se hace más necesario. Pero están en una situación difícil por su fragmentación, por su caída en aprecio social y por la falta de un proyecto reconocible. Además, deben afrontar una posición ideológica complicada, ya que el discurso público está monopolizado por las ideas representadas por los socialistas y por Trump/Vox. Del mismo modo que el PP queda encajonado ideológicamente entre ambos, también la izquierda del PSOE ve reducido su campo de acción. Son fuerzas que se han convertido en un complemento de las ideas centrales de Sánchez (democracia contra extrema derecha, defensa de las energías renovables, de los derechos adquiridos, del feminismo y del Estado palestino), solo que llevándolas un paso más allá. Quedan fijadas, por lo tanto, en una posición dependiente: si el PSOE no decepciona, las izquierdas se comprimen. Solo pueden crecer si los socialistas fallan, pero eso no amplía el campo.
La movilización a favor de Gaza ha sacado de casa a votantes progresistas que se habían alejado de la participación política
Hasta ahora, la revitalización de las izquierdas a partir de la movilización a favor de Palestina, más allá de sus efectos electorales, ha generado dos movimientos importantes: ha sacado de casa a votantes progresistas y ha puesto sobre la mesa una visión casi olvidada para la izquierda, la de que hay partido y se puede ganar.
El problema para las formaciones a la izquierda del PSOE es que toda esa movilización ha reforzado a Sánchez. De toda esa agitación solo pueden recoger una pequeña parte. La fragmentación y la ausencia de una hoja de ruta común, incluso dejando de lado a Podemos, dificultan enormemente que el cambio de ánimo vaya a favorecer a una formación que no sea la socialista en unas generales (otra cuestión son las autonómicas).
Sánchez condiciona tanto que, cuando quieren establecer una posición propia, solo saben hacerlo contra el PSOE
La reacción de las izquierdas para fijar terreno, y con Gaza es palpable, ha sido insistir en que la acción del gobierno no es suficiente. Pero eso forma parte del mismo problema: Sánchez condiciona tanto que, cuando quieren establecer una posición propia, solo pueden hacerlo contra el PSOE. Ese es un camino complicado para los partidos que son socios del gobierno, porque forman parte del gobierno. Pero también lo es para Podemos: si hay una formación que ha salido perjudicada en la izquierda con las movilizaciones a favor de Gaza, es la de Montero y Belarra. Su hostilidad sobreactuada no es buena receta en estos instantes. Además, su combate contra el gobierno, justo cuando sus votantes vuelven a creer que el triunfo en unas elecciones puede ser posible, les hace menos atractivos para el votante progresista: les convierte más en un impedimento que en una solución.
La receta para la unidad
Una y otra vez, la fragmentación es percibida por las izquierdas como su principal problema. No solo por el elemento puramente electoral, sino por la falta de confianza que genera en su posible electorado. Distintas formaciones con opiniones diferentes y liderazgos que compiten entre ellos no es la mejor oferta. Por eso su principal obsesión es la de lograr la unidad. Es un asunto de difícil resolución, de hecho, llevan años sin arreglarlo. El camino más previsible, que vuelve a asomar por el horizonte, es el de solventar la división a través del candidato: una figura reconocida y legitimada socialmente podría generar las condiciones de esa unión.
En una izquierda posibilista, que no ha entrado en la renovación ideológica, y que considera que este no es el momento de grandes cambios, sino de acuerdos programáticos en puntos concretos (vivienda, sanidad, política internacional, etc.), un cabeza de cartel que genere adhesión social, que no provenga de partidos gastados y que sirva como reanimador/a, vuelve a tomar cuerpo como camino de salida. Esta opción, que ha sido la oferta típica de IU, ahora parece más factible. En especial porque cada vez creen más en la posibilidad de que las generales sean convocadas el año próximo, lo que acorta los plazos.
Un candidato conocido y alejado de los partidos podría suponer una oferta que los partidos del espacio no podrían rechazar
Un candidato conocido y alejado de los partidos podría suponer una oferta que los partidos del espacio acepten, y no tanto porque les parezca la idónea, sino porque el coste de desecharla sería mayor. Gabriel Rufiánha sido el primer nombre que se ha manejado, y él mismo se encargó de ponerlo sobre la mesa. El principal problema del diputado de ERC es ERC, nada favorable a esa clase de iniciativas porque, por útil que pueda ser en Madrid, se le volvería en contra en Cataluña, y más con el crecimiento de Aliança. Sería un líder sin partido. El otro nombre que vuelve a circular es el deUnai Sordo. Se barajó en otros tiempos y no llegó a cuajar por desinterés de varias partes, pero eran otros tiempos. Ahora podría aportar una vinculación ideológica con la izquierda del PSOE y una mirada productivista que estaría en línea con esta época. Sin embargo, no suscita mucha devoción entre los partidos.
Circularán más nombres. Ada Colauvuelve a estar de actualidad. Y hay otros candidatos, como Bustinduy. Pero alguien que pertenezca a los partidos ya existentes no constituye una oferta que no se pueda rechazar, más al contrario. Alguien como Bustinduy podría ser bien valorado dentro de los partidos, pero menos reconocido por la sociedad. Alguien como Colau funcionaría difícilmente en buena parte de España.
Por más que esta opción suene conveniente tanto a la hora de procurar unidad y de concentrar adhesiones en los comicios (un partido que no entrara en una coalición con una figura popular al frente vería frenadas sus opciones electorales por el efecto del voto útil), debe afrontar muchas dificultades. La obvia es la de contener las resistencias de unos partidos que temen ver limitada su capacidad de acción (ya ocurrió con el Sumar de Yolanda Díaz); la segunda es la de encontrar un nombre adecuado.
Es cierto que la elección de un candidato reconocido no solventaría los problemas. En especial, el de la necesaria actualización de las izquierdas, y el de la configuración de un proyecto que vaya más allá de ser un complemento más atrevido del PSOE y de las ideas progresistas. La apuesta por una figura de consenso social sería una solución de compromiso con el propósito de reunir al bloque de izquierdas y darle un aliento que necesita. Se trata de movilizar al máximo a los votantes de izquierdas. Esta opción sería una suerte de repetición de experiencias pasadas, pero tampoco ven muchas más salidas. La idea es optimizar lo existente.
La izquierda vive en un momento de esperanza desde que Gaza penetró en el discurso público. Algunas encuestas recientes refuerzan ese estado de ánimo. Pero, por más que señalen cambios significativos en el reparto de voto, lo cierto es que el horizonte final no cambia: el resultado continúa siendo un gobierno del PP apoyado por los de Abascal. Si la demoscopia tuviera razón, lo que se produciría es un desplazamiento en el voto de las izquierdas hacia Sánchez que permitiría al PSOE ganar las elecciones, pero no seguir en La Moncloa. El aporte del resto de formaciones progresistas sería tan escaso que no alcanzaría para conservar el gobierno. El Gobierno, además, debe hacer frente a asuntos judiciales continuos, el último de los cuales, los pagos en sobres que aparecen en el informe de la UCO, ha servido para que el PP concluya que ha llegado el momento del 'game over'.