Hay una nueva televisión. Está muy politizada y funciona. Gana elecciones
Los caminos por los que los ciudadanos se informan están cambiando. Las nuevas apuestas para ganar influencia política tienen algo de regreso al pasado y mucho de negocio. Son efectivas, y buena parte de la culpa es de los medios
Es un lugar común afirmar que los medios de comunicación tradicionales (prensa, radio, cadenas televisivas) no viven su mejor momento. Su capacidad de influencia sigue presente en el debate público, pero es declinante y se enfrenta a nuevas amenazas. El número de personas que pagan por la suscripción a algún diario en España alcanzará, a vuela pluma, a un 5% de la población. La radio se mantiene firme, pero su alcance es limitado, y se han volcado en los pódcast para conseguir audiencia adicional. La televisión tiene más público, aunque sobre todo entre las personas de mayor edad. Por más que continúen siendo el vehículo por excelencia para la transmisión de información, los medios están perdiendo dos recursos esenciales: ingresos e influencia.
En lo que se refiere a la información política, hay una serie de personas, con cierto nivel adquisitivo, que leen diarios y escuchan la radio asiduamente, pero son un nicho. Una parte relevante de la población se informa mediante las noticias que Google Discover les sugiere en su teléfono móvil, de lo que les llega a través de Whatsapp y de algún telediario. Y las poblaciones más jóvenes están mayoritariamente alejadas de la política, pero cuando quieren acercarse a ellas no lo hacen a través de los grandes medios.
Las redes son un espacio de confrontación dura con los rivales políticos, pero también un lugar idóneo para el juego sucio
Ante la pérdida de alcance de los grandes medios, los partidos políticos creyeron encontrar un camino novedoso a través de las redes. Hubo formaciones que confiaron en las redes sociales como instrumento esencial para difundir sus mensajes; podían saltar por encima de los grandes medios. Tardaron poco en descubrir que no era así. El Brexit y la primera elección de Trump trajeron una teórica innovación, la del perfilado y la segmentación. Perdida la fe en el poder de estos instrumentos, ahora las utilizan para insistir en los mismos mensajes que transmiten a través de los viejos medios de masas, como espacio de confrontación dura con sus rivales políticos y como lugar donde desplegar el juego sucio. Los bots son parte del día a día.
La nueva televisión
Pero las redes sociales no existen como tales. No son espacios donde las personas emiten y reciben mensajes y se interrelacionan entre ellas. Son plataformas en las que el contenido que se recibe, así como el alcance de lo que se publica, está dirigido por algoritmos opacos. Hay una tarea de selección cuyos criterios son desconocidos y que van cambiando con el tiempo. La falta de transparencia hace posible cualquier hipótesis: los dueños de las plataformas seleccionan qué mensajes serán más visibles, pero no conocemos si priorizan unos contenidos sobre otros por motivos económicos, ideológicos o caprichosos. El poder de las compañías reside en la opacidad del algoritmo, lo que hace que las acusaciones de censura no se puedan desmentir.
Los partidos políticos se vieron perjudicados por la decisión de las tecnológicas de limitar el alcance de sus contenidos
Las redes sociales son plataformas de emisión de contenidos seleccionados. Buena parte del tiempo que los usuarios pasan en ellas no está dedicado a leer o visualizar los contenidos que amigos o seguidores emiten, sino que es ocupado por lo que los algoritmos determinan. En consecuencia, lo que cada emisor coloca en la plataforma tiene, en general, escasa visibilidad.
Los mismos partidos políticos se vieron perjudicados por la decisión de las grandes tecnológicas de limitar el alcance de sus contenidos, como les ocurrió a los diarios. El teórico propósito inicial, el de interrelacionarse con las personas o entidades que cada usuario escogía ha dejado paso a una plataforma de difusión de contenidos fundamentalmente audiovisuales y dirigidos al entretenimiento.
La televisión del pasado está dejando paso a una pretendida televisión del futuro, dominada por las tecnológicas
El objetivo último de las grandes tecnológicas, las dueñas de las plataformas, es trasladar la audiencia de los canales de televisión tradicionales y de los servicios de streaming hacia sus medios. YouTube es el más exitoso en ese sentido, y los datos de Reino Unido son un aviso: los mayores de 55 años ven cada vez más YouTube en sus televisores; solo es superado por la BBC. La televisión del pasado está dejando paso a una pretendida televisión del futuro.
De ocurrir así, sería un salto cualitativo en muchos sentidos. Estos canales de comunicación no tienen costes de contenido, ya que no generan nada propio, simplemente ponen el espacio de difusión y ofrecen un porcentaje de las ganancias a quienes realizan el producto. El porcentaje lo fijan ellos. Es un gran negocio: un montón de gente trabaja gratis y sufraga los costes de la producción a la espera de que los contenidos que cuelgan sean promovidos por el algoritmo. En ese caso, alcanzarán audiencia suficiente como para cobrar algo. Si tienen mucha suerte, cobrarán mucho, pero son casos contados.
Cómo ganar unas elecciones con YouTube
No se trata únicamente de entretenimiento o de modelos de negocio. Cada vez más personas interesadas en la política, de cualquier edad, buscan informarse políticamente a través de canales como YouTube. El negocio de la influencia política también está trasladándose hacia el sector tecnológico.
En la campaña electoral estadounidense de 2024, los republicanos optaron por no tener una presencia masiva en los medios de comunicación tradicionales; más bien fueron hostiles con ellos. Al margen de algunas empresas periodísticas afines, las menos, difundieron su mensaje a través de las redes sociales, incluida la del propio Trump. Pero también emplearon un formato en auge, los podcasts difundidos por YouTube. Cuando querían transmitir contenidos en profundidad utilizaban esta fórmula, ya fuera con entrevistas muy largas a políticos o expertos (o al propio Trump) o mediante debates y conversaciones en los que explicaban profusamente su visión.
No se trataba solo del formato, sino también de lo que se contaba a través de él. Eran mensajes o análisis que raramente se leían o escuchaban en los medios tradicionales. Esos pódcast en YouTube ya no eran instrumentos de atracción para el público juvenil a través de influencers, sino que se orientaban hacia el nicho de personas que seguían la política habitualmente.
Tampoco ofrecían contenidos de entretenimiento o de política conspiranoica o mensajes antisistema, como había ocurrido hasta la fecha. Por verlo en sus términos, uno de los dos principales partidos de la potencia hegemónica, el republicano, se volcó en este canal. No se trataba de formaciones que querían hacerse un hueco o de rechazados por el sistema mediático, sino del partido que ganó las elecciones en el país más influyente del mundo.
El mayor problema de los medios es la falta de profundidad con la que afrontan los temas importantes y la exclusión de la diferencia
A los republicanos les funcionó bien, pero a YouTube mejor, porque vio en ello un filón para atraer nuevos públicos, de más edad y mayor poder adquisitivo, pero también entendió que era un camino para competir en el campo de la influencia política. Lo hacía con un formato que se alejaba por completo de los mensajes cortos y con imágenes ágilmente montadas que los expertos señalaban como las más eficaces. Eran dos personas conversando durante largo rato.
Se trata de un formato que los medios de comunicación tradicionales han desechado. Sus productos están dirigidos hacia la inmediatez, la frase corta, la imagen impactante. Sus debates están protagonizados por gente que no para de interrumpirse y sus entrevistas preferidas son las conformadas por preguntas y respuestas rápidas.
Pero quizá el mayor problema sea la falta de profundidad y de visión con la que afrontan los temas importantes. Además, las miradas diferentes cada vez están más excluidas. Por citar un ejemplo de la campaña estadounidense, un diario como The New York Times (al igual que otros medios del establishment periodístico mundial), publicó infinitas versiones del mismo tema y escasísimos textos con un gramo de diferencia. Es lógico que quien quisiera estar informado de verdad buscase otros caminos. Este déficit del periodismo no mejoró después de la elección de Trump, más al contario.
El problema de fondo termina siendo el de partida. Las grandes tecnológicas subordinaron a los medios de comunicación escritos a sus plataformas, como Facebook y Google, y más tarde a Google Discover. Ahora están intentando captar a los distintos públicos de los contenidos audiovisuales. Quieren competir con las televisiones clásicas, pero también con Netflix. YouTube pertenece a Google. Instagram y Facebook a Meta. X es propiedad de Elon Musk. TikTok es una empresa china.
Los grandes canales de distribución de información ya no están en manos de los medios tradicionales sino de muy pocas personas. Sus algoritmos son opacos, el poder de decisión de quienes dirigen esas compañías es enorme. Esa es la verdadera politización de los contenidos audiovisuales, mucho más que el hecho de a quién favorecen puntualmente. Porque favorecerán al que quieran cuando sea necesario. Es el privilegio del poder.
Es un lugar común afirmar que los medios de comunicación tradicionales (prensa, radio, cadenas televisivas) no viven su mejor momento. Su capacidad de influencia sigue presente en el debate público, pero es declinante y se enfrenta a nuevas amenazas. El número de personas que pagan por la suscripción a algún diario en España alcanzará, a vuela pluma, a un 5% de la población. La radio se mantiene firme, pero su alcance es limitado, y se han volcado en los pódcast para conseguir audiencia adicional. La televisión tiene más público, aunque sobre todo entre las personas de mayor edad. Por más que continúen siendo el vehículo por excelencia para la transmisión de información, los medios están perdiendo dos recursos esenciales: ingresos e influencia.