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Castilla y León bate récords de destrucción con el reto de prepararse para la 'nueva era' de incendios
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Castilla y León bate récords de destrucción con el reto de prepararse para la 'nueva era' de incendios

Los expertos apuntan la necesidad de replantear la estrategia de prevención y profesionalizar los operativos. Aunque aún no hay estimación definitiva de hectáreas quemadas, serán más de 100.000

Foto: Labores de extinción del incendio forestal declarado en San Esteban de Nogales, León. (EFE/J.Casares)
Labores de extinción del incendio forestal declarado en San Esteban de Nogales, León. (EFE/J.Casares)
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El infierno ha caído repentinamente del cielo y ha sembrado la devastación con unas dimensiones nunca vistas en Castilla y León. Aunque todavía no hay cifras oficiales globales, el número de hectáreas quemadas superará las 100.000, batiendo el récord de fuegos del año 2002, que estaba en cerca de 98.000. Una destrucción aterradora que se ha cobrado dos hitos especialmente simbólicos, pues ha golpeado al parque natural de la Montaña Palentina y a Las Médulas, un bien declarado Patrimonio de la Humanidad.

"Un incendio es una experiencia traumatizante que genera una sensación de indefensión, vulnerabilidad y fracaso", explica Fernando Manero, catedrático emérito de Geografía de la Universidad de Valladolid. Esas emociones se agravan y multiplican hasta el paroxismo cuando son decenas de fuegos los que sacuden a los ciudadanos y golpean su vida cotidiana y sus entornos vitales, como ha ocurrido en Castilla y León y en otras regiones. Y el desánimo se intensifica aún más con la conciencia de que va a volver a pasar. Quizás no dentro de un año, o de dos, pero las dinámicas que nos han llevado hasta este desastre natural se repetirán.

"Estamos ante una nueva era en materia de incendios", asegura Manero. Una que cambia sustancialmente lo que sabíamos hasta ahora, y que obliga a replantear estrategias y políticas públicas. "Se ha puesto de manifiesto que existe una gran necesidad de renovar las estrategias contra el fuego".

Esta ‘nueva era’ es la confluencia de una serie de factores. Por un lado, el más destacado, los fenómenos climáticos extremos, cada vez más frecuentes. No es solo que en Castilla y León se hayan alcanzado los 40 grados, es que la temperatura apenas ha bajado por la noche. Eso es lo verdaderamente novedoso y relevante. Hasta ahora, las noches daban tregua y eran ocasión para el debilitamiento de las llamas. Este año, en cambio, se han vuelto traicioneras, pues los fuegos han seguido creciendo, descontrolados, en un momento en el que los operativos aéreos no están.

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A ello hay que añadir unos vientos mucho más virulentos de lo normal, con velocidades medias de 50Km/h (por tener una referencia, con 30km/h se entiende que hay ya riesgo de incendios) y que han llegado hasta los 80km/h y, además, con dirección cambiante. Ni el mejor de los operativos puede manejar estas situaciones bien, pero con mayor motivo uno del que formen parte operarios sin demasiada experiencia. Hasta hace unos años los fuegos eran, en términos generales, más previsibles. Este año se han vuelto desconcertantes.

Pero no es menos relevante el progresivo vaciamientos de las zonas rurales de España por la despoblación y la drástica reducción de la actividad ganadera. Son los habitantes de los montes los que mejor pueden prevenir fuegos, y sus animales los aliados perfectos para eliminar esa vegetación descontrolada que, de pura sequedad, se convierte en el mejor combustible para el fuego, como bolsas de gasolina desparramadas por el campo listas para avivar las llamas.

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"Las fases de prevención y de vigilancia de los fuegos se han descapitalizado en los últimos años", opina Manero, quien defiende también la necesidad de una "perspectiva unificada" y una mayor coordinación de las administraciones. "Lo contrario genera en la gente sensación de abandono y desamparo". A este respecto hay que destacar que Castilla y León ha contado con el apoyo decisivo de la Unidad Militar de Emergencias (UME) que ha desplazado a 1.300 personas. Y la Guardia Civil se ha implicado activamente en la evacuación de las poblaciones amenazadas por las llamas. Aunque, a la vista de la gravedad de la situación, todo parezca poco.

También se puede mejorar, a juicio de Manero, la forma de organizar el procedimiento de intervención una vez que el fuego se desencadena. "Muchas personas de los operativos no están suficientemente preparadas, lo que lleva a una falta de eficiencia". Esta última afirmación la comparte también Sergio Fidalgo, trabajador habitual del operativo de Castilla y León que ha recogido ya más de 60 testimonios y quejas de personas implicadas en la lucha contra el fuego. A problemas de horarios (incluidos los de descanso) y de avituallamiento, se añaden las quejas por falta de formación y de preparación. Algo que muchos han echado en falta este año de una forma muy especial al tener que afrontar incendios salvajes e imprevisibles, así como procedimientos de evacuación de miles de personas para los que nadie estaba bien preparado.

La gestión económica de este tipo de servicios, que se prestan mediante contratos con empresas externas, probablemente también debería revisarse. "Todo el mundo quiere ahorrar y que las cuentas cuadren, pero eso a veces sale bien y a veces mal", explica Esteban Hernández, analista de El Confidencial. "Las empresas externalizadas probablemente no contraten a las personas más expertas, sino a las que estén disponibles, y la falta de experiencia puede ser un factor", especialmente frente a fuegos difíciles.

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En medio de tanta desolación hay, sin embargo, evidencias de algunas fórmulas que funcionan bien. Soria es, en ese sentido, un ejemplo notable de un modo de gestión participada de los montes que lleva a que todos los vecinos se beneficien de los réditos de su explotación forestal. Pero eso es posible porque allí existe una cultura territorial que, sin embargo, no se da en otras partes, explica Jesús Bachiller, profesor titular de Geografía de la UVA en el campus de Soria.

"En España no existe una cultura de ordenación del territorio porque al político no el gusta que exista nada que le imponga límites; quiere tener manos libres", explica Bachiller, quien pone como ejemplo de esta falta de conciencia el que muchas viviendas se hayan levantado en zonas con alto riesgo de inundación, como se vio en la Dana de Valencia.

"En la gestión de los bosques estamos asistiendo a un abandono del medio rural. Cada vez hay menos gente y menos ganadería intensiva, que debería ser el primer frente de lucha contra los incendios". La razón es que son sus animales los que comen el pasto y limpian los bosques. "Hay comunidades que potencian la ganadería extensiva justamente para mantener el territorio limpio", añade.

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Pero la clave soriana está en la existencia de colectivos como la Asociación Forestal de Soria (Asfoso) que se dedican a crear grupos de gestión de los montes privados, lo que genera recursos mediante el aprovechamiento de pastos, madera y hongos. "Ese interés de todos hace que tengan montes limpios, bien gestionados y aprovechados. Y es una de las razones por las que en Soria hay menos incendios".

No obstante, Bachiller cree que ante los incendios de nueva generación "hace falta una reflexión profunda de las administraciones" y cambios en los protocolos de prevención y de lucha contra el fuego, así como ensayar nuevas fórmulas. "Cada vez hay medios más eficaces para detectar el fuego, pero los dispositivos necesitan dar un paso más allá", opina Bachiller. "Son incendios que no hemos visto antes, que se propagan con una facilidad extrema y en los que el agua de los hidroaviones apenas llega al suelo. Hay que recapacitar para afrontar este nuevo reto".

El infierno ha caído repentinamente del cielo y ha sembrado la devastación con unas dimensiones nunca vistas en Castilla y León. Aunque todavía no hay cifras oficiales globales, el número de hectáreas quemadas superará las 100.000, batiendo el récord de fuegos del año 2002, que estaba en cerca de 98.000. Una destrucción aterradora que se ha cobrado dos hitos especialmente simbólicos, pues ha golpeado al parque natural de la Montaña Palentina y a Las Médulas, un bien declarado Patrimonio de la Humanidad.

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