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Nicolás es el hombre que hace que Vox crezca. La izquierda no conoce a Nicolás
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Nicolás es el hombre que hace que Vox crezca. La izquierda no conoce a Nicolás

La alarma entre las fuerzas progresistas respecto del crecimiento de Vox pone el acento en los mensajes sobre la inmigración. Sin embargo, el epicentro del auge de los de Abascal está en otro lugar

Foto: Bar de barrio. (Guillermo Gutierrez Carrascal)
Bar de barrio. (Guillermo Gutierrez Carrascal)
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Vox lleva mucho tiempo poniendo el acento en la inmigración. Hechos recientes, como los ocurridos en Jumilla y Torre Pacheco, parecen impulsar a la formación de Abascal en las encuestas. La preocupación desde el ámbito progresista por un posible auge de las extremas derechas entre los jóvenes y las clases trabajadoras aumenta. Las alertas sobre el éxito de mensajes racistas y xenófobos se disparan.

Desde luego, la inmigración puede ser una vía para que las extremas derechas crezcan, como ha ocurrido en otros países, pero en España el ascenso de la formación de Abascal en las encuestas ha tenido, hasta la fecha, otro epicentro.

La cuenta corriente de Nicolás

Francia es el lugar en el que se ha manifestado con mayor claridad un cambio de mentalidad social. ‘Nicolás, el que paga’, está ahí para subrayarlo. Es una figura simbólica que se difunde a través de memes, de hashtags y de discursos en las redes, y que entronca con una pulsión rebelde que asoma entre los franceses. Alude a esas personas que tienen entre 35 y 55 años, que pertenecen a la clase media y que se sienten las grandes pagadoras de las fiestas ajenas.

Buena parte de sus ingresos va destinado a impuestos, cada vez escuchan con mayor frecuencia que su jubilación será complicada (mientras los boomers disfrutan de pensiones generosas) y el dinero que aportan al Estado termina, mediante ayudas públicas, en las manos de gente que no trabaja. Se ha descrito a Nicolás como un ejemplo evidente de populismo de cuello blanco, pero no se queda ahí.

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Nicolás se siente maltratado: es el que sufraga los salarios de los políticos, los subsidios a los inmigrantes, las subvenciones a los amiguetes, la burocracia excesiva y las asociaciones que no se sabe muy bien para qué sirven. Financia el derroche público, y dada la situación de la deuda, sabe que se le pedirá un esfuerzo mayor.

Nicolás está harto de sacar la tarjeta cada vez que las fiestas ajenas acaban. La visión de la economía y de la política que tiene Nicolás es compartida por un segmento relevante de los españoles. El asunto se agrava aquí con la corrupción; en su variante más agria, el Nicolás nacional afirma pagar impuestos para que los políticos se los gasten en prostitutas.

El malestar entre el votante al que representa 'Nicolás, el que paga' hace que Abascal gane apoyos en un sector que no le pertenecía

Sin embargo, la ideología que trasluce tras ‘Nicolás, el que paga’, dista mucho de ser reciente: es la que ha forjado el pensamiento de las derechas desde hace unas décadas. Sin ir más lejos, constituye la base electoral en la que se ha apoyado el PP para conseguir sus triunfos electorales.

La novedad es que ese segmento está cada vez más molesto y, si en Francia se ha resistido a votar a Le Pen hasta hace poco tiempo, en España es un espacio en el que Vox cada vez tiene más auge. Esas clases medias, tradicionalmente liberales en lo económico y en lo político, comienzan a ver al PP como un partido endeble, poco decidido. Nicolás votaría por Ayuso, pero Feijóo le genera menos simpatía.

El malestar entre ese tipo de votante hace que Abascal esté ganando apoyos en un sector que no le pertenecía. La gente que se siente oprimida por el Estado y sus regulaciones y exigencias, que entiende que se deben poner límites a unos excesos favorecidos por los socialistas y, por tanto, cree que es necesaria mayor firmeza y atrevimiento programático, está dando un paso más allá hacia la derecha. La deriva de algunos economistas neoliberales hacia posturas cercanas al trumpismo es un síntoma que debe tenerse en cuenta.

El poder de las periferias

Si este malestar quedase acotado a las clases más o menos acomodadas, los populares no tendrían demasiados problemas para combatir a Vox. Sin embargo, la variable geográfica añade una dimensión distinta. En España estamos acostumbrados a la tensión entre el centro y las periferias, pero acotada a la relación entre Madrid y Barcelona (y Bilbao).

Es una lectura estrecha. Las periferias son más amplias y abarcan los entornos rurales desfavorecidos, las ciudades pequeñas y medianas, los barrios populares de las grandes urbes y las ciudades que circundan a estas. La posición geográfica cambia la perspectiva.

Tener una pequeña tienda o un bar, ser carpintero o fontanero o desempeñar por cuenta propia oficios tradicionales es muy diferente en la gran urbe que en entornos con poca vitalidad. No es lo mismo ser el concesionario de una franquicia en el centro de la ciudad que ser el dueño de un bar de barrio o de un pueblo con cada vez menos habitantes. Tampoco lo es tener una tienda en Salamanca ciudad que en el barrio de Salamanca. La vida se ve de una manera muy distinta.

Los pequeños empresarios y los autónomos con ingresos proletarizados son frecuentes. Es en esos sectores donde el mensaje de Vox arraiga

En esos entornos, se notan especialmente las dificultades de las pequeñas empresas y de los autónomos. El coste de los locales, de los bienes que venden o las materias primas que sirven, de la electricidad y de las cotizaciones sociales se ha elevado en los últimos tiempos, como lo han hecho las dificultades para obtener préstamos de los bancos y las comisiones de los mismos.

Ese coste solo lo pueden repercutir parcialmente sobre el consumidor. De modo que la vida es más cara, pero su margen de ganancias es cada vez más estrecho. Cuando la zona o el territorio en el que se trabaja tiene poca energía económica, los ingresos tienden a disminuir. No son infrecuentes los ejemplos de pequeños empresarios o de autónomos con ingresos proletarizados. Es en estos sectores donde el mensaje de Vox, el del Nicolás que paga, resuena con más fuerza.

No se trata únicamente de agricultores y ganaderos que expresan su malestar contra la Unión Europa y Marruecos, sino el de una serie de personas que, por más que dediquen horas a su trabajo, cada vez les queda menos. Algunas de ellas tienen un nivel de vida decente, otras están al límite, pero la gran mayoría ve cómo su nivel de vida declina.

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La izquierda no tiene un programa para ellas porque cree que las pequeñas empresas, si no son escalables, son más un problema que una solución: su objetivo debía ser convertirse en medianas o en grandes, que son mucho más productivas. Tampoco hay nada en sus medidas que cuestione el funcionamiento de un mercado que es la causa última de que sus márgenes sean más estrechos. Defiende fervientemente los impuestos, pero sin atacar el problema de fondo, que se concreta en que la secretaria de Warren Bufett paga muchos más impuestos que Warren Bufett.

¿Estoy pagando un dinero que me hace falta para que los inmigrantes tengan ayudas sociales? ¿Para que los políticos vivan como reyes?

Es en estas periferias olvidadas por el mercado y por el Estado donde Vox ha comenzado a arraigar con fuerza. También es el lugar donde los diferentes mensajes de Vox encuentran una relación. No es lo mismo que los recursos que se obtienen, ya libres de impuestos, sean elevados que menguantes. Cuando esto último ocurre, surgen las preguntas en voz alta: ¿Estoy pagando un dinero que me hace falta para que los inmigrantes tengan ayudas sociales? ¿Para que los políticos vivan como reyes? ¿Para que coloquen a sus familiares? ¿Para subvencionar a sus lacayos? Y así sucesivamente.

Los productores contra los parásitos

Este discurso no funcionaría con éxito si no se hubieran producido cambios de calado en las sociedades contemporáneas. La tensión entre los que realizan el trabajo y los que obtienen los réditos ha sido una constante de la historia. Los marxistas lo llamaban lucha de clases. Durante mucho tiempo, los polos eran evidentes: el mundo del trabajo pertenecía a la izquierda, y era donde conseguía apoyos y votos, y el de la empresa a la derecha. En nuestra época, sin embargo, esa separación entre capital y trabajo ha quedado oscurecida por una de mayor entidad, la que enfrenta al capital productivo y al capital financiero. La derrota del primero dio lugar a la financiarización de la economía.

La sociedad se divide entre los contribuyentes que se esfuerzan y los depredadores ociosos; entre los productores y los parásitos

En ese escenario, las derechas, y Le Pen es un buen ejemplo, han retomado de una nueva forma esa división social entre trabajadores y rentistas. Como señala Michel Feher, la sociedad se ha dividido entre los contribuyentes que se esfuerzan y los depredadores ociosos; entre los productores y los parásitos. Ese ha sido el mensaje central de Agrupación Nacional: el apoyo a los productores nacionales, ya fueran autónomos, obreros o pequeños y medianos empresarios frente a la intrusión de los intermediarios cosmopolitas y los proletarios extranjeros. Le Pen promete una comunidad productiva y sana, curada de los parásitos que se han infiltrado en su seno.

Los parásitos son fáciles de identificar: los nacionales que viven de las ‘paguitas’ pudiendo trabajar, los inmigrantes que solo buscan las ayudas sociales, los políticos que viven a costa del pueblo, los sindicalistas a la caza de prebendas, las asociaciones que recogen subvenciones, los funcionarios ociosos y las clases intelectuales y mediáticas que defienden a todos los anteriores.

"Los partidos que prometen reducir las desigualdades sin recurrir a la antinomia entre productor y parásito no logran movilizar"

La tensión, central en nuestra época, entre la economía productiva y la financiera ha sido bien entendida por las derechas populistas y peor por Vox; las izquierdas no la han comprendido en absoluto. Y, sin embargo, es un escenario que podría dar un nuevo recorrido a las fuerzas progresistas.

La sacudida a la economía que ha producido la exigencia de rentabilidades cada vez mayores por parte de los accionistas, la entrada en juego a nivel mundial de los fondos de gestión pasiva, el peso de los hedge funds y del private equity y la visión rentista de las élites ha generado toda clase de problemas: despidos, plantillas sobrecargadas, dificultades estructurales para los pequeños empresarios y para los autónomos, aparición de empleos gobernados por el algoritmo, descenso generalizado en el nivel de vida de las clases medias y de las trabajadoras.

Frente a eso, las izquierdas han elevado el salario mínimo y tratan de reducir la jornada laboral, se lamentan de los precios de la vivienda y tuercen el gesto ante las generaciones mayores. Si esa es su oferta, no es extraño que existan partidos que apuesten por el trabajo, por la producción nacional y por el desarrollismo, tengan más éxito.

El problema de fondo de las izquierdas, como señala Feher, es que, en esa dicotomía reinante, no han sabido fijar una versión propia de los parásitos. Cuando lo intentan, además, suenan poco convincentes y se quedan en expresiones desgastadas como ‘fondos buitre’. Feher subraya el acierto en el diagnóstico (“aunque no le resulte provechoso”) de Fabien Roussel, el líder del Partido Comunista Francés: cuando los compromisos de la izquierda quedan desprovistos del vínculo productivista que les era propio en el periodo de posguerra, solo logran atraer a una minoría de votantes; “los partidos que prometen trabajar para reducir las desigualdades sin recurrir a la antinomia entre productor y parásito no logran movilizar”.

Vox lleva mucho tiempo poniendo el acento en la inmigración. Hechos recientes, como los ocurridos en Jumilla y Torre Pacheco, parecen impulsar a la formación de Abascal en las encuestas. La preocupación desde el ámbito progresista por un posible auge de las extremas derechas entre los jóvenes y las clases trabajadoras aumenta. Las alertas sobre el éxito de mensajes racistas y xenófobos se disparan.

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