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De Madrid a Miranda de Ebro: la última guerra que se está librando en España es por el ruido
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"Vivimos una epidemia"

De Madrid a Miranda de Ebro: la última guerra que se está librando en España es por el ruido

Cada vez más vecinos acaban en los tribunales por problemas relacionados con el sonido en las calles. Unas protestas que coinciden con el crecimiento de las investigaciones que hablan del peligro de la contaminación acústica

Foto: Ilustración: Emma Esser.
Ilustración: Emma Esser.
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A Chema Sainz y a sus vecinos les cambió la forma de ver su plaza con la pandemia. "Hasta entonces convivíamos con el ruido como si fuese un elemento más que teníamos que aguantar, pero durante la pandemia nos dimos cuenta de lo que estábamos tolerando y que había otra realidad por la que debíamos apostar", cuenta Sainz. Él forma parte de los últimos de la Plaza Mayor de Madrid, una zona asediada por las viviendas turísticas. Los vecinos que quedan conviven a diario con la industria turística más cruda. Eventos, mercadillos, conciertos, terrazas y todo tipo de actuaciones callejeras a todas horas. Pero lejos de rendirse y emigrar como el resto de los residentes, Sainz y un grupo de vecinos, encontraron en el covid un motivo nuevo para resistir y dar una última batalla: la del ruido.

La asociación de Residentes de la Plaza Mayor de Madrid y aledaños (VPMMAD) aprieta a diario para sacar nuevas ordenanzas que les permitan poder librarse, al menos un poco, del ruido de la plaza. Y con ese emplazamiento se han convertido uno de los grupos que más llaman la atención en esta última guerra vecinal, pero no están solos en su pelea. En los últimos años, el número de asociaciones y grupos vecinales que se han levantado contra la contaminación acústica se ha disparado. Hay casos en la capital, pero también se multiplican en ciudades como Sevilla, Valencia o Almería. Incluso aparecen en municipios medianos, como Miranda de Ebro. Todos forman parte de un movimiento ciudadano global que ha llevado a que la contaminación acústica se convierta en la última batalla urbana.

"Algunos han llegado incluso a los tribunales y están ganando. Nosotros, de momento, no hemos ido tan lejos, pero el que haya otras asociaciones que estén ganando sus pleitos ayuda a movilizarse", cuenta Sainz. Uno de los problemas de su vecindario es que son tantos los frentes que deberían abrir, que meterse en los juzgados suena a misión imposible. Pero el viento se ha movido tanto a favor de sus reivindicaciones que no lo descartan. "Antes la gente se resignaba a vivir con ruido, era algo más de la ciudad. Pero entre que hemos visto otro mundo y que lejos de bajar el bullicio no paran de aumentarlo, el miedo se está perdiendo".

Durante décadas, quejarse del ruido sonaba a un sinsentido. Cuando se optaba por vivir en una ciudad se asumía que los altos decibelios eran una parte esencial del núcleo urbano, de estar en un lugar vivo. Pero ahora la batalla por la búsqueda de una ciudad más silenciosa se ha visto respaldada por detallados estudios que hablan del peligro para la salud de tanto ruido y lo muestran como un problema de salud pública. De ahí que no sea muy difícil ver ciertas similitudes entre este caso de la contaminación acústica y otros problemas urbanos como el del humo o el tabaco.

El último informe al respecto apareció hace solo unos días. Lo lidera la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA) y asegura que uno de cada cinco europeos está expuesto al ruido nocivo del transporte. Según los investigadores, el bullicio ya se ha convertido en la tercera amenaza medioambiental más mortífera, solo por detrás de la contaminación atmosférica y las temperaturas extremas. La exposición a largo plazo al sonido del tráfico está relacionada con enfermedades que incluyen fallos cardiovasculares y mentales, diabetes y muerte prematura.

A nivel nacional, el último dato disponible es del año 2023. Según esas cifras del Instituto Nacional de Estadística, un 23,5% de españoles asegura sufrir problemas de ruidos producidos por vecinos o del exterior. En las grandes ciudades llegamos a un 27,1% y a nivel europeo también destaca nuestro caso. España es el sexto país de la UE con más población que se queja de ruido. Y también es el tercero donde ha aumentado más ese porcentaje desde 2019, 9.5 puntos.

"Vivimos una epidemia que las autoridades no atajan. Por eso la gente se está levantando", cuenta Yomara García Viera, abogada especializada en contaminación acústica y presidenta de la Asociación de Juristas contra el Ruido. Esta letrada palmense es una de las figuras más destacadas en esta guerra en nuestro país. Su bufete lleva más de 20 años dedicándose a este mundo y aunque asegura que el interés por el tema ha ido creciendo de forma paulatina, lo de los últimos años ha sido una explosión. Sobre todo coincidiendo con la pandemia. "Creo que hemos llegado a un momento en el que los vecinos se han hartado y han dicho basta", detalla.

placeholder Protesta contra el ruido en Barcelona. (EFE)
Protesta contra el ruido en Barcelona. (EFE)

Aunque habla de una lucha a nivel nacional e incluso global, centra buena parte del problema en las instituciones más pegadas al territorio. Son los ayuntamientos los que tienen más poder sobre este asunto. "Al final son las ordenanzas las que marcan las diferencias. Hay legislación nacional y autonómica y las entidades locales se deben ceñir a ellas, pero no las aplican", desglosa. "Los consistorios son los que deben cumplir las leyes, pero no lo hacen, también echamos mucho de menos, por ejemplo, que no se pongan medidas cautelares cuando esto se denuncia, como sí se hace con otros asuntos".

"Últimamente, hemos ganado casos en todo tipo de ciudades. Está claro que el caso del Bernabéu ha sido un espaldarazo por lo mediático que ha sido y lo que se ha conseguido poniendo el foco sobre este asunto, pero también hemos tenido pleitos en Almería, por ejemplo. Y hasta nos escribe gente desde América Latina pidiendo consejo para llevar esta lucha a sus países", cuenta García. "Aún nos encontramos gente que sufre incomprensión y problemas psicológicos profundos porque ven que tienen este problema, pero o no les atienden o no les entienden. Es derecho fundamental por encima de otros, como el derecho a ganar dinero y las autoridades deben tomarlo en serio", añade. "Deben cumplir las normas y hacerlo de forma eficaz y ágil"

De la ciudad fordista al parque de atracciones

García no tiene datos cerrados sobre cuántos casos llevan ahora mismo, aunque asegura que sus cifras no han parado de aumentar. El ocio, dice, se ha hecho con la calle. "La mayoría de denuncias vienen por asuntos relacionados con el ocio. Terrazas, gimnasios, discotecas... Incluso por extractores y demás que se permiten poner en zonas de vecinos y acaban afectando directamente a su vida", cuenta. "Las ciudades se han entregado al ocio y se han olvidado de la gente que vive allí. Pese a que hay normativas y ordenanzas, se ha preferido poner por encima de los derechos fundamentales el hacer negocio e incluso cuando se denuncia se impone el mantener el lugar abierto mientras no haya algo en firme, es desesperante".

Saínz apuntala estas declaraciones con algunos ejemplos. "En mi zona la mayoría de las quejas vienen por los músicos callejeros y eventos. La plaza antes no era así, pero a día de hoy es un espacio de espectáculos y ocio continuo", señala. "Incluso por las noches el ruido sigue porque es cuando pueden venir a recoger la basura o traer los productos a tiendas y restaurantes sin que lo vean los turistas".

Tampoco existen cifras a nivel oficial sobre el impacto de las demandas sobre ruido a nivel estatal, aunque experiencias como la de Sainz dan buena cuenta del cambio. Según esta asociación del centro de Madrid, en los últimos 6 meses se han realizado 200 actos en la Plaza Mayor y alrededores de Madrid. Más de uno al día. Por los datos del INE también podemos ver que el problema ya es algo transversal. Va de los grandes a los pequeños municipios y de las rentas más bajas a las más altas.

La explicación que da la abogada sobre cómo al final el tema del ocio y los negocios ha hecho explotar este asunto cuadra con lo que ve el antropólogo urbano Jose Mansilla. "Toda esta guerra forma parte de la terciarización de las ciudades. De la conversión de estos lugares que crecieron con la estructura fordista, separando la parte de producción y la parte dedicada a vivir, en fábricas sociales donde ya no existe división, toda la ciudad forma parte del tejido productivo", detalla este Doctor en Antropología Social y profesor de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). "En el caso del ruido influye mucho la ruptura de la burbuja turística que antes acotaba esta industria a una zona y ahora ya está por todas partes generando tensiones en cualquier barrio", añade.

Para el experto, todos esos procesos han ido convirtiendo el entorno urbano en un espacio dedicado al consumo y la generación de riqueza. Por eso, aunque separa el tema del humo y el tabaco de este otro debate social, sí ve claramente que hay un impacto de la filosofía de "quien paga manda". "Cada vez quedan menos espacios dedicados directamente a la comunidad, a la vida de los vecinos. Todo es susceptible de convertirse en negocio y de buscar un rédito. Y si para eso necesitas ruido, pues se permite. Porque al final el derecho del empresario a ganar y del consumidor a consumir lo que está pagando está por encima del de la gente que vive allí".

Esto ocurre así desde el fin de la economía fordista, pero no ha sido hasta estos últimos años cuando la realidad ha empezado a cambiar y, curiosamente, no ha empezado por el proletariado, sino por las clases medias. "Con la terciarización, la ciudad fue pasando de un entorno proletario a un lugar para las clases medias. Pero ahora estas clases se encuentran ante la dicotomía que vemos en este caso. Por un lado, son clases que viven de la tercerización de la ciudad, pero por otro, empiezan a sufrir directamente esa conversión urbana. Y hay que añadir ahí otro punto que es el de los derechos individuales también muy presentes en estas nuevas sociedades. Yo tengo derecho a consumir y a tener lo que pago, pero también tengo derecho a descansar y a vivir sin que me molesten, es una situación compleja".

El negocio del silencio

Mientras esas dudas internas se resuelven, los propios negocios ya están sacando rédito del interés disparado por el silencio. El intentar huir del ruido, ya no solo del exterior del hogar, sino del de tu propio teléfono, ha generado diversas líneas de negocio como pueden ser los retiros, los grupos de actividades o los bares o cafeterías pensadas para estar en silencio.

Si echamos un ojo a los datos vemos que entre las personas con alta renta también se tiene la sensación de sufrir a diario el ruido y aunque es menor que entre la población más pobre, sigue rondando el 20% de la gente con mayor renta. Por eso, distintas iniciativas han adaptado sus ofertas de búsqueda de aire puro a experiencias en las que además te fijes también en el sonido. Otro tipo de desintoxicación que para el que se lo puede permitir se convierte en una elección interesante.

Sin embargo, cada vez más vecinos dicen basta y quieren traer esa tranquilidad a sus barrios. "Tenemos derecho a que se respete un mínimo la legalidad. Que no se superen los decibelios máximos y, sobre todo, que se entienda que en las ciudades vivimos vecinos, aunque ya cueste verlo", cierra Sáinz. "No tenemos problema alguno en que se aproveche nuestro patrimonio, siempre que se tenga en cuenta que hay gente que vive en él".

A Chema Sainz y a sus vecinos les cambió la forma de ver su plaza con la pandemia. "Hasta entonces convivíamos con el ruido como si fuese un elemento más que teníamos que aguantar, pero durante la pandemia nos dimos cuenta de lo que estábamos tolerando y que había otra realidad por la que debíamos apostar", cuenta Sainz. Él forma parte de los últimos de la Plaza Mayor de Madrid, una zona asediada por las viviendas turísticas. Los vecinos que quedan conviven a diario con la industria turística más cruda. Eventos, mercadillos, conciertos, terrazas y todo tipo de actuaciones callejeras a todas horas. Pero lejos de rendirse y emigrar como el resto de los residentes, Sainz y un grupo de vecinos, encontraron en el covid un motivo nuevo para resistir y dar una última batalla: la del ruido.

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