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Por qué un gobierno PP-Vox es cada vez más improbable
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Por qué un gobierno PP-Vox es cada vez más improbable

En un momento político de gran incertidumbre, pero cuyo final del camino todo el mundo da por descontado, aparecen nuevas preocupaciones. La política nacional y la internacional vuelven a darse la mano

Foto: Feijóo y Abascal en el Congreso. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
Feijóo y Abascal en el Congreso. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
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La inestabilidad de la situación política proviene de un factor central, la dificultad para trazar estrategias en un entorno altamente inseguro. El desconocimiento sobre el alcance de los casos Koldo, Ábalos y Cerdán, y la posibilidad de que en la investigación aparezcan nuevos nombres y nuevos imputados, provoca que cada paso que dan los partidos sea provisional. Ya han aparecido algunas encuestas con las que tratan de reflejar los efectos que la corrupción tendrá en el electorado, pero tampoco son significativas, en la medida en que no se han convocado elecciones. La pregunta es cuándo las habrá y, si están cerca, las tendencias que señalan pueden ser relevantes.

La euforia en el PP no viene provocada únicamente por la evidente debilidad de Sánchez y por la teórica inminencia de su salida del gobierno, algo que ven cada vez más probable. Este es el instante en que los populares se pueden disparar electoralmente, porque el descontento que genera un gobierno herido puede ser recogido mayoritariamente por el partido de la oposición. Su objetivo es llegar a las elecciones en condiciones idóneas para hacer imposible cualquier gobierno que no pase por el PP, pero también por arrinconar a Vox, de forma que se convierta en un inconveniente menor.

La política española se mueve entre el elemento local, ahora centrado en la corrupción y en la incertidumbre sobre su alcance, y la variable internacional, cada vez más determinante en esta época, con las guerras y el gasto militar como telón de fondo. El horizonte son unas elecciones en las que el triunfo de las derechas se percibe como difícilmente evitable: la incógnita parece estar en el reparto de fuerzas dentro de esa derecha ganadora y en el papel que terminará jugando Vox.

La baza del PSOE contra las izquierdas

El presidente, en este escenario complicado, no se ha quedado cruzado de brazos. Su primera baza la ha activado respecto de la izquierda, con la carta pública a la OTAN en la que solicita una exención de España del gasto en rearme. El PSOE quiere liderar ese espacio de resistencia alrededor de la inversión en armamento que otros partidos de su espectro han tomado como primera bandera. Es también un marco comunicativo que permite alejar la discusión pública, al menos en parte, de los casos de corrupción. Sin embargo, este enfrentamiento declarado y público con Rutte y con Washington también da a entender que el PSOE se ha colocado en modo preelectoral y que las generales no serán en 2027, sino bastante antes. Este movimiento aumentará la tensión con los socios, tanto por el espacio que les resta, como por la necesidad de recolocarse fuera de la esfera sanchista.

El objetivo de los socialistas es trasladar a la ciudadanía la idea de que los casos de corrupción no solo afectan al PSOE

Es cierto que las posturas explicadas por Sánchez van más allá de una posición ideológica y tendrían sentido incluso con otro gobierno al frente (un aumento del gasto en un par de puntos dejaría a la economía española muy tocada, frenaría el crecimiento, incrementaría la deuda y haría inevitable la subida de impuestos), y que son ideas con las que otros países, como Italia, podrían coincidir. Pero en una era ideológica, la carta de Sánchez será efectiva, si lo es, en el espectro izquierdo.

La baza del PSOE contra la derecha

La segunda baza la jugará contra la derecha. El gobierno tirará de Kitchen y demás casos judicializados que afectan a personas del Partido Popular. El presidente se encargó de recordar que en septiembre esas causas cobrarán nuevo impulso. En segunda instancia, si en las cintas de Koldo y en el disco duro de Ábalos aparecen declaraciones o hechos que incriminen a personas de varios partidos, los socialistas se encargarán de subrayarlo. El objetivo es trasladar la idea de que los casos de corrupción no solo afectan al PSOE.

En la derecha, la partida oscilará entre la atracción por el voto útil y el valor que se le atribuya al voto contundente del malestar

Las izquierdas, tanto las españolas como las nacionalistas, podrían aprovechar este momento impugnatorio para crecer, pero lo tienen difícil por la ausencia de confianza que generan entre el electorado. En el caso de Sumar, salvo que recompongan rápido el espacio y le doten de un liderazgo firme, y no hay muchas señales de ello, quedarán aún más dañados que Sánchez. En el resto, salvo Bildu, ninguna de ellas tiene buenas perspectivas, y menos en unas elecciones generales donde Sánchez se muestra como el baluarte contra las extremas derechas.

En el otro lado del tablero, la partida dependerá del valor que se otorgue al voto útil frente al voto del malestar. Si al PP se le suman nuevas figuras sospechosas de haber cometido actos de corrupción, los de Abascal tendrá camino que recorrer. También dependerá de cómo sean percibidos por sus votantes los líderes de PP y Vox, así como de la relevancia que se dé en las futuras elecciones a las constantes ideológicas de Vox, como la inmigración. Demasiadas variables internas como para realizar no ya un mapa de futuro, sino para trazar una estrategia que no esté expuesta a vaivenes inesperados.

El final del camino

Sin embargo, el final del camino se va dibujando con mayor nitidez de la que parece. Los rumores que han circulado estos días acerca de cuatro hombres buenos del PSOE que pudieran votar a favor en una moción de censura contra Sánchez, las tentativas para poner en marcha nuevos partidos, también presentes, y la idea de que un PSOE institucional emergerá tras la derrota de Sánchez no son más que variables de una idea central: después de una etapa de agitación, llegará la de la estabilidad política. Hay varios trayectos mediante los que alcanzar ese propósito: si el PP obtiene una victoria clara, quizá no necesite que Vox vote a favor de la investidura de Feijóo, lo que facilitaría los acuerdos con otras formaciones; si Vox crece mucho y puede influir de verdad en el gobierno, la posibilidad de que el PSOE se abstenga para evitar esa alianza se ha imaginado en buena parte de las élites españolas; o, incluso, si simplemente el PP necesitase los votos favorables de un Vox que no pasara del 15%, un PSOE con un liderazgo distinto podría dar su apoyo.

El rearme, la negociación de los aranceles y el pulso que Europa mantiene con Trump: los asuntos en los que no se quiere que Vox perturbe

Los motivos para esta nueva entente no estarían dictados tanto por los entendimientos nacionales como por las urgencias internacionales. Von der Leyen y Merz han apostado por asentar el espacio central, el del establishment, gracias a una alianza con los socialdemócratas que lo puede blindar frente a unas derechas populistas y extremas a las que perciben como el mayor peligro; sería el momento de que España optase por esa misma dinámica. Una vez que la posibilidad de un nuevo gobierno de izquierdas junto con los nacionalistas desaparezca del mapa español, Europa preferiría una entente de los principales partidos mucho más que por un eje de derechas. En segunda instancia, los gobiernos europeos saben que la presencia en el ejecutivo de los partidos de la esfera de Abascal no sale gratis: son formaciones que no temen romper y que no ceden en asuntos que consideran fundamentales, como la inmigración o la energía. En Génova también son conscientes, por la experiencia en el gobierno de las autonomías, de que Vox se cobra su precio. En tercer lugar, están el rearme, la negociación de los aranceles y el pulso que Europa mantiene con Trump, lo que desaconseja que formaciones de su esfera ideológica tengan responsabilidades de gobierno. Vox pertenece a Patriots, la formación que reúne a Orbán y Le Pen. Es la peor de las posibilidades para Bruselas.

En consecuencia, la euforia de un PP que ve cerca su triunfo y que entiende que puede sobrepasar los 150-155 diputados, la debilidad de un PSOE que deberá cambiar de líder si es derrotado, la inquietud de las élites españolas ante el desajuste vivido y las urgencias europeas hacen que el objetivo común sea que el final del sanchismo se convierta tanto en el final de un PSOE insurgente como en el de un Vox influyente. Podemos asegura que la recomposición del sistema se está llevando a cabo; desde Bambú, aseguran que esa es la intención. Y sucederá, afirman, "de un día para otro". En el PSOE se están moviendo piezas para impulsarla. La alianza de gobierno PP-Vox es un escenario que se quiere evitar como sea tras las elecciones, porque ya se han constatado las consecuencias de un PSOE en alianza con las fuerzas de izquierdas y ahora no se desea vivir lo mismo, pero en el otro lado del espectro ideológico. Es la hora del sistema, la hora de Von der Leyen y Merz. Del Partido Popular Europeo y de Alemania.

La inestabilidad de la situación política proviene de un factor central, la dificultad para trazar estrategias en un entorno altamente inseguro. El desconocimiento sobre el alcance de los casos Koldo, Ábalos y Cerdán, y la posibilidad de que en la investigación aparezcan nuevos nombres y nuevos imputados, provoca que cada paso que dan los partidos sea provisional. Ya han aparecido algunas encuestas con las que tratan de reflejar los efectos que la corrupción tendrá en el electorado, pero tampoco son significativas, en la medida en que no se han convocado elecciones. La pregunta es cuándo las habrá y, si están cerca, las tendencias que señalan pueden ser relevantes.

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