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Cada vez más parejas solo quieren tener un hijo: "Menos cantidad, pero más calidad"
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NATALIDAD SIN RETORNO

Cada vez más parejas solo quieren tener un hijo: "Menos cantidad, pero más calidad"

En apenas unas décadas hemos pasado de una crianza extensiva a otra intensiva, lo que ha provocado una competición por dar lo mejor a los hijos 'burnout' paternal e hijos sin infancia

Foto: Un hombre juega con su hijo en Madrid. (Getty/Carlos Álvarez)
Un hombre juega con su hijo en Madrid. (Getty/Carlos Álvarez)
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Paula y Miguel tuvieron su hija hace algo más de un año. Siempre tuvieron claro que no le iban a dar un hermano. “Quizás tiene mucho peso el hecho de que los dos hayamos sido hijos únicos y hemos crecido felices siéndolo”, valoran. “Cuando hablamos de la posibilidad de ser padres, era algo que dábamos por hecho: si teníamos descendencia, solo criaríamos a un bebé y así también le dedicaríamos toda nuestra atención”.

Tuvieron a su hija a una edad relativamente avanzada (más de 40 años), porque antes de eso nunca habrían encontrado el momento y porque sienten que la sociedad no facilita la maternidad. “Antes de llegar a la edad en que hemos sido padres, o no se dieron las circunstancias o fueron años en los que el trabajo ocupaba demasiado tiempo y no lo facilitaba”, explican. “Esto es importante porque el mundo, tal y como está montado ahora mismo, hace incompatible la crianza”. Lamentan que se culpe a los individuos por el descenso de la natalidad “pero se cuestione muy poco sobre la dificultad económica, laboral, habitacional, educacional, sanitaria y de conciliación que hace prácticamente imposible pensar en tener descendencia”.

Son un ejemplo paradigmático de una tendencia que no ha dejado de crecer desde principios de los años ochenta, cuando por primera vez el número de hijos por mujer bajó de dos. En 2023, las mujeres españoles tuvieron 1,09 hijos de media. Es decir, lo más habitual era tener un hijo único. Hemos pasado en apenas 40 años de una estructura familiar de parejitas a otra de hijos únicos, un reflejo de los cambios sociales que se han producido en la sociedad española. Algo que ya se había identificado en otros países durante los años setenta y en lo que nos pudimos al día rápidamente.

El sociólogo Héctor Cebolla, del Instituto de Demografía, Geografía y Demografía del CSIC, utilizaba recientemente el término “crianza intensiva” para nombrar este cambio de paradigma. La crianza intensiva (en tiempo, esfuerzo y otros recursos) es una forma de entender el cuidado de los hijos que no tiene parangón en la historia del ser humano y un producto de la segunda transición demográfica. “La gente ajusta la cantidad a la baja y la calidad a la alta”, explica. No quiere decir tener solo un hijo, pero a veces la lógica de la crianza intensiva conduce a ello.

En la crianza intensiva, “la tendencia es a invertir recursos crecientes por una expectativa de retornos también creciente”, explica. Uno de los factores clave en la aparición de esta crianza intensiva es la expansión educativa, que ha provocado que los padres sientan que ni siquiera darle todo a sus hijos sea suficiente, lo que les anima a concentrarse antes en la calidad que en la cantidad. “En una sociedad en la que la expansión educativa es un hecho, que los hijos consigan niveles educativos más elevados que sus padres y más éxito que sus compañeros de cohorte requiere cada vez más inversión”, recuerda Cebolla.

Un paradigma opuesto al de la crianza extensiva, que durante siglos ha sido el modelo imperante en casi todos los estratos sociales, y que Cebolla describe con dos palabras: “dejar hacer”. Aunque es menos claro porque solo se define como oposición a la intensiva, se trata de “un modelo mucho más libre en el que los niños crecían sin tanta intervención, no como una planta que hay que cuidar y regar todos los días”. Es la consecuencia de un acusado descenso de la mortalidad infantil: “Sobreviven más hijos, así que para llegar a los que deseas tener no hace falta tener tantos”.

"Creemos que existe una única forma de hacer las cosas bien en la paternidad"

Según Save the Children, el coste de criar un hijo es de 758 euros por hijo o hija y, en total, el coste de criar a un hijo hasta la mayoría de edad (18 años) se estima en unos 334.343 euros, según otro estudio de Raisin. En la crianza extensiva, los hijos no solo no se veían un gasto sino también una inversión obligada, especialmente en el mundo rural, donde los hijos ayudaban a sus padres en las faenas del campo. “Una parte de la subsistencia familiar dependía del número de hijos”, recuerda. “La propia mortalidad infantil requería que tuvieses la posibilidad de reemplazar unos hijos por otros, sobre todo en la primera infancia”.

Y llegó la ciencia

Hay otro factor no tan evidente que influye en esta decisión a criar menos hijos, pero más optimizados: la fe en la técnica. “Hay una creencia en que existe una manera correcta de hacer las cosas, es decir, una forma científica”, explica el sociólogo. Un ejemplo es la obsesión alrededor de la lactancia, que genera mucha ansiedad a las madres a pesar de que los mejores datos de los que disponemos no son concluyentes respecto a la absoluta superioridad de dar pecho, o el boom de la educación Montessori.

Esta fe en la ciencia, en que solo hay una forma óptima de hacer las cosas (y todo lo que se salga de ahí puede ser fatal para el niño) provoca que los padres se sientan aún más presionados. “La crianza es uno de esos receptores de proto evidencia científica cuya validez empírica no siempre está clara”, explica Cebolla. De ahí ha nacido una gigantesca industria de libros, productos y talleres que se aprovechan de esa ansiedad de los padres a hacerlo mal. El “dejar hacer” de la crianza extensiva es impensable en este entorno.

“Cuando estaba embarazada me di cuenta de que había que tener un máster en maternidad”, explica la periodista Cristina García Casado, que tiene un hijo de cuatro años. “Me regalaron el libro de Lucía Mi Pediatra, lo seguí y ya está, pero parece que hay que leerse miles de cosas sobre cualquier cosa como el calzado respetuoso, pero me niego a investigar sobre cada aspecto relacionado con la maternidad”, explica. “Toda esta planificación sobre los hijos me era muy ajena”.

Esta visión científica sobre la paternidad se ha empezado a traducir en estrategias impensables hace poco. Una es el modelo two in two, relativamente extendido en EEUU, que consiste en tener dos hijos en dos años para criarlos (más o menos) al mismo tiempo y superar rápidamente los años más difíciles. “Son los dos años más duros, de fuerte dependencia, de más encierro y menos diversión, porque ni hablan ni caminan y pueden hacer menos cosas”, recuerda García. Un ejemplo de ultraplanificación.

García Casado no se ha planteado tener un segundo hijo porque prefiere vivir de manera más intensa las primeras experiencias de su retoño. “He disfrutado mucho de estar con mi hijo, y creo que si solo lo ves para la intendencia te pierdes lo mejor, como le ocurre a la gente que trabaja fuera de casa”, valora Casado, que es autónoma. “Te pierdes la infancia, porque solo la puedes vivir estando mucho tiempo con ellos”. La maternidad ya no es un trámite sino una experiencia enriquecedora.

El último gran factor es la edad a la que se tiene el primer hijo, que desde finales de los setenta ha pasado de los 25 años a más de treinta. A menudo es ya impensable plantearse tener otro hijo a esa edad, por mucho que se desee: de ahí la diferencia entre los hijos deseados y el número de hijos. En otros casos, han de darse tantos factores para ser un buen padre intensivo que desde el principio se descarta la posibilidad de la parejita, como recuerda Cebolla: “Antes, tener un hijo o no era el resultado de procesos muy distintos: hoy, la formación es larguísima y el acceso a la vivienda es complicado, así que para cuando estás en disposición de tener el segundo, tu energía es mucho menor”.

El sociólogo utiliza un ejemplo: él mismo. “A mí me habría encantado tener un segundo hijo pero me di cuenta de que no debía, porque me arriesgo a que cuando me quede sin capacidad de apoyarlo él no esté aún en la edad óptima: son cálculos muy estratégicos que antes la gente no hacía”, explica. Algo parecido le ocurre a Fernando, que tuvo a su hijo con su pareja cuando ambos habían superado los 40. “Aun siendo diez años más joven no iría por un segundo”, admite. “Más que el esfuerzo económico, que lo es, es por el esfuerzo intelectual y de salud mental: un hijo requiere mucha madurez, paciencia y foco, imagina dos”.

El determinismo paternal

Para el sociólogo, el problema no es tanto la intensividad como el determinismo. Es decir, “la creencia de que se invierten todos esos recursos no por amor, sino porque al hacerlo estás determinando el futuro de tus hijos, que es lo que genera problemas de exceso de paternidad: una paternidad obsesiva que constriñe tanto la libertad de los hijos como de los padres”. Existe una tendencia a creer que el futuro de nuestros hijos está en nuestras manos “en una proporción demasiado elevada”.

"Si la crianza intensiva se extiende, más gente piensa que tener un hijo exige más"

Fernando se hace la misma pregunta. “Ahora, ¿cuánto es postureo ‘mi hijo no va a ser menos’ y cuánto el querer lo mejor para los hijos?”, se pregunta. “No hay más que fijarse en eventos sociales en los que hay niños por medio, desde una obra en el colegio, hasta el cumpleaños de menganito… hay competiciones de modelitos, de peinados, de quién hace el regalo más grande, de quién tiene la mochila más guay… y ahí entran mucho los padres y sus ganas de aparentar”.

Cebolla lo resume con una frase: “Cuando los modelos de crianza intensiva se extienden, mucha más gente empieza a pensar que tener un hijo exige mucho más que antes”, explica. “Pasa a ser mucho más costoso: el coste directo de tener un hijo puede ser asumible, dos es más difícil y tres, casi imposible”. Fernando se pregunta si antes era así: “Creo que antes la cosa estaba más relajada, después de la posguerra la crianza estaba más orientada a tener bueno estudios y a garantizar el sustento, se gastaba menos en ropas, academias, accesorios y pijadas”.

El resultado son padres quemados al ver que sus hijos no alcanzan las metas que les habían puesto o, por decirlo en términos económicos, que su inversión no tiene el retorno esperado. “Hay padres que se queman porque se agotan invirtiendo recursos, y además, no obtienen los resultados que esperan”, explica. La identidad del padre está tan relacionada con ello que el fracaso escolar, por ejemplo, es doloroso… para los padres. “Son modelos estresantes y poco gratificantes porque te culpabilizas a ti mismo”.

Un modelo de crianza determinista que se adopta con más fuerza en los países más desiguales, ya que sirve para reducir la incertidumbre respecto al futuro de los hijos. En Europa, por ejemplo, es más común en el sur (Italia o España) que en el norte. “En Escandinavia, donde son más igualitarios y hay menos diferencias internas, el modelo es menos determinista que en el sur de Europa”, recuerda Cebolla.

El otro extremo se encuentra en Asia y la presión que se ejerce sobre los niños, por ejemplo, en pruebas como el gaokao, la selectividad china, o en el modelo de maternidad tiger mom. “Donde mejor se ve es en Japón o Corea, donde tienen pocos hijos [0,76 hijos por mujer en el caso de Corea] y se les mete en una carrera contrarreloj que priva a los niños de una infancia natural”, concluye Cebolla. Es el futuro que espera a la mayoría de sociedades. Tailandia ya está por la tasa de reemplazo y la segunda transición demográfica ha llegado ya a África. No hay vuelta atrás una vez se llega a la crianza intensiva.

Paula y Miguel tuvieron su hija hace algo más de un año. Siempre tuvieron claro que no le iban a dar un hermano. “Quizás tiene mucho peso el hecho de que los dos hayamos sido hijos únicos y hemos crecido felices siéndolo”, valoran. “Cuando hablamos de la posibilidad de ser padres, era algo que dábamos por hecho: si teníamos descendencia, solo criaríamos a un bebé y así también le dedicaríamos toda nuestra atención”.

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