Los católicos de Pozuelo y Sant Gervasi y la elección del nuevo Papa
Las transformaciones en el catolicismo en las últimas décadas han sido profundas y no fueron causadas por Francisco. Una de las más significativas para Europa fue la desaparición de la democracia cristiana
El sellado de la habitación del papa Francisco. (EFE/Simone Risoluti)
La definición más común deFrancisco ha sido la del “Papa de las periferias”. Sus visitas a países que no estaban en el centro del mapa católico, como Irak, Albania, Sri Lanka o Mongolia, el nombramiento de cardenales de Tonga, Lesotho, Birmania, Bangladesh, Malasia y Papúa Nueva Guinea o el especial énfasis en los inmigrantes señalaron cómo la intención de estar presente en las afueras resultó determinante para un Papa que ni siquiera vivía en palacio.
Se pueden alegar razones pragmáticas, en la medida en que el catolicismo está creciendo fundamentalmente en países pobres, en esas regiones alejadas de un Occidente cada vez más secular. En África, en 25 años, el número de cristianos aumentó de 380 a 650 millones. Y Asia y América Latina son lugares donde la fe católica está implantada, o crece, al mismo tiempo que se desvanece en Europa.
Las dudas sobre la dirección que escogerá el nuevo Papa, que suelen solventarse en la adscripción conservadora o progresista, también están relacionadas con la atención a las periferias y con si estas continuarán siendo el lugar prioritario o se producirá un cierto regreso a Occidente. En parte de la curia existe la sensación de que conviene poner cierta atención en el centro, porque están ocurriendo muchas cosas.
Los tres declives del catolicismo
En Europa, y en especial en países como Francia, España o Italia, donde el catolicismo contaba con una gran cantidad de fieles, se han producido varios fenómenos a la vez. En primera instancia, y como corresponde a un mundo secularizado, cada vez hay menos gente religiosa. El 55,4% de los españoles se identificaban como católicos en abril de 2025, pero solo un 18,8% se reconocían como practicantes. Perdura una obvia identificación cultural, menguante, pero que no deriva en un compromiso activo. Muchos de ellos son personas de cierta edad y buena parte vive en territorios interiores y no en las grandes ciudades. En 2021, solo el 28,2% de los jóvenes (18-24 años) se declaraban católicos.
La presencia del catolicismo en zonas populares está siendo sustituida por las iglesias evangélicas
Al mismo tiempo, en los entornos urbanos, se ha producido una bifurcación significativa: el catolicismo está más arraigado en zonas donde residen las clases altas y medias altas, como Pozuelo de Alarcón en la Comunidad de Madrid o el distrito de Sarriá-Sant Gervasi en Barcelona, y pierde peso en los barrios populares y entre las clases medias. En las zonas con más recursos, el asentamiento de la religión católica va de la mano de diferentes comunidades de fe, a menudo aisladas entre ellas.
En las zonas trabajadoras hay un espacio vacío desde hace tiempo. La pérdida de las clases populares urbanas por parte del catolicismo ha sido producto de una creciente secularización(el bautismo como rito del nacimiento dejó paso, por ejemplo en las zonas católicas francesas, al tatuaje del nombre del recién nacido), pero también de otras dos tendencias. Cuando desaparecieron los curas obreros, también se debilitaron las redes comunitarias que vehiculaban el acercamiento a la fe en lugares empobrecidos, lo que aumentó la distancia entre la religión y las poblaciones. Pero, en segundo lugar, esa ausencia está siendo ocupada de una manera cada vez más insistente por las iglesias evangélicas, ya muy presentes en aquellos barrios donde hay inmigración latina, pero que están creciendo también entre los nacionales. Y, desde luego, en zonas con inmigración musulmana, por el islam.
Las nuevas tendencias
Al mismo tiempo, los jóvenes católicos de las clases medias altas están participando más activamente en la vida pública, en gran medida a partir del rechazo a lo woke, pero también como fruto de la aparición de clases intelectuales jóvenes entre las derechas nacionales. Esa mayor presencia no es un fenómeno únicamente español.
En Francia, los bautismos de adolescentes entre 12 y 18 años aumentaron de 2.953 en 2023 a 7.404. 17.788 adolescentes y adultos serán bautizados este año. El descenso en los bautismos realizados en el nacimiento (uno de cada tres neonatos en 2024) hace más fácil el incremento en edades posteriores. No obstante, es también la prueba de una cierta recuperación. En el Reino Unido, el 41% de las personas que tienen entre 28 y 34 años son católicos, frente a un 20% que se identifica como anglicanos.
La convicción y la combatividad es mayor entre quienes encuentran la fe en edades adultas. Un caso significativo es el de Pierre-Edouard Stérin, un millonario francés convertido al catolicismo que ha decidido emplear parte de su fortuna en combatir el mundo woke, y que es conocido por aplicar KPI’s a la filantropía. Su visión religiosa es, por supuesto, conservadora, como lo es la de Vincent Bolloré, otra de las fortunas galas que apuestan por esa opción. Y no cabe olvidar, claro está, que J.D. Vance es un converso. Hay un ala católica favorable a Trump que va más allá del vicepresidente.
Todas estas tendencias conforman un mapa general que, con peculiaridades, sirve para diferentes países. En España, las clases altas urbanas con conciencia religiosa y una juventud cada vez más activa, apuestanpor una visiónconservadora de la religión, que tiene obvias derivadas políticas mientras que la mayoría de la población se ha alejado de la práctica católica (y cada vez más de las creencias religiosas en sí). En las clases con pocos recursos, el regreso de la religión está encabazado por evangélicos y, en determinadas zonas,por el Islam. Los ritos populares, como las procesiones, continúan vivos, pero la presencia del catolicismo se apaga en la vida cotidiana, también en lo que se refiere al empuje intelectual. La influencia católica reside cada vez más en las clases medias altas.
El capitalismo protestante contra el catolicismo
Estos aspectos son consecuencia de un cambio en la mentalidad occidental que ha operado durante décadas y que ha causado efectos significativos sobre la Iglesia católica y sus feligreses. Los dos grandes mecanismos que forjaban comunidades fuertes en países del sur de Europa, como Francia e Italia, fueron el comunismo y la religión. El declive profundo del primero y el deterioro sustancial de la segunda acontecieron a la vez, con el fin de la guerra fría y la llegada de la globalización. Las sociedades se hicieron individualistas y pluralistas, la autonomía personal se convirtió en un valor fundamental y los grandes relatos y las grandes instituciones decayeron. El partido y la Iglesia empezaron a sonar mal y lo colectivo dejó paso a lo individual.
En ese escenario, el catolicismo vivió un doble cambio. La desaparición de los curas obreros, de las comunidades de base y la teología de la liberación, una tendencia ya muy relegada, abrió paso a una conciencia social diferente, centrada en los márgenes. Las “periferias” del Papa Francisco son una expresión nítida: el apoyo a las víctimas de las guerras, a las personas en situación de pobreza en zonas del tercer mundo, a las aquejadas de enfermedades o los inmigrantes se convirtieron en elementos muy relevantes.
En la primera década de este siglo, la idea católica del bien común fue sustituida por otra emanada del capitalismo protestante
El otro elemento político que desapareció fue la democracia cristiana, una ideología vertebradora en la Europa occidental de las décadas centrales del siglo XX, que se reconvirtió en el inicio del siglo XXI en una versión económicamente liberal, y a menudo, entroncada con los neocon. Fue una fusión extraña entre religión y mercado, emanada de EEUU, y que chocaba con los preceptos en los que se apoyaba la democracia cristiana. Los valores democráticos complementados con una ética fundamentada en la doctrina social de la Iglesia constituían un camino intermedio entre el capitalismo individualista y el comunismo. Su centro era la idea del bien común.
En la primera década de este siglo, esa idea católica del bien común fue sustituida por otra emanada del capitalismo protestante. La democracia cristiana, al menos en su teoría, pretendía articular sociedades donde los deseos individuales y las exigencias colectivas encontrasen un punto de reunión, lo que también afectaba a la configuración económica: debía existir un poder equilibrador. El capitalismo protestante tenía otra visión, que no era más que la extensión de la religión en la que creció.
Su mundo se compone de triunfadores que lo son por sus virtudes y perdedores que lo son por sus pecados; quienes están en lo más alto han acumulado méritos para ello y quienes carecen de las cualidades apropiadas sufren dificultades. Pero eso no es un problema, sino la expresión cristalina de la justicia: ganan quienes se lo merecen. Por lo tanto, cualquier interferencia en este esquema, aunque sea para mitigar el sufrimiento, constituye una injusticia y, en última instancia, un agravio contra Dios, que dispuso ese orden.
El centro y las periferias
Este modo de mirar el mundo, que se corresponde con las teorías del libre mercado mucho más que con las de Jesucristo, permitió la fusión entre neoliberalismo y conservadurismo. Patria, mercado y Dios iban de la mano. Se propugnó la desaparición de las interferencias exteriores, especialmente la de los poderes públicos, para que la libre iniciativa se desarrollase al máximo, lo que, de alguna manera, iba a reforzar el sentimiento nacional. La participación de los triunfadores en la sociedad se vehiculó en forma de filantropía, pero siempre como instrumento educativo: ya que quienes fracasan lo hacen porque carecen de las virtudes adecuadas, hay que educarlos en ellas para que mejoren su vida.
Esta idea no era propia de la doctrina católica, pero fue acogida por buena parte de sus fuerzas vivas, políticas y religiosas. Al desaparecer la doctrina social de la Iglesia como elemento equilibrador, entregaron la vida cotidiana al dinero, lo que hacía imposible el tipo de sociedad que decían promover: una con familias estables, comunidades articuladas, respeto a las tradiciones y un sentimiento religioso presente. Nada de eso florece en un mundo en el que la ganancia y la exaltación del yo se convierten en el primer objetivo. Los protestantes podían hacerlo porque equiparaban predestinación con éxito; los católicos nunca hablaron de eso.
Al perder de vista el bien común, la Iglesia católica solo podía proponer a las poblaciones occidentales la creencia en la vida eterna. Al no ofrecer ese sentido articulador de la comunidad que sí promueven los evangélicos o el islam, tienen las de perder en los barrios trabajadores; al adoptar como propias las fórmulas neoliberales, tampoco pueden prometer a las clases medias el sentido del equilibrio del que hacía gala la democracia cristiana. Al apoyarse en las clases con más recursos, justifican un sistema desequilibrado, y por eso insisten mucho más en las creencias tradicionales y en la necesidad de educar a las poblaciones en valores conservadores que entienden perdidos. En última instancia, el apoyo de millonarios como Pierre-Edouard Stérin a la causa católica es la mejor representación de unas clases con recursos que pretenden que las poblaciones aleladas por lo woke se eduquen en las ideas virtuosas.
Francisco: un amigo cercano, sencillo y comprometido
Sin embargo, esa reunión de valores católicos y doctrina social de la Iglesia vuelve a estar presente en distintas versiones. Las jóvenes generaciones occidentales están particularmente presionadas por una vida desigual. La facción católica que apoya a Trump empuja en esa dirección, aunque sea a través de una versión nacionalista de la ordo amoris. Y parte de la curia romana también cree que, en estos tiempos difíciles, conviene cierto sentido del equilibrio entre valores tradicionales y justicia social. El Papa Francisco apostó por las periferias, pero las periferias del centro son relevantes en esta época. Veremos de dónde proviene el nuevo Papa, si de Europa o de otro continente, y dónde pone el acento, si en las periferias, en la democracia cristiana o en el tradicionalismo.
La definición más común deFrancisco ha sido la del “Papa de las periferias”. Sus visitas a países que no estaban en el centro del mapa católico, como Irak, Albania, Sri Lanka o Mongolia, el nombramiento de cardenales de Tonga, Lesotho, Birmania, Bangladesh, Malasia y Papúa Nueva Guinea o el especial énfasis en los inmigrantes señalaron cómo la intención de estar presente en las afueras resultó determinante para un Papa que ni siquiera vivía en palacio.