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Qué les pasa a los treintañeros: la edad en la que el voto cambia de sentido
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LA ÉPOCA DE LA DECEPCIÓN

Qué les pasa a los treintañeros: la edad en la que el voto cambia de sentido

Es una generación en la que el descontento es grande y tiene repercusiones políticas. Los jóvenes de 18-24 años votan a la izquierda, pero, a partir de esa edad, las derechas ganan. En el sector de 25-34 años, Vox es el primer partido

Foto: Protestas en Madrid. (Sergio Beleña)
Protestas en Madrid. (Sergio Beleña)

El voto juvenil señala algunas de las contradicciones que vive nuestra sociedad. Según los datos de la encuesta IMOP-Insights para El Confidencial, que recogen las oleadas de abril de 2022, el sector de 18-24 años muestra una diferencia de 10 puntos a favor de las izquierdas. El PSOE sería el partido dominante con un 26,7%, UP estaría en segundo lugar con un 21,3 y detrás vendrían el PP con un 16,5 y Vox con un 16. Es el único estrato de edad en el que la izquierda se impone. A partir de ahí, el dominio de las derechas es amplio.

Destaca, sin embargo, el grupo poblacional que va de los 25 a los 34 años. En él, las derechas invierten la situación, con ocho puntos de ventaja sobre las izquierdas, y Vox se convierte en el primer partido en intención de voto con un 26,4%, sacándole casi cuatro puntos al segundo, el PSOE. Es un salto significativo, del que se pueden señalar varias causas.

Javier Jorrín explica uno de ellos, la presión impositiva. Las personas que viven solas, así como los matrimonios jóvenes con hijos, soportan una carga mayor que las de otras generaciones. Es decir, justo en el instante en que los gastos aumentan, la presión fiscal también lo hace. Sería fácil comprender, por tanto, que las opciones políticas que insisten en la rebaja de impuestos tengan éxito.

Pero sería una explicación reduccionista, en la medida que los problemas poseen una dimensión mayor. Y convendría entender también las diferencias que se dan dependiendo del sector social al que se pertenezca. Aquellos jóvenes que carecen del tipo de titulación que permite acceder a trabajos mejor remunerados, deben emplearse, en un instante de paro elevado, en sectores con salarios bajos y contratos precarios. Las dificultades para abandonar el hogar familiar, o para hacerlo en condiciones decentes, son notables. La cuestión se complica, además, cuando se vive en zonas de España en las que las oportunidades escasean, y en las que las perspectivas de una vida razonablemente sólida en términos materiales decaen. La falta de trabajo o la escasa esperanza de mejora aparecen en el momento en que sus proyectos de futuro deben empezar a concretarse. Es fácil comprender que el descontento arraigue.

Los favorecidos

El otro lado está representando por aquellos jóvenes que han tenido la oportunidad de formarse, y cuya titulación les permite ingresar en sectores laborales con mayor capital simbólico. Tampoco en ellos las generaciones que consiguen empleo están particularmente satisfechas. Después de su entrada en el mundo de la empresa, que es importante en la medida que les hace sentir, en alguna medida, privilegiados, llega el tiempo del descontento.

La presión laboral es grande en cuanto a horarios y exigencia de resultados, y los salarios no están a la altura

En términos materiales, es evidente y, a pesar de emplearse en buenos sectores, sus salarios suelen ser bajos, y tardan años en dejar de serlo, lo que los aleja del nivel de recursos que necesitan para que su proyecto de futuro pueda desarrollarse. Por otra parte, la presión laboral es grande, y más cuanto más prestigiosa sea la empresa, en lo que se refiere a los horarios de trabajo y a la exigencia de resultados. Pero, al mismo tiempo, las dificultades para conseguir subidas salariales o ascensos profesionales son grandes. Salvo en sectores en los que la mano de obra escasea, en el resto, la pelea por permanecer y por dar pasos adelante es grande.

La decepción

Tampoco en términos anímicos la situación es buena. Los 15 años que van desde los 25 hasta los 40 son el momento en el que se constata, generalmente, que se va a llegar mucho menos lejos de lo que se esperaba. Y esto es complicado de aceptar, en especial si no se tiene cierto éxito profesional o si el nivel material no es el adecuado para vivir sin estrecheces. Y el asunto se vuelve un poco más tenso en la medida en que también han cambiado las costumbres dentro de las empresas. Hemos pasado de un tipo de gestión que esperaba de los jóvenes que aprendieran, oyesen, callasen y esperasen su momento, a otra en la que se insiste en la necesidad de nuevas ideas, en la que se valora el empuje y el entusiasmo, en la que, en un entorno disruptivo, exige que se piense de otra manera. De modo que llegan al empleo con la perspectiva de que aportan otra visión, más novedosa, más ligada con los tiempos, y esperan hacerla valer profesionalmente. Después, se dan cuenta de que, en la mayoría de las empresas, su aportación consiste en ver, oír y callar, y esperar su momento, con lo que la decepción es todavía mayor. Venían a cambiar el mundo, pero el mundo parece muy resistente al cambio.

La pregunta sobre cómo será el futuro determina la opción electoral que se elige mucho más que otros factores

De modo que, tanto en el trabajo cualificado como en el más precario, el descontento suele ser elevado en esa edad. Y lo es más en la medida en que las necesidades económicas aumentan, ya que precisan de autonomía, de anclajes que les permitan poner en marcha un proyecto vital, de la posibilidad real de convivir con sus parejas y de tener hijos. En un entorno de precios elevados y salarios insuficientes, el futuro no aparece como muy positivo, salvo para ciertas capas de la población que, bien por el apoyo familiar, bien por haber alcanzado éxito profesional, pueden mirar el porvenir con esperanza.

Y esto es clave, en la medida en que la pregunta sobre cómo será el futuro determina la opción electoral mucho más que otros factores. Las derechas populistas se han apoyado, más allá de la inmigración, o de la unidad de España, o de la desglobalización, en esa sensación de que el futuro es negro como combustible primero para su proyecto político.

Este es un asunto esencial en la política, también para otras generaciones. Según la encuesta IMOP, en el estrato generacional que va desde los 45 hasta los 54 años, el dominio de las derechas es aplastante (60% frente a un 28,7%), precisamente porque la pregunta sobre el futuro se hace más acuciante. Si bien el PP es el primer partido, con un 29,8%, Vox es el segundo con 27,9, mientras que el PSOE solo alcanza un 20,5%. Para quienes están en una situación económicamente inestable, la pregunta sobre el futuro es realizada en primera persona. Y quienes están en una buena posición, se preguntan sobre el porvenir de sus hijos. Por un lado y por otro, la desconfianza sobre lo que viene está presente.

Jóvenes contra viejos

Sin embargo, en la generación que va de los 25-34, y podría ampliarse hasta los 40, también se produce un fenómeno llamativo, porque es donde la hostilidad hacia la extrema derecha se hace más intensa. Y también tiene que ver con el futuro. Ahí chocan los planes de cambio social que se tenían en mente, la idea de que otro tipo de sociedad iba a emerger, y la constatación de que no está siendo de esa manera. En esa tesitura, es fácil reducir la tensión política a la lucha entre el pasado y el futuro. Ocurre en el seno de las empresas, donde esas generaciones entienden que el problema es la mentalidad antigua de quienes las dirigen, y no les dejan progresar porque están viviendo en los viejos tiempos. Políticamente, esa mentalidad se proyecta hacia una visión en la que un mundo rancio, conservador y reaccionario está impidiendo las transformaciones de progreso que la sociedad necesita y que lo prioritario es acabar con esas resistencias para que el nuevo mundo emerja. La extrema derecha, por lo tanto, sería el gran problema español.

Los treintañeros son una categoría importante porque constituyen el síntoma más vivo de esa disfunción sistémica

Pero todas estas derivadas, que tienen su repercusión electoral, suelen contribuir a evitar el problema de fondo. Hay descontento instalado porque hay motivos. Las rentas del trabajo cada vez generan menos beneficios, y la posibilidad de contar con una vida medianamente holgada se reduce. Y, además, tampoco se aprecia en el horizonte una visión de futuro, un plan concreto y definido, más allá de enfrentarse a los enemigos, que vaya a permitir que la prosperidad aparezca. Eso es un problema enorme para las generaciones más jóvenes, pero también para el resto: las generaciones intermedias, como hemos visto, no viven tiempos de optimismo, más al contrario. Los treintañeros son una categoría importante porque constituyen el síntoma más vivo de esa disfunción sistémica.

Y, mientras eso no se arregle, seguiremos varados en las luchas entre generaciones. Al final, la presión impositiva o la reforma de las pensiones terminan reduciéndose a la banalidad de ‘los jóvenes pagamos mucho y los viejos cobran demasiado e hipotecan nuestro futuro’. Lo que ahoga el porvenir es la ausencia de un proyecto de prosperidad común. Lo otro es presionar para que los mayores cobren pensiones más bajas a cambio de nada.

El voto juvenil señala algunas de las contradicciones que vive nuestra sociedad. Según los datos de la encuesta IMOP-Insights para El Confidencial, que recogen las oleadas de abril de 2022, el sector de 18-24 años muestra una diferencia de 10 puntos a favor de las izquierdas. El PSOE sería el partido dominante con un 26,7%, UP estaría en segundo lugar con un 21,3 y detrás vendrían el PP con un 16,5 y Vox con un 16. Es el único estrato de edad en el que la izquierda se impone. A partir de ahí, el dominio de las derechas es amplio.

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