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Más placer que eficiencia: qué explican las cañas de cerveza sobre España
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ELOGIO DE LO PEQUEÑO

Más placer que eficiencia: qué explican las cañas de cerveza sobre España

El tamaño sí que importa, en este caso, el pequeño: el tamaño de nuestros recipientes dice muchas cosas acerca de nuestra cultura y forma de entender las relaciones y el disfrute

Foto: Turistas toman cañas en Sevilla. (Getty/Cover/Carlos de Andrés)
Turistas toman cañas en Sevilla. (Getty/Cover/Carlos de Andrés)

Mahrez acaba de marcar en el Santiago Bernabéu. Mientras tanto, en un pub irlandés situado en el centro de la capital, las pintas caen sin parar garganta abajo de un grupo de aficionados 'citizen', el fuel que los anima a golpearse el pecho cada vez que los suyos se acercan a la portería de Courtois. Es o pinta o pinta, no hay alternativa. Aunque me encuentro en la calle Espoz y Mina, a unos metros de la Puerta del Sol, es imposible pedir una caña. ¡Ultraje! ¿Ultraje?

Mientras miro a los henchidos e hinchados 'hooligans' me acuerdo de lo que cuenta el escritor Christopher Ryan en 'Civilizados hasta la muerte' (Capitán Swing). Ryan, nacido en Pensilvania, vivió en España unos años y en su ensayo, en el que discute nuestras ideas sobre el progreso, elogia escuetamente a la caña de veinticinco centilitros frente a la pinta de cuarenta y siete como muestra de la mesura española. Hace la cuenta: tres cervezas son 75 centilitros en España y tres cervezas son litro y medio (el doble) en el bar de su calle. "¡No me extraña que Estados Unidos engorde!", escribe. "En mi cabeza, la situación es idéntica: salir a tomar unas cañas. Sin embargo, mi hígado y mi cintura comprenden perfectamente la diferencia".

"Lo que más me gusta de España es que os resistís a ser esclavos de la eficiencia"

Le pregunté a Ryan por las cañas hace un tiempo, justo antes de la pandemia. "Creo que representan gran parte de lo que me gusta sobre la actitud española ante la vida, que se basa más en el placer que la eficiencia", me respondió por correo electrónico. "La comida española se sirve en raciones más pequeñas (tapas y raciones), pero es de mayor calidad que la americana, que se centra en el tamaño ('¡La hamburguesa más grande!', '¡Todo lo que puedas comer!'). Creo que la tendencia española a valorar la calidad por encima de la cantidad es muy sabia, y lleva a una vida mejor y más saludable".

La caña es casi una excepcionalidad global, desde luego muy lejana de las pintas que desde Irlanda saltaron a EEUU, donde es inconcebible que alguien pueda echarse al gaznate entre 200 y 250 mililitros de cerveza, la medida habitual de la caña en el territorio nacional. Una de las cosas que más le gustan de España a Ryan es "vuestra resistencia a ser esclavos de la eficiencia". Como recuerda, las grandes medidas benefician a los productores, no a los consumidores, aunque pueda parecer lo contrario. A pesar de que los precios de las grandes raciones parezcan comparativamente económicos, "terminas pagando mucho más en tiempo, salud y felicidad perdidas".

La cerveza mutante

La respuesta al porqué de la caña la tiene Luis G. Balcells, apasionado de la cerveza, veterano del sector (trabajó durante décadas en San Miguel y más tarde en Heineken) y autor de 'Cerveza. La bebida de la felicidad' (Planeta), uno de los escasos libros "para parvulitos" sobre el tema que existen en español. La caña es un ritual, igual que la pinta, pero ambos rituales responden a realidades y situaciones completamente diferentes que cuentan mucho acerca de nuestras relaciones sociales, más allá del clima, que evidentemente hace que una pinta se caliente más rápido en Murcia que en Brighton.

placeholder Unas cañas sevillanas. (Foto: EFE/Raúl Caro)
Unas cañas sevillanas. (Foto: EFE/Raúl Caro)

"Con el ritual del tapeo, no puedes estar a golpe de pinta, necesitas una cerveza servida", explica. "Los antiguos fabricantes de cerveza, como Cruzcampo o Damm, eran familias extranjeras, pero se dieron cuenta de que tenían que adaptarse a nuestra realidad". En realidad, son dos rituales: el madrileño, con una caña tirada con dos dedos de espuma para formar el tapón del carbónico; y el andaluz, que se tira de un único golpe, sin retroceso, lo que hace que el carbónico se vaya. Eso provoca que esta última sea más funcional al tapeo de un bar en otro, mientras que la madrileña, aunque permita retener mejor los sabores y olores de la cerveza, sea "para una tapa y ya está".

Lo que sería impensable, añade Balcells, es una cultura de la tapa a base de pintas. "Una pinta es más apropiada para la cultura anglosajona de lo festivo y los grandes acontecimientos, más centrados en los partidos de fútbol americano, rugby…", añade. "A toda esa gente que está viendo el partido no te la imaginarías a golpe de caña". Hay un factor adicional, que es que en España no aguantaríamos el lento ritual de preparar una Guinness, que a veces tarda más en servirse que en beberse. La cultura de la caña es más rápida, tanto para servir como para consumir y marcharse al bar de al lado.

Es imposible que el trago 200 sepa mejor que el primero, pero nos cuesta recordarlo

Un buen ejemplo de esta búsqueda de lo minimalista es la historia que intenta explicar el origen del zurito vasco. Al parecer, se debe a Carlos Pérez Garrido, un aficionado a la cerveza que cuando salía con sus amigos por San Sebastián, pedía media cerveza para poder seguir el ritmo a los vinos de sus compañeros, pero siempre le ponían una caña (recordemos que una caña euskaldún es parecida a un doble mesetario). Finalmente, el bar Irutxulo accedería a servirle medio botellín: había nacido el austero zurito.

La pregunta del millón para Balcells, que ahora mismo está finiquitando un libro sobre el ‘beerfulness’ (como el 'mindfulness', pero con cerveza) es ¿qué nos hace más felices, la cultura de caña o la de pinta? La respuesta es salomónica: "Pues depende del momento. Durante el día, por la mañana, no me bebería una pinta porque es más bien de tarde para verte un partido, pero la idiosincrasia del bar de aquí es la caña". Como prosigue, una caña rubia y fresquita es apropiada para el tapeo, pero una compleja artesana, más densa y más compleja, necesita una mayor cantidad de líquido y servirse en recipientes como cálices. Como leerte el 'Ulises' en lugar de una greguería de Ramón Gómez de la Serna.

placeholder Vaya pinta. (Foto: Jacob King/PA/Wire Pool/Reuters)
Vaya pinta. (Foto: Jacob King/PA/Wire Pool/Reuters)

Quizá no sea una cuestión de tamaño sino de psicología. Como explicaba Daniel Gilbert: la gente no se da cuenta de lo rápido que se adapta a lo bueno, así que necesita consumir cada vez más de lo mismo para sentir la misma sensación que al principio. Es decir, es imposible que el trago número 200 de cerveza te sepa mejor que el primero, pero seguimos bebiendo porque pensamos que así va a ser, sin conseguirlo realmente: eso es la adicción. Pero no ha caído en ello el aficionado del City que está dando golpes a la pobre mesa después del fallo de Grealish a puerta vacía.

La adaptación hedónica: no sigas bebiendo

Lo que le pasa al 'hooligan' es algo parecido a lo que le ocurre a esa gente que piensa que ganando un poco más, teniendo un coche un poco más grande o haciendo todo el rato lo que le gusta será más feliz. Pero no es verdad: como señala la ley de los rendimientos decrecientes, hay un momento en el que necesitamos mucho más de lo mismo para obtener un rédito un poco mayor. O, como lo plantea Gray, "en la comida, la lluvia, las esposas, los maridos, los niños, los gatos, el sexo, los canales de televisión y los cojines decorativos, más que suficiente es demasiado".

"Nuestras vidas son mejores cuando nos centramos antes en la calidad que la cantidad"

¿Es una pinta demasiado y una caña suficiente? El escritor contesta. "Nuestras vidas son mejores cuando nos centramos antes en la calidad que en la cantidad", dice. "¿Son tres botellas de mal vino mejor que una de buen vino? ¿Corren más tres coches que uno? ¿Y es mejor tres mujeres que no me aman que una que sí lo hace? En esos casos es obvio, pero está en la naturaleza del capitalismo intentar convencernos de consumir cada vez más. Para hacerlo, necesitan que creamos que 'más es mejor', cuando sabemos por nuestra propia experiencia que no es así".

Quien lo ha comprobado en sus propia piel es Alejandro Cencerrado, analista jefe del Instituto de Felicidad de Copenhague del que ya hemos hablado en alguna ocasión debido al diario donde ha apuntado su felicidad a lo largo de los últimos 16 años. Y de lo que se ha dado cuenta es de que repetir lo que le gusta una y otra vez solo provoca que se termine aburriendo de ello. Escuchar mil veces la misma canción es como darle los últimos tragos a un mini caliente.

placeholder Una cerveza festivalera en el Firefly Music Festival de Delaware. (Foto: Reuters/Mark Makela)
Una cerveza festivalera en el Firefly Music Festival de Delaware. (Foto: Reuters/Mark Makela)

"Como cuento 'En defensa de la infelicidad', me descargué mi historial de YouTube para ver cuántas veces tenía que escuchar una canción que me gusta para cansarme de ella. En general, con casi todas las canciones a las 25 veces ya estaba cansado", explica a El Confidencial. "Depende mucho de la canción; 'Blinding Lights' de The Weeknd aún me gusta, y la he escuchado ya unas 60 veces". Lo que parece claro es que a medida que aumentamos el estímulo, cada vez obtenemos menos satisfacción. De hecho, la caña, por su capacidad de concentrar sabor y frescura, es una medida ideal para evitar el hartazgo bulímico.

"En mi vida he enfocado el problema en función más de la 'frecuencia' perfecta, o siguiendo con tu ejemplo, ¿cuánto tiempo hay que dejar entre caña y caña para disfrutar al máximo de ellas? Ponerse ciego todos los días es demasiado, pero tomar una al mes parece poco", se pregunta. "¿Es mejor escuchar una canción continuamente hasta aborrecerla, o escucharla solo una vez al año para que mantenga siempre su carácter novedoso? El problema de la primera opción es que te cansas pronto, pero en la segunda la disfrutarías muy poco. Creo que la clave en el estudio de la felicidad está precisamente ahí, en ese balance perfecto entre aborrecer las cosas pronto, o tratar de privarnos de ellas para poder disfrutarlas de vez en cuando".

¿El final de la caña?

Como mostraba una infografía de los CDC estadounidenses, las porciones de comida han crecido sin parar durante las últimas décadas. Las hamburguesas son tres veces más grandes que en los años cincuenta, y las raciones de los restaurantes, cuatro veces más; de manera paralela, la obesidad se ha disparado en Estados Unidos. Pero parece que la epidemia empieza a llegar a Europa, que importa las costumbres alimenticias e industriales del otro lado del charco. Esta misma semana, la Organización Mundial de la Salud (OMS) alertaba en un nuevo informe que una cuarta parte de los adultos europeos ya son obesos.

El doble ha sustituido a la caña por razones de eficiencia económica

Quizá por eso algo que habrán notado los tapeadores de la capital es que cada vez es más difícil que te pongan una caña. En muchos casos, ha sido sustituida por el famoso doble, especialmente en las terrazas, pero también en muchos bares donde por razones de eficiencia (económica), como ocurre con las grandes raciones americanas, ha sustituido a la caña. Son cada vez más los entornos donde las cañas se han esfumado. Eventos deportivos, festivales, conciertos y otros macroeventos donde una medida de 200 mililitros no interesa ni a consumidor ni a productor ni a distribuidor.

Es un signo de cómo las costumbres culturales y sociales han ido cambiando hacia una serie de espectáculos globalizados cuya idiosincrasia es diferente a la española. Pero Balcells no es un romántico y no considera que en ningún caso nos podamos encontrar ante el final de la caña, por más que otra clase de vasos ganen terreno. "En un lugar como Andalucía es muy difícil acabar con la costumbre de la caña, aunque sea en un vaso de sidra, como se hace cada vez más", concluye. "No, no va a desaparecer, mientras sigamos alternando y saliendo de tapas". Y no parece que eso vaya a ocurrir.

placeholder El doble, la nueva caña. (Foto: Reuters/Jon Nazca)
El doble, la nueva caña. (Foto: Reuters/Jon Nazca)

Como concluye Balcells, la cerveza es la bebida que mejor se adapta a las necesidades sociales de cada cultura y a la evolución del ser humano. En otras palabras, no tiene sentido estar a cañas en un concierto. Eso sí, nada de beber a morro, una costumbre a erradicar por completo, añade. Palabra de experto en calidad.

Hedonismo y austeridad

Así visto, podríamos parecer una cultura de la frugalidad, del vaso pequeño, de la medida de lo justo, algo que intuimos más cercano a las culturas escandinavas que a las mediterráneas (aunque Aristóteles y su virtuoso punto medio lo fuesen). En realidad, como recuerda Balcells, hasta los holandeses se quedan sorprendidos cuando descubren que en la Feria de Abril se despacha un millón de litros de cerveza, eso sí, en vasos pequeños.

"Somos un país de 'adictos' a la excitación"

Se trata, más bien, de una cultura del placer medido, a diferencia de la cultura de lo grande de EEUU, como me explicaba el antropólogo Alberto del Campo, catedrático de Antropología Social de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla que vivió en Northfield (Vermont): "En EEUU hay un valor que tiene que ver con lo grande, el coche grande, la hamburguesa grande, es un país de extensiones enormes, de la conquista del Oeste y de las grandes ciudades donde las posibilidades son infinitas. No es casualidad que el tamaño sea uno de los valores esenciales del capitalismo". La pausa, la ración pequeña, serían valores opuestos al capitalismo anglosajón, donde "esperar una hora y media por un arroz es inconcebible".

Aunque es posible que esa cultura del placer sea también la de la excitación continua, como matiza Cencerrado, que vivió varios años en Dinamarca. "Un pensamiento habitual cuando vivía allí y venía a España es que somos un país de 'adictos' a la excitación", responde. "En Dinamarca el invierno es muy oscuro, y sin embargo no tienen casi farolas en las calles, y en las casas ponen velas, lo cual deja un ambiente aún más tenue de lo que es. Al principio esta falta de luz me amargaba, pero pronto me adapté, y llegado el momento hasta me gustaba. En España sentía y siento que tenemos luz continuamente, es como que nos da miedo la oscuridad, lo tenue, todo tiene que ser alegre, brillante".

placeholder La Movida, un péndulo hacia el exceso.
La Movida, un péndulo hacia el exceso.

Esa sensación de que todo tiene que ser "sabroso" en España puede resultar muy cargante, prosigue. "Eso tiene su lado negativo, que es que cuando para el ritmo nos aburrimos como ostras". Y replantea el dilema entre la caña o la pinta en otro eje: entre el hedonismo ("que nos decía que nos tomáramos la caña más grande, y después de esa otra si nos apetecía"), que es lo que Cencerrado considera que es España hoy, y la del ascetismo, más parecida a la danesa. "Creo que las sociedades van de un lado a otro de estas dos doctrinas, según se cansan de predicar la una o la otra, como pasó durante la Movida", concluye. "Creo que poco a poco nuestra generación está volviendo al punto medio del péndulo; entendemos ya que el sexo no era pecado como quiso hacernos creer la iglesia, pero ya no estamos tan obsesionados con él como antes".

Por ahora, España parece estar en el lado del péndulo de la caña, pero poco a poco, oscila hacia la pinta. "Pero si el primer trago de una cerveza es siempre el mejor, ¿por qué no organizar nuestra vida para que esté llena de primeros tragos?", se pregunta Ryan para terminar. El aficionado del City que llora desconsolado sin camiseta después del gol de Benzema no piensa lo mismo; su último trago le ha sabido fatal.

Mahrez acaba de marcar en el Santiago Bernabéu. Mientras tanto, en un pub irlandés situado en el centro de la capital, las pintas caen sin parar garganta abajo de un grupo de aficionados 'citizen', el fuel que los anima a golpearse el pecho cada vez que los suyos se acercan a la portería de Courtois. Es o pinta o pinta, no hay alternativa. Aunque me encuentro en la calle Espoz y Mina, a unos metros de la Puerta del Sol, es imposible pedir una caña. ¡Ultraje! ¿Ultraje?

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