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Breve historia del espionaje político en España, un invento del Partido Socialista
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La guerra sucia entre políticos

Breve historia del espionaje político en España, un invento del Partido Socialista

El espiado es el culpable de ser espiado. Un montaje, que es la misma palabra que utilizó 20 años antes el entonces presidente de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves

Foto: El expresidente andaluz Manuel Chaves. (EFE/Julio Muñoz)
El expresidente andaluz Manuel Chaves. (EFE/Julio Muñoz)

'Montaje'. Esa es la palabra clave que activa todas las alarmas. Por eso, cuando el otro día la pronunció el presidente del Partido Popular, Pablo Casado, para desacreditar las acusaciones contra él de haber ordenado espiar a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, se equiparó a los dirigentes que han sido acusados en España de ordenar un espionaje para la guerra sucia de la política. Se lo dijo a Carlos Herrera, en la COPE, en la segunda mañana de bombardeos intensivos en la guerra interna del PP. Un montaje porque, a su juicio, el detective pudo contratarlo la misma persona a la que tenía que espiar. Más o menos como aquello de Rajoy una vez, más trabalenguas que explicación: "Es el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde".

El espiado es el culpable de ser espiado. Un montaje, que es la misma palabra que utilizó 20 años antes el entonces presidente de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves, cuando lo pillaron espiando a dos presidentes de cajas de ahorro, de su mismo partido, el PSOE, a los que quería quitarse de en medio. El mismo procedimiento, los mismos intereses y los mismos motivos; las disputas internas en los partidos políticos en los que, llegados al extremo de la profunda enemistad, se recurre al juego sucio del espionaje que, como otros vicios de la política española, proceden de los primeros gobiernos socialistas de la democracia, a partir de la apabullante victoria de Felipe González en 1982. Nadie podrá negarle al expresidente socialista los enormes avances que experimentó España en todos los sentidos durante su etapa de gobierno, una década de progreso y modernización incuestionable del país; pero de la misma forma nadie se sorprenderá si se añade que también se perfilaron los patrones de los peores vicios políticos, como la financiación ilegal de los partidos políticos, la corrupción institucional y personal, y el juego sucio para el control de los aparatos de los partidos políticos.

Foto: Carromero, en la sede de Génova, felicitando a Díaz Ayuso tras las últimas elecciones.

El espionaje, de hecho, fue el primer gran escándalo que le estalló al histórico presidente socialista: nada más llegar al poder, empezó a espiar a todos sus adversarios políticos. Para controlarlos. Hay quien sostiene que, en realidad, lo que hizo aquel primer Gobierno socialista de la democracia española fue reutilizar y aprovechar las estructuras de espionaje que todavía se conservaban de los últimos años de la dictadura, desde la etapa de Carrero Blanco como presidente del Gobierno. Entonces, el Centro Superior de Información de la Defensa (CESID) utilizaba a los agentes secretos para controlar los movimientos políticos y sindicales, entre los que se encontraría con toda probabilidad ‘Isidoro’, que era el nombre que utilizaba Felipe González en la clandestinidad. Esa es, por tanto, la paradoja: que, cuando el dirigente socialista llegó al Gobierno, usó para controlar el país el mismo centro que lo había espiado a él. El escándalo se conoció años más tarde, en 1995, cuando 'El Mundo' publicó: “El CESID lleva más de 10 años espiando y grabando a políticos, empresarios y periodistas”.

Es decir, que, si el PSOE ganó las elecciones generales en octubre de 1982, el espionaje comenzó al instante. Los espiados eran, como decía aquel titular, muy variados, pero la conversación que tuvo más impacto, la primera que trascendió, fue la que tenía que ver con la guerra interna en el PSOE. En 1991, las tensiones entre Felipe González y Alfonso Guerra ya eran públicas, nada que ver con la inseparable unidad de ambos en el pasado. Alfonso Guerra ya había dejado el Gobierno, por el escándalo de su hermano Juan Guerra, pero aún controlaba el aparato del partido. Entonces, el CESID le grabó una conversación a su número dos, el secretario de Organización del PSOE, Txiki Benegas, en la que hablaba despectivamente del propio Felipe González. “Aquí el problema no es Solchaga, es el one”, decían del presidente, al que también se referían como ‘dios’. “¿Está tranquilo dios?”, preguntaba uno y Benegas contestaba: “No, no, dios está encabronado”.

Foto: El expresidente del Gobierno José María Aznar. (EFE/Andreu Dalmau)

De aquella pelea, como es sabido, quien acabó ganando fue Felipe González, que arrinconó y neutralizó a Alfonso Guerra y a todos los guerristas del PSOE. Pero, en plena batalla, cuando se conoció el espionaje, la reacción de los dirigentes socialistas es idéntica a la que se produce estos días en el PP. "Dejadnos solos, nosotros ya somos suficientes para hundirnos", decían los dirigentes del PSOE en las crónicas de aquella época. Es decir, lo mismo de lo que se lamentan hoy en el Partido Popular. No fue hasta pasados muchos años, en 2013, cuando Alfonso Guerra se refirió a aquellos años, a aquel espionaje, en la presentación de uno de sus libros. Confirmó que se trataba de agentes del CESID, que los informes los recibía directamente Narcís Serra, vicepresidente de Felipe González tras la salida de Guerra, y que la difusión de las cintas por parte de los medios de comunicación de PRISA también tenía un objetivo espurio: el mandamás de aquel imperio, Jesús de Polanco, quería bombardear las conversaciones de Benegas con empresarios para crear un grupo de comunicación entre el Grupo Z, Telecinco y la ONCE. Un interés económico también subyacía en el espionaje de Manuel Chaves, como presidente de la Junta de Andalucía, a los presidentes de las cajas de ahorro de Sevilla, Isidoro Beneroso y Juan Manuel López Benjumea. Retengamos el año de aquel escándalo: 2001.

El interés de Chaves en ese momento era el de forzar a las cajas de ahorro andaluzas, dominadas todas por el PSOE a excepción de Cajasur, que pertenecía a la Iglesia, a una gran fusión en Málaga, que pasaría a presidir su consejera Magdalena Álvarez. Como quiera que los presidentes de las cajas sevillanas, ambos del PSOE, se declararon en rebeldía y no estaban dispuestos a obedecer a ‘su presidente’, comenzaron a espiarlos por si descubrían algún aspecto irregular o morboso en sus vidas con el que presionarlos o chantajearlos. Es decir, también como ha ocurrido ahora con la presidenta de la Comunidad de Madrid y, por eso, el espionaje se extendió a su exmarido y a su exnovio. Por esa razón, el espionaje es parte fundamental de cualquier episodio de guerra sucia.

Foto: La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, este martes. (EFE/Rodrigo Jiménez)

En aquel escándalo de las cajas de ahorro, y disculparán por la autocita, la reacción del presidente Chaves fue furibunda contra el periódico, 'El Mundo', y el periodista, quien suscribe, que publicó la información. Afirmó que todo era “un montaje”, como ahora Pablo Casado, y volcó toda su fuerza institucional de entonces en la Junta de Andalucía, que era abrumadora y hegemónica, para querellarse por un presunto delito de injurias graves por el que le pedía un total de 711.000 euros al autor de la información. Lo llamativo es que esa reacción airada se producía a pesar de que existía, como constaba en la información, la grabación de un vídeo en el que el espía reconocía los hechos e, incluso, entregaba como prueba la tarjeta personal del jefe de escoltas de Manuel Chaves, que fue quien le encargó ‘el trabajo’.

En fin, el juicio se celebró y se saldó con sentencia absolutoria para los acusados a pesar de que durante la vista se produjeron algunos episodios delirantes, muy expresivos de aquella época en Andalucía, como el robo de la caja fuerte de la Audiencia Provincial de Sevilla de la cinta de vídeo que el periódico aportó como prueba de la veracidad de su información. Lo relevante, pasados los años, es que aquel mismo año de 2001, por eso se decía antes que era necesario retener el año en que se produce el espionaje, fue cuando el Gobierno socialista de Manuel Chaves puso en marcha el sistema opaco de concesión millonaria de subvenciones que acabaría convertido en el fraude masivo de los ERE. Quizás el final inevitable de quien se piensa intocable y comienza una guerra sucia, que es lo que subyace en esta breve historia de los espionajes políticos en España.

'Montaje'. Esa es la palabra clave que activa todas las alarmas. Por eso, cuando el otro día la pronunció el presidente del Partido Popular, Pablo Casado, para desacreditar las acusaciones contra él de haber ordenado espiar a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, se equiparó a los dirigentes que han sido acusados en España de ordenar un espionaje para la guerra sucia de la política. Se lo dijo a Carlos Herrera, en la COPE, en la segunda mañana de bombardeos intensivos en la guerra interna del PP. Un montaje porque, a su juicio, el detective pudo contratarlo la misma persona a la que tenía que espiar. Más o menos como aquello de Rajoy una vez, más trabalenguas que explicación: "Es el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde".

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