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"La primera que habló de cambio climático fue Margaret Thatcher, no la izquierda"
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"La primera que habló de cambio climático fue Margaret Thatcher, no la izquierda"

El exministro de Ciencia y Tecnología con Aznar reflexiona sobre el papel del libre mercado, cuyo objetivo, considera, debería ser "el de crear prosperidad en todos los sentidos, económica pero también medioambiental y social"

Foto: Entrevista a Juan Costa. (Isabel Blanco)
Entrevista a Juan Costa. (Isabel Blanco)

Quienes le hayan perdido de vista en todos estos años, descubrirán ahora a Juan Costa como recién salido del túnel del tiempo, la cabeza encanecida y un look más informal. La imagen de él que tenemos asociada en la mente es la que un tipo estilizado, repeinado, "pijín, guapete y ligoncete", puede leerse en algún perfil de los años en los que ascendió al segundo Gobierno de José María Aznar, al principio de este siglo. Desde antes, cuando solo tenía 28 años, ya ocupaba un escaño de diputado y se había rodeado de una apreciada fama de profesional solvente, resolutivo y brillante. Acreditó su reputación en la Agencia Tributaria, que modernizó, y aunque figuraba como ministro en todas las quinielas no lo fue hasta el final del mandato de Aznar, durante nueve meses, al frente de la cartera de Ciencia y Tecnología.

Tras las elecciones de 2004, en las que ganó Zapatero, Juan Costa comenzó a desaparecer de la política, de un salto se fue a un despacho de consejero del Fondo Monetario Internacional. Tuvo otra incursión, en los peores años de Rajoy, cuando ofrecía mas dudas sobre su liderazgo, en 2008, y quiso baldíamente arrebatarle la presidencia del PP. No lo logró. Por esos años fue cuando leyó un libro del ambientalista James Lovelock que cambió su mentalidad y se convirtió en lo que es hoy. Juan Costa Climent (Castellón de la Plana, 10 de abril de 1965) preside ahora la Fundación Propósito y acaba de incorporarse al bufete británico 'Mishcon de Reya', con más de mil abogados por todo el mundo, después de haber ejercido de responsable mundial de la división para el cambio climático de 'Ernst & Young'. En la firma británica le han definido como "experto internacional en el mercado de la sostenibilidad y el cambio climático y líder de pensamiento internacional".

"El objetivo del libre mercado tiene que ser el de crear prosperidad económica, pero también medioambiental y social"

PREGUNTA. Es curioso porque la sostenibilidad y la lucha contra el cambio climático, al menos en el debate político español, está asociada sobre todo a la izquierda, no a la derecha ni al pensamiento liberal. Sin embargo, dice usted que Margaret Thatcher es una pionera.

RESPUESTA. Justo el día antes de la caída del muro de Berlín, en noviembre de 1989, Thatcher, que es un icono del liberalismo político, fue la primera líder internacional que planteó ante la Asamblea general de Naciones Unidas la necesidad de que hubiera un acuerdo internacional para luchar contra el cambio climático. En ese discurso, Margaret Thatcher dice algo que está detrás de la crisis de confianza que tiene hoy el capitalismo: que el libre mercado debe tener un fin y responder a las necesidades de los ciudadanos. El objetivo del libre mercado tiene que ser el de crear prosperidad en todos los sentidos, prosperidad económica pero también prosperidad medioambiental y prosperidad social, combatiendo las desigualdades. Es cierto que la izquierda en muchos países ha intentado apropiarse de algunas banderas y pretende aplicarle sus recetas, que son siempre las de la regulación, en vez de apostar por la libertad de mercado y la libertad política.

Foto: Greta Thunberg en una protesta climática en Suecia. (TT News Agency Carl-Johan Utsi via REUTERS)

P. De hecho, es el neoliberalismo el que se asocia con el incremento de las desigualdades sociales, el que las provoca.

R. Es que eso es un error, una simplificación y algo que no responde a la realidad. El problema, insisto, es que la política económica debe tener unos objetivos y lo que tenemos que hacer es darle al libre mercado las reglas y los instrumentos para que eso ocurra. El mercado es un instrumento perfecto, mucho más que la regulación, para que las empresas tengan como objetivo crear medio ambiente y frenar la desigualdad. Ahora estamos iniciando en España un proyecto, la Fundación Propósito, para profundizar en estas ideas, en la necesidad de darle respuestas liberales a problemas de la actualidad que han generado una crisis de confianza en el sistema. Muchas personas, sobre todo los jóvenes, se sienten tratados de forma injusta por el sistema, se ha roto el principio de la igualdad de trato. Pero eso no es un problema de la libertad de mercado, es un problema de la regulación política. Si algo se ha demostrado, en ese sentido, es que lo que han fracasado son las políticas de izquierda.

P. A ver, estirando el concepto de darle reglas al mercado, ¿no nos lleva a la planificación de la economía, que es un concepto de izquierdas?

R. A la planificación nos lleva la regulación, pero lo que le digo es distinto. Uno de los problemas que tenemos hoy es cómo se define el éxito político, de los gobiernos, y el éxito de las empresas, porque lo hacen con conceptos del pasado que ya no sirven. El beneficio de las empresas, por ejemplo, no contempla si destruyen capital medioambiental o riqueza social porque eso ni se mide ni se valora. Y en el caso de los gobiernos, ocurre lo mismo y lo vemos en los 140 países que han crecido en los últimos 25 años destruyendo medioambiente. Volvemos a Thatcher: algo grave está pasando cuando la producción de bienes y servicios es inferior a la prosperidad que se destruye dañando el medio ambiente. Piense en España. A lo mejor, en vez de seguir con un sistema fiscal que penaliza la creación de empleo, tendría que gravar el consumo excesivo de medio ambiente y los daños sociales de una determinada actividad económica.

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Foto: I. B.

P. Esa es la tesis de su libro 'Multicapitalismo', la idea de que "si el crecimiento de la economía lleva aparejado una destrucción medioambiental, ese crecimiento es antieconómico". ¿Pero eso es posible o es ingenuo? Quiero decir que lo que vemos hoy es que el capitalismo más crudo está triunfando en potencias como China.

R. China se ha beneficiado durante el periodo de la gran globalización de la solidaridad de las economías occidentales. En los últimos treinta años, tres mil millones de personas se han incorporado al capitalismo. Pero sí, claramente la economía de mercado necesita unas nuevas reglas que sean homologables y equiparables. No se puede seguir permitiendo que haya economías que crezcan poniendo en peligro la estabilidad medioambiental del planeta. ¿Y cómo lo hacemos? Premiando a las empresas que creen medioambiente y penalizando a las que lo destruyan.

P. Pues no parece que China esté muy implicada en los compromisos ecológicos y las restricciones de la famosa Agenda 2030. Pero siguen produciendo y exportando a todo el mundo…

R. La solución está en lo que se llama 'ajuste en frontera': evitar que en otros países se fabriquen productos que provocan mucha contaminación y que luego se introduzcan en la economía europea. Europa se ha desindustrializado en gran medida porque muchas empresas se han marchado a países en los que contaminar era mucho más barato.

Foto: Entrevista a Claudio F. González. (Jesús Hellín)

P. Quizá olvida que esos países esgrimen la dependencia que tenemos de ellos, como ocurre también con Rusia, y así solventan el debate.

R. Efectivamente, hay muchos intereses en las relaciones internacionales, pero eso no significa que no tengamos que tomar decisiones. Europa debe liderar esa agenda internacional. Mi planteamiento es que los productos más ecológicos tienen que pagar menos impuestos y que los que destruyen medioambiente pagar más. Y da igual que estén fabricados en Europa o en China. Lo importante es cuál es su huella ecológica. Eso, además de adaptarnos al nuevo mercado laboral en el que ya se está produciendo un tsunami porque los cambios tecnológicos, la digitalización y la preocupación por el medio ambiente están provocando que las empresas necesiten otras capacidades, otras habilidades, otro tipo de empleo. Las previsiones indican que en los próximos años se van a eliminar a nivel global 85 millones de empleos por la automatización y que se crearán otros 90 o 100 millones de empleos nuevos que no tienen nada que ver con algunas actividades tradicionales.

"En España hemos renunciado al pleno empleo. Se habla de reducir el paro, pero nadie habla del pleno empleo…"

P. En el mercado laboral español, el tsunami es la alta tasa de desempleo, que en los jóvenes es demoledora, además de la precariedad y la temporalidad.

R. El nuevo horizonte laboral del que le hablo puede ser una gran oportunidad, incluso para España que es una de las economías menos intangibles de Europa. Pero parece que en España hemos renunciado al pleno empleo. Se habla de reducir el paro, pero nadie habla del pleno empleo… Eso requiere políticas más amplias, fundamentalmente un plan de formación nacional a niveles que no hemos tenido. También necesitamos desarrollar un mercado financiero que apoye esa economía intangible, el valor de las ideas, que no tienen fácil obtener un préstamo o una ayuda. Esa es la gran revolución silenciosa que se ha producido en la economía global. Piense una cosa: hace cuarenta años el valor de mercado de las empresas más grandes del mundo estaba reflejado en activos tangibles, edificios, medios de transportes, activos financieros… Hoy es justo lo contrario, en empresas como Amazon o Pfizer, el valor de mercado es intangible en un 90%; a veces ni siquiera figura en el balance de las empresas porque lo que los mercados atribuyen como valor es el modelo de negocio.

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Foto: I. B.

P. ¿La oportunidad de ese cambio está en los 140.000 millones de fondos europeos que llegarán a España o se están planteando mal?

R. Sin duda, pueden ser una gran oportunidad, pero no todo se reduce a esos fondos. De todas formas, conviene matizar mucho una idea equivocada que existe en España, como si se pensara que Europa nos regala todo ese dinero. No es así, porque lo pagamos todos los europeos, y, además, es un mal mensaje. Si pensamos que las cosas no tienen coste, será muy difícil que construyamos una sociedad que confíe en que el sistema es capaz de resolver los problemas que tiene. Esto es fundamental: el factor más importante que marca en la actualidad el progreso de los países es la confianza en el sistema. Esa es la clave del crecimiento de los países nórdicos y asiáticos; en España hemos perdido la confianza en el sistema y un 80% de los españoles no confía en la política. Eso es un problema muy serio.

Foto: La vicepresidenta económica, Nadia Calviño. (Efe/Daniel Pérez)

P. ¿Esa falta de confianza es la que provoca el debilitamiento de las democracias, como alertan muchos politólogos, y el aumento de los populismos?

R. Hace unos años pensábamos que la democracia está garantizada, y ahora vemos que no es así. Hay que pelearla a diario y defenderla a diario. La calidad de nuestra democracia va a depender de nuestro capital social. El populismo es uno de los factores que debilita ese capital social porque se basa en la fragmentación, en la división, en la confrontación, no en la búsqueda de un consenso y de objetivos comunes. Esto está ocurriendo en España, y en algún otro país, es un peligro grande y tiene un coste en la calidad en la democracia y en las posibilidades de progreso.

P. Vale, pues bajemos a la práctica. Usted, que es del Partido Popular, ¿ve a Vox como un partido populista de extrema derecha? ¿Su partido tiene un discurso acomplejado ante Vox, debería poner una línea roja para no pactar como en otros países?

R. La respuesta es sí a la primera pregunta y, en cuanto al PP, es verdad que no siempre ha sido lo claro y rotundo que debería. Pero bueno, hay que aprender de estas situaciones y reafirmarte en tu proyecto sin preocuparte lo que hagan los demás. En la última década, el PP se ha movido más en la corrección política y ha sido menos claro en la defensa de sus principios y valores. A partir de ahí, la línea roja tiene que trazarse en aquello que no es compatible con tu proyecto. Ahora, lo que tenemos que hacer todos los militantes es apoyar y ayudar.

Foto: El líder del Partido Popular, Pablo Casado. (EFE)

P. He leído que la Fundación Propósito, que usted preside, es la alternativa, como 'laboratorio de ideas', que se ha puesto en marcha en el PP de Pablo Casado frente a la FAES, la fundación que controla José María Aznar.

R. A ver, la Fundación Propósito es una iniciativa independiente, de la sociedad civil, que no aspira a ocupar ningún espacio ni a sustituir el papel de nadie en España ni, por supuesto, en ningún partido político. Lo que queremos es aportar respuestas liberales a los desafíos de la sociedad. Queremos hacer esa pequeña aportación, contribuir a que se recupere la confianza en la política y, sobre todo, acercar a los más jóvenes.

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Foto: I. B.

P. Como ideólogo, ¿qué cree usted que le falta a Pablo Casado para consolidarse como líder político en el PP?

R. Yo creo que está consolidado como líder. Las tensiones internas se dan en todos los partidos políticos pero el equipo que hoy dirige el Partido Popular necesita el respaldo y el apoyo de todos. Las organizaciones funcionan cuando hay un propósito y un proyecto compartido. Si no es así, fracasan.

P. ¿La Fundación Propósito es su puerta de regreso a la política activa en España o esa puerta está cerrada?

R. Esa puerta está absolutamente cerrada. Esta Fundación, que además aspira a tener una agenda internacional, unida a mi nueva dedicación en el despacho de abogados británico 'Mishcon de Reya', que me ilusiona muchísimo, provoca que todo eso, obviamente, no sea compatible con la política.

Quienes le hayan perdido de vista en todos estos años, descubrirán ahora a Juan Costa como recién salido del túnel del tiempo, la cabeza encanecida y un look más informal. La imagen de él que tenemos asociada en la mente es la que un tipo estilizado, repeinado, "pijín, guapete y ligoncete", puede leerse en algún perfil de los años en los que ascendió al segundo Gobierno de José María Aznar, al principio de este siglo. Desde antes, cuando solo tenía 28 años, ya ocupaba un escaño de diputado y se había rodeado de una apreciada fama de profesional solvente, resolutivo y brillante. Acreditó su reputación en la Agencia Tributaria, que modernizó, y aunque figuraba como ministro en todas las quinielas no lo fue hasta el final del mandato de Aznar, durante nueve meses, al frente de la cartera de Ciencia y Tecnología.

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