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Gente de orden: lo que las élites catalanas explican de las españolas
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LA DECADENCIA DE UNA CLASE SOCIAL

Gente de orden: lo que las élites catalanas explican de las españolas

La transformación entre las clases altas de Cataluña fue significativa en los años del independentismo. Pero los procesos son generales, y no afectan únicamente en Barcelona. Hay marejada de fondo

Foto: La aventura independentista tuvo mucho que ver con la deriva de las élites. (Reuters/Albert Gea)
La aventura independentista tuvo mucho que ver con la deriva de las élites. (Reuters/Albert Gea)
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Cristian Segura acaba de publicar en castellano ‘Gente de orden: la derrota de una élite’ (Ed. Galaxia Gutenberg), un texto que llevaba tiempo en el mercado en su edición catalana. Es un interesante retrato de las clases altas de Cataluña, de su evolución, de sus formas de pensar y de la transformación de sus costumbres que ha sido bien acogido, incluso por esas mismas élites. Es un libro con pasajes duros, pero en el que reina un aire amable. No en vano, es un retrato escrito por uno de los suyos, por lo que es inevitable que cierto cariño se deje traslucir.

Es también un libro que puede ser malinterpretado desde el resto de España, en especial si es leído desde la consideración de la decadencia de esas élites como ajena, como propia de un territorio en retroceso a causa de las tentaciones independentistas. Por más que el extenso anecdotario refleje una realidad local y concreta, los procesos de los que habla son comunes a las élites. Desde luego, es plenamente aplicable a las españolas.

El 'pal de paller'

Segura explica que, según le describió su padre, “la zona alta de Barcelona está habitada por dos especies de la misma familia animal: los pijoprogres y los pijolocos”. Los primeros son “personas de familia bien que no asimilan del todo su condición social y sienten la necesidad de aparentar solidaridad con los menos afortunados. Pero resalto que solo es una apariencia, un divertimento que les hace sentirse mejor”. Los segundos “han asimilado muy bien que son unos privilegiados; viven la vida de forma disoluta, sin que les importe nada más que su felicidad”.

"Frenamos el desenfreno del pijoloco, cuyo ideal es un capitalismo cuanto menos democrático, mejor, y que le permita hacer lo que quiera"

Junto con estas dos facciones, existía una tercera, aquella que mantenía el edificio en pie, la que fijaba el lugar de orden. El autor, tomando prestada una expresión paterna, habla de ‘pal de paller’, la especie que impedía que “los pijoprogres abrieran la puerta a la extrema izquierda y se proclamara una república soviética. Pero también hemos frenado el desenfreno del pijoloco, cuyo ideal político es un sistema capitalista cuanto menos democrático, mejor, y que le permita hacer lo que le venga en gana”. El ‘pal de paller’ era el que aportaba el sentido común, el que no se exponía en los medios de comunicación ni ansiaba el poder. Era el que decía en los viejos tiempos ‘no nos metamos en política’, el que no creía en ideologías, el que era poco dado a excesos y a la ostentación. Era el que tenía como objetivo hacer dinero, y que, por tanto, tenía claro que no era conveniente hacerse daño entre ellos.

Sin punto de equilibrio

De los pijoprogres tenemos muchas noticias, están plenamente integrados en la sociedad, y muchos de ellos se han vuelto más progres cuando han perdido posición social. Viven bien, conocen las costumbres y los hábitos, no desentonan en las reuniones de la élite, pero su nivel económico es menor, aunque suficiente, y su influencia social mucho menos relevante. Los pijolocos, sin embargo, se convirtieron en mucho más relevantes: son los que han venido a ocupar el lugar dominante que tuvo el ‘pal de paller’. Esa desaparición del punto de equilibrio es, por cierto, algo muy lamentado por parte de la élite española, y es la que provoca que existan tantas invocaciones desatendidas a que los grandes partidos nacionales lleguen a consensos en asuntos de Estado.

"¡Bah! Si no fuera por mis maridos no habría ni inscrito a mis hijos en el registro, esas cosas son un aburrimiento"

La figura que el autor denomina pijoloco ha tenido una evolución más complicada, no porque conforme íntegramente una clase “despreocupada, amoral y falta de conciencia”, que en algunos casos es obvio (uno de los entrevistados lo subraya: “Como dice mi padre, mientras no sea para Hitler, podemos seguir trabajando”), o porque haga exhibición del hedonismo (“A mí me encanta el lujo, claro, y soy una gastona, pero se ríen porque dejo el bolso tirado en cualquier obra, y llevo la Visa Oro dentro. ¡Bah! Si no fuera por mis maridos no habría ni inscrito a mis hijos en el registro, esas cosas son un aburrimiento”), sino porque la mentalidad de que el poder y el dinero no admiten barreras se ha extendido entre ella.

En el terreno económico, queda expresado de esta manera: “El futuro del capitalismo es el anarcocapitalismo. El problema de la economía es que es necesario más capitalismo. Todos los problemas vienen por una falta de capitalismo. Por ello es necesario un capitalismo más denso, más profundo, sin resquicios para el intervencionismo desmotivador y paralizante, un capitalismo en toda su amplitud; eso es la libertad económica en su máximo nivel sin limitaciones e intervenciones. Es el anarcocapitalismo, o cualquier otro nombre que se quiera inventar. En definitiva, la libertad económica pura y simple”. No es raro reconocer aquí muchas propuestas políticas y económicas de los últimos años. Por ejemplo, la que difunde Díaz Ayuso.

La pérdida del territorio

Lo que subraya esta visión va más allá de una proclama ideológica, y la evolución de las élites catalanas es significativa al respecto. La clave de su mutación está en haber abandonado el anclaje territorial: pensaron que el mundo era un lugar muy grande y, dado que eran gente preparada e innovadora, sus posibilidades de triunfo en el extranjero eran enormes: el mundo los estaba esperando. Eso fue lo que les permitió acoger la causa independentista sin reparos. Ya que en la era global el mercado era gigantesco, los vínculos cercanos resultaban poco relevantes frente a un escenario de enormes posibilidades. Segura lo describe así: “Hay más pruebas de la realidad paralela a la que se dejaron arrastrar estas élites. De la producción catalana, aproximadamente un 60% se vende en el extranjero y un 40% en España. He perdido la cuenta de las veces que he oído a másteres de Esade y directivos de empresas convertidos a la causa independentista argumentando que la economía catalana dependía de las exportaciones y que perder el porcentaje de ventas en España no sería ningún drama, todo lo contrario, nos haría más fuertes porque no dependeríamos tanto de un solo mercado. En mi caso, si de la noche a la mañana perdiera un 40% de mis ingresos, el problema sería mayúsculo”.

Después llegó la realidad y, más allá de España, comenzaron a darse cuenta de que el mundo global no era muy afectuoso con ellos

Ese era el proyecto. Creyeron en el globalismo y en su papel relevante dentro de él, y la aventura independentista les permitía soltar amarras y liberar las energías, dicho en términos de Macron. Después llegó la realidad y, más allá de España, comenzaron a darse cuenta de que ese mundo global no era tan afectuoso con ellos como esperaban, y que hacía falta mucho más que una gran autoestima para triunfar en él. Ahora ha llegado el momento de la marcha atrás. Una cita de Andreu Missé recogida en el libro lo subraya: “Hasta hace cuatro días, el empresario catalán, también el nacionalista, quería mejorar España porque era la forma de proyectarse. Ahora hay un nuevo empresariado que creía que ya no necesitaba a España, y ha visto que probablemente esto era erróneo”.

El problema de las élites españolas

Sin embargo, esta perspectiva equivocada no es únicamente un problema catalán, alcanza a toda España. Las élites nacionales pensaban exactamente igual que las barcelonesas: había llegado un instante en que podían liberarse del territorio, que podían emprender grandes aventuras internacionales, que tenían toda clase de proyección. Había que desplegarse fuera y si se perdía espacio dentro tampoco era tan relevante. Los consultores internacionales y la nueva ideología de los negocios les convencieron de la bondad de los nuevos tiempos. A algunos empresarios les salió bien, pero no a la mayoría. Al no contar con el anclaje nacional, perdieron mucho poder, y el resultado no ha sido nada satisfactorio en su conjunto. Las empresas que han conseguido tener dimensión internacional real están en manos de accionistas extranjeros, y sus CEO son más empleados que propietarios. Las de menor tamaño suelen ser adquiridas, y la nueva ocupación de las élites, la que tiene recorrido, ya no es crear empresas, sino convertirse en mediadoras del capital extranjero. Salvo unas cuantas 'startups', que han de buscar capital fuera de España.

En otro episodio de la aniquilación industrial catalana, Freixenet fue absorbida en 2018 por un grupo alemán. El amo está en Wiesbaden

En resumen, no se puede obviar que la dinámica es general; no se puede reducir esta historia a un error catalán. Porque, ¿a cuántas empresas españolas les ha pasado lo mismo que a Freixenet? “En un nuevo episodio de la aniquilación industrial catalana, Freixenet fue absorbida en 2018 por un grupo alemán, Henkell. Freixenet tuvo tiempo de dar trabajo durante más de un siglo a muchas personas —y lo sigue haciendo, pero ahora con el amo en Wiesbaden: a agricultores, a personal de la casa, a comerciales, a cadenas de distribución, a transportistas y también a Leopoldo Pomés, uno de los últimos herederos de la llamada 'gauche divine”.

De modo que ha llegado la conciencia, y antes a Cataluña que al resto de España, de que alejarse del territorio quizá no haya sido tan buena idea . Y esto tiene consecuencias obvias en la ideología, más allá de la lucha cotidiana y a menudo lamentable entre partidos políticos. Los pijoprogres, por seguir con los términos propuestos por Cristian Segura, continúan pensando en términos globales, mientras que los pijolocos están dando marcha atrás.

El nuevo eje del orden

Esta tensión entre las distintas élites explica, y más en España, dada la ausencia de un partido sistémico claramente dominante en el Congreso, que las visiones ideológicas se hayan dividido en dos: las progresistas, que tratan de mitigar los efectos de una globalización sin control y de un capitalismo desregulado que genera profundas disfunciones internas, y de ampliar las opciones culturales, y las conservadoras, que están acogiendo cada vez más el regreso al territorio como una opción que les favorece, lo que explica el crecimiento de nuevas derechas nacionalistas en Europa.

Ya que la política ofrece a las élites más problemas que soluciones, encuentran cada vez más atractiva la idea de regímenes fuertes

Pero hay algo especialmente significativo en este cambio, como es la mutación que se está operando en el nuevo papel del eje de orden, el del ‘pal de paller’. Ante la ausencia de un anclaje, y ya que tienen la sensación de que la política les ofrece más problemas que soluciones, encuentran cada vez más atractiva la idea de regímenes fuertes. Un ejemplo aparece en el libro de Segura: “Castelló me hacía razonamientos de derechas sin ningún tipo de complejo. Me detallaba, por ejemplo, qué podíamos aprender de un modelo autoritario como el chino: Estuve en enero de 2020 en China visitando la planta de un fabricante de microscopios, soy su distribuidor en España. Era una fábrica de trescientos empleados, inaugurada en 2016. El director general me comentó que iban a construir una fábrica nueva, en cuatro años se había quedado pequeña. Ante mi pregunta de cómo era posible, me comentó que no era ningún problema. Acudió al Gobierno regional solicitando ayudas para construir una nueva fábrica, presentando su histórico y el proyecto de generar más puestos de trabajo y aumentar las exportaciones en un sector de alto valor añadido. El Gobierno le facilitó el terreno y la financiación. Los gobiernos que dedican esfuerzos a potenciar iniciativas empresariales sólidas generan puestos de trabajo, riqueza y mejoran el nivel de vida de la población y la competitividad del país. Para repartir riqueza, primero hay que generarla”.

Esta necesidad de regímenes fuertes se nota también en algunos apoyos entre las élites a las derechas nacionalistas occidentales, pero quizá la tendencia más significativa sea el deseo de un Draghi para España: ya que la política nacional no puede ponerse de acuerdo ni realizar las acciones necesarias, la posibilidad de que un tecnócrata se ponga al frente del Gobierno, y otorgue la solidez y unidad necesarias para el país, está cada vez más presente en la mentalidad de las élites. Ninguna de las opciones, ni la de los hombres fuertes estilo Trump, ni la china ni la de los tecnócratas, es democrática, y conviene recordarlo. La idea de que la democracia no es pragmática está arraigando entre las élites y eso suele ser señal de cambios, y poco positivos.

Cristian Segura acaba de publicar en castellano ‘Gente de orden: la derrota de una élite’ (Ed. Galaxia Gutenberg), un texto que llevaba tiempo en el mercado en su edición catalana. Es un interesante retrato de las clases altas de Cataluña, de su evolución, de sus formas de pensar y de la transformación de sus costumbres que ha sido bien acogido, incluso por esas mismas élites. Es un libro con pasajes duros, pero en el que reina un aire amable. No en vano, es un retrato escrito por uno de los suyos, por lo que es inevitable que cierto cariño se deje traslucir.

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