Los dos partidos que dominarán 2022 (impulsados por la crisis de la izquierda)
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Los dos partidos que dominarán 2022 (impulsados por la crisis de la izquierda)

La socialdemocracia ha regresado: diferentes éxitos electorales en Europa lo demuestran. Sin embargo, esta efervescencia deja muchos interrogantes abiertos respecto de su influencia social y del papel que jugará

Foto: Imagen: EC Diseño.
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Hay un Gobierno socialista en España y otro en Portugal; en Alemania, el principal país europeo, los socialdemócratas gobiernan con los verdes, otro partido de izquierda, y con los liberales; en el norte de Europa, por primera vez en 62 años, los cinco países nórdicos (Suecia, Dinamarca, Finlandia, Islandia y Noruega) están gobernados por el centro izquierda. Biden es el presidente de EEUU. Incluso Latinoamérica parece estar girando hacia los socialdemócratas, tras el triunfo de Boric. Parece un buen momento para una opción política que parecía en repliegue y que, sin embargo, está emergiendo con fuerza.

En estas circunstancias, hablar de crisis de la socialdemocracia suena bastante extraño. Quizá sería más apropiado señalar que son las fuerzas políticas situadas a su izquierda las que viven un mal momento, ya que están perdiendo peso electoral en toda Europa, y cada vez tienen menos influencia social. Y, cuando la poseen, es en sentido negativo: enervan lo suficiente a los votantes como para llevarlos hacia la derecha. Sin embargo, este reparto tampoco es del todo exacto, la pérdida de relevancia de la izquierda en general, también de la socialdemócrata, quizá sea más acuciante de lo que se aprecia a simple vista.

Foto: Cientos de personas rechazan el cierre de Nissan. (EFE/Alejandro García) Opinión

Por una parte, el crecimiento de las derechas populistas europeas está impregnando el debate político en diferentes sentidos, y el primero como efecto desplazamiento: el centroderecha y las derechas europeas están girando hacia el extremo, y asumen ya de manera clara los postulados de los nuevos actores políticos para evitar la pérdida de simpatizantes y de votos. Pero también parte de la izquierda ha virado hacia estos mismos terrenos. Es el caso del norte europeo, donde los partidos de izquierda en el Gobierno han asumido los postulados sobre inmigración y seguridad que colocaron las derechas en el debate, así como sus ideas nacionalistas. Son ejemplares en ese aspecto las declaraciones de la primera ministra sueca en las que aseguraba que era la más frugal de los frugales, lo que equivale a afirmar que antes que socialdemócrata es neoliberal y sueca.

En segundo lugar, la batalla cultural, dada la insistencia de la izquierda en colocar el acento político en la igualdad de género, la revolución verde o la dignificación de las minorías, está generando una reacción hostil en la que las derechas no salen perjudicadas. A la sensación de abandono que posee parte de su electorado tradicional, se unen el rechazo que suscitan los excesos en el lenguaje activista y la creencia en que los cambios verdes que se exigen los acabará pagando el ciudadano común. Ese triple ‘backlash’ es una de las claves en las que se apoyan las derechas populistas y las extremas derechas para crecer.

Son mucho más una fuerza de contención que una opción política con un plan claro. A ese repliegue debe buena parte de su éxito electoral

Y, en tercer lugar, existe una sensación insistente de que, allí donde las socialdemocracias gobiernan, generan expectativas en su propio electorado que se ven defraudadas. Es el caso de Biden, cuya acción es mucho menos contundente de lo que había anunciado, lo que provoca que su aprecio social haya disminuido rápidamente, y su valoración como líder esté en mínimos. Pero no es únicamente Biden: muchas de las grandes medidas que la socialdemocracia había anunciado, como el impuesto a los más ricos, fracasan una y otra vez cuando llegan a la orilla. Se llega al Gobierno con un programa que después se rebaja permanentemente. Si fueran casos ocasionales, tendrían importancia solo para sus protagonistas, pero, al ser frecuentes, se convierten en una suerte de lluvia fina que termina calando. Y eso provoca cambios importantes. Recordemos la secuencia que nos ofrece la presidencia estadounidense: Bush, Clinton, Bush Jr., Obama, Trump, Biden. Cada presidente de derechas ha sido mucho más atrevido que el anterior, mientras que los progresistas han decepcionado a los suyos; será interesante adivinar lo que vendrá después de Biden si las cosas siguen por este camino.

Los tres factores señalan que, a pesar de que los partidos socialdemócratas regresan como fuerza de gobierno, su momento social no es el mejor. Son mucho más una fuerza de contención que una opción política con un plan claro. Paradójicamente, ocupar ese espacio de defensa y repliegue les aporta éxitos electorales.

La izquierda se vuelve conservadora

En este cambio, hay un punto central, obvio y apenas subrayado: las formaciones progresistas se han convertido en conservadoras. Sus dos grandes apuestas son la lucha contra el cambio climático y la oposición al ascenso de la extrema derecha; cualquier transformación económica (desde una mayor inversión estatal hasta el cambio de las reglas fiscales en la UE) la liga a la necesidad de hacer frente a la descarbonización; cualquier decisión política la vincula a la urgencia de frenar a nuevas derechas. Son, por tanto, fuerzas mucho más reactivas que propositivas. Y la conservación está en su centro: hay que preservar el planeta del gran riesgo que supone el deterioro climático; hay que resguardar la democracia frente a quienes la están debilitando y, en el futuro cercano, acabarán con ella. Para ser sinceros, la izquierda lleva siendo conservadora mucho tiempo, porque su gran programa económico ha sido el de mantener el estado del bienestar y, conforme avanzaban los años, ya se trataba únicamente de conservar la sanidad y la educación públicas. No han tenido mucha suerte con eso, porque tanto una como otra están deterioradas, porque el estado del bienestar es cada vez más débil y porque las fórmulas de gestión que se han introducido y las reformas que se están realizando lo minan lenta e incesantemente, pero esa realidad tampoco parece perturbar mucho. Sin embargo, es raro perder ideológicamente con tanta frecuencia y seguir sin introducir cambios.

placeholder De izquierda a derecha, Pedro Sánchez, Nadia Calviño y Yolanda Díaz. (EFE)
De izquierda a derecha, Pedro Sánchez, Nadia Calviño y Yolanda Díaz. (EFE)

El efecto central de esta conversión en fuerza conservadora es que otras han ocupado su espacio. Las ideas de izquierda ejercieron durante décadas, ya lejanas, un papel de vanguardia. Es decir, conformaban una avanzadilla que se adentraba en terrenos que el resto de la sociedad transitaba tiempo después. Eran el foco de influencia que, poco a poco, atraía a las prácticas políticas y culturales, de forma que sus planteamientos terminaban siendo asumidos (íntegramente o, más a menudo, en parte) por la mayoría social. Esos tiempos se han esfumado, la izquierda ha dejado de ser la vanguardia de Occidente y otras fuerzas han ocupado su lugar. Hace muchos años ya que, en lo económico, el liberalismo ocupó el espacio central y la vieja socialdemocracia se convirtió en irrelevante. En lo político, como estamos viendo en toda Europa y en EEUU, las nuevas derechas están consiguiendo que muchos de sus postulados sean asumidos, poco a poco, también por los socialdemócratas (como en el norte), mientras que el resto de la izquierda las combate, pero cada vez con menos apoyo social.

Un faro social

Para ser estrictos, hay un terreno en el que la izquierda sí ha ejercido de faro social en los últimos años, y tiene que ver con un giro más ligado con la necesidad que con su historia ideológica. Desde el triunfo de Thatcher y Reagan, el mundo occidental se hizo liberal y los programas socialdemócratas fueron recortándose. La Tercera Vía de Blair fue un hito en ese camino, ya que conformó un intento de congeniar neoliberalismo y protección social que obtuvo un notable éxito electoral, lo que supuso que muchos partidos de su entorno adoptasen su perspectiva. En la medida en que, con el paso del tiempo, viró más hacia el neoliberalismo que hacia la protección del estado del bienestar, también se diluyó como propuesta ganadora. Había que hacer otra cosa, y la opción se encontró en las costumbres culturales. La apuesta por una sociedad más feminista, más integradora con la inmigración, más favorable a los derechos LGTBI y más dialogante en lugar de impositiva ganó mucho peso. En España, el Gobierno de Zapatero representó claramente esa opción. En la década pasada, la izquierda apostó claramente por profundizar en ese camino, y no le fue mal del todo. Pero ese impulso se ha agotado ya. La reacción de la derecha contra esa visión de la sociedad es clara, y además con cierto apoyo. En todo caso, en ese terreno, la sociedad está lo suficientemente polarizada como constatar que las propuestas de la izquierda ya no son el centro de un sentido común compartido.

En Europa hay una pelea ideológica entre dos clases de tecnócratas, pero sin que ninguno de ellos presente un programa transformador

Llegados a este punto, hacían falta nuevas líneas ideológicas, y la izquierda las encontró en la transformación digital, la transición ecológica, la igualdad real entre hombres y mujeres y el aumento del salario mínimo. En ese momento estamos, pero eso no deja de ser una propuesta adaptativa, conservadora, que ya no ejerce de vanguardia. ¿Es posible que la izquierda de los próximos años vaya más allá y emerja nuevamente como fuerza de progreso? ¿Puede instigar cambios en la sociedad que vayan en la línea de la construcción del futuro? Quizá, pero de momento no es así.

Los dos grandes partidos europeos

En realidad, hay dos partidos europeos efectivos y dos líneas de acción. La primera, que podríamos situar en la derecha, aboga por regresar lo antes posible a la contención del déficit, a la disminución del gasto público, a la reconstrucción europea a partir del adelgazamiento presupuestario, las reformas y la adecuación de las normas laborales a una imprescindible flexibilidad y de las pensiones a una impostergable reducción. La otra, que podría denominarse de izquierdas, aboga por la regulación digital, el aumento del salario mínimo, la inevitable reforma de las reglas fiscales de la UE, la reiteración del plan de recuperación pospandémico para hacer frente a los nuevos retos, con los eurobonos de fondo, y por dar más pasos hacia la autonomía estratégica europea. Ahí se va a jugar el futuro político, y estos son los dos grandes programas ideológicos: la socialdemocracia y la izquierda españolas están de parte de los segundos.

Foto: El presidente francés, Emmanuel Macron, junto al primer ministro italiano, Mario Draghi. (Reuters/Gonzalo Fuentes)

Lo llamativo es que la segunda opción es la que defiende Macron, por la que apuesta Draghi, y la que cuenta con cierto respaldo de Lagarde. Por así decir, por una parte, tenemos la visión del norte de Europa, y, por otra, la del sur; por una parte, estaría la postura defendida por la Comisión y, por la otra, la que instigan personas salidas del BCE. En resumen, se trata de una pelea ideológica entre dos clases de tecnócratas, pero dista mucho de ser un programa realmente transformador. Cada uno de ellos señala cómo hacer frente a la crisis, también en términos territoriales, y cómo solucionar los problemas europeos, pero en términos únicamente posibilistas. No son cuestiones menores, ni mucho menos, y, dependiendo del camino que se tome, el futuro español será muy diferente, pero no dejan de ser enfoques limitados a la hora de solucionar grandes problemas. Por fuera de esos dos partidos, solo quedarán la derecha populista y la extrema derecha.

Un programa tecnócrata para el futuro

Un escenario de cambios geopolíticos notables, de importantes desafíos económicos y con las clases medias y las trabajadoras empobrecidas, supone un caldo de cultivo muy favorable a la izquierda, al menos desde la teoría. Sin embargo, la socialdemocracia europea está encerrada en el marco de acción que le ofrecen Draghi y Macron, y la izquierda más allá de ella carece de un proyecto de futuro que enganche con fuerzas sociales. En ese campo existen ideas, unas estrambóticas, otras muy interesantes, pero siempre minoritarias, porque no cuentan con el apoyo necesario entre la ciudadanía que las pueda convertir en efectivas, y tampoco poseen la legitimidad intelectual que permitiría que penetrasen en el 'establishment'. El progresivo alejamiento de la izquierda de las clases que han perdido con la globalización provoca que no sea ni foco de referencia ideológico, ni un motor social. En ese escenario, las derechas populistas se están erigiendo como fuerzas rupturistas, las socialdemócratas se vinculan a la ortodoxia europea y el resto de la izquierda carece de fuerza.

placeholder El primer ministro italiano, Mario Draghi. (EFE)
El primer ministro italiano, Mario Draghi. (EFE)

Sin ese impulso, sin un proyecto claro de sociedad en lo económico, y sin constituirse en fuerza de vanguardia, la izquierda pierde peso, no porque los partidos de la socialdemocracia no puedan seguir gobernando, sino porque las políticas que siguen cuando llegan al poder son simplemente posibilistas. Se han convertido en partidos que se acercan más a unas opciones tecnocráticas u otras, pero que no pueden mover la historia hacia otro lugar. Se manejan en el terreno de la resistencia contra la gran amenaza, la llegada de la extrema derecha, y añaden algunos elementos, como la digitalización y la lucha contra el cambio climático, para dar la sensación de que están pensando en el futuro. Pero eso no es un programa, es hacer de la necesidad virtud. La izquierda, para volver a jugar un papel de progreso, necesita otro camino.

Hay un Gobierno socialista en España y otro en Portugal; en Alemania, el principal país europeo, los socialdemócratas gobiernan con los verdes, otro partido de izquierda, y con los liberales; en el norte de Europa, por primera vez en 62 años, los cinco países nórdicos (Suecia, Dinamarca, Finlandia, Islandia y Noruega) están gobernados por el centro izquierda. Biden es el presidente de EEUU. Incluso Latinoamérica parece estar girando hacia los socialdemócratas, tras el triunfo de Boric. Parece un buen momento para una opción política que parecía en repliegue y que, sin embargo, está emergiendo con fuerza.

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