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Rosa Llorente: "La escuela no puede remar sola ni puede solventar todos los problemas"
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Rosa Llorente: "La escuela no puede remar sola ni puede solventar todos los problemas"

Esta licenciada en Ciencias de la Educación y posgrado en Orientación Educativa y Profesional es directora de un centro que protagoniza el documental 'Las clases' que narra la vida en las aulas en la era post-confinamiento

Foto: Entrevista a Rosa Llorente. (Rocío Gallego)
Entrevista a Rosa Llorente. (Rocío Gallego)

Rosa Llorente (Palencia, 1963) es de esas personas a las que no les sirve un no por respuesta. Tampoco las excusas ni eso de "uff, imposible". Si no fuera así, esta licenciada en Ciencias de la Educación y posgrado en Orientación Educativa y Profesional habría tirado la toalla nada más llegar al Colegio Ramiro Solans de Zaragoza, al que llegó hace veinte años como orientadora escolar y que se enfrentaba a tasas de absentismo del 40%, enormes problemas de convivencia y un 95% de abandono escolar. Hoy es directora de ese colegio, un centro que protagoniza el documental 'Las clases', promovido por la Fundación Cotec y que narra la vida en las aulas durante el primer trimestre del curso posterior al confinamiento. Hora y media de metraje que se proyectará en la Sala Azcona de la Cineteca del Matadero de Madrid durante los próximos 1, 2 y 3 de diciembre y que Cotec plantea llevar a otras ciudades de España y a través de plataformas digitales.

Recuerda como el panorama al llegar era desolador. Pero implicaron a los alumnos y a las familias de uno de los barrios más humildes de la capital aragonesa. Les abrieron los ojos a otras realidades y les cambiaron las expectativas. "En 2004 los alumnos nos decían que de mayores querían ser chatarreros y vivir de ayudas sociales porque era lo que habían visto en casa", explica. Hoy quieren ser maestros, policías, médicos o ingenieros.

Pero también los padres y las madres de esos niños han cambiado porque les hacen partícipes de lo que se hace en el centro. Por ejemplo, talleres de costura, clases de alfabetización y de español. Y charlas en las que se habla de temas como la igualdad. "Hay mujeres de etnia gitana que reconocen que están cambiando, aunque aún les queda mucho camino por recorrer. Las árabes dicen que hay cosas de su cultura que no les gustan, pero que les resulta muy difícil cambiar", cuenta. Eso constata, dice, la fuerza que puede tener la escuela a la hora de cambiar creencias y remover los cimientos de las casas. "Tenemos papás árabes que reclaman esas reuniones porque les parecen interesantes. Eso significa que estamos llegando", afirma.

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Foto: Rocío Gallego.

PREGUNTA. Vayamos al principio, si le parece. ¿Quién es Rosa Llorente y qué hizo antes de llegar al colegio Ramiro Solans?

RESPUESTA. Mi vida profesional comienza hace 34 cursos escolares. Soy maestra de educación primaria y mi experiencia inicial fue en centros de primaria, pero con la titulación de psicopedagogía pasé a formar parte de un grupo experimental como orientadora de centro. Durante 15 años ejercí como orientadora en otro centro hasta que llegué al Ramiro Solans, que pasaba por un momento muy crítico.

P. Traduzca eso de momento crítico, por favor.

R. Tenía graves problemas de convivencia, de absentismo, la escuela y las familias caminaban en direcciones opuestas y había un fracaso escolar del 95%. Dejó de ser el centro público del barrio que escolarizaba a un barrio obrero y se transformó en un gueto. El alumnado se marchó por la llegada masiva de población de etnia gitana.

Cuando llegué me junté con un grupo de docentes que queríamos cambiar esa realidad porque no nos gustaba, pero había otros cuantos que lo único que querían era poner piedras en ese camino. Durante dos cursos fue muy complejo, porque a esa vulnerabilidad del alumnado se unía la resistencia al cambio de esos profesores. Los claustros eran muy difíciles, repletos de tensión y frustración. Hubo un momento en el que sentía que no era mi lugar, fue la primera vez en mi vida profesional que no iba a trabajar a gusto. Pero seguimos adelante y pusimos en común cosas que podían tener impacto en el alumnado. En mi caso, la educación emocional.

P. ¿Qué argumentaban los resistentes al cambio? ¿Y cómo reciben las familias eso de que sus hijos van a aprender educación emocional?

R. La resistencia de los docentes se basaba en que tenían instalada una cultura de la queja y pensaban que era imposible que los alumnos tuvieran éxito educativo a todos los niveles. Lo consideraban una pérdida de tiempo porque creían imposible cambiar la mentalidad de estas personas. Nos consideraban unas ilusas y pensaban que nos íbamos a estampar, por eso se acabaron marchando en cuanto tuvieron oportunidad. Pero nosotros queríamos soñar en grande y pensábamos que los alumnos y las familias se merecían la mejor educación posible y una escuela que respondiese a sus necesidades. Nunca pensamos en mínimos, sino en máximos.

En cuanto a las familias, es que no sabían lo que se hacía en el centro. Hablamos de gente con un nivel formativo bajísimo, con analfabetismo, personas a las que nadie había implicado en el colegio. Nuestro primer proyecto en el curso 2004/5 se llamó 'Entre todos', porque queríamos que las familias fueran parte activa de la educación de sus hijos. Hasta entonces no se preocupaban, porque para ellos la escuela era un sitio al que estaban obligados a llevar a sus hijos para recibir una serie de ayudas sociales.

"Un grupo de madres nos pidió clases de costura, y vimos que ese tiempo se convirtió en una necesidad para ellas"

P. Hay una parte en el documental en el que se respira la resignación. Una abuela diciéndole a su hija que en su época las niñas ayudaban a las madres y que, pase lo que pase con su nieta, siempre habrá ricos y pobres…

R. En ese caso concreto hablamos de familias de etnia gitana que viven en un entorno muy cerrado, que se relacionan entre ellas y a las que les faltan modelos de otras maneras de vivir. Por eso siempre quisimos abrirles ventanas al mundo. A veces basta con hacer una pregunta, como ¿qué quieres ser de mayor? Porque en 2004 te contestaban que recoger chatarra y vivir de ayudas sociales porque era lo que había en su entorno. Teníamos que elevar las expectativas de toda la familia, ese era nuestro reto, darles otras oportunidades sin que eso les haga ser infieles a su cultura. Pero la sociedad avanza, y ellos también deben hacerlo.

Nos vino muy bien que a los cuatro años de arrancar este proyecto, empezó a escolarizarse población migrante. Déjame decirte, porque esto quiero dejarlo muy claro, que están muy preocupados por la educación de sus hijos e hijas. Tienen muy claro que han llegado a España para mejorar su vida, y quieren la mejor escuela posible. Esta semana teníamos una entrevista con una mamá que nos decía: "Quiero que mi hijo viva en España porque aquí la vida es más fácil, y que tenga las oportunidades que yo no he tenido". Este cambio hizo que las familias de etnia gitana vieran otras realidades diferentes, porque hasta el momento muchas se anclaban en el: "Somos así".

Afortunadamente, ese inmovilismo ahora no existe. Lo notamos hasta en el lenguaje con el que se comunican. Han aprendido a creer en sus posibilidades, que la educación rompe brechas de exclusión social, que sus hijos tienen que incorporarse al mundo laboral y no quieren vivir de ayudas sociales. Ese cambio de mentalidad se ha producido desde la escuela, porque es el motor más importante de cambio social.

P. ¿Qué quieren ser ahora de mayores?

R. Se plantean ser maestros, médicos, policías, ingenieros… Introdujimos la asignatura de Robótica y Scracht (programación) dentro de horario lectivo para ofrecer cosas que fuera del colegio no tienen. Desde hace seis cursos, a raíz de una colaboración con Ayuda en Acción, reciben esas clases desde los dos años hasta sexto de primaria.

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Foto: Rocío Gallego.

P. En el documental también se dice que educar es tomar partido.

R. Lo comparto totalmente, porque tienes que comprometerte con la realidad de familias en contextos de vulnerabilidad. No me sirven las quejas, las excusas, decir que eso no es posible.

P. Me gustaría que hablara del trabajo que hacen con las familias.

R. Su participación ha sido fundamental en todo este proceso, y eso que al principio cometimos un error. Cuando empezamos a intentar que vinieran al colegio, diseñamos qué cosas les podrían interesar. Organizamos unas charlas que no funcionaban, no venía nadie. Así que les preguntamos qué esperaban, qué necesitaban de nosotros. Un grupo de madres nos pidió clases de costura, y vimos que ese tiempo se convirtió en una necesidad para ellas. En un primer momento les servía para confeccionar sus propias prendas, arreglar un pantalón, preparar unas cortinas para casa… pero con el tiempo les ayudó a cambiar su mentalidad. Se añadieron clases de alfabetización y cultura general, y con la llegada de la población migrante incorporamos clases de español.

Es curioso, porque ese taller de costura se ha convertido en un proyecto de innovación social que hoy incorpora a 40 madres de etnia gitana y cultura árabe. Para ellas es una segunda familia, un espacio en el que se entrelazan culturas diferentes y que no fue fácil al principio. Eran mujeres invisibles en su entorno que ahora son referentes para su familia, para la comunidad educativa, para el barrio y para la ciudad. Participan en un proyecto de aprendizaje en la Escuela Superior de Diseño de Aragón, y en la Semana de la Moda de Aragón, donde han presentado su propia marca, 'Hilvana'. Se están incorporando muy poco a poco en el mercado laboral, pero generan pequeños ingresos que les mejoran la economía familiar. Es muy importante tejer alianzas porque la administración nos dota a todos de los mismos recursos, solos no podemos llegar a muchos sitios.

"Hay dos tipos distintos de escuelas: las que legitiman las desigualdades y las que generan un cambio social"

P. Además de la dotación presupuestaria pública y el acuerdo con Ayuda en Acción, ¿cómo consiguen el apoyo de otras instituciones?

R. Abriendo las puertas del centro para que vean lo que hacemos. Trabajamos mucho con el barrio. A través del Plan Integral del barrio Oliver nos han diseñado y dotado del mobiliario de Infantil a coste cero. Y nos presentamos a todo tipo de iniciativas. Cuando había presupuestos participativos en Zaragoza presentamos un proyecto de radio, que en el documental juega un papel fundamental, porque queríamos trabajar las habilidades comunicativas del alumnado. Obtuvimos 1.800 euros y con ese dinero compramos el equipo técnico y a través de la Escuela de Diseño Zaragoza Verde nos diseñaron el mobiliario, el vinilo…

P. Vamos, pura economía circular.

R. Sin duda. Y mucho voluntariado. Hemos llegado a tener hasta 40 personas que nos ayudan a formar al profesorado y a las familias. Nos preocupa mucho cuidar, tener hacia los alumnos y su entorno una mirada que empatiza, que no juzga y que les dignifica, pero que también hace cosas para cambiar sus vidas.

P. El colegio que usted dirige es un modelo de éxito, pero no sé hasta qué punto es algo replicable.

R. Creo que cada centro debe tener un proyecto personal que identifique su ideario y se pueda llevar a la práctica, y tener como referencia experiencias de otros sitios que te hayan gustado. Nosotros hacemos mucha formación a otros centros educativos, y siempre les decimos lo mismo. Que les contamos las estrategias que nos han funcionado, pero no quiere decir que les valgan en su realidad. En definitiva, se trata de que la escuela no deje a nadie atrás.

"La escuela no puede remar sola ni puede solventar todos los problemas"

P. ¿El sistema educativo camina hacia la igualdad o la desigualdad?

R. Creo que se están generando muchas desigualdades. La escolarización es obligatoria pero no me sirve, porque no es garantía de éxito ni de inclusión. Como dice Francisco Javier Murillo, el director de la Cátedra de Justicia Social de la Universidad Autónoma de Madrid, hay dos tipos de escuelas: las que legitiman las desigualdades y las que generan un cambio social. Así quiero que sea nuestro centro y que nuestros alumnos sean agentes de ese cambio.

P. Últimamente parece que muchos se ponen de acuerdo en las entrevistas en que la solución a todos nuestros problemas recae en la educación…

R. Esa es otra, sí.

P. A todos nos importa, queda bien en las respuestas, pero me pregunto si al final hacemos algo al respecto…

R. Exactamente, es que la escuela no puede remar sola ni puede solventar todos los problemas. La escuela contribuye y tiene un papel muy importante pero necesita de políticas públicas que la acompañen. La pandemia ha puesto de manifiesto que, cuando trabajamos juntas las instituciones, el impacto es mayor. Lo mismo pasa en los colegios.

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