Hasta a Merkel le sorprende: por qué tantos españoles aún llevan mascarilla en la calle
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UNA CUESTIÓN 'META'

Hasta a Merkel le sorprende: por qué tantos españoles aún llevan mascarilla en la calle

Tres meses después de la posibilidad de retirarse la mascarilla si la distancia está garantizada, muchos aún deciden llevarla puesta. ¿Por qué?

Foto: Una mujer con mascarilla, en mitad de una aglomeración. (Reuters)
Una mujer con mascarilla, en mitad de una aglomeración. (Reuters)

Hasta Angela Merkel está sorprendida, como contó el presidente Pedro Sánchez hace algo más de una semana. “Hoy, la canciller se sorprendía del uso de la mascarilla en España”, desvelaba en su entrevista en 'Al Rojo Vivo' el pasado día 14. “Y yo le decía que precisamente el uso de la mascarilla en España no es obligatorio fuera de los edificios o de nuestros hogares, y sin embargo la gente la sigue llevando”.

Entonces el presidente soltaba la hipótesis: “La siguen llevando porque tienen la conciencia de que el virus todavía sigue entre nosotros, de que evidentemente estamos ya superando esta pandemia gracias a la ciencia, pero que no podemos bajar la guardia”. No sabemos qué le respondió Merkel, pero es posible que la respuesta no le convenciese demasiado. ¿Implica eso que en Alemania no hay conciencia de que el coronavirus aún está presente? ¿De que han bajado la guardia?

"En Dinamarca no llevaba nadie mascarilla y aquí, todo el mundo"

Hay un elefante en la habitación o, mejor dicho, en las calles. Desde que el 26 de junio comenzase a ser posible quitarse la mascarilla en los lugares donde se pueda garantizar la distancia de seguridad, no tanta gente se ha animado a hacerlo. Al principio, pensábamos que sería cuestión de tiempo, pero no ha sido así. Paradójicamente, España es el país de más de 20 millones de habitantes con un mayor porcentaje de la población vacunada (en Europa, solo lo supera Portugal). Y sin embargo basta con cruzar la frontera del Pirineo para percatarse de que en Francia, con un porcentaje mucho menor, este instrumento está menos extendido. Francia aflojó apenas unos días antes.

Uno de los sorprendidos es el físico Alejandro Cencerrado, que algunos recordarán como el hombre que medía su felicidad a diario. El ‘senior data analyst’ en el Happiness Research Institute llegó a España desde Dinamarca justo después de la retirada de la mascarilla y le impactó la cantidad de gente que aún la usaba. “El cambio fue radical, cuando llegamos no había prácticamente ninguna medida en Dinamarca, y al llegar aquí nos sorprendió que, sobre todo por la calle, todo el mundo la llevaba”. Allí, la mascarilla en lugares abiertos nunca llegó a ser obligatoria.

Es una impresión subjetiva, que varía según el lugar (más mascarilla en zonas urbanas que rurales, pero también más en las zonas que han sido más azotadas por la pandemia que en las que menos) y que parecen corroborar los datos. Aunque se ha relajado el seguimiento de la mayoría de las medidas de seguridad, especialmente las relacionadas con la recuperación de la vida social, las personas que afirman llevar mascarilla al aire libre apenas han bajado del 3,92 al 3,53 desde el mes de julio. No ha habido un 'adiós a la mascarilla'. Quizá porque tampoco ha habido un ‘freedom day’ como el que Boris Johnson se inventó en Reino Unido.

Es un tema que levanta pasiones, como compruebo al preguntar por las razones en redes sociales y recibo más de 100 respuestas, algunas de ellas molestas por mentar la cuestión. En muchos casos, se trata de una mera cuestión práctica: la llevamos porque estamos acostumbrados a ella y, total, como en los lugares cerrados también es obligatoria, resulta más fácil dejársela puesta que quitársela y ponérsela.

Que siga siendo obligatoria en lugares cerrados es una razón para seguir usándola

Una cuestión a la que alude el sociólogo Rafael Serrano del Rosal, director del ISEA-CSIC: “Como la tengo que llevar conmigo de todas formas, no me supone un plus de esfuerzo llevarla puesta”, explica. Que siga siendo obligatoria en lugares cerrados supone una barrera mental que hace que aún no nos hayamos desprendido por completo de ella.

El sociólogo ha comprobado a lo largo del último año y medio, como resume irónicamente, que “los españoles somos muy cumplidores y muy criticones”. Es decir, hemos sido uno de los países que han seguido más a pies juntillas las medidas pero también nos hemos preocupado más por lo que hacían los demás.

Un yin y yang positivo (lo de cumplidores) y negativo (criticones) que confluye en la permanencia de la mascarilla en nuestras vidas. Al cóctel hay que añadirle un poco de miedo y autoprotección: una de las respuestas más habituales es “porque me siento protegido”.

Allá donde fueres...

Escena número 1. Estoy en mitad del parque y veo a una pareja de ancianos sentada en un banco con las mascarillas puestas. Nadie los rodea, así que estoy tentado en preguntarles por qué lo hacen. Pero a medida que me acerco me doy cuenta de que he descubierto algo más importante: ¿a mí qué me importa lo que hagan o lo que dejen de hacer, cuando el gran descubrimiento es que por el camino yo mismo me he puesto la mascarilla?

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Foto: Reuters.

Hoy, el componente social y psicológico en el uso de la mascarilla ha superado al individual y sanitario. Un buen ejemplo es lo que cuenta Cencerrado, que ahora sí la lleva en las calles españolas. Considera que hay más razones para hacerlo aquí que en los países nórdicos: “Aquí no podemos utilizar la bici, por ejemplo, y te montas en cualquier transporte público y todo está lleno de gente, no es lo mismo. Aquí los bares están muy llenos y, además, hablamos muy alto”. En Dinamarca, por ejemplo, es impensable que nadie coja comida del plato del centro, como solemos hacer en España. Todo suma.

El razonamiento de Cencerrado es revelador, ya que muestra el carácter de círculo vicioso que tiene la utilización de la mascarilla. El propio analista señala que en España ha percibido una mayor presión social social que en Dinamarca. “Allí siempre ha habido una cultura de responsabilidad, por lo que no le tienes que decir a la gente lo que tiene que hacer, como en EEUU”, valora. "Llevabas mascarilla por responsabilidad, no tanto por presión social".

"Llevas a cualquiera a un país sin mascarillas y no dura ni dos horas"

Este fenómeno que se autorretroalimenta también lo percibe la profesora de sociología en la UNED y colaboradora de Funcas María Miyar, que recuerda que “tira mucho el mimetismo”. Y cita el proceso totalmente opuesto al que ha seguido Cencerrado: “A cualquier persona que lleve siempre la mascarilla a todas horas la plantas en un país sin mascarillas y no dura dos horas sin quitársela”. Hay una cierta cortesía en el uso de la mascarilla, que hace que gente que no la usaría en situaciones neutrales la utilice por solidaridad, respeto o, simplemente, para que los que le rodean (especialmente si son ancianos) se sientan más tranquilos.

Esto nos conduce a otro factor clave que puede diferenciar España de otros países: la culpa, que ha sido central en el tratamiento informativo de la pandemia. “Al final, todos los argumentos ejemplarizantes, sobre la responsabilidad, la educación… remiten a la culpabilización de la sociedad en lugar de la educación sobre las formas de contagio. Que los argumentos no hagan alusión a eso es muy sintomático de que no ha habido didáctica”, recuerda Miyar. "La mascarilla es un buen ejemplo de cómo la opinión grupal determina en buena medida la opinión individual".

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Foto: EFE.

Durante meses, los telediarios contaban con su ración diaria de irresponsables que no utilizaban la mascarilla o la empleaban mal. Esto ha generado una vinculación entre el uso de la misma y la responsabilidad personal que resulta difícil de deshacer. Muchos perfiles de redes sociales aún conservan el 'lleva una mascarilla' en su firma. “El verano se criminalizó a los jóvenes y yo decía, aunque a algunos les molestaba, que no es que los jóvenes tuviesen una pauta muy rara de comportamiento, sino simplemente que no están vacunados, y es lo que ha mostrado la realidad. Había muchas ganas de buscar un culpable”, añade Serrano.

La salud ya no es lo primero

Escena 2. Glorieta de Embajadores. Un hombre con mascarilla camina por la calle. De repente, se quita la mascarilla y escupe en la acera. Se vuelve a poner la mascarilla.

“Porque da calorcito”. “Por si me cruzo con un irresponsable”. “Porque todas las personas mayores la llevan”. “Si alguien la lleva, inconscientemente me la pongo”. “A veces se me olvida”. “Me siento seguro”. “Para que no piensan que soy negacionista”. Miyar llama la atención sobre algo que tienen en común todas las respuestas, y es que ya no hay ninguna referencia a su utilidad (o no), a las evidencias y razonamientos científicos, sino a “factores emocionales y sociales”.

"La incertidumbre no ha desaparecido y la mascarilla proporciona seguridad"

En definitiva, las mascarillas han pasado a ser una cuestión de seguridad psicológica y de autoimagen social, relacionadas no tanto con el convencimiento de su utilidad hacia nuestra propia salud como con la imagen que proyectamos hacia los demás. Hemos llegado a un punto muerto en el que las personas que se la han quitado ya no dan argumentos a los que la siguen llevando para que se la retiren, y estos tampoco intentan hacer lo propio aludiendo a los contagios. No hay discusión sanitaria.

“Las razones son siempre diversas, pero la principal es que la incertidumbre sobre la pandemia no ha desaparecido y eso hace que durante algún tiempo la mascarilla siga siendo una garantía (más o menos real o ilusoria) de protección, puesto que nadie (ni la ciencia, y menos los políticos) puede garantizar la ausencia de peligro”, añade José Ramón Ubieto, psicoanalista y profesor colaborador de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UNED. Un equivalente pandémico a la 'manta de seguridad' de Linus, el bebé amigo de Snoopy en ‘Peanuts’.

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Foto: Reuters.

Ello provoca que la mayoría de reacciones sean 'meta', es decir, ya no aluden tanto a un motivo primario (me protejo, te protejo) como a los discursos sociales sobre ellos. Que los demás se sientan cómodos, que no piensen que soy un irresponsable, que no me consideren negacionista, etc. Un ejemplo muy claro es el del miedo a los antivacunas aunque, como recuerda Serrano, que los ha estudiado, son un caso residual en España. “No ha habido un movimiento antivacunas real, pero sí impacta en la seguridad psicológica”.

Bajo esta tensión late una paradoja que desliza otro sociólogo que prefiere no ser citado. Al mismo tiempo, se dan una actitud de cumplimiento con la norma y una gran desconfianza hacia las instituciones. Por una parte, se ha interiorizado tanto el mensaje de las mascarillas que resulta difícil salir de ahí. Pero, al mismo tiempo, hay una parte de desconfianza, especialmente entre las personas más críticas con el Gobierno: "Aunque me digan que todo va bien, no me fío y sigo con protección".

¿Hasta cuándo?

Escena 3. Llevo notando desde hace meses cómo las personas que piden en el metro con la mascarilla bien puesta tienen muchas más posibilidades de recibir limosna que las que van con la nariz por fuera. Hoy, la situación ha tomado tintes un poco violentos cuando un mendigo con la boca destapada se ha acercado a una mujer de pie en el vagón, que le ha empujado y se ha marchado por el vagón. Nadie ha dado ni medio euro.

"Si se retirasen en las calles, los lugares cerrados irían después"

Durante los últimos días, parece haber incluso más mascarillas que en verano, me sugieren. Algunas respuestas lo confirman. La temporada de gripe ha llegado y, con ella, las mascarillas. “Desde el punto de vista de la salud pública, se ha hecho muy bien”, recuerda Serrano. “Tendemos a criticar, pero las medidas han sido más o menos efectivas. Ahora que llega la campaña de gripe, la gente se autoprotege un poco más porque ha visto que la consecuencia es positiva”. Como ocurrió con los países que sufrieron la epidemia de SARS, somos más prevenidos. Y eso probablemente se va a quedar.

La gran pregunta es si en algún momento la gente que sigue con mascarilla, especialmente ancianos, se la quitará, o si se quedará para siempre entre nosotros. Para Serrano, depende de varios factores. El primero, y más obvio, es la evolución de la incidencia. Lógicamente, a medida que esta descendía, más gente se animaba a deshacerse del tapabocas. “Si llegase a aumentar, el efecto se prolongaría más tiempo”. El segundo, y quizá menos evidente, es cuánto tiempo tardaremos en quitárnosla en los lugares cerrados. La desaparición en los entornos cerrados, especialmente en los laborales, se reflejaría casi inmediatamente en las calles.

Foto: Ilustración: Irene de Pablo.

Algo semejante valora Ubieto, que vuelve a referirse una vez más a la presión de grupo, solo que en el sentido opuesto. “A medida que las cifras bajen o se estabilicen, la gente irá progresivamente quitándosela y se producirá el efecto decantamiento: cuando haya más que se la quitan que los que la llevan, estos últimos se verán obligados a explicar por qué no se la quitan y eso los empujará a hacerlo”, valora. Como el internet de Enjuto Mojamuto, como vinieron, se irán.

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