La izquierda jacobina reclama voz en el debate sobre España y los nacionalismos
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MATERIALISMO VS. POSMATERIALISMO

La izquierda jacobina reclama voz en el debate sobre España y los nacionalismos

El monocultivo catalán y la dependencia del PSOE de fuerzas nacionalistas alimenta el nacimiento de corrientes de izquierda que abogan por la recentralización y la crítica a las políticas de identidad

placeholder Foto: Guillermo del Valle, fundador de 'El Jacobino'. (RTVE)
Guillermo del Valle, fundador de 'El Jacobino'. (RTVE)

Hay un consenso general en que Vox, que lleva en su programa la reforma de la Constitución para la supresión de las autonomías, ha crecido en gran parte como consecuencia del conflicto soberanista. El nacionalismo español ha perdido todos los complejos frente al secesionismo catalán, en un choque identitario en el que ambas partes buscan sobreponerse, una para marcharse y otra para borrar la diferencia.

Pero la inercia hacia posiciones recentralizadoras en el modelo de Estado como reacción a la presión del independentismo en Cataluña no es patrimonio exclusivo de la derecha española. En los últimos años, una corriente de articulistas, profesionales o políticos que se autodefinen como de izquierdas, antineoliberales e, incluso, cercanos al marxismo, viene defendiendo un discurso en favor de un país unitario, el rechazo a los nacionalismos periféricos y, en algunos casos, hasta la ilegalización de los partidos separatistas por considerarlos contrarios a los principios clásicos de igualdad entre ciudadanos.

El debate se enmarca en un conflicto más amplio ente materialismo y posmodernidad, propio de sociedades avanzadas, como si fueran incompatibles. Es habitual encontrar en redes sociales una dialéctica constante entre la defensa de derechos civiles o identitarios frente a la dinámica entre clases sociales por la que abogan el socialismo o comunismo tradicional.

Foto: Marine Le Pen entrará en España por la izquierda, dicen. (Benoit Tessier/Reuters) Opinión

Izquierda españolista y verdadera para algunos, 'rojipardos' y con cierto aroma joseantoniano para sus críticos, la versión más radical de estas posiciones neoestatalistas y anticapitalistas, que se autodefinen de izquierda patriótica, la representan movimientos como el Frente Obrero y su versión orgánica de la Reconstrucción Comunista, que lidera Roberto Vaquero, con posiciones contrarias al movimiento feminista o la Ley Trans.

La ventana más moderada es la que el pasado mes de junio se presentó en Madrid en la sede de la Fundación Sindical Ateneo 1º de Mayo bajo la fórmula de una plataforma denominada El Jacobino, que ha contado con el respaldo de algunas figuras históricas de la izquierda española como el economista Juan Francisco Martín Seco o el exdiputado de Izquierda Unida y uno de los fundadores de Podemos, Manolo Monereo, ahora alejado de los morados. También el filósofo Pedro Insua, con un marcado discurso antisoberanista y antiautonomista, ha apoyado la iniciativa.

"Ha habido una expansión de causas identitarias. Esto no significa que no estén bien. Pero hay otras que están invisibilizadas. La sobrerrepresentación de determinadas causas ha bloqueado el conflicto capital-trabajo, que sigue existiendo", señala Guillermo del Valle, abogado de Madrid y director de El Jacobino. Esta entidad nació como canal de reflexión de YouTube y aspira ahora a convertirse en un 'think tank' que se define como "socialista, republicano y antinacionalista" y que se muestra crítico tanto con el PSOE como con Podemos por su relación con los nacionalismos periféricos.

La irrupción de El Jacobino, más allá de la visión del modelo de Estado, coincide también con una reivindicación materialista de una parte de la juventud española. Frente a quienes ven en la emancipación cultural y política la solución a parte de sus problemas, hay una España, más anclada en el interior que en la periferia, que está reclamando otro tipo de debates: hipoteca, coche, formar una familia, capacidad para permanecer en el lugar de nacimiento de forma voluntaria sin el traslado forzoso a la gran urbe como única suministradora de oportunidades. Ese es el discurso que simbolizó la escritora Ana Iris Simón, autora de 'Feria', en la Moncloa, en un acto sobre reto demográfico en el marco del documento España 2050.

Foto: El ministro de Política Territorial, Miquel Iceta. (EFE) Opinión

El calor del debate está llevando incluso a referentes de estos grupos a coincidir con una parte del discurso de la derecha en materia lingüística o de identidad, cuestionando la pluralidad española como un factor de enriquecimiento cultural e infravalorando los idiomas cooficiales frente al castellano. Así se desprende al menos de reflexiones de Pedro Insua, como el tuit en el que deslizó que "si no se pudiera hablar en cualquiera de las lenguas regionales, no ocurriría absolutamente nada".

Del Valle matiza esta posición, que replica un complejo de superioridad que asegura combatir, pero critica que las lenguas cooficiales puedan servir de "barreras de entrada" para el mercado laboral en algunas comunidades y de que eso pueda considerarse "un aliado de la izquierda". "Creo en la diversidad cultural y la España plural, pero en igualdad de derechos. No me conformo con una integridad territorial en términos liberales y conservadores", dice el abogado.

En esa concepción de igualdad de derechos desde una perspectiva radical y materialista, El Jacobino entronca con la tradición revolucionaria francesa de considerar el Estado centralizado como garante de la redistribución de la riqueza. Así explica Del Valle la repulsión hacia el actual modelo descentralizado español, los movimientos nacionalistas o las voces que apuestan por ampliar la delegación de competencias con el fin de encajar mejor los conflictos territoriales. En realidad, es un juego de percepciones, porque autonomistas y federalistas consideran tan entroncada en el Estado una Administración autonómica como un ministerio. Para estos, es el mismo corpus.

"En términos socialistas, no entendemos en qué ayuda que la nación política implosione en 17 islas, con una dinámica insolidaria, competencia fiscal entre autonomías, o pactos fiscales para comunidades más ricas. Entiendo que eso lo defienda la derecha, pero no la izquierda", sostiene. La reflexión la extiende todavía más cuando entran en juego las posiciones soberanistas: "No entendemos la complicidad de la izquierda con planteamientos de privatización del territorio político. El derecho a decidir ha de ser de todos, no de unos pocos".

En esa lógica, Del Valle interpreta el recurso a los indultos como una medida de trato de favor apadrinada por las élites del país que ahonda en la desigualdad. "Siempre se invoca para una serie de personas que están en esferas de poder. No solo políticos, también la CEOE, el Círculo de Economía, la Conferencia Episcopal… Para conseguir un indulto en Vallecas nunca tienes respaldo ni apoyo político ni financiero. Es un trato de favor para determinadas personas, por delitos que no parecen menores, como el uso de fondos públicos y privatización del espacio político".

El promotor de El Jacobino, no obstante, cojea al elaborar una respuesta cuando se trata de encajar el modelo en eficacia en la gestión. Uno de los ejes del estado autonómico es el principio de subsidiariedad, es decir, el papel de las comunidades en la gestión de las jerarquías inferiores y cercanas al ciudadano para agilizar y hacer más eficiente la prestación de los servicios públicos. Es complicado que un funcionario de un ministerio en Madrid entienda cuáles son los problemas de un colegio o un centro de salud en Castellón o en Cádiz. Ese es en gran parte el sentido de la transferencia de competencias, en una filosofía extensible a la sanidad o la educación, pero también a la cultura o la política lingüística.

Sobre esto, Del Valle afirma que la ubicación física o geográfica del administrador "es lo de menos". "No se trata de gestionar desde Madrid. Me importa la solidaridad y la igualdad. Y ahora mismo no está garantizada desde el momento en que no hay una historia clínica centralizada", dice usando como ejemplo la sanidad.

Para sus críticos, discursos como el de Del Valle o el de Pedro Insua se homologan en gran parte con los argumentos del nacionalismo españolista que defiende la formación que lidera Santiago Abascal, de ahí el adjetivo de 'rojipardos'. El promotor de El Jacobino se defiende citando postulados de la ultraderecha que dice incompatibles con su ideario, como el "atlantismo militante y su apoyo a Donald Trump" o lo que denomina su "programa económico al servicio de las élites". "Vox no es fascista, es identitario y populista; ultraliberal en lo económico: quieren privatizar pensiones, liberalizar el suelo, cargarse impuestos progresivos… Es una vergüenza que tenga posibilidad de entrar en votantes de clase obrera cuando su programa es contrario". También marca una línea roja con la inmigración: "Nosotros no tenemos problemas con la inmigración. Tampoco es más español un católico que un musulmán. La españolidad no es cuestión de espíritu, sino de ciudadanía política".

Foto: El economista Juan Francisco Martín Seco. (EC)

Ante las dudas sobre el discurso territorial, la carta de naturaleza de izquierdas se la otorga a El Jacobino contar con el respaldo, con sus matices, de figuras como la de Monereo. Este histórico de Izquierda Unida fue elegido diputado de Podemos por Córdoba en 2016. Hay "una voz en España, de la que me siento parte, que es la voz de la izquierda patriótica y republicana. Tenemos una vocación socialista, en el sentido auténtico; queremos construir una alternativa al capitalismo", explica en conversación con El Confidencial.

El jurista y politólogo coincide en que el discurso 'progresista' se ha escindido entre una visión "posmaterial" y otra "más material o de clase". A la primera la ubica en las capas medias "más o menos cultas y el mundo de los asalariados del Estado", con cuestiones como el ecologismo o el feminismo. A la segunda la encaja "en la clase trabajadora pura y dura".

—¿Son incompatibles?

—Lo veo como una cuestión de hegemonía. Siempre me han parecido compatibles. Lo nuevo es que la izquierda identitaria no solamente defiende una perspectiva ecologista y feminista, sino que la defiende contra la clase trabajadora.

Monereo cree que este tipo de asuntos, defensa del Medio Ambiente o la Igualdad entre sexos, han de ser conceptos subordinados o integrados en la perspectiva socialista. "Aquellos que consideran que la relación capital-trabajo es secundaria, que deberíamos hacernos posmaterialistas y terminar en una agrupación verde, están en un grave error", dice.

¿Estado federal o unitario?

El exdiputado, que se considera admirador de las ideas desarrolladas por Julio Anguita, dice que en la cuestión de Cataluña es donde más coincide con "el grupo jacobino". Defiende "una izquierda contraria a los nacionalismos español y de periferias".

La discrepancia entre Monereo y Del Valle aparece, no obstante, a la hora de definir el modelo de Estado. Frente a la recentralización por la que aboga el segundo, que incluso se plantea recuperar la figura administrativa de las provincias frente a las autonomías, el primero apuesta por una república de corte federal.

"No comparto la recentralización", dice Monereo. "El título VIII de la Constitución ya no representa la realidad del país. No se abre la discusión porque no se quiere abrir el debate de la República. Hay que plantear una constituyente para redefinir los grandes programas del estado federal: qué competencias deben de quedar en manos del estado unitario, la federación, y qué se queda en las federaciones. Debe de haber una dialéctica de federación y federaciones".

Foto: Sánchez y Aragonès, llegando a la primera reunión de la mesa de diálogo. (EFE) Opinión

"El principio federal tiene lógica para reunir entidades políticas previamente generadas. Pero Carlos Marx, en sus textos sobre España, ya decía que no aplica el principio federal porque ya estaba constituida", responde del Valle.

Si esta corriente jacobina cristalizará en algún tipo de siglas o partido es lo que está por ver. La nueva política ya se ha cobrado bastantes víctimas y las formaciones tradicionales, a excepción de Izquierda Unida, diluida en Unidas Podemos, han demostrado más fortaleza de la que parecía cuando aparecieron los morados o Ciudadanos. Una de las claves de esa resiliencia está, precisamente, en la implantación territorial de socialistas y populares más allá de los centros de poder que se construyen de la M-40 hacia dentro.

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