El problema de España con sus ciudades pequeñas e intermedias: una solución vasca
  1. España
LA ESPIRAL DEL DECLIVE

El problema de España con sus ciudades pequeñas e intermedias: una solución vasca

La campaña madrileña ha generado mucha saturación en otras partes de España. Pero más allá del momento, hay cuestiones estructurales que nos someten a retos mayúsculos

Foto: Imagen: Pablo López Learte.
Imagen: Pablo López Learte.

“Ahora mismo, el reto es la supervivencia, ni más ni menos. La economía de la ciudad está paralizada y no se está haciendo nada. Se la está dejando morir”. Lo afirmaba un político de Ourense en 2018, en ese tiempo tan lejano en el que ni siquiera pensábamos en la posibilidad de una pandemia. Tres años después, las cicatrices son todavía mayores. Ciudades como León, Jaén, Albacete o tantas otras, además de sufrir los dolorosos estragos que ha causado el covid-19, han de afrontar las heridas económicas. Muchas ciudades españolas se han convertido en una desalentadora mezcla de pensionistas, funcionarios, subcontratados de empresas dependientes del dinero público, empleados del sector servicios y establecimientos cerrados. El turismo aparece como último recurso, y no son buenos tiempos para el turismo.

Salamanca es una de esas ciudades. De 2012 a 2018, vivió un pequeño auge en el empleo que le permitió compensar el número de salmantinos que se marchaban, pero en 2019 la tendencia cambió, y se ha intensificado con la pandemia. La pérdida de trabajos, el cierre de empresas y las escasas perspectivas han forzado a emigrar a muchos de sus habitantes, en especial a los jóvenes: la provincia contaba en 2008 con 113.087 residentes en la franja de edad entre 15 y 39 años; en la actualidad, son 79.456.

* Si no ves correctamente el módulo de suscripción, haz click aquí

El caso de Salamanca es significativo, en la medida en que conservaba alguna esperanza de que ese pequeño éxodo de las grandes capitales que se ha vivido en tiempos del covid le pudiera beneficiar. Provincias cercanas a Madrid, como Ávila, Toledo o Guadalajara, han ganado algo de población por ese motivo, pero Salamanca está demasiado alejada de Madrid. Esto es relevante, en la medida en que subraya los límites de la promesa del teletrabajo. El factor geográfico continúa siendo importante: aunque haya habitantes de la capital que hayan emigrado a poblaciones más pequeñas, siguen apreciando la cercanía física a la capital. Y la posibilidad de trabajar a distancia aparecía como una de las grandes bazas de eso que se ha dado en llamar la España vaciada. No parece una gran opción.

1. Las ciudades bonitas

La España vacía, un concepto que se sustituyó poco después por la España vaciada, evocaba aldeas en las laderas de las montañas, pequeños pueblos con escasos habitantes y paisajes idílicos. Contenía una carga notable de nostalgia, nacida del poder evocador de tiempos que sabíamos perdidos. Eran entornos en decadencia, que nos generaban cierto pesar, y a los que se miraba con resignación: los tiempos eran así. Se trazaron algunas iniciativas para repoblarlos, y se ofrecieron algunos ejemplos de emprendedores rurales exitosos, pero la sensación de que esa era una España en trance de desaparición latía incesantemente. Sin embargo, se trata de una percepción irreal, no porque no existan pueblos de esa clase, sino por el enfoque, entre el sentimentalismo y el absurdo, con que está siendo abordado el problema.

Las deslocalizaciones, la falta de estructura empresarial y la ausencia de planes han provocado que estas ciudades entren en declive

El punto nuclear de esta España vaciada son las ciudades intermedias y pequeñas (entre ellas, pero no solo, las capitales de provincia), cruciales para impulsar su zona de referencia y para fortalecer y dar recorrido a un país. Es en ellas donde más se ha dejado sentir, en sus aspectos más negativos, la nueva arquitectura de la globalización. La excepcionalidad de Madrid y los intentos secesionistas de Barcelona son consecuencia obvia de las nuevas posibilidades que abrió un entorno global: las urbes con más peso y más recursos emprendieron un alejamiento insistente de sus regiones y países con el propósito de conectarse con otras ciudades globales, y tejieron así una red que constituyó el centro del nuevo orden geográfico.

Foto: Foto: EFE.

Ese movimiento abrió brechas en todas partes: entre Nueva York y el interior de EEUU, entre Londres y el resto de Gran Bretaña, entre París y Francia, entre Milán y el sur de Italia, entre otros muchos ejemplos. En esa reconfiguración, muchas poblaciones que gozaron décadas atrás de un nivel aceptable de vida entraron en un significativo declive. Las deslocalizaciones hacia Asia, la concentración de la agricultura y la ganadería locales, la falta de estructura empresarial y la ausencia de planes de desarrollo nacional han generado muchos perdedores, y entre ellos figuran en un lugar destacado todas estas ciudades.

Para adaptarse, pusieron en marcha 'hubs' y festivales, y construyeron museos, palacios de congresos, nuevos estadios y obras emblemáticas

Ese declive ocurrió a pesar de todos los esfuerzos que realizaron para integrarse, que fueron muchos. Una visita de fin de semana a cualquiera de estas ciudades, desde Gijón hasta Vigo, desde León hasta Granada, desde Valencia hasta Teruel, sirve para constatar que son poblaciones transformadas en las que se pueden encontrar lugares acogedores, servicios que no desmerecen de los de las grandes urbes, centros urbanos preparados para el turismo, diferentes posibilidades de ocio. Tales cambios formaron parte de un intento de reconversión, de un deseo de adaptación a los tiempos, cuyo propósito era resultar atractivas para los visitantes y para futuros habitantes. Por eso pusieron en marcha 'hubs' tecnológicos, museos, “palacios de congresos, nuevos estadios, obras emblemáticas, con un Calatrava u otro arquitecto estrella en su núcleo urbano, y organizaron festivales de música de pop y rock”. Como señala Sergio Andrés en el reciente ‘La España en la que nunca pasa nada’ (Akal), “se interiorizó que no importaba el tamaño, que lo importante era la accesibilidad, la tranquilidad y la proximidad”. A pesar de todos esos esfuerzos, el declive no se ha detenido, y no hay señales de que vaya a hacerlo.

Foto: Imagen de la plaza Mayor de Zamora.

2. Cualquier cosa ayuda

El resultado era esperable, porque tales iniciativas eran parches, no soluciones. Consistían en una suerte de puesta al día, en una renovación estética, pero faltaban inversión, planes de desarrollo, ideas a medio plazo, capacidad de creación. Esa puesta en marcha de una nueva fachada urbana ofrecía a los habitantes de las ciudades la sensación de que se estaba haciendo algo moderno para revertir la tendencia, y aunque resultaba tranquilizadora, distaba mucho de ser suficiente. En buena medida, porque partía de un planteamiento erróneo: en lugar de trazar planes para construir ciudades fuertes, se diseñaron para convertir las ciudades en bellas y vibrantes, como si bastara con una bonita imagen para que la prosperidad regresase.

No suelen funcionar así las cosas: la gente se muda a lugares en los que hay empleo, no a los que les parecen más agradables

El problema con los fondos de recuperación, que podrían ser una solución para que por fin algo empezase a cambiar en España, es que esa mentalidad parcial e insuficiente no se ha abandonado. La idea de que con la llegada de la fibra óptica a los lugares más remotos se podrán revitalizar económicamente entornos deteriorados, o de que con el teletrabajo tanto las pequeñas ciudades como los núcleos rurales pueden recuperar población, es quedarse de nuevo en los parches. Creer que si se ofrecen lugares más amables, naturales y humanos para residir y trabajar, muchas personas cambiarán de residencia es creer que se participa en un concurso televisivo en el que se compite para ser elegido. No suelen funcionar así las cosas: la gente se muda a lugares en los que hay empleo, no a los que les parecen más agradables; es solo una pequeña minoría la que puede elegir su residencia. Esta fórmula es también propugnada para el conjunto de España: ya que habrá muchísimos europeos que quieran vivir en lugares cómodos, amables y con sol, una solución para nuestro país sería la de acoger a esos nómadas digitales. Cualquier cosa ayuda, pero lo que hace falta es algo muy diferente.

Foto: El tractorista Rodrigo Carrillo. (Ángel Villarino)

3. Habla Tomás Guitarte

En una sesión de control al Gobierno (de esas que pasan desapercibidas si no interviene Sánchez y se puede aprovechar para la bronca política habitual), Tomás Guitarte, diputado de Teruel Existe, planteó una pregunta muy pertinente. En la sesión, se abordaba el destino de los fondos de recuperación, y Guitarte expuso cuáles eran sus límites. Articular el reparto a partir de la presentación de proyectos significaba adoptar una perspectiva pasiva y escasamente útil para zonas como la suya. La mayoría de los proyectos que se habían desarrollado en Teruel contenía planteamientos interesantes, pero su alcance era muy limitado. En un entorno con muchísimos emprendedores, con empresas y puestos de trabajo, es bastante más fácil imaginar posibilidades de futuro que en aquellas regiones en las que falta vitalidad. Y este era el problema esencial: los territorios con músculo endeble no pueden plantear proyectos con la entidad precisa, porque carecen de la capacidad necesaria para dar vida a la zona. De donde no hay no se puede sacar, es preciso crear algo primero. Este era el centro de la petición de Guitarte.

Si la idea es potenciar lo que ya hay, el problema de muchas zonas españolas es que hay muy poco

Si una de las posibilidades de desarrollo de los territorios españoles ha sido la inversión para su adecentamiento estético, la otra, ahora que hay fondos, pasa por el impulso de lo existente en el ámbito de la digitalización y de la economía verde. Pero si la idea es potenciar lo que ya hay, el problema de muchas zonas es que hay muy poco. Lo que Guitarte afirmaba es que hacía falta un impulso exterior, fundamentalmente estatal, que permitiera que esas regiones arrancasen, ya que por sí mismas no podían hacerlo. La respuesta de la ministra tuvo un tono displicente, cuya traducción vino a ser algo como “no sé de qué me estás hablando”.

Foto: Manifestación para frenar la despoblación de la "España vaciada" en 2019. (EFE)

4. Los vascos y Biden

Existen diferentes posibilidades de acción que permitirían abandonar esos marcos parcialmente fallidos. Tenemos un ejemplo en el País Vasco, en la época de su desindustrialización, cuando se invirtieron cantidades importantes en generar atractivo para sus ciudades: el Guggenheim y el cambio de Bilbao son el mejor ejemplo. Pero los políticos vascos no estaban satisfechos con ese giro, porque convertirse en un destino turístico no encajaba ni con su idiosincrasia ni con sus aspiraciones: les había distinguido su configuración como zona industrial y querían seguir siéndolo. Con ese objetivo, crearon una red importante, impulsada por el Gobierno vasco y por una caja de ahorros, a través de los cuales readaptaron la industria que quedaba y crearon nuevas áreas de desarrollo. Gracias a ello, generaron puestos de trabajo decentemente retribuidos, conservaron un nivel de vida elevado en comparación con el resto de España y se dotaron de un recorrido del que carecieron otras zonas. Fueron una suerte de Corea del Sur española, pero no lo podrían haber logrado sin el impulso institucional.

Se trata de aprovechar las infraestructuras en términos de reindustrialización, de empleo, de aumento en el nivel de vida

Hay muchas iniciativas que podrían ponerse en marcha en España en este sentido, pero para lograrlas hay que pensar en otros términos. Sin ir más lejos, en los de Biden. Al margen del destino que finalmente tengan sus planes, están tejidos desde una perspectiva muy apropiada. El Estado toma las riendas, invierte, concede un propósito al dinero, le otorga una orientación productiva y pone en marcha una reconstrucción nacional que sitúa el acento en las zonas deterioradas, y específicamente en el interior de EEUU. Y no se trata únicamente de mejorar infraestructuras, o de crearlas, sino de que estas sean aprovechadas; también en términos de reindustrialización, de empleo, de aumento en el nivel de vida de sus ciudadanos, de recorrido futuro. EEUU necesita una acción de esta clase para asentar el país y para competir estratégicamente en el nuevo entorno geopolítico. Es una lógica que se ha olvidado estos años, pero que resulta indispensable en este escenario: hay que fortalecer el interior si se quiere competir en el exterior, y eso implica tanto activar el mercado interno como generar estabilidad a través del aumento en el nivel de vida. Y para eso, hay que crear empleos. Lo afirmó Biden ayer: “Cuando pienso en el cambio climático, pienso en el empleo. No hay ninguna razón por la que las turbinas eólicas se construyan en Pekín en lugar de en Pittsburgh. Ninguna”.

Foto: Montaje: EC

Este es el planteamiento correcto, con todo lo que ello implica. De poco sirve invertir en digitalización y en economía verde si no se generan empleos y vitalidad económica a medio y largo plazo. Es una mirada que sería especialmente útil para España y que concedería una posibilidad real a buena parte de los territorios nacionales, esos que ahora perciben que su declive no parece tener fin.

5. La lectura política

La vertiente política de este deterioro no es soslayable, porque tendrá su importancia. De momento, las ciudades pequeñas e intermedias se caracterizan por su conservadurismo. No porque voten a partidos conservadores, sino por el humor que circula en ellas: suelen ser localidades resignadas, donde las estridencias no reinan, en las que sus habitantes han tratado de encontrar una salida individual, en general marchándose de allí. Han actuado de forma adaptativa a los cambios, siguiendo las tendencias dominantes, copiando las ideas que estaban en boga, precisamente porque carecen de iniciativa rupturista.

Esa tranquilidad política puede acabarse pronto: son territorios sometidos a presión y acabarán liberándola por algún sitio

En lo político, hasta ahora, estos territorios se han caracterizado por su fidelidad en el voto (casi siempre suelen ganar los mismos partidos, sean de izquierda o de derecha) y por su escasa afición a las opciones diferentes. Es normal, teniendo en cuenta que son poblaciones con muchos jubilados y con bastante empleo público, sectores poco favorables tradicionalmente a las grandes transformaciones, y con unas élites locales imbricadas con el poder político.

Foto: Nancy Mamani, junto a dos de sus hijas, en su nueva vivienda en Muñotello, Ávila. (David Brunat)

Sin embargo, esa tranquilidad política puede acabarse pronto si no perciben un giro que les brinde alguna esperanza para el futuro. Se trata de territorios sometidos a presión, y acabarán liberándola por algún sitio. Teruel Existe es una de esas posibilidades, un partido centrado en lo pragmático, en conseguir algo tangible para la provincia, y están surgiendo otros semejantes, que quizá puedan concurrir conjuntamente a las próximas elecciones generales. Sería normal, toda vez que esa demanda de visibilidad y apoyo es común a muchas otras zonas. La otra posibilidad que se percibe es la vinculación con los populismos de derechas: Reino Unido, Francia o EEUU son una muestra evidente de cómo las poblaciones de las ciudades interiores, que se han visto olvidadas, han acabado por constituir una fuerza política ineludible, que ha propugnado un nacionalismo fuerte que les hiciera sentir tenidos en cuenta. En todo caso, y más allá de la dirección que tome, es evidente que vamos a vivir tensiones en los próximos años en esos territorios. La activación política de la España vacía puede ser una de las novedades si hay alguna fuerza que sepa cómo movilizarla y dirigirla. A España, las tendencias internacionales llegan demasiado pronto o demasiado tarde, pero acaban llegando.

6. España como ciudad intermedia

De fondo, sin embargo, está el elemento simbólico, con todo lo que nos dice acerca de la realidad nacional, e incluso de la europea. No hemos reparado en lo mucho que se parece esta España interior a España en sí misma. Somos una suerte de ciudad intermedia en el entorno global: cada vez somos más un país de jubilados, del que los jóvenes emigran, en el que los trabajos provienen del funcionariado, de los servicios, del pequeño comercio y del turismo. La actividad industrial está escasamente presente, tanto en sectores tradicionales como en los innovadores, y es un diseño productivo que nos aboca a los mismos males que aquejan a las ciudades pequeñas e intermedias: un laberinto de deuda, desempleo, inversión escasa y dependencia del sector servicios.

Nos jugamos mucho en esta época: el mismo lugar que Gijón ocupa en España, España puede ocuparlo pronto respecto de Europa

De ese callejón no se sale haciendo reformas que conviertan esos problemas en más acuciantes, sino adoptando otras fórmulas, planificando para lograr una España más cohesiva, teniendo la iniciativa suficiente como para crear allí donde no hay e impulsando aquello que podría crecer. Pero eso requiere otra perspectiva, una que tenga visión de Estado en la mente, que sepa cómo conectarse a Europa de otra manera (y no simplemente como su balneario o su lugar de fiesta estival), y que sepa potenciar todo lo que tenemos, que no es poco. El giro europeo digital y verde puede ser una oportunidad para ir cerrando la brecha entre Madrid, Barcelona, País Vasco y la España perdedora, pero también para abrirla todavía más. Y sería un error, porque solo un país que crece en conjunto tiene posibilidad de jugar en el tablero global. Nos jugamos mucho en esta época. El mismo lugar que Gijón ocupa en España, España puede ocuparlo pronto respecto de Europa: población envejecida, muchos pensionistas, escasa actividad, emigración de los jóvenes, poca esperanza de futuro.

Sector servicios Teruel Salamanca Teruel Existe León Toledo Milán Valencia Sector terciario Corea del Sur
El redactor recomienda