Del consenso de entrada al conflicto de salida: los 442 días de Iglesias en el Gobierno
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REMODELACIÓN DEL EJECUTIVO

Del consenso de entrada al conflicto de salida: los 442 días de Iglesias en el Gobierno

Desde los inicios de "máxima coordinación y unidad" entre los socios se han ido quemando fases hasta normalizar el conflicto. Hoy se abre otro ciclo con la salida del líder de Podemos

placeholder Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (c), junto a los vicepresidentes Carmen Calvo (i) y Pablo Iglesias. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (c), junto a los vicepresidentes Carmen Calvo (i) y Pablo Iglesias. (EFE)

El Gobierno entre socialistas y morados echó a andar bajo la máxima de "dos partidos, un Gobierno", con la vocación de priorizar el consenso en el Consejo de Ministros a las diferencias ideológicas propias de cada organización.

Sobre la base de las desconfianzas mutuas y el reto de desarrollar una cultura de coalición inédita desde la vuelta de la democracia, se intentó alejar el fantasma del conflicto mediante unos férreos protocolos de funcionamiento, en los que se pactaron hasta los desacuerdos, un definido programa de Gobierno para la legislatura y mecanismos informales para consensuar las líneas políticas, estratégicas y comunicativas del día a día —los denominados maitines—. De aquel consenso inicial, se han ido quemando fases hasta normalizar el conflicto. Este martes se inaugura, además, un nuevo ciclo en el Gobierno provocado por la salida del vicepresidente segundo, Pablo Iglesias, tras 442 días en el cargo.

Prólogo

Las férreas reglas de convivencia de las que se dotó la coalición se reforzaron con mecanismos informales para prevenir posibles conflictos. No solo maitines con la participación extensible a las direcciones de los grupos parlamentarios, sino también los periódicos almuerzos de trabajo entre Sánchez e Iglesias y la línea de comunicación permanente entre el jefe del gabinete del presidente, Iván Redondo, y el director de Estrategia y Comunicación de Iglesias, Juanma del Olmo.

Un diseño que respondía al hecho de entrar en el territorio inexplorado de las coaliciones en el Gobierno del Estado, pero también a cómo había sido su prólogo. Y es que el fracaso de las negociaciones para formar Gobierno tras las elecciones de abril de 2019 derivaron en una repetición electoral, y Pedro Sánchez incluyó en su campaña el rechazo a incorporar a Iglesias en el Gobierno porque "no podría dormir tranquilo".

Foto: Pablo Iglesias (2d) conversa con Yolanda Díaz (2i). (EFE)

"Dos partidos, un Gobierno"

Los dos primeros meses del Gobierno de coalición supusieron un oasis en las relaciones entre los socios. Consenso y acuerdo. Y mucho diálogo entre las partes. Estaba reciente la firma de los protocolos de coordinación, que comprometían tanto la acción de los grupos parlamentarios como de los miembros del Gobierno. "El Gobierno progresista de coalición entre PSOE y Unidas Podemos se regirá por los principios de lealtad, cooperación, corresponsabilidad y estabilidad, actuando en todo momento con diálogo, consenso, negociación y buena fe para implementar eficazmente el programa conjunto de Gobierno progresista", rezaba su primer punto. "Los miembros del Gobierno de coalición se comprometerán a la máxima discreción en relación con las negociaciones y acuerdos que se produzcan en el seno del Gobierno y, de manera singular, en la Mesa Permanente y en la Comisión de Seguimiento Parlamentaria".

Sánchez sentó a Iglesias y a su equipo en las reuniones de maitines dos semanas después de su entrada en el Gobierno para engrasar la relación con sus socios. Reuniones dedicadas a la coordinación y la estrategia. El principal círculo de poder de Moncloa. Junto a Sánchez, Iván Redondo, Carmen Calvo, José Luis Ábalos, Adriana Lastra, Miguel Ángel Oliver, María Jesús Montero y Salvador Illa. Junto a Iglesias, Irene Montero, Pablo Echenique y Juanma del Olmo. A mayores, almuerzos entre Sánchez e Iglesias, sin periodicidad fijada, pero que en los inicios se celebraron casi semanalmente.

Foto: El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias. (EFE) Opinión

Cinco semanas después de entrar en el Gobierno lo incluyó en Comisión Delegada del Gobierno para Asuntos de Inteligencia. Alabanzas cruzadas. Eran momentos en los que se hablaba de "máxima coordinación y unidad" y de que esa era la clave porque "somos un Gobierno conjunto". "Dos partidos, un Gobierno".

Escudo social, comienza el conflicto

La llegada de la pandemia y la construcción del denominado "escudo social", decretándose el estado de alarma tres meses después de que se celebrase el primer Consejo de Ministros del Gobierno de coalición, visibilizó los primeros choques después de que se resolviesen algunas tensiones previas relacionadas con la ley del 'solo sí es sí' del Ministerio de Igualdad. Iglesias cambió su manual y los conflictos en el seno del Gobierno se multiplicaron.

El ingreso mínimo vital supuso un punto de inflexión. Si finalmente el jefe del Ejecutivo accedió a acelerar la aprobación de este subsidio como exigía Iglesias, lo hizo acompañándolo de una reprimenda al líder de Unidas Podemos por considerar que intenta capitalizarlo comunicativamente. Con todo, la división en el Ejecutivo era más transversal —ortodoxos, por un lado, y defensores de políticas expansionistas, por otro—, sin responder no solamente a una dinámica de partidos.

Foto: El candidato a la presidencia de Madrid, Pablo Iglesias. (Dani Gago)

Comenzaron a forzarse las costuras de la coalición, quemando en pocas semanas las fases previstas para toda una legislatura y anticipando el desgaste propio de los Ejecutivos compartidos. Se impuso el mantra de que "sin conflicto no hay avances". A lo que se añadía que si el conflicto no se hace público, no existe.

Cuando el Gobierno de coalición apenas superaba los 100 primeros días, se daba un giro que comenzó a marcar el devenir de la relación entre los socios. Antes de que estallase la pandemia, el plan pasaba por evitar los roces, o al menos dosificarlos en los primeros tramos de la legislatura, priorizando consolidar una cultura de la coalición sobre la que no existen precedentes, basándola "en la colaboración y en el respeto mutuo". Iglesias cambia apresuradamente de manual para guiarse por el que correspondería a los capítulos finales de la legislatura. Una fase en la que cada partido de la coalición comenzaría a visibilizar más sus diferencias. Esto es, recuperar la identidad propia y priorizar los intereses particulares a los de la coalición, en un periodo preelectoral.

El pulso de los Presupuestos

El afán por recuperar perfil propio se intensificó tras el derrumbe electoral de Unidas Podemos en los comicios gallegos y vascos. Tras estos comicios, los primeros a los que concurrió Unidas Podemos formando parte del Ejecutivo de coalición, y en los que se constató no solo su incapacidad para rentabilizar electoralmente la presencia en el Gobierno, sino que esta era improductiva, la dirección del partido morado decidió realizar un giro estratégico para diferenciarse del PSOE. Se debatió sobre la "debilidad organizativa" y se apostó por poner en valor las medidas arrancadas por la formación para extender el denominado escudo social. En esta línea, se optó por marcar un perfil más de izquierdas y con ínfulas rupturistas en el Gobierno, comenzando por reforzar la identidad republicana frente a la defensa de la monarquía del PSOE y metiendo en agenda cuestiones sociales que los socialistas no estarían dispuestos a asumir sin presentar conflicto. Visibilizar más las diferencias que los puntos de encuentro.

Foto: El portavoz parlamentario de Más País, Íñigo Errejón (d), y la diputada autonómica y líder de Más Madrid, Mónica García (i). (EFE)

Iglesias comenzó, asimismo, a trasladar en público las discrepancias con Sánchez. Al inicio del curso político, en una entrevista en la Cadena SER, el líder de Unidas Podemos anticipó la nueva estrategia asegurando que era necesario empujar al PSOE para lograr conquistas sociales y explicó que tuvo "una discusión fuerte" con el presidente del Gobierno por la salida del Rey emérito de España.

A partir de entonces comenzó el pulso por decidir con quién pactar los Presupuestos. Los socialistas querían buscar el mayor consenso posible, atrayendo a Ciudadanos. Los morados se negaron y llegaron a verbalizar públicamente una suerte de veto a Ciudadanos para priorizar el acuerdo solamente con los socios de la investidura, "la única alternativa progresista". Moncloa, por su parte, abría una primera ronda de contactos en la que Ciudadanos apareció como potencial socio preferente, intercambiándose papales con ERC. Mientras, Iglesias negociaba y hacía públicas reuniones con el portavoz de ERC, Gabriel Rufián, y los de EH Bildu, Mertxe Aizpurua y Oskar Matute. Finalmente, el vicepresidente consiguió marcar el paso del Ejecutivo según su hoja de ruta, frente a las resistencias de los socialistas que abogaban por una geometría variable intercambiando a ERC por Cs.

De la máxima unidad a la relación laxa

"Los Presupuestos son la piedra angular de la legislatura, y está ya puesta", indicaban entonces fuentes de la dirección del grupo parlamentario, que reconocían la posibilidad de que los socialistas intentasen desde ese momento "esquinar" a sus socios. Unidas Podemos dejó de contar con la que era su mayor herramienta de presión. Aprobadas de las cuentas públicas, perdieron así la principal arma negociadora con que contaban para arrancar medidas dentro del Ejecutivo. Sánchez se retiró de la batalla de los Presupuestos, pero con la intención de ganar la guerra. Unidas Podemos se atrincheró en el cumplimiento programático.

Foto: Ione Belarra, actual secretaria de Estado de Agenda 2030 y futura ministra de Derechos Sociales. (EFE)

La cultura del Gobierno de coalición evolucionó pasado el primer año de legislatura hacia posiciones más "laxas". Una evolución que los morados incluso avanzaron que se produciría "por la vía de los hechos" y la ruptura de la unidad de voto en el Congreso con una iniciativa de ley de los socialistas materializó estas palabras en hechos. Se "abría la veda", según los socialistas, y se "traspasaban líneas rojas", según los morados. Acusaciones cruzadas de "deslealtad". La bancada socialista negaba el aplauso a Iglesias.

Las reuniones de maitines conjuntos dejaron de celebrarse ya tiempo antes, coincidiendo con el inicio de la precampaña de las catalanas. Y los encuentros entre Sánchez e Iglesias dejaron de ser habituales para convertirse en noticia. Superado el primer año de coalición, y asentadas las bases para una legislatura larga tras aprobar los Presupuestos, regada con los fondos europeos, la ambigüedad del "dos partidos, un Gobierno" tomaba nuevas características. Los morados no escondían su intención de forzar una mayor diferenciación entre dos partidos que ya calificaban de "muy" distintos ideológicamente. Coincidiendo con el anuncio del adelanto electoral en Madrid, Iglesias precipitaba la operación relevo en Unidas Podemos y comunicaba su salida del Gobierno para presentarse como candidato a la Comunidad de Madrid.

Epílogo

Sánchez e Iglesias han pactado que mantendrán la interlocución. Podemos ensayará una bicefalia con Iglesias liderando el partido y Díaz el sector morado de la coalición, con el objetivo de crear contrapesos entre ambos. Iglesias, como portavoz fuera del Ejecutivo. Díaz, como la voz dentro del Gobierno. Dos estilos muy diferenciados y con un claro reparto de papeles. Se pretende así diferenciar la acción de Gobierno de la acción política del partido. Establecer contrapesos y adaptar los diferentes ritmos, manteniendo posiciones más rupturistas y pegadas a la calle desde el partido y otras más gobernistas y posibilistas con la correlación de fuerzas de los morados en el Consejo de Ministros. En función de cómo se sustancie el 4-M, que condicionará las estrategias a nivel estatal de los partidos, y a la espera de si Iglesias entra o no en un hipotético Gobierno de coalición progresista en la Comunidad de Madrid. Del consenso de entrada, al conflicto de salida.

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