6 claves para entender los disturbios: "La situación es mucho peor en 2021 que en 2011"
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EL ANÁLISIS DE RAIMUNDO VIEJO

6 claves para entender los disturbios: "La situación es mucho peor en 2021 que en 2011"

Los enfrentamientos de los últimos días nos llevan a hacernos varias preguntas: ¿es una nueva ola a lo 15-M? ¿Quiénes son, qué quieren y hasta dónde va a evolucionar?

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Foto: EFE.

Los disturbios de la última semana en Barcelona abren un gran número de interrogantes políticos y sociales que merecen la pena ser analizados. Por un lado, son parte de una ola global de malestar social; por otro, apuntan a un nuevo ciclo de activismo en el aniversario del 15-M, que cumplirá 10 años el próximo mayo. ¿Qué son, qué quieren y, sobre todo, hacia dónde evolucionará todo esto? ¿Es un síntoma del malestar social, y de qué clase de malestar? ¿Tiene alguna articulación política? ¿Es el principio de algo?

Para responder a esas preguntas, hemos recurrido a Raimundo Viejo Viñas (Vigo, 1969), veterano activista que lleva escribiendo sobre movimientos estudiantiles desde principios de los noventa, formó parte del órgano estatal de Podemos en 2014 y fue diputado y concejal del Ayuntamiento de Barcelona por Barcelona en Comú. Actualmente, ha vuelto de nuevo a la docencia universitaria en la Universidad de Barcelona y en la UOC, desde donde analiza lo que está aconteciendo en las calles. En otras palabras, uno de los académicos mejor equipados para entender qué está pasando.

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Raimundo Viejo. (Efe/Quique García)

1. Las circunstancias de 2021 son peores

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Foto: EFE.

Dentro de tres meses, se cumplirá un decenio desde que los indignados se lanzasen de forma pacífica a las plazas de las grandes ciudades españolas para solicitar una democracia participativa más amplia, que buscaba una alternativa al bipartidismo y que derivó en una nueva política que iba a asaltar los cielos y alcanzó el Gobierno. ¿Continuación o un nuevo ciclo?

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“La historia no pasa en balde. No puede ser igual, porque las circunstancias hoy son mucho peores. Está la idea interesada de que el 15-M es una línea continua hasta Podemos, pero hay muchas rupturas, como las mareas o la PAH. Ha habido sucesiones de conflictos y repertorios de acción colectiva que fueron mutando.

Son rupturas interesantes para entender lo que está pasando. El 15-M fue un estallido inocente, cívico, pacifista, que de alguna manera celebraba la posibilidad de apropiación del espacio público por una generación que se había criado en los noventa y que no había tenido margen de actuación política. Una generación con una gran capacitación técnica y académica que estaba en los márgenes de la sociedad de la opulencia. En eso de no hacer ruido, del aplauso mudo, de los turnos de palabra, esa práctica democrática no tiene nada que ver con lo que vino después. Eso mutó y llegó al 'rodea el Congreso'. Cambia la composición: la PAH incorpora un perfil sociológico más precario y pobre, no los activistas hijos politizados de las clases medias, que era el componente hegemónico.

"No es casual que sea en Barcelona: el detonante es una sentencia como en el 'procés"

Hay un magma donde se desplazan los centros de acción política. En 2014, con Ada Colau y Podemos, se lanza el asalto democrático a las instituciones. Por un lado, sectores activistas que vienen de los movimientos más urbanos de okupas y del intermunicipalismo. Por otro lado, por arriba, un grupo de la Complutense donde están Monedero, Iglesias y Errejón que entienden la estructura de oportunidades de las elecciones europeas, en las que cualquier opción tiene más posibilidades. Con un tertuliano, Pablo Iglesias, que llegaba al público porque aparecía en televisión.

Lo mismo pasa con el independentismo en Cataluña, donde hay un punto de inflexión muy interesante para entender lo de ahora: Tsunami Democrático supone la crisis de confianza en el independentismo procedente de Convergència y su liderazgo, y aflora, sobre todo en Barcelona ciudad y en áreas metropolitanas de Cataluña, una mutación nueva. Las protestas por las sentencias de Pablo Hasél resuenan ahí. Es el mismo detonante. No es casual que haya tenido más impacto en Barcelona, y es porque previamente hay ese momento de la sentencia del ‘procés’. Más que contracultural es lumpenestalinista, no tiene que ver con la tradición libertaria de la contracultura, pero refleja esa crisis de confianza por parte de una generación nueva”.

2. ¿Quiénes son?

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Foto: EFE.

Esa distancia temporal respecto a otras olas de protestas provoca que, de hecho, las nuevas generaciones intenten mantener la distancia con la anterior, que se percibe casi como parte del ‘ellos’. En el caso catalán, movimientos como Tsunami Democrático comienzan a dar forma a una nueva generación de protestas.

“Es importante el elemento generacional, hay gente que está protagonizando esto que tenía 10 años cuando el 15-M. ¿Qué ha sucedido con esa generación? No tiene memoria del ‘establishment’ político previo. Le dices ‘Convergència’ y te responden, ‘eso es de la época de mi padre, ¿quién era Jordi Pujol?’. Por el contrario, han visto a Rufián, o a Míriam Nogueras o a Laura Borràs, que no tienen nada que ver con la Convergència clásica, que ha sido barrida. La evolución hacia el independentismo y la izquierda es fruto de ese cambio generacional.

"Coinciden raperos estalinistas con anarquistas punkis e independentistas de los CDR"

Aparece con Tsunami la idea de que uno puede ser su propio protagonista, y expresar rabia. Hay una incultura política, una incapacidad de expresar eso políticamente. Y la novedad que se empezó a apuntar en Urquinaona de la disolución de la barrera independencia sí, independencia no, aunque hay un elemento común que es 'todos contra el Estado'. Ahí coinciden raperos estalinistas con anarquistas punkis e independentistas de los CDR, una amalgama muy variada con un elemento común: la reacción a una represión.

Lo que son, lo son en contra de algo. Es decir, que, sociológicamente, mucha gente que no iba a ir a la Diada con la estelada a hacer pacíficamente su manifestación se ve en una práctica más simple, menos elaborada políticamente, pero mucho más fácil, fluida y cómoda desde la identidad política porque no es exigente y se expresa como crisis de vida. Si mi vida es una mierda, pues mierda para todos. Hay mucho de ‘no future’, de un espíritu punk.

Eso es muy característico de la contracultura, y aflora por esas grietas. En ciencia política, se conoce como ‘early riders’, los primeros en salir. Esto recuerda a la batalla de Seattle. 'Vamos a las tiendas de lujo, si mi vida no funciona, aquí no hay vida para nadie'. Esa respuesta, muy insurreccionalista y clásica, que tiene su base en el anarquismo y posanarquismo, muy primaria desde el punto de vista político, es muy eficaz y tempranera. El ‘early rider’ siempre se encuentra en el margen de la sociedad y en los cálculos del coste de la acción colectiva tiene poco que perder.

Se repite a lo largo de la historia: en 2005, la lía el joven de la ‘banlieu’. Está acostumbrado a enfrentarse a la policía, que es un sujeto con el que tiene que relacionarse en su vida. Esta gente es la primera que tiene interés en expresar algo políticamente. Un descontento, aunque sea primario.

"Esa generación no reconoce en los disturbios una forma de acción colectiva"

Hay que matizar cosas que están diciendo, como que es el resultado de una nueva generación sin futuro o que ha sufrido dos crisis seguidas, muy precaria. Es cierto que hay una generación así, pero no se trata de eso, porque no reconoce en los disturbios una forma de acción colectiva. Esa es una lectura sociologizante y moralizante que ofrece titulares de prensa, pero analíticamente no va más allá. Pierde la posibilidad de cartografiar esa combinación tan compleja y ver cómo se producen esos deslizamientos, que es lo más difícil de analizar pero lo más interesante”.

3. Contra la policía, pero con mascarilla

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Foto: EFE.

Hace unos días, el Fondo Monetario Internacional publicaba un informe de Philip Barrett y Sophia Chen que señalaba que a medida que el covid perdiese fuerza, se producirían una serie de protestas globales, probablemente dos años más tarde, que es cuando comienza a notarse el impacto de estas disrupciones sociales. Viejo recuerda que ese malestar ya precedía al covid.

“Esa ola de movilizaciones enorme ya estaba en marcha. Donde era más fuerte era en Hong Kong, que empezó con la revolución de los paraguas. El coronavirus es la excusa perfecta para paralizar esto. Pasaba lo mismo en Chile, Teherán o Turquía. De Chile, se estaba contagiando a Colombia, Nicaragua y Honduras. Había una ola de movilizaciones globales en marcha, equivalente a la Primavera Árabe. El 15-M tampoco ocurrió en un vacío. Son olas globales de movilización.

El covid lo paraliza, no solo porque el Estado puede decretar la excepción. Lo que es novedoso es la recuperación del espacio público, a pesar del coronavirus. Es muy interesante el respeto del toque de queda mientras se queman contenedores o se rompen escaparates, que es una putada para el pequeño comerciante. No deja de ser muy sintomática esa relación ambivalente con las normas, que para mí muestra que existe una conciencia colectiva de que se está actuando en unos márgenes politizables. Una subjetividad que es la del ‘no future’, la de una radicalidad nihilista, pero al mismo tiempo, es consciente de que existe una salud pública, una necesidad de un actuar colectivo para llegar a algo.

"Se unen el agotamiento de los activistas en las instituciones y la crítica a la nueva política"

Es muy distinto a la ‘banlieu’. Cuando se queman coches, hay un rechazo en plan 'te quemo el coche porque no tengo este coche, y si además me graba una cámara, mejor'. A diferencia de esa anomia, ha habido una socialización cívica en la mascarilla, en la necesidad de respeto en la calle, que no es vivida como imposición del Estado. Creo que tiene una explicación en los balcones y en la defensa de la salud pública. De hecho, quienes lo niegan son los cayetanos o Miguel Bosé.

Si yo fuera el Gobierno, metería mis horas de análisis en esto, porque puede salir ahí una disputa. Ha habido un juego muy interesante, sobre todo porque es un error político de Podemos: mantener esa posición, socialmente marginal, porque eso no es España, para bien o para mal, y la iliberalidad española es grande. Es interesante cómo se da el agotamiento del grupo activista que se desplaza hacia las instituciones y, por el contrario, hay un refuerzo de la crítica de esa ‘nueva política’ de la década del 15-M por parte de quienes han seguido en el ‘underground’ político más libertario”.

4. ¿Y si Podemos no estuviese en el Gobierno?

placeholder Echenique, en una manifestación en 2016. (EFE)
Echenique, en una manifestación en 2016. (EFE)

Mientras sus críticos reprochan a Podemos alimentar las manifestaciones, estos se desangran porque son percibidos como parte del ‘establishment’. Para Viejo, la impugnación de la nueva generación de protestas abarca todo, Iglesias y Errejón incluidos, en un ‘lose-lose’ para el partido morado. ¿Cómo habría sido posible si Podemos no estuviese en el poder?

“Totalmente diferente. Si Podemos no estuviese en el Gobierno, habría sido una luna de miel. Si Echenique fuera fotografiado con una capucha de noche en la Diagonal quemando contenedores, le habría hecho ganar votos. Es justo lo contrario: aquí, Podemos es víctima de Vistalegre II y de su estrategia de cerrar el partido y convertirlo en un partido de corte clásico y de acabar con la hipótesis ciudadana echando a Errejón o Bescansa.

"Son jóvenes y buscan su identidad en la radicalidad, y eso no casa con ponerse moño"

Se produce el ascenso al Gobierno desde una posición paradójica: mucha dureza en las palabras, como lo de la ‘cal viva’, y mucha tibieza en las posiciones políticas. Es justo el reverso de lo que había sido Podemos. Hicimos una campaña que decía “Gracias, 1978, hola, 2016”. Era guante de seda, puño de hierro. Suave en las formas, pero impugnatorio y destituyente.

En esa lógica, tú te desgastas, porque tu retórica fuerte de repente adquiere un cuerpo social diferente, y es un problemón, porque eres el Gobierno y tienes que garantizar el orden político. Si pretenden cabalgar la ola de movilizaciones que va a venir, y que va a ser más dura, porque la crisis es mucho más dura que la anterior, no funciona si eres Gobierno.

Los otros se afirman ahí, porque como los componentes son jóvenes, están muy motivados por la búsqueda de su identidad política en la radicalidad, y eso casa mal con ponerse moño en lugar de coleta o traje y corbata. Se intentan conciliar elementos previos e imágenes distintas dentro del orden, pero que el joven que ha vivido en la última década mira con mala cara. Que sean raperos que dicen unas tonterías enormes muestra que da igual lo que se diga, siempre que sea contra el sistema. Es un buen argumento a la libertad de expresión: a diferencia de los presos del ‘procés’, cuando Hasél salga de la cárcel, será lo mismo que era y no tendrá ningún efecto político. No hay más recorrido, es un gesto, no pasa de eso”.

5. Tenemos el polvorín, falta el desencadenante

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Foto: EFE.

¿Cuál es el próximo paso, se trata de brotes puntuales que se extinguirán pronto o se contagiarán a otros sectores de la sociedad, como ocurrió hace 10 años? Viejo lo tiene claro: el polvorín ya está, solo falta un desencadenante que nadie puede saber cuál será.

“Estas acciones generan simpatía, pero no van a incorporarse a los repertorios. Es donde aparece ahí lo que la ciencia política ‘mainstream’ llama 'empresarios políticos', personas que van a hacer un esfuerzo en conectar esas simpatías a otros sectores sociales que tienen otros repertorios.

A la que se levante el estado de alarma, vamos a empezar a ver cambios de repertorio fuertes, y acciones colectivas y extensión a los círculos colindantes y sectores sociales cada vez más amplios. Unas campañas de éxito llevan a otras campañas de éxito, estas a ciclos, y estos a olas. Si uno es especialista en gestión del orden público, debería tener esto en cuenta. El activismo sabe encontrar esas figuras, es muy intuitivo. Y ahí se pueden producir fenómenos de contagio muy fuertes porque hay un polvorín.

"Hay una generación ensimismada con las redes sociales más radical que la de los noventa"

Tocqueville dijo eso de ‘estamos durmiendo sobre un volcán’ y un par de meses después se produce la revolución de 1848. Hay un magma de descontento social enorme. Cuidado con la idea de que la violencia genera rechazo de forma automática. Está la desesperación de estudiantes confinados que reciben clase ‘online’, recién licenciados que no pueden ni acercarse a una ETT porque están cerradas, gente a la que le falla la red social para conseguir empleo (el precario es metropolitano: se toma una caña con un colega y le dice que vaya a Decathlon porque buscan reponedores). Hay una generación muy ensimismada con las redes sociales que es muy proclive a generar un estallido muy fuerte, y más radical en los repertorios que el civismo de los activistas de los noventa.

Es muy distinto el que se ha criado en las protestas contra ETA y el asesinato de Miguel Ángel Blanco, que se ha criado en la crítica a la guerra del Golfo y el pacifismo, que ha celebrado el matrimonio sexual y la retirada de Irak, que tiene un grado de civismo enorme y una experiencia política heredada de la Transición. Hoy en día, estamos asistiendo por un lado a una ruptura de las élites, con los ‘youtubers’ que se van a Andorra, que es un 'ahí os quedáis'. Esto genera no un movimiento de jóvenes que quiere una racionalización fiscal (lo hace Errejón y no sale en las encuestas), sino un 'cada uno para sí', y ahí aflora el enjambre, formas de acción colectiva donde cada individuo participa mirando de reojo al de al lado. Ese individualismo funciona muy bien: me hago un selfi quemando un contenedor.

Ahí es donde se establecen esas conexiones y donde se puede generar una ola de simpatía muy interesante. Cómo será, no puedo decirlo. Que el rechazo a desalojar de una plaza a un grupo muy pequeño de gente desencadenase la experiencia de toda una generación no lo podía saber nadie. El elemento disruptivo es esencial, pero si fuera previsible, las fuerzas del orden lo prohibirían. Pasar pasará, de eso podemos estar seguros, incluso se puede decir que está cerca, por la propia evolución de los ciclos. No va a tardar en pasar. Y lo que no hemos visto nunca en la historia precedente es que en esta ocasión está el elemento coronavirus, que lo cambia todo. El Gobierno puede querer estirar el estado de alarma como mecanismo de control, pero está claro que va a influir en prácticas de regulación del espacio público”.

6. ¿Hacia dónde se extenderá?

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Foto: EFE.

“Hay grupos que tienen todavía margen de capital político, social y cultural que pueden decantar esa simpatía. El tipo que coge y asalta una tienda en el paseo de Gracia para robar unas Nike no va a constituir un sujeto social. Expresa un descontento social, pero es más la manifestación de algo, más que la manifestación en sí. Ahora, los que están muy cercanos, en esos ambientes profesionalizados donde van a comenzar a formarse conexiones, sí.

Empiezan los madrugadores, siguen los activistas que tienen un discurso más elaborado y sofisticado de interpretación, los que te van a citar a David Graeber o ‘No Logo’. Hay gente que va a traducir esto. Los inmediatos no son los que uno espera: uno espera una conexión de clase social, el chaval de Badalona que le transmite al reponedor del Decathlon. La conexión no es esa. Es el estudiante universitario que ha leído al filósofo nihilista libertario que ha aportado sentido a esa revuelta espectacular de contenedores quemados y la liga a una crisis de la sociedad, los estudiantes precarios de profesiones altamente cualificadas, diseñadores gráficos, raperos, periodistas en paro. Va a haber producción estética y de discurso.

"Va a coger una velocidad que cuando te des cuenta habrá un millón de tíos en la calle"

Hay fotógrafos encantados con poder hacer estas fotos, diseñadores de páginas web encantados de poder traducir esto a su lenguaje, artistas de arte público que les mola un montón como ‘performance’. Es esa segmentaridad de clase, de trabajadores precarios pero muy altamente cualificados, la que va a construir el discurso ideológico que se va a ir expandiendo.

En el momento, hay mucha tensión, pero se van a dar agregados de alguien que haga fotos magníficas, otro un discurso en un portal digital y que tú seas un joven con ganas de liarla. Va a coger muchísima fuerza, a una velocidad que cuando te das cuenta tienes a un millón de tíos en las calles. Es el polvorín, el sitio en el que el Gobierno se puede ver absolutamente desbordado. Carme Chacón fue la única que en el contexto de pugna con Rubalcaba hizo la reflexión de que “el 15-M son nuestros hijos en las plazas”. Si no haces un contrato social distinto sobre las bases materiales, solo falta que alguien encuentre la cerilla, porque el polvorín ya lo tienes.

Y sorprenderá, incluido a Podemos, incluido a Errejón. Porque va a nacer contra ellos, va a ser una impugnación de lo que están haciendo, y no se van a andar con muchos distingos. Cuando hay un ‘ellos’ y ‘nosotros’, el antagonismo no perdona. No miraría a una insurrección de ‘banlieu’ como a esa producción cultural de la protesta que va a conectar sectores con capacidades sociales, cognitivas, etc., para dar el paso, y se sumarán otros, y más tarde gente de más edad, como los yayoflautas”.

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Una historia de las 'olas de democratización'

Durante sus explicaciones, el profesor y autor de análisis político recuerda las tres olas de democratización (“cuatro son la que funda la democracia”) que se han sucedido en las últimas décadas. ¿Nos encontramos ante una nueva?

“Las primeras resistencias son de 1951 con la huelga de tranvías de Barcelona, luego la huelgona de Asturias en 1962, movimientos vecinales que toman fuerza en la Transición. Todas forman una historia menos contada que la oficial y que provoca la ruptura con el régimen de Franco.

Yo soy de la generación del Cojo Manteca, la de la OTAN, la primera ola que comienza con la reconversión naval. Esa es la primera que vez que dentro de la democracia empieza a expresarse una contestación social. No es antifranquismo. Es la generación de los insumisos, muy pequeña, una ola breve, que tiene momentos fuertes como el 14-D o las manifestaciones contra la guerra de Irak en 1991. Hay una generación nueva que tiene una lectura disidente. Los okupas de primera generación eran cuatro gatos. Es una eclosión muy fuerte que tiene precedentes en la ola libertaria de los 70. El momento antisida, Palestina, Nicaragua, hay un ‘underground’ que empieza a funcionar. El activismo mantiene esa continuidad. Llega 1992 y se apaga. Desaparece en 1993, 1994, 1995, un equivalente a los últimos años de 2017 a 2019, un momento bajo que vuelve a retomar fuerza. Llega entonces Miguel Ángel Blanco, que es un momento muy ambivalente: un momento social y cívico que es, por otro lado, de reafirmación del régimen político. Es un punto interesante, el 15-M, 2004 y el 11-M tienen mucho que ver con esto.

En la secuencia histórica hay una segunda ola que empieza a finales de los 90, el movimiento antiglobalización, muy ligado a la aparición de internet, que permite al activismo salir de ciertos ambientes contraculturales y más marginales, donde para moverte tenías que tener años de militancia. Es la generación de Colau e Iglesias, y se incorpora en Barcelona con el asalto a los cines Princesa, el movimiento okupa. Llega a las manifestaciones de 2003, Prestige, huelga general, un ciclo donde la protesta es normalizada, deja de ser cosa de radicales. Lo normalizó el asesinato de Miguel Ángel Blanco: gente de derechas y conservadora naturalizó que se podía uno manifestar. Fue una época muy interesante para los contramovimientos, como la manifestación contra la ley del matrimonio homosexual, que es antecedente de Vox.

Vuelve a caer en 2005-2006. La tercera ola empieza con el Plan Bolonia, la protesta de las eléctricas, pero toma fuerza el 15-M. Esa ola es de una profesionalización importante del activismo: hay personas, como Colau, o Iglesias en menor grado porque tiene su carrera académica, que hacen del activismo su vida. Eso era difícilmente comprensible en mi generación. Se hace por voluntad política, más allá de que se combina con modos de vida no socialmente aceptados. Eso cambia. Aparecen los medios de comunicación del activismo: un fanzine punk, el Molotov, mutó en esa segunda ola en el Diagonal, hizo un recorrido como semanario y volvió a mutar como El Salto. Tres mutaciones que no son por casualidad. Hay unas industrias de la cultura activista, y una parte de esta gente que da el salto a la política institucional y la representación”.

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