Un precedente preocupante para Casado: la histórica Convergència también dejó su sede
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CDC ya vivió la crisis del PP

Un precedente preocupante para Casado: la histórica Convergència también dejó su sede

El PDeCAT es desde esta semana un partido extraparlamentario tras su fracaso en el 14-F. Vender la sede de la formación hace seis años sirvió de poco. Un paralelismo inquietante

placeholder Foto: El presidente del PP, Pablo Casado. (EFE)
El presidente del PP, Pablo Casado. (EFE)

La política se parece a la vida en una cosa: nadie escarmienta en cabeza ajena. Pablo Casado no tiene que ir muy lejos para ver que poner en venta Génova 13 no es tan novedoso como parece. Otro partido ya lo hizo antes. Era un partido de derechas, como los populares. Y como el PP, fue una formación clave no solo en la construcción de un espacio político propio, sino además en proyectar con éxito una determinada imagen de país. Fue un partido que dependió de un líder carismático y fue un partido que vivió, desde sus orígenes, acosado por la sombra de la corrupción, de la cual tampoco se salvó su histórica sede.

Ese partido fue la CDC de Jordi Pujol. Los paralelismos con el PP de José María Aznar no acaban aquí. Solo que los convergentes han hecho ese mismo camino con muchos años de antelación y la fábula para la derecha catalana no termina bien: el heredero de Convergència, el PDeCAT, es desde esta semana un partido extraparlamentario tras su fracaso en el 14-F.

El punto de partida de la venta de la sede por parte de la mítica Convergència es tan parecido al que anunció el líder del PP, Pablo Casado, el pasado martes que hasta casi dan ganas de imaginar que Artur Mas se sienta a la mesa de su despacho y escribe una carta al dirigente popular para advertirle de los riesgos que le pueden esperar. Podría ser así:

"Hola, Pablo. Soy Artur. Te escribo porque yo ya he pasado por lo que tú estás empezando a pasar; vengo a advertirte de los peligros que te acechan. La puesta en venta de la sede te parecerá un acierto e iniciarás una carrera para competir en pureza con otras formaciones o movimientos, traicionando tu ideología, tus principios y a la base social de tu partido. Después cambiarás las siglas, como si el nombre hiciera la cosa, algo que desde Platón ya sabemos que no es verdad. Habrá una refundación. Y en cada giro, en cada vuelta, perderás militantes, votos y bagajes. Y al final una escisión te dejara en cuadro. Todo para nada. Porque la justicia española es lenta pero de una contumacia apabullante. Hoy mi partido está fuera del Parlament y todavía espera que se abra juicio oral por la causa del 3%".

Foto: Periodistas y reporteros gráficos, en la sede del Partido Popular en la calle Génova. (EFE)

Un poco de historia

Corría 1998. CDC compra a la eléctrica Enher su mítica sede de la calle Córcega. Más de 4.000 metros cuadrados ubicados a tiro de piedra de la confluencia Passeig de Gràcia con Diagonal. Paga 625 millones de pesetas, al cambio actual 3,7 millones de euros. Una ganga ya que CDC adquirió el inmueble a 903 euros por metro cuadrado, cuando el precio de mercado era de 1.500 euros. Un descuento del 39%. Eran tiempos felices. Jordi Pujol reinaba en Cataluña. Enher era filial de Endesa. El presidente de Enher era Joan Rosell, que luego llegó a presidir la CEOE. El presidente de Endesa, el hombre para todo, Rodolfo Martín Villa. CiU colaboraba de manera activa con PP en Madrid y en Cataluña. Los Mossos habían iniciado su despliegue como policía autonómica fruto de esos pactos. En su momento el PSC denunció la compra del edificio como un acto de connivencia con el oligopolio eléctrico. No pasó nada. El porvenir no podía parecer mejor.

Más de una década después la sede de Córcega había visto de todo: victorias, derrotas y tripartitos. Era un símbolo. Como Génova. La arquitectura como representación física del mando en plaza. O como su extensión. En una realidad construida a golpe de titulares, Córcega significaba lo equivalente a Ferraz o Sabin Etxea: poder en estado puro.

Han pasado 17 años. Estamos en 2015. Artur Mas preside la Generalitat. La herencia del gran partido de la derecha catalana se está haciendo pesada. Los casos de corrupción acosan al partido. Desde 2012 Mas está virando hacia un sesgo revolucionario que casa mal con la trayectoria histórica de corte conservador de CDC para apuntarse a la oleada independentista. El inmueble lleva tiempo embargado para hacer frente al caso de corrupción del Palau de la Música. Mas decide vender la sede a un fondo de Hong Kong que ha querido hacer pisos de lujo sin éxito, ya que ha sido otro más de los proyectos bloqueados por la errática política de Ada Colau. El precio de venta sigue siendo uno de los grandes misterios de la política catalana. La plusvalía fue brutal. Fuentes del sector inmobiliario cifran la operación en más de 20 millones.

En CDC la venta de la sede fue seguida de bandazos ideológicos y organizativos


En ese momento CDC ya lleva años compitiendo con diversas formaciones que desconfían de su conversión al independentismo. Es una carrera suicida por la pureza. Igual que le pasa ahora a Pablo Casado y a los suyos. Que Vox parece más auténtico, más de orden, por mucho que su programa no pase del Manolo Escobar de "no me gusta que en los toros te pongas la minifalda". El mundo está cambiando y CDC tiene que mutar en un intento de que solo se asocie su marca a bajadas de impuestos, lobbismo y corrupción. Ese mismo año que se vende la sede, CDC ya no se atreve a presentarse con su marca. Lo hace en la exótica coalición Junts pel Sí, que gana las elecciones con el compromiso de llevar Cataluña a la independencia en 18 meses. Lo que consiguen en ese tiempo es que Carles Puigdemont proclame la DUI un viernes y luego se vaya de fin de semana. Por el camino, la CUP ha enviado a Artur Mas a la papelera de la Historia.

Refundación

En 2016, un año después de vender su sede, CDC cambia de nombre y nace el PDeCAT. Es el gran proyecto de Artur Mas para salvar la herencia recibida del pujolismo. Pero tras el fracaso de 2017 el partido se desangra en solo tres años por viejas deudas, casos de corrupción cada vez más nuevos –el 3%– y escisiones entre los puros puigdemontistas y los viejos rockeros que quieren seguir defendiendo un programa de derecha tradicional. La situación es tan mala que incluso hay que volver a vender la sede, otra vez.

Tras la derrota del 14-F, el PDeCAT se queda fuera del Parlament. Ni tan siquiera resiste en el Ayuntamiento de Sant Cugat, reserva espiritual de cuadros convergentes de orden y concierto. De hecho, la derecha tradicional solo estará representada en la Cámara catalana por los tres diputados populares de Alejandro Fernández. No se puede negar que la revolución ha ganado en un mundo en el que hasta Laura Borràs dice que es de izquierdas –y si es ella la que lo dice, quién puede negárselo–. Se empieza vendiendo la sede y se acaba como los dinosaurios, pero no como los del Jurásico, sino como esos que vieron caer el meteorito sin entender lo que vendría después. Antes de seguir esta senda que se iniciará colgando en Génova el cartel de 'Se vende', Pablo Casado haría bien en mirar hacia Cataluña. Y no para reconstruir su castigada filial catalana sino para no acabar como su denostado competidor convergente. A veces solo nos vemos como somos reflejados en los ojos de nuestros enemigos.

El arquitecto Mies van der Rohe hablaba en sus proyectos de conceptos como "planta libre" y "espacio fluido". A lo mejor es lo que necesita el PP, otra reforma; aunque, eso sí, esta vez sin recurrir a la caja B. Porque cuando se desprendan de su sede, Génova quedará atrás pero los problemas del PP seguirán con Casado. La carrera con Vox por dejar de ser la "derechita cobarde" o los ajustes de cuentas de Luis Bárcenas no van a desaparecer. Liderar un partido no es como 'Poltergeist': el desenlace de la película de terror pasa de manera inexorable por que la familia protagonista abandone la casa maldita. Artur Mas lo sabe y el PDeCAT lo ha pagado caro. Esta semana Mas ha suplicado que el JxCAT de Puigdemont lo acoja en su seno. Es el mundo al revés: el padre del hijo pródigo se dirige a su vástago para rogarle que le deje irse de juerga con él, por mucho que piense que la fiesta carece ya de sentido. Quizá nunca tendría que haberse vendido su casa.

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