Luces y sombras de un gestor: viaje a La Roca, el pueblo donde Salvador Illa fue alcalde
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Los orígenes del candidato a la Generalitat

Luces y sombras de un gestor: viaje a La Roca, el pueblo donde Salvador Illa fue alcalde

La alcaldía de Illa se extendió una década, entre 1995 y 2005. La transformación del municipio durante ese tiempo fue indiscutible. Allí nació, fue a la escuela y tiene hoy su domicilio

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Una plaza de La Roca en campaña electoral. (J. S. Ivars)

A cuarenta kilómetros de la Sagrada Familia, amarrado a uno de los nudos de autopista que surgen de Barcelona como las serpientes de la cabeza de Medusa, está el municipio de La Roca del Vallés. El interés del pueblo, más allá de su olor campestre, su ruta prehistórica con dólmenes y el centro comercial más grande de Cataluña (el tamaño importa) es circunstancial: allí fue alcalde una década el candidato a 'president' Salvador Illa. En la Roca nació, fue a la escuela y tiene hoy su domicilio, cerca de la casa de sus padres.

Sánchez apuesta sus cartas presentando a Illa como "un gestor". Esto significa que nos lo venden como alguien más preocupado por lo práctico que por la quijotesca caverna del 'procés', y también como un tío serio, pragmático y capaz. ¿Lo es? Valorar su trabajo al frente del Ministerio de Sanidad es más difícil de lo que parece por la simple razón de que no hemos tenido muchos más ministros peleando contra pandemias hipercontagiosas y letales. En los países de nuestro entorno las victorias contra el virus han sido pírricas y las gestiones más eficientes se hacían añicos de la noche a la mañana (ver Portugal).

placeholder Protestas vecinales en el barrio de La Torreta. (J. S. Ivars)
Protestas vecinales en el barrio de La Torreta. (J. S. Ivars)

¿Nos hubiera ido mejor con otro ministro, de este partido o de otro? En un Estado autonómico tan laberíntico como el nuestro es todavía más difícil responder con honestidad. Pero sí podemos trasladar el foco, ir a lo pequeño y medir la valía del candidato en una escala manejable. Con este objetivo hemos viajado a La Roca del Vallés para hacer una pregunta simple: ¿fue Illa un buen alcalde? La respuesta proyecta luces y sombras.

Las luces

Nadie responde al timbre de la sede del antaño todopoderoso PSC de La Roca y el teléfono que aparece en la web ya no existe. El cuartel general socialista tiene debajo un pub de copas, Akelarre, cerrado a cal y canto: son dos fiestas acabadas. Los carteles electorales de ERC ('al costat de la gent') vigilan el edificio. A los republicanos pertenece la alcaldía después de unas elecciones que otorgaron 11 concejales a los independentistas (6 a ERC y 5 a JxCat) y solo 3 al PSC, 2 a Ciudadanos y uno a los Comunes. "Se acabaron los buenos tiempos", comenta algún vecino que admite haber pasado del PSC a la abstención hace mucho tiempo.

La alcaldía de Illa se extendió una década, entre 1995 y 2005. La transformación del municipio durante ese tiempo fue indiscutible. Una mujer de unos cincuenta años que pasea al perro se muestra así de tajante: "Quien diga que Illa fue un mal alcalde lo hará por ideología", dice refiriéndose al monotema de la república cuántica. "Esto era un poblacho con las calles sin asfaltar, lleno de barro y de cabras, hasta que llegó Illa. Llevábamos más de treinta años de atraso y nos puso en el tiempo. Mira fotos de antes y de después, hablan por sí solas". Lo haría, pero el archivo también está cerrado por la pandemia.

Otros vecinos proporcionan detalles en la misma línea. Antonio Fernández, roquense con acento gallego (los gallegos son aquí una verdadera epidemia, dicho en el buen sentido), tiene un negocio de reformas: "Illa fue nuestro gran reformador —dice barriendo para casa— además de una persona estupenda, cercana y amable. Yo he dejado de votar al PSC como tantos, pero si el candidato es Illa me lo pensaré". Le pregunto qué hizo bien y vuelve a hablar de barro y asfalto, de alumbrado público, de instalaciones. "Modernizó el pueblo".

placeholder La sede del PSC vigilada por un cartel de ERC. (J. S. Ivars)
La sede del PSC vigilada por un cartel de ERC. (J. S. Ivars)

Uno de los signos de modernidad fue La Roca Village, un 'outlet' de marcas de lujo construido con la forma de un villorrio catalán tradicional. La idea fue gestada e impulsada por el mandato de Illa, y sus sucesores de CiU la aprovecharon para otorgar al municipio la categoría de pueblo de interés turístico. Contacto con los responsables del megaproyecto y me informan de que también está cerrado por la pandemia, pero la gente del pueblo lo valora positivamente: "Al Village viene gente de toda Cataluña y muchos turistas, y da trabajo a los del pueblo. Eso fue un acierto de Illa, y te lo digo yo que soy más indepe que el Puigdemont".

Lo que muchos roquenses destacan de Illa es su trato, su cercanía. En la Roca valoran a las personas, y más todavía a los políticos, con una escala que va desde "muy buena gente" a "un chulo", siendo la chulería el pecado que provoca descrédito, aborrecimiento y desprecio de los nativos. A Illa lo suelen colocar en la parte "buena gente" del sociómetro, aunque algunos dicen que es un chulo y un prepotente. Los hay que tienen su número de teléfono personal (en vano trato de conseguirlo para mi agenda) y dicen que suele responder a las llamadas: "Hasta siendo ministro me cogió el teléfono un día", dice una fan.

A su mujer, Marta, la han tratado mucho, y para sus padres hay esas buenas palabras que los lugareños de los pueblos de España reservan a las familias que llevan allí más tiempo que el reloj del campanario. "Son de aquí y esto se notaba cuando era alcalde", dice un vecino, también gallego, que pasea al perro. Durante su mandato podías entrar en cualquier momento al ayuntamiento para hablar con él y te escuchaba. "El que lo sucedió, que se llamaba Estapé y también era del PSC, era un chulo". Lo dicho, grave reproche.

placeholder El consultorio cerrado de La Torreta con un cartel de protesta. (J. S. Ivars)
El consultorio cerrado de La Torreta con un cartel de protesta. (J. S. Ivars)

Mientras conversamos, pasa una mujer mayor por nuestro lado y mi interlocutor se interrumpe, baja la voz y la señala: "Mira, esa es la madre de Illa, que vive aquí, a la vuelta de la esquina, habla con ella, eso es una exclusiva". Pero yo pienso que los paparazzi son el cáncer del periodismo, de modo que la dejo pasar. ¿Para qué molestar a una señora que, supongo, está harta de que todo el mundo tenga una opinión sobre su hijo? No hemos venido a buscar amor de madre.

Las sombras

"¡Pregunta, pregunta a los que te hablan tan bien de Illa lo de Les Hortes!", exclama un viandante mientras converso con otros. "¡Eso fue Estapé!", grita uno, "¡pregunta!" insiste. Recuerda al guardia civil de 'Amenece que no es poco' cuando critica el sombrero del sudamericano; y de hecho, para entender lo que dice, hay que hacer 'flasback', como en la película, hasta la burbuja inmobiliaria. Es entonces cuando empiezan las sombras. Al comienzo del mandato de Illa, vivían en La Roca en torno a 6.000 personas. Cuando se marchó, el municipio frisaba los diez mil, que hasta hoy es prácticamente su techo. Este crecimiento tuvo detrás constructoras, operaciones de recalificación y algunos puntos negros como el que menciona el exaltado vecino.

Entre el municipio y el río Mogent se extienden hoy tierras de cultivo que estuvieron a punto de convertirse en una inmensa urbanización en virtud de una recalificación emprendida por el equipo de Illa. El proyecto ampliaba el permiso de edificación de setenta edificios a más de doscientos, pero resulta que el padre del regidor de urbanismo y futuro alcalde socialista, Miquel Estapé, era dueño de más de un 3% de esos terrenos. Un claro caso de conflicto de interés que terminó con el veto de la justicia y la suspensión del pelotazo.

Hablo con el alcalde actual, Albert Gil i Gutiérrez, de ERC. Su opinión de Illa es previsiblemente mala, que estamos en campaña, pero durante nuestra conversación no sale ni una sola vez a relucir el tema de la independencia, los presos o el 155 (la retórica típica). Los reproches de Gil se refieren a un pufo que la Administración de Illa dejó en las arcas públicas de La Roca con un pabellón de deportes hinchado de costes y "mal planificado", que ha tenido a la población pagando más de 400.000 euros al año de sus cuentas durante las últimas dos décadas.

placeholder Jesús Martínez con su dossier contra la privatización sanitaria. (J. S. Ivars)
Jesús Martínez con su dossier contra la privatización sanitaria. (J. S. Ivars)

"El pabellón", comenta el alcalde, "podía haber costado cuatro millones, como muchos de otros pueblos vecinos, y terminó costando más de once". Según Gil, el pecado de Illa fue avanzar a ciegas y construir demasiado poniendo las cuentas futuras del municipio en grave riesgo y arrebatándole a la localidad parte de su gracia y su personalidad. Algunas plazas, como la del ayuntamiento, ofrecen hoy el desangelado aspecto de hormigón típico de los años del 'boom' inmobiliario. "Si Illa fuera un buen gestor, como dicen, se habría preocupado más por el futuro y por las cuentas", remata el acalde.

Pero quien más dudas arroja sobre la buena gestión del candidato es un jubilado: el presidente de la Asociación de Vecinos de La Torreta, Jesús Martínez. A sus años, es uno de los indígenas más combativos del municipio y —se jacta— un dolor de muelas para todas las administraciones municipales "independientemente de su signo político". Es él quien me acompaña al consultorio de salud del barrio de La Torreta, cerrado, se supone que temporalmente por la pandemia, aunque Jesús Martínez no se lo termina de creer. Dice que fue el alcalde Illa "quien privatizó la sanidad aquí".

El reproche sanitario

Jesús Martínez llama privatización a algo que, en esencia, no lo fue, pero que muchos vecinos de La Roca interpretaron así en su momento y provocó poco menos que una revuelta en la puerta del ayuntamiento de Illa. Se refiere a la cesión de los centros de salud, que hasta 2002 pertenecían al Institut Catalá de Salut, a la empresa pública Consorci Hospitalari de Catalunya por decisión del alcalde, o más bien del PSC. Ante la duda, pregunto a una de las personas que más saben sobre los tejemanejes sanitarios de Pujol, sus sucesores y sus socios: Albano Dante, quien antes de ser político fue periodista y dirigió una profunda investigación sobre el tema en la revista 'Café amb llet', junto a Marta Sibina.

placeholder Pancartas ante el consultorio cerrado. (J. S. Ivars)
Pancartas ante el consultorio cerrado. (J. S. Ivars)

"Desde un punto de vista administrativo, no puede decirse que Illa privatizara nada, pero los temores de los vecinos de La Roca sí podían estar fundamentados, porque con el Consorci ellos perdían la capacidad de decisión que habían tenido sobre sus centros de salud". Para explicarlo, Dante se remonta al momento en que el Estado concedió la autonomía sanitaria a Cataluña: "En principio, los hospitales grandes estaban gestionados por lo que se llamaba el INSALUD, público, pero luego había una galaxia de centros de salud, consultorios y pequeños hospitales gestionados por congregaciones religiosas, cooperativas y movimientos obreros. Estos formaban la red municipal, y es lo que en aquellos años decidió Pujol unificar en la empresa pública del Consorci, gestionada por el alcalde convergente de Calella, Ramón Bagó".

El Consorci Hospitalari (hoy Consorci de Salut i Social de Catalunya) era, por tanto, una empresa pública. Desde su creación, y a lo largo de la primera década del siglo XXI, este gigante manejado por un alcalde convergente absorbería muchos de los consultorios y centros médicos municipales en manos de ayuntamientos socialistas. Fue, según Dante, un 'quid pro quo' en el que toda la gestión sanitaria (y la inmensa cantidad de dinero que mueve) pasaba a manos del pujolismo, a cambio de hospitales y centros de salud nuevos para los pueblos con alcaldes socialistas. De ahí que el Consorci haya sido "una fuente de la corrupción sanitaria en Cataluña, con contratos entregados a empresas propiedad de los mismos dueños del Consorci", resume Dante. Bagó, hoy fallecido, acabó imputado.

De cualquier forma, poco o nada de esta corrupción era conocida en 2002, cuando Illa entregó los centros de salud. Sin embargo, según el jubilado Martínez, la decisión supuso el mayor choque entre el alcalde y sus propios votantes socialistas. Tras un intenso tira y afloja y una amenaza de huelga por parte de los vecinos, finalmente se alcanzó un acuerdo. Incluso el alcalde actual, pese a sus críticas a Illa, le quita hierro a aquel asunto. Asegura que el centro de La Torreta volverá a abrir cuando la pandemia remita. Pero Jesús Martínez lo pone en duda: "Lo que tengo claro es que las empresas miran por sus costes y sus beneficios, y a los vecinos de La Torreta nos han dejado sin centro de salud justo cuando más se necesitaba".

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