El multipartidismo se asienta en la España de 2021 tras un lustro de inestabilidad política
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El multipartidismo se asienta en la España de 2021 tras un lustro de inestabilidad política

La mayoría de edad del multipartidismo no deja de ser conflictiva, tanto entre los socios de la coalición como en la "normalización" institucional de los partidos independentistas

placeholder Foto: Los expresidentes del Gobierno Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. (EFE)
Los expresidentes del Gobierno Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. (EFE)

El multipartidismo vino para quedarse desde su irrupción en las elecciones generales de diciembre de 2015, dejando atrás el bipartidismo imperfecto instalado desde la vuelta de la democracia hace 42 años. Su abrupta incursión hace un lustro generó una crisis de inestabilidad política que se tradujo en el fin de las mayorías parlamentarias y, como consecuencia, en las primeras investiduras fallidas de la democracia —hasta llegar a un total de tres— y dos repeticiones electorales; cuatro legislaturas; tres mociones de censura, de las cuales una se convirtió en la única exitosa en democracia —la presentada por Pedro Sánchez contra Mariano Rajoy en 2018—; y una prórroga de los Presupuestos Generales del Estado de 2018 que se extendió hasta el pasado 22 de diciembre, convirtiendo las cuentas elaboradas por el popular Cristóbal Montoro en las más longevas de la historia. Sin embargo, el año 2020 termina dejando atrás esta inestabilidad, comenzándose a asentar la democracia multipardista en un sistema político ni ideado ni acostumbrado a desarrollarse fuera de las costuras del bipartidismo.

La principal prueba de ello es que se ha formado el primer Gobierno no monocolor; y pese a la falta de cultura de coalición —una singularidad en la UE— y a encontrarse con 155 escaños —muy lejos de los 176 necesarios para la mayoría absoluta— se proyecta tras aprobar los presupuestos hacia la primera legislatura completa, o al menos sin cambios de gobierno vía moción de censura desde 2015. Lo hace, además, después de conseguir 188 apoyos del Congreso para sacar adelante las cuentas públicas, lo que supone el mayor respaldo en votos desde 2006, cuando el entonces presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, aprobó las cuentas públicas con 193 votos.

El multipardismo se asienta en un sistema político ni ideado ni acostumbrado a desarrollarse fuera del bipartidismo

En esta ocasión, los presupuestos del Ejecutivo de coalición obtuvieron cuatro votos menos, pero sumaron el apoyo de hasta 11 partidos diferentes. La democracia multipartidista se hizo así oficialmente mayor de edad este mes de diciembre de 2020, dejando atrás la inestabilidad que llevó aparejada durante sus primeros años de vida.

Una mayoría de edad asociada al fin de la inestabilidad política, que no por ello deja de ser conflictiva, tanto en lo relativo a las relaciones entre los socios de la coalición, cada vez más tensa, como en la "normalización" institucional todavía no del todo consumada de las formaciones independentistas catalanas y vascas. Pero también en lo referente a los grandes acuerdos bipartitos que idearon los padres de la Constitución para la renovación de organismos clave en el Estado, como la cúpula del poder judicial. El hecho de que el CGPJ lleve más de dos años caducado y sin acuerdo entre PP y PSOE para su renovación es también una consecuencia de la irrupción del multipartidismo; pero no por su fracaso, sino que se trata de una reacción a su éxito apoyada en los mecanismos establecidos previamente a que ni siquiera se imaginara su posible existencia.

El número de grupos en el Congreso durante esta legislatura es de 10 —y algunos como el Plural y el Mixto cuentan en su seno con cinco y siete partidos, respectivamente—. Los Presupuestos Generales del Estado para 2021, por ejemplo, salieron adelante con el apoyo de cinco grupos (PSOE, Unidas Podemos, ERC, PNV y EH Bildu), así como con siete de los 12 diputados que integran el Grupo Plural (PDeCAT, Más País y Compromís) y tres de los nueve diputados del Mixto (PRC, Teruel Existe y Nueva Canarias). El resultado, y una de las claves en las que se asienta esta nueva fase de la democracia multipartidista, es que el número de sufragios obtenidos en las urnas del bloque de investidura ampliado para los PGE superaría al que suman los dos grandes partidos, PSOE y PP.

Foto: Minuto de silencio al inicio del pleno celebrado este martes en el Senado. (EFE)

De ahí que algunos partidos, principalmente Unidas Podemos y en un principio también el PSOE hasta su rectificación hace unas semanas, pusiesen en duda el actual sistema de mayorías para la renovación de órganos como el CGPJ, alentando una reforma legislativa. Se argumentaba desde estas formaciones que el sistema de mayorías reforzadas se diseñó pensando en una democracia bipartidista, como sistema de contrapesos, pero que en el actual contexto multipartidista necesitaría una actualización para ajustarse mejor a la representatividad de las urnas.

En esta tesitura, los morados buscaron alternativas a la reforma de la Ley del Poder Judicial en caso de que el Gobierno no alcanzase un acuerdo con el PP para la renovación. Las diferentes propuestas que están en su mesa de estudio, basadas en la modificación del sistema de mayorías, permitirían al Ejecutivo no tener que contar con los populares y tienen como denominador común el objetivo de reforzar la legitimidad de esta polémica reforma. Buscan así combinar tanto la mayoría absoluta de 176 apoyos, en segunda votación, como la mayoría de grupos parlamentarios en el Congreso –o, al menos, la mitad– para que pudiesen salir adelante. Este sistema de mayoría de votos, complementado con el respaldo de al menos la mitad de los grupos del Congreso, sería similar al que ya existe para la renovación del consejo de administración de RTVE.

No en vano, Gabriel Rufián se refería tras su apoyo a los presupuestos a un "cambio de ciclo", tanto en clave catalana como estatal

En este contexto de asentamiento del multipartidismo han tenido un papel protagonista, y quizá de condición 'sine qua non', las formaciones independentistas, con ERC a la cabeza. Al igual que los nacionalistas, principalmente CiU y más recientemente el PNV, lo tuvieron en su día para la estabilidad del bipartidismo imperfecto. No en vano, el portavoz de los republicanos en el Congreso, Gabriel Rufián, se refería tras su apoyo a los presupuestos a un "cambio de ciclo", tanto en clave catalana como estatal, y hacía suyo parte del análisis realizado dos días antes por la izquierda abertzale para justificar este mismo paso adelante.

Apuntaba así reflexiones y conceptos como "cambio de tendencia en los últimos 40 años", "cambio de paradigma que se culmina", "el Gobierno más progresista posible", "no podemos regalar el presente y futuro a otras fuerzas políticas" y numerosas referencias a la disposición del Ejecutivo central al "diálogo con el independentismo". El resultado de los comicios catalanes del próximo 14 de febrero y los pactos postelectorales acabarán de dar forma a esta nueva fase, consumándola o, por el contrario, ralentizándola y poniéndola en modo espera.

Un modo de espera que otros actores vislumbran como una suerte de espejismo o periodo de transición previo a una reacción, un paso atrás. "ERC ha hecho una apuesta que es táctica", indicaban a este respecto fuentes cercanas a los 'comuns', la confluencia catalana de Unidas Podemos, argumentando que podría buscar ahora "cargarse de razones solo para volver a la unilateralidad". Esto es, que si las expectativas de cambio no se producen, se incorpore al mantra de que "el Estado es irreformable" en lo territorial, y a que también lo es en lo social y lo económico pese a estar en el Gobierno socialistas y morados.

Foto: Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se saludan en el Congreso. (EFE)

"En el independentismo es básico generar frustración, generar cabreo y decir que España es irreformable", añadían estas mismas fuentes, recalcando su temor de que "tarde o temprano vuelvan" al marco del 'procés'. La muleta independentista de vuelta al rupturismo sirviendo indirectamente a los intereses del bloque conservador, como cuando tumbaron junto a los populares los presupuestos de Sánchez en 2019 precipitando el fin de la legislatura.

Mientras tanto, a la espera de cómo se sigue definiendo el aspecto que adquiere este multipartidismo en su mayoría de edad, más asentado en la forma que en el fondo, el Gobierno de coalición continúa por un lado alimentando la "dirección de Estado" con el bloque de investidura –Unidas Podemos– y por otro abriéndose a la geometría variable con Ciudadanos –PSOE–.

La generación de expectativas es un riesgo tanto para la cohesión de este bloque como para los intereses electorales de los partidos que lo conforman. Desde Moncloa, no en vano, hacen la lectura de que este bloque multipartidista que sale de los presupuestos no es inamovible, que el consenso en las cuentas no supone que se selle un acuerdo cerrado para toda la legislatura y que su objetivo seguirá siendo negociar con todos los grupos. Vaticinan estas fuentes del Gobierno que así los apoyos al Ejecutivo podrán "ir fluctuando", aunque sí creen que se da una pista de salida a su programa progresista. El 2021 será el año del multipartidismo, pero su aspecto exacto todavía está por moldear.

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