¿Cuándo somos más inteligentes, a los 20 o a los 50? Dos genios españoles nos dan la clave
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PERO ¿QUÉ ES LA INTELIGENCIA?

¿Cuándo somos más inteligentes, a los 20 o a los 50? Dos genios españoles nos dan la clave

Todos nos hemos hecho la pregunta: ¿a qué edad alcanzamos la plenitud intelectual y cuándo comenzamos nuestro declive? Intentamos responder a la pregunta

Foto: Alberto Coto, 'la calculadora humana'.
Alberto Coto, 'la calculadora humana'.

Hace unos años, un artículo de la revista ‘Science’ proporcionaba una respuesta ambigua a la pregunta que todos nos hemos hecho. ¿Cuándo alcanzamos nuestra plenitud intelectual? ¿Cuándo comienza nuestra decadencia? ¿Somos siquiera conscientes de ello? Lo que el trabajo del equipo liderado por Roberta Sinatra mostraba es que cualquier edad es buena para cambiar el curso de la humanidad. Según sus resultados, el momento de la vida en que surgían los grandes hallazgos era en un alto grado fruto del azar. Einstein alumbró su E=mc2 a los 26 años. El químico John Fenn se llevó el Nobel a los 85 años, por sus investigaciones realizadas durante la década anterior.

Muy bien, pero ¿es que acaso es un descubrimiento científico la mejor magnitud para medir nuestro rendimiento mental? ¿No depende de otros factores? Quizá nos sorprenda descubrir que las carreras de la mayoría de ajedrecistas terminan un poco después que las de otros deportistas 'físicos', pero no mucho más tarde, salvo contadas excepciones. ¿Por qué, como contaba recientemente el gran maestro Manuel Pérez Candelario, sus trayectorias decaen a partir de los 35 años? ¿Nos pasa a todos, que esa es la edad en que nos empieza a funcionar peor la cabeza, solo que no nos damos cuenta?

"Aprendí a calcular jugando al tute a los siete años: como mis hermanos tenían más experiencia, yo contaba cartas y les ganaba"

Preguntamos a Roberto Colom, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid y miembro de la internacional Society for Intelligence Research, uno de los grandes expertos sobre el tema. ¿Qué les pasa a los ajedrecistas? “Que lo que permite derrotar al contrario en ese juego de estrategia no es el recurso a lo que ya se sabe, sino a las variantes novedosas y sorprendentes para las que no hay precedente”, explica. “A la capacidad de lidiar con problemas abstractos, en contraposición con la capacidad para enfrentarse a situaciones familiares, los psicólogos la denominamos inteligencia fluida. A la segunda, se la conoce como inteligencia cristalizada”.

Nos vamos acercando a la clave, porque como prosigue Colom, en cada edad, estos dos tipos de inteligencia varían. “Hay enormes diferencias entre unas personas y otras, pero, en promedio, el pico de la evolución de la capacidad de razonamiento abstracto, o inteligencia fluida, se observa alrededor de los 20 años, mientras que la capacidad para resolver problemas concretos y familiares, o inteligencia cristalizada, se asocia más a la acumulación de experiencias y ese pico se alcanza mucho más tarde, alrededor de los 50-60 años de edad”, prosigue. “Pero hay que insistir en que son valores promedio. Las diferencias a menudo son abismales. La investigación en neurociencia ha permitido averiguar que alguien con una edad de calendario de 40 años puede tener el cerebro de alguien de 20 o de 60 años”.

Hace unos años, Joshua K. Harthshorne, de la Universidad de Oxford, y Laura T. Germine, del Hospital General de Boston, realizaron una investigación con una muestra de 48.357 personas en que mostraban a qué edad alcanzábamos nuestro pico cognitivo. Por resumir: procesamos información más rápido entre los 18 y los 19 años, nuestra memoria a corto plazo alcanza su pico a los 25, mientras que otras habilidades como comprender las emociones ajenas, el vocabulario o la comprensión de causa-consecuencia no llegan a su cima hasta los 40 o 50. Resultados consistente con lo que cuenta Colom.

Para entender un poco mejor el funcionamiento de nuestra mente, hemos pedido a dos grandes 'genios' españoles que nos cuenten sus impresiones. El primero es el asturiano Alberto Coto, 'la calculadora humana', heptacampeón del mundo y récord Guinness de cálculo mental al que algunos recordarán por sus apariciones televisivas en programas como '¿Qué apostamos?' o 'Ver para creer'. El otro es el físico Javier Tamayo, investigador en el Instituto de Micro y Nanotecnología del CSIC y premio nacional de la Real Sociedad Española de Física por sus avances en la detección temprana del cáncer. Ambos comparten dos cosas: tienen 50 años y se han preguntado con frecuencia cuándo empezará su inteligencia a declinar.

Retrato del genio infantil: 0-10 años

Coto comenzó a calcular jugando a las cartas con su familia, a mediados de los años setenta, explica a El Confidencial. Su principal motivación, la competitividad. “Soy muy competitivo y aprendí a calcular jugando al tute”, recuerda. “Yo tenía cinco años y cuatro hermanos mayores, así que como quería ganarles y ellos tenían más experiencia, buscaba estrategias diferentes para ganarles contando cartas”. Su relato señala dos factores clave en nuestra percepción de la inteligencia: la competitividad como fuerza de motivación interna y la importancia de la inteligencia fluida como respuesta intuitiva frente a la experiencia.

"Yo tenía un problema de dislexia y la escuela no está preparada para un cerebro disléxico, porque hasta los 14 no leemos bien", señala el científico

Es relativamente normal que algunos campeones de cálculo mental sean muy jóvenes. Coto recuerda su infancia: “Me han estudiado neuropsicólogos, me han hecho estudios y tomografías, pero te voy a dar mi opinión: hay una base innata innegable, provengo de una familia de clase trabajadora que quería que estudiase pero no me empujó a los números”, explica. “Esto surgió de forma muy espontánea. De niño era muy introvertido, y eso implicaba que los números eran mis amigos, mis juguetes. Los números son perfectos, son exactos, no te engañan, no te mienten, te dan seguridad”.

Mientras Coto hacía amigos (abstractos), el futuro científico hacía enemigos (reales). En su biografía, suele recordarse el momento en que un profesor le dijo, a los ocho años, que nunca llegaría a nada y que su cociente intelectual era el más bajo de la clase. Tamayo tenía una difultad añadida: es disléxico. “La inteligencia y el cerebro son muy difíciles de etiquetar”, recuerda. “Yo tenía un problema de dislexia y la escuela no está preparada para un cerebro disléxico, porque hasta los 14 o 16 años no leemos bien. Apuntamos a repetidores y quedamos un poco desligados. Es un problema educativo entender que el cerebro es moldeable y tiene su tiempo de evolución”. En su adolescencia, nunca habría pensado que nadie se referiría a él como un genio.

El adolescente ágil: 16-20 años

Alberto Coto.
Alberto Coto.

La pubertad es un punto clave en el desarrollo de la inteligencia humana. Para la mayoría de ajedrecistas, es el momento en que descubren si pueden saltar a la competición de primer nivel y profesionalizarse o no. Es la edad en que, como recordaba Colom, la inteligencia fluida va alcanzando su cima, a la que se llega alrededor de los 20 años. La mayoría de los campeones de cálculo mental triunfan durante esa década, como recuerda Coto.

Alberto Coto en '¿Qué apostamos?'

“La última vez que competí fue con 40, y tus adversarios tienen 18, 20, con una plasticidad mental que ya no es la tuya”, explica. Coto tiene una sensación agridulce respecto a su trayectoria, puesto que durante su juventud no era consciente de que existían torneos en los que podría haber arrasado. Cuando empezó a competir, no dejó de ganar, la muestra de que había un potencial sin explotar. “Si hubiese competido a los 20, quizá te podría decir que fue mi mejor época, pero no hice nada en público hasta que tenía 28 en ‘¿Qué apostamos?”, lamenta. “En los torneos, compites contra gente de 18, 20, 22 años”. Moraleja: podemos estar rodeados de genios que no saben que lo son porque no han tenido la oportunidad. Al menos, en lo que respecta a la inteligencia fluida, que está determinada genéticamente y está muy influida por la madurez genética.

Los 30 años: experiencia y buena forma

Tanto Coto como Tamayo citan esa década como su mejor momento. Es también la década en la que muchos deportistas alcanzan su punto álgido de rendimiento. No es casualidad, aunque pueda parecerlo, que confluyan unas profesiones y otras. “Mi primer campeonato del mundo fue con 34 años, pero en el que mejor me fue tenía 38”, recuerda. “Me mantuve hasta los 40, pero a partir de ahí dejé paso a otra gente, que tiene más pila, más ganas, más entusiasmo”.

"Yo no calculo peor a los 50 que a los 30, pero sí he perdido la chispa, el entusiasmo competitivo"

¿Por qué es la mejor época, si en teoría la inteligencia fluida ya ha comenzado su decadencia? Coto lo tiene claro. Porque además de tus habilidades innatas, tienes experiencia, eso que tenían sus hermanos y él no mientras jugaban el tute. Es fascinante cómo el calculista explica cómo esta influye en lo que aparentemente no es más que 'hacer cuentas': “A veces, voy a colegios a hacer demostraciones, y por ejemplo les pido que eleven al cubo un número de dos dígitos y que me den el resultado para que intente adivinarlo”, narra. “Como lo he hecho muchas veces, sé que, por ejemplo, 88 al cubo es 681.472 y como sé en qué cifra se traban al pronunciarla, soy capaz de anticiparme a ellos. Te conviertes en un mentalista, y eso solo lo da la experiencia”.

Hay otros dos factores esenciales, la motivación y el coste de oportunidad. “Yo no calculo peor a los 50, pero sí he perdido esa chispa, el entusiasmo competitivo”, explica Coto. “Para mí, la clave no está en la edad, sino en la motivación”. Es un razonamiento interesante, teniendo en cuenta que solemos imaginar la inteligencia como un factor bruto, aislado de los condicionantes personales y sociales. “Hay una cuestión de coste de oportunidad: yo me dedico al cálculo desde distintos ángulos (conferencias, libros, torneos), pero para mantenerte en la competición tienes que entrenarte mucho para mantener tu estatus, y hay un momento en que ya no compensa”.

Javier Tamayo. (Fotografía proporcionada por el retratado)
Javier Tamayo. (Fotografía proporcionada por el retratado)

En realidad, matiza Tamayo, se trata de una cuestión de eficiencia, de saber mejor a qué dedicar tu tiempo. El investigador descarta el mito del genio precoz. “Siempre se ha dicho que los grandes descubrimientos de los físicos y los matemáticos se daban a los 20, pero en mi experiencia no es así”, razona. “Por hacer un paralelismo con el deporte, puedes meterte unos buenos entrenamientos mentales a los 20, pero hay otras cuestiones, como digerir lo aprendido, aprender de otras disciplinas o utilizar tu experiencia previa, que no se encuentran en esa edad”.

“Las ocupaciones que más dependen de encontrar soluciones novedosas a determinados problemas (por ejemplo, en aquellas vinculadas al desarrollo de tecnología) encajan mejor con el momento del ciclo vital en el que la capacidad de razonamiento abstracto se encuentra en los niveles más elevados, es decir, entre los 20 y los 30 años”, explica Colom.

Javier Tamayo gana el premio de Física en 2018

“Edades más avanzadas irían mejor para ocupaciones que dependen en mayor grado de la acumulación de experiencia (por ejemplo, piloto de líneas aéreas comerciales)”, añade. “De todos modos, merece la pena tener en cuenta que la experiencia en sí no es de particular ayuda si se carece de la capacidad para darse cuenta de cuáles son las piezas de la experiencia acumulada que resultan adecuadas en un determinado momento. Ese acoplamiento es el que está detrás de la coordinación en la evolución durante el ciclo de la vida de las distintas capacidades comentada antes”.

Los 50: puedo hacerlo, pero ¿para qué?

Como recordaba Colom, el pico de la inteligencia cristalizada se da entre los 50 y los 60 años. Es decir, la capacidad de resolución de problemas a través de los conocimientos adquiridos, principalmente verbales. Por eso, parece razonable pensar que para un científico sea su mejor época. Pero también para toda clase de gestores, desde entrenadores hasta CEO, pasando por profesores o escritores. Eso sí, quizás antes ensayistas que novelistas. Un paradigma en el que Tamayo, que obtuvo el premio de Física más prestigioso de España a los 48 años, encaja a la perfección.

"Mi sensación es que estoy en la plenitud a los 50, aunque pueda tener más problemas de cansancio o cargas intelectuales que te pesan más"

“Mi sensación es que estoy casi en la plenitud”, confiesa a El Confidencial. “Eso no quita que puedas tener algunos problemas de cansancio, cargas intelectuales que te pesan más y que antes llevabas bien, que te resulte más difícil desconectar… Llevas 25 años dándole al cerebro, y no deja de ser un músculo que también se queja cuando le has metido mucha caña. A veces te llegan a bailar los números y todo, e igual no todo el mundo está dispuesto a someterse a ese desgaste mental”.

En su caso, influye enormemente no solo la capacidad mental subjetiva, sino el momento de la carrera en que se encuentra. Como explica, “posiblemente tuviera más potencial a los 30, pero la presión que tienes cuando te estás buscando la vida para conseguir un trabajo como científico va en contra de la creatividad”. ¿Era más inteligente a los 30? Tal vez, pero, desde luego, no tenía la libertad que tiene hoy. “Hoy me puedo permitir ciertos lujos y arriesgar en investigación de una forma más creativa, y eso suele ocurrir en muchas carreras profesionales”. No es casualidad que su reconocimiento le llegase más de dos décadas más tarde que a Einstein, entre otras cosas, porque la ciencia moderna es un trabajo de equipo en el que la competitividad y las jerarquías están a la orden del día.

Foto: El físico Albert Einstein en su estudio en New Jersey. (Corbis)

“Eso tiene su explicación”, concluye Tamayo. “Cuando persigues ciertos hallazgos que están más allá de la frontera, muchas veces coges un camino que no te lleva a ninguna parte, necesitas adquirir experiencia de otros campos, vas uniendo un montón de piezas que encajan más tarde que temprano”. Hay otra razón final por la que se siente más libre a los 50 que a los 35. Sus hijos tienen 14 y 10 años, por lo que ya no es necesario que les preste tanta atención, confiesa. “Cuando tienes hijos, ya no puedes echar 50 horas a la semana, y eso es incluso peor para las mujeres”. Cuando hablamos de inteligencia, tendemos a verla como una capacidad absoluta, tan trascendente que es capaz de minimizar todos los condicionantes sociales. Pero no es así: una persona inteligente es, entre otras cosas, una persona dedicada a su inteligencia.

No se trata de perder capacidades, sino de cambiar de prioridades. Y, aunque estemos hablando de inteligencia, el mejor cierre lo da la vocación atlética de Alberto Coto: “Me gusta mucho correr y sigo haciendo maratón a los 50 años, pero mi mejor marca la conseguí con 40. No podría superarla, porque ahí sí se nota más la edad, pero es que tampoco me apetecería entrenar como hace 12 años. Ahora voy a disfrutar, no miro tanto el crono. Es otra película, otra etapa de la vida”.

Hace unos años, un artículo de la revista ‘Science’ proporcionaba una respuesta ambigua a la pregunta que todos nos hemos hecho. ¿Cuándo alcanzamos nuestra plenitud intelectual? ¿Cuándo comienza nuestra decadencia? ¿Somos siquiera conscientes de ello? Lo que el trabajo del equipo liderado por Roberta Sinatra mostraba es que cualquier edad es buena para cambiar el curso de la humanidad. Según sus resultados, el momento de la vida en que surgían los grandes hallazgos era en un alto grado fruto del azar. Einstein alumbró su E=mc2 a los 26 años. El químico John Fenn se llevó el Nobel a los 85 años, por sus investigaciones realizadas durante la década anterior.

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