nuevo atractivo en plena crisis del turismo

Las ballenas vuelven a las rías gallegas:14 ejemplares en el mayor avistamiento

La riqueza de la costa gallega atrae a los grandes cetáceos, un potencial atractivo turístico en tiempos de crisis de la covid-19

Foto: Las ballenas están volviendo a las rías gallegas. (EFE)
Las ballenas están volviendo a las rías gallegas. (EFE)

El pasado viernes avistaron en aguas de Galicia una ballena azul, el animal más grande del mundo. Una experiencia increíble —aunque no inédita— para científicos como Bruno Díaz, director del Instituto para el Estudio de los Delfines Mulares, con sede en O Grove (Pontevedra). Al día siguiente batió un récord: hasta 14 rorcuales comunes, el colectivo más numeroso jamás documentado en aguas de Galicia. La regeneración del océano y los efectos de 35 años sin caza se dejan sentir en las rías gallegas, donde son cada vez más frecuentes las apariciones de esos ejemplares descomunales, fenómeno que comienza a llamar la atención de los agentes de turismo en tiempo de crisis del sector.

“Aparecieron las 14 ballenas a unas seis millas de la costa a la altura de las islas Cíes (Vigo) en varios grupos de cuatro o cinco. Eran ejemplares distintos, y junto a ellos vimos cientos de delfines comunes, 30 delfines mulares y también varias marsopas. Fue asombroso”, relata Díaz, que coordina el proyecto Balaenatur, de seguimiento del rorcual azul dentro de la red Natura 2000. Se trata de un nuevo programa de investigación y divulgación científica del BDRI (por las siglas del instituto en ingles) que cuenta con el apoyo de la Fundación Biodiversidad del Ministerio para la Transición Ecológica.

Los resultados de Balaenatur, iniciado este 2020, aportarán valiosa información sobre las ballenas azules, comunes y norteñas en aguas gallegas, esencial para optimizar la gestión de espacios Natura 2000 y para orientar la toma de decisiones para la conservación de esas especies. La experiencia de los últimos años, y sucesos como los de estos días, permiten aventurar que Galicia vive una auténtica expansión de cetáceos, especialmente llamativa en lo que se refiere a rorcuales comunes y azules. La proliferación se vincula principalmente con el período transcurrido desde que se detuvo definitivamente la su caza: las últimas en aguas gallegas se mataron en Marín y Corcubión en 1985.

Es una situación que anima a pensar en el avistamiento como un atractivo turístico, máxime en tiempos de crisis del sector por la crisis del coronavirus. “Es una posibilidad que hay que valorar más como un aliciente que como una garantía”, recomienda Bruno Díaz. Existen operadores que estudian ya esa posibilidad, pero el capitán del Chasula, Isidro Cadarso, que lleva 35 años dedicándose a pasear turistas para observar aves y mamíferos acuáticos, no la recomienda: “Yo he visto muchas ballenas, las últimas este fin de semana, pero jamás vendería un viaje de avistamiento porque nunca sabes cuándo te las vas a encontrar”.

Una de las últimas que encontró casi es atropellada por el Chasula. “La asustamos”, bromea. Pero los encuentros con estos auténticos monstruos marinos tiene mucho que ver con el azar, hasta el punto de que, por muy asombrosos que sean los hallazgos, las expediciones del BDRI acaban a menudo sin avistamientos. “Puedes encontrártelas o no, y si lo haces va a ser inolvidable para los turistas, pero nadie puede asegurar que vaya a dar con las ballenas”, continúa. A la regeneración de la especie tras los estragos causados por la caza, el veterano capitán apunta otra teoría: el abandono de la pesca con explosivos. “Aunque hace mucho que están prohibidos, hasta hace unos años aún se utilizaban clandestinamente. En la actualidad están prácticamente desterrados y eso ha contribuido a la recuperación de distintas especies”, sostiene.

Pero de lo que hablan sobre todo los avistamientos es de la riqueza de las aguas de Galicia, principalmente en la franja entre Vigo y Fisterra, donde se produce con mayor incidencia el fenómeno del afloramiento. No consiste en otra cosa que en el ascenso de masas de agua extraordinariamente ricas en nutrientes desde zonas profundas a la superficie, como consecuencia de los vientos del norte y del nordeste. Con ellas emerge plancton y fitoplancton. Se sirve así la comida del krill, crustáceo similar al camarón que, por pequeño que parezca, es el plato favorito de las ballenas, que pueden ingerirlo en cantidades de hasta 40 millones de kirlls por día. ¿Arruina esa dieta el equilibrio del océano? “Todo lo contrario. Los rorcuales no son especies invasoras, forman parte del ecosistema de la zona, y a través de sus deposiciones contribuyen a la regeneración de las especies”, contesta el director del proyecto Balaenatur.

"Indescriptible"

La despensa parece estar a rebosar, a la vista de la cantidad de ballenas que se ven en los últimos años. Cada vez más, hasta el punto de que el hallazgo del pasado sábado fue el de mayor número de ejemplares jamás detectado por el equipo de BDRI. “Había rorcuales y delfines comunes saliendo a la superficie por todas partes, alimentándose junto a muchas aves marinas, y era realmente difícil decidir dónde mirar”, narra el biólogo y doctor en Ecología.

Los avistamientos comenzaron a producirse en los últimos años. El patrón del Chasula recuerda la sorpresa que le produjo el primero de su vida, en 2006. Desde entonces se han multiplicado, entre otras cosas porque se repiten las expediciones científicas en busca de ballenas, pero 2017 fue un año crucial. Hacia el final del verano, sendos rorcuales azules aparecieron en dos excursiones separadas por apenas 15 días, primero a la altura de la ría de Muros y Noia, detectada por un barco pesquero, que grabó al majestuoso animal. Y después, a unas pocas millas de la de Pontevedra, ya en una expedición del BDRI, que buscaba al primero y halló un ejemplar distinto.

La coloración y la aleta dorsal certificaron que aquellos cetáceos enormes, del tamaño de un edificio de ocho plantas, no eran sino ejemplares de la mítica ballena azul, el animal más grande del mundo, una especie que estuvo al borde de la extinción a principios del siglo pasado y de la que en la actualidad quedan unos 25.000 ejemplares en el mundo, apenas 400 en aguas atlánticas. “Fue una sensación indescriptible”, recuerda el Bruno Díaz, que se encontraba al frente de la expedición. La conclusión de los científicos es unánime: la costa gallega forma parte de un nuevo corredor migratorio en su ruta hacia el sur del majestuoso cetáceo.

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