UNA RAREZA ESTADÍSTICA

La "aldea segura" donde la gripe española pasó de largo tiene la receta antipandemia

Situada en lo más remoto del valle de Roncal, Vidángoz es una de las localidades identificadas por un científico vasco como lugares seguros frente a pandemias

Foto: Vidángoz, una calurosa tarde del verano de la pandemia. (Roncesvalles Alzueta)
Vidángoz, una calurosa tarde del verano de la pandemia. (Roncesvalles Alzueta)

Julia Ornat Sanz. Ese el nombre de la niña de dos años que, tras fallecer trágicamente el 5 de diciembre de 1918, poco podían imaginar sus padres que pasaría a la historia como una rareza estadística. "La Santa", la primogénita de la casa, es el único caso reconocido de gripe española en Vidángoz, un pequeño pueblo en el valle del Roncal. El último pueblo antes de llegar a los puertos del Pirineo navarro, que por aquel entonces contaba con 400 habitantes. Así consta en los registros municipales: la única bronconeumonía fatal en la aldea fue esa. A su alrededor, la gripe española causaba estragos con unos 6.000 fallecidos en toda Navarra y localidades como Etxarri-Aranaz, Artajona o Mendavia arrasadas.

Si Vidángoz puede ser tan importante para entender cómo podemos defendernos de las pandemias, es porque es uno de los cuatro casos que el historiador de la Medicina Anton Erkoreka identifica en su último trabajo publicado en el 'Journal of Preventive Medicine and Hygiene', sobre las "aldeas seguras" de España y Portugal junto a Amieiro, Urigoiti (Vizcaya) y Zerain (Gipúzcoa). Cuatro lugares donde "no hubo un incremento de mortalidad" en toda la epidemia de gripe española. Ni ahora de coronavirus: en todo el valle de Roncal tan solo ha habido un par de casos, una vez entrada la desescalada. Afortunadamente, porque podría haber sido letal. El 30% su población tiene más de 65 años.

"La gripe de 1918 pasó de largo porque ni siquiera había comunicación por carretera"

¿Qué es una aldea segura? A nadie sorprende que el primer rasgo que identifica el actual director del Museo Vasco de Historia de la Medicina de la UPV sea su aislamiento geográfico. Palpable incluso hoy en día, cuando llegamos a él a través de una carretera llena de curvas y mal asfaltada, a casi 20 minutos de los pueblos más cercanos, Güesa y Burgui. Aún más en aquel año, cuando aún no se había construido la carretera a Burgui y la única forma de llegar era acceder en mulo a través de las montañas que encajonan el pueblo, como nos muestra Ángel Mari Pérez "Gotzon", historiador local y autor de la revista 'Bidankozarte'.

"Cuando la gripe de 1918 todavía no había carretera a Vidángoz, así que hazte una idea", explica durante un recorrido por el pueblo. Los ancianos, con un respecto escrupuloso de la mascarilla, han salido "a la fresca" en un día caluroso para ser el Pirineo. Es el mayor recuerdo de que una pandemia ha azotado el país, junto a los hidrogeles del bar del pueblo de Blanca. "El pueblo (y el valle en general) fue una isla durante la primera oleada del coronavirus, solo dos infectados y ya muy avanzado el confinamiento. Con los rebrotes ya está siendo algo distinto en algunos pueblos, aunque de momento en Vidángoz nos libramos", prosigue Pérez.

Autoabastecimiento: huertas al lado del río. En la época de la gripe española, entre el 80% y el 90% de los alimentos se producían en el propio pueblo. (Héctor G. Barnés)
Autoabastecimiento: huertas al lado del río. En la época de la gripe española, entre el 80% y el 90% de los alimentos se producían en el propio pueblo. (Héctor G. Barnés)

Una rareza estadística, pero de pura lógica una vez se visita el pueblo. Como indica Erkoreka, las 11 personas que murieron en 1918, año clave de la gripe española, lo hicieron por otras causas. Incluso por aquel entonces el 'Diario de Navarra' hacía hincapié en que a pesar de doce casos de gripe leve, la epidemia había pasado sin dejar rastro. En otros pueblos, la tasa de fallecidos llegó a triplicarse. No en Vidángoz. Más de un siglo después, el mismo diario definiría así la vida en el confinamiento: "Apenas hay novedad en las calles de Vidángoz en este marco de cuarentena que se diferencie de un día de invierno alargado hasta la bonanza de la primavera en mayo".

Vidángoz puede haber sorteado las dos grandes plagas del último siglo, pero no ha podido sortear la más importante: la despoblación. En 1960 había 315 habitantes. Hoy hay 95 censados, de los cuales, Gotzon calcula que habrán estado confinados unos 60, aunque el número de personas que rondan el invierno son 35. La buena noticia es que en los últimos tres años han nacido dos nuevos bebés, una cifra sustancial en una pirámide poblacional así. Eso, y el retorno de los niños para pasar el verano.

Santuario para todas las eras

Ahora, en verano, la población ha vuelto a crecer gracias a las familias que han vuelto al pueblo, y los niños recorren las calles en bicicleta, juegan al frontón o se bañan en la piscina fluvial. "No sé si esto servirá para que recuperen población, pero sí interés dado que ahora es mucho más fácil trabajar allí", añade Erkoreka a El Confidencial. "La vida que han hecho allí tiene un valor increíble. A veces se comparan y sienten cierto complejo. Que no lo tengan, que mantengan la cabeza bien alta porque en una situación así tienen ventajas que otros lugares no tienen".

Vidángoz encaja en las características de la "aldea segura", como el autoabastecimiento, la amplitud territorial y la lejanía de los centros administrativos

Una "aldea segura" no se define únicamente por su aislamiento. En sus conclusiones, el historiador también recoge que suelen encontrarse en regiones montañosas y muy lejos de los grandes centros urbanos (Gotzon lo confirma: el centro administrativo en aquella época era Sangüesa, de tamaño medio, donde incluso hoy en día se tarda alrededor de una hora en llegar en coche); la extensión de su tamaño (el historiador vuelve a confirmarlo: los límites del término municipal son tan amplios que salen "casi a kilómetro cuadrado por vecino"); una baja densidad poblacional y construcciones de pocos pisos (el paisaje roncalés suele presentar casas de dos pisos, una para vivienda y otra para los animales); y el autoabastecimiento alimenticio. Como recuerda el historiador, entre el 80% y el 90% de los alimentos consumidos en la época se producían allí. Podrían haber sobrevivido aislados durante mucho tiempo.

Hay, no obstante, un factor que diferencia a Vidángoz de otras "aldeas seguras" como Amieiro, al norte de Portugal: no se tiene constancia de que hubiese una organización clara de los vecinos como sí ocurrió allí alrededor de la parroquia o el ayuntamiento. "Los habitantes se reunieron y decidieron aislarse, se situaron vigías día y noche para prohibir la entrada a cualquiera", recuerda Erkoreka. "Por la noche, encendían hogueras en las carreteras y en las casas con ramas de pinos y eucaliptos para ahuyentar 'a malina', a los malos". El resultado, cero muertos.

La última casa donde vivió una bruja, según la leyenda local, es una de las excepciones a las casas roncalesas de dos pisos. (Roncesvalles Alzueta)
La última casa donde vivió una bruja, según la leyenda local, es una de las excepciones a las casas roncalesas de dos pisos. (Roncesvalles Alzueta)

"Que los pueblos tomen las medidas que tengan que tomar, porque no volveremos al confinamiento total pero sí parcial", prosigue el profesor. Aunque muchos de los factores no son posibles de trasladar a la realidad de hoy, recuerda en su investigación, sí que "quizá merezca la pena tenerlas en mente". Erkoreka escribió estas palabras al mismo tiempo que un virus llamado SARS-CoV-2 hacía acto de presencia por primera vez en China. Un sentido casi sobrenatural de la oportunidad.

Otra historia con moraleja: el cólera

No todo el monte pirenaico es orégano, y Vigándoz no siempre estuvo libre de pandemias. En un recorrido por las plagas locales, Ángel Mari Pérez recuerda que muy probablemente la peste negra del siglo XIV fuese despiadada. Tanto que una de sus réplicas, a finales del siglo XVI, el pueblo corrió a refugiarse al monte en plena noche ante un brote que pudo diezmar la población en un tercio. "La gente huyó al monte, a vivir en sus bordas, y con los rigores del invierno y sin comida, la situación debió de ser muy calamitosa", recuerda.

El cólera sí hizo estragos en el pueblo: "Igual se habían relajado demasiado al ver que les iba bien porque en julio no había habido casos"

La clave, no obstante, se encuentra en la epidemia de cólera de 1855 a la que dedicó un artículo académico. Según sus cuentas, en apenas quince días llegaron a morir más de 60 personas, alrededor de un 15% de la población. Así pues, la gran pregunta es: ¿cómo un pueblo aislado entre los pueblos aislados, que aun hoy se encuentra en lo más recóndito de los Pirineos, pasó a convertirse en un foco de cólera? ¿Por qué en el siglo XIX sí y en el XX y el XXI no? El historiador no tiene una respuesta clara, pero sí unas cuantas sospechosas con moraleja.

Nos encontramos delante de una escultura y un pequeño caño por el que brota el agua, donde antes estuvo el lavadero. Es posible que ahí comenzase el letal brote, apenas un año después de que John Snow trazase su mapa de las calles de Londres que permitiría descubrir que la enfermedad se transmitía por las fuentes de agua. Uno de los factores de las "aldeas seguras" es el consumo de agua de manantiales, pero el lavadero común pudo ser el culpable. Eso, y el desconocimiento de las vías de transmisión de la enfermedad.

¿Fue este el origen del brote de cólera de septiembre de 1855? (Héctor G. Barnés)
¿Fue este el origen del brote de cólera de septiembre de 1855? (Héctor G. Barnés)

Si alguien necesita extraer una enseñanza, puede empezar recordando que no hay nada más peligroso que un milagro. Al igual que ocurrió durante el coronavirus, las autoridades impidieron la celebración de actos religiosos, pero eso no impidió que los vecinos sacasen a pasear a San Sebastián a principios de verano. Que el cólera no llegase en todo el mes de julio a Vidángoz, cuando los pueblos de alrededor eran arrasados, permitió que los vecinos estableciesen una dudosa relación causa y efecto que sería letal a finales de agosto, cuando estaban con la guardia baja.

Fue entonces cuando comenzó a morir gente día tras día, hasta alcanzar la friolera de sesenta. ¿Qué pudo pasar? Pérez tiene una posible explicación: "Igual habían relajado demasiado al ver que les iba bien porque en julio no había habido casos". Es posible, también, que la celebración de las fiestas patronales a mediados de agosto de ese año fuese lo que reintrodujese el cólera. "Tal vez trajera la epidemia a la villa alguien que fue a visitar a algún pariente infectado en alguna localidad cercana o quizá algún mozo se trajo el 'Vibrio cholerae' de las fiestas de algún pueblo vecino". Por ahora, las fiestas de la virgen de agosto se han cancelado en toda la región.

La otra epidemia: la despoblación

Vidángoz no parece encajar con el de manido discurso de la España vaciada, quizá porque pese a la reducción en número de habitantes, sus calles y casas muestran un saludable buen estado fruto de la rehabilitación y el cuidado. No necesitan la condescendencia habitual del extranjero. En todo caso, van a su ritmo. 1920 fue, nada más superar la gripe española, el gran año de la modernización del pueblo. ¿Por qué? Entre otras razones, porque una encuesta señalaba que ese fue el momento en el que se comenzó a tener constancia del baile 'agarrao'. Lógico: fue el año de inauguración de la carretera, el año en el que las primeras orquestas pudieron acceder a aquella "aldea segura".

"Es una pandemia que va para largo, y si los pueblos se tienen que encerrar, que se encierren"

El pueblo vivió tradicionalmente de la madera (de pino, para la construcción de barcos), que los almadieros bajaban por el río Biniés, de la ganadería, pero también la emigración. O bien cercana, a Mauleón, la "capital de la alpargata" al otro lado de la frontera francesa, donde muchas jóvenes pasaban parte del año, o más lejana. Argentina fue uno de los destinos habituales de los vidagonztarras, que a veces volvían para construir sus casas de indianos —una de ellas preside el frontón y el bar—, o simplemente para casarse con una local y llevársela al otro lado del Atlántico.

Vidángoz no pudo resistirse a la pandemia de la emigración del campo a la ciudad. Ni siquiera Gotzon, que vive en Arbizu, entre Pamplona y Vitoria. Como ocurrió en la mayoría de los pueblos, la pirámide poblacional descendió década tras década. De su máximo en 1920, con 452 habitantes, a 379 en 1950, 315 en 1960, 193 en 1970, 133 en 1981, 111 en 1991, 106 en 2001 y 95 en 2017. Una evolución conocida, pero a la que el historiador proporciona una explicación adicional: "Al parecer, a principios de los 60 se repartieron los dividendos del molino y otras propiedades que habían terminado en manos del pueblo tras la desamortización de Mendizábal, y muchos se lo gastaron en marcharse de aquí, que veían que ya estaba en caída libre".

Ángel Mari Pérez
Ángel Mari Pérez "Gotzon", historiador local. En segundo término, un grupo de vecinos 'a la fresca'. (Héctor G. Barnés)

Atrás quedan los tiempos en los que Vidángoz era conocido como el pueblo de las brujas, una denominación que aún se celebra cada verano con la bajada de la bruja. Y que quizá influyese en su aislamiento: como recuerda el joven historiador, "la gente no quería venir a fiestas porque decían que se convertían en perros y gatos". También era conocido, paradójicamente, como "el pequeño Vaticano", por el elevado número de curas y religiosos que salían del pueblo (al fin y al cabo, otra vía de emigración). También curiosas tradiciones como la que se celebraba a las puertas de la iglesia de San Pedro: todos los vecinos debían depositar las llaves en un caldero y recogerlas; las familias emparejadas tenían que comer juntas dos veces, una en cada casa. El que no quería participar, se exponía a una multa. "Una buena forma de solucionar problemas de mugas", recuerda Ángel Mari utilizando el término vasco para "linde".

Mientras tanto, resiste a pandemias y al envejecimiento de la población con unas gotitas de turismo rural. ¿El coronavirus puede revivir el interés por el pueblo? El teletrabajo ha hecho que muchos pongan sus ojos en el verde y el azul. Pero Erkoreka advierte que ese interés es lo mismo que puede acabar con su identidad de aldea refugio: "Es una pandemia que va para largo, y si los pueblos se quieren encerrar, que se encierren. Y los veraneantes, que tengan cuidado con sus familias porque esta tasa de mortalidad es muy alta".

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