Encontrada en la cuneta

"No vi quién me atropelló", declara la superviviente de la reyerta de El Álamo

Había sufrido un severo traumatismo craneoencefálico y tenía la pelvis rota. "Ayuda", "no me puedo mover", "me duele", fue de las pocas cosas que pudo decir

Foto: Una ambulancia en el lugar donde apareció el primer cadáver. (Ambulancia Municipal de El Álamo)
Una ambulancia en el lugar donde apareció el primer cadáver. (Ambulancia Municipal de El Álamo)

Unos operarios que iban a trabajar a eso de las siete de la mañana, con las primeras luces del día, vieron como de la maleza de la cuneta por la que caminaban surgía un brazo que se movía levemente. La aparición fue acompañada de un quejido de dolor. Se aproximaron a ver qué ocurría y allí, tendida, se encontraron a una joven, Lucía, de 18 años, medio muerta, que no se podía ni mover.

La sostenía un hilo de vida porque había sufrido un severo traumatismo craneoencefálico y tenía la pelvis rota. Hablaba con dificultad. "Ayuda", "no me puedo mover", "me duele", "no vi quién me atropelló", fue de las pocas cosas que dijo. A menos de un metro de ella localizaron a otra mujer tendida en el suelo, Jessica. La segunda víctima, por mucho que le preguntaron, no respondía a las preguntas.

Uno de los operarios llamó al 112 inmediatamente para dar la alerta. Les dijo que deducía que estaba muerta o inconsciente. Le pidieron que comprobara si respiraba. Contestó que no, que parecía que había fallecido. Minutos después los operarios escucharon las sirenas de las ambulancias y de varias patrullas de la Guardia Civil aproximándose. Mientras los sanitarios confirmaban el óbito de Jessica y trasladaban a Lucía al hospital, los agentes registraban la zona. Así fue como localizaron a Antonio, pareja de Jessica, ambos padres de cuatro hijos. Él también había fallecido. Las lesiones que presentaban y el hecho de que no llevaran zapatos puestos confirmaron que se había tratado de un atropello.

La tragedia la provocó horas antes una fiesta de pedida. Dos familias de etnia gitana alquilaron un bar de El Álamo, una pequeña localidad al sur de Madrid, para celebrar el enlace de Ismael y Soraya. Palmas, micro, canciones, comida y bebida para un regimiento. La pelea se produjo por el uso de un organillo. Unos primos lejanos del contrayente se empeñaron en seguir tocando y cantando después de la hora en la que el dueño del local les había marcado que debían parar de hacer ruido. Otros familiares de Ismael más cercanos se carearon con ellos. El alcohol, que a esa hora corría ya por sus venas, hizo que chocasen los pechos envalentonados y se usaran palabras de enorme grosor.

Que salieran a pasear los puños, las patadas y llegara la sangre se veía venir. La familia de la joven que se iba a casar, Soraya, de profesión feriantes, observaba incrédula los acontecimientos, porque los que se peleaban pertenecían todos a la familia del contrayente, pero había desproporción. Los primos lejanos apenas sumaban nueve unidades y el resto casi un centenar. Más que una disputa se trataba de un linchamiento.

¿Qué hicieron los primos lejanos de Ismael? Subirse a un coche y huir. En su escapada se llevaron por delante a cuatro personas, entre ellas a un niño de nueve años al que le partieron la pierna. También hay una joven con un brazo roto.

Detrás de ellos salió la turba enloquecida. La mala suerte de los que huían es que el coche chocó contra una arqueta y quedó encallado. Tuvieron que escapar a pie en mitad de la noche. Se escondieron entre unos matorrales al otro lado de la M-404 a la altura de El Álamo. Allí no podían esconderse, así que decidieron cruzar la carretera y saltar al otro lado. Los primeros lograron el objetivo, pero los tres últimos recibieron el impacto del coche que los perseguía. Quizá se trate del famoso axioma, ojo por ojo, diente por diente: habéis atropellado a cuatro de los nuestros, nosotros a tres de los vuestros.

Tras la localización de los fallecidos y la superviviente, el Grupo de Homicidios de la Comandancia de Tres Cantos se puso a trabajar a destajo. Ya no solo se trataba de tomar declaración a la gran cantidad de testigos, sino que, de forma preventiva había que solucionar el caso cuanto antes para evitar posibles nuevos enfrentamientos y venganzas. La Justicia pertenece a los tribunales.

Días después de los hechos, a unos diez minutos de distancia de donde se habían producido las muertes, el dueño de un bar de Serranillos del Valle llamó a la Guardia Civil. "Hay un camión aquí abandonado en mi parking que lleva ya bastantes días sin que nadie lo mueva. Tiene las puertas abiertas", advirtió. Una patrulla de la Benemérita se acercó inmediatamente al lugar. Se trataba de un camión de reparto de cerveza. La perspicacia de los agentes hizo que descubriesen que en el remolque del camión se escondía el coche que había servido como arma para matar a Antonio y a Jessica. Las abolladuras demostraban su participación en el crimen.

Los servicios de criminalística de la Guardia Civil recogieron muestras casi de cada esquina. Estos indicios servirán para sostener lo que ya sabe la Guardia Civil, quién conducía y quién iba en el asiento de al lado del conductor. A estas dos personas son las que ahora están buscando. Todos los implicados se han borrado. Se han escondido por miedo a las detenciones y a las represalias. Más pronto que tarde, acabarán detenidos. Es un hecho. Desconocen que para los que se entregan, la ley prevé un atenuante que reduce sensiblemente la pena, porque la cárcel ya tiene reservada una celda para ellos.

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