40 años riéndole las gracias a Juan Carlos I: así se fraguó el gran fracaso de la prensa
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UN REINADO MARCADO POR LA IMPUNIDAD

40 años riéndole las gracias a Juan Carlos I: así se fraguó el gran fracaso de la prensa

La revelación de las actividades ilícitas del rey emérito demuestran la connivencia que tuvo con la prensa. Repasamos los motivos con varios referentes del periodismo en esos años

Foto: 40 años riéndole las gracias a Juan Carlos I: así se fraguó el gran fracaso de la prensa
40 años riéndole las gracias a Juan Carlos I: así se fraguó el gran fracaso de la prensa

En 1991, el jefe de Gabinete del Sha de Persia, Mohammad Reza Pahlaví, publicó en un libro de memorias la carta que Juan Carlos I de Borbón envió a su "hermano" (así le llamó) para pedirle 10 millones de dólares. Ocurrió en 1977. El rey de España suplicaba ayuda para hacer frente al PSOE, un partido "marxista" que amenazaba a la Corona en los albores de su reinado. El Sha accedió conmovido y le recomendó que fuera algo más discreto.

Por supuesto, el PSOE no amenazaba a la Corona y luego el rey gozó de una sintonía fabulosa con Felipe González. Sencillamente, Juan Carlos I trataba de engatusar al opulento Sha de Persia para sacarle un dinero. Y lo logró. Esa carta fue la primera evidencia de la picaresca del rey emérito, la primera prueba documental de lo que llevaba tantos años haciendo en círculos empresariales y aristócratas. La carta se hizo pública en 1991, la democracia en España ya estaba bien asentada y señalar una mancha en el jefe de Estado no atentaba a la estabilidad nacional. Pero ningún medio de comunicación ni ningún periodista hicieron una sola referencia. Salvo uno.

Esa excepción es el periodista José García Abad. Es probablemente quien más profundo se atrevió a bucear en la vida privada de Juan Carlos I cuando este era un semidiós querido y admirado por todos los españoles. En realidad, García Abad fue casi el único buzo de aguas negras en los años dorados del rey, que van desde su nombramiento como jefe de Estado en noviembre de 1975 hasta mediados los 90. Fruto de sus investigaciones publicó dos libros monográficos y multitud de artículos. García Abad fue, por ejemplo, el primero en poner negro sobre blanco las artes corruptas de Iñaki Urdangarin. Muchos le consideraron un excéntrico. Lo cierto es que fue un visionario.

Los periodistas deberíamos pedir perdón a la sociedad por nuestra connivencia con el rey y sus asuntos turbios

"Para mí, la publicación de esa carta enviada al Sha es la primera ocasión en que la prensa podía haber informado sin miedo sobre Juan Carlos I. Ya estábamos en la década de los 90, los años convulsos eran solo un recuerdo, y disponíamos de una prueba sólida, no un rumor. Solo yo publiqué ese documento. Creo que todos los periodistas deberíamos pedir perdón a la sociedad por nuestra connivencia con el rey y sus asuntos turbios durante décadas".

El rey Juan Carlos I saluda a empresarios en una visita a Kuwait. (EFE)
El rey Juan Carlos I saluda a empresarios en una visita a Kuwait. (EFE)

Al poco hubo otra ocasión desaprovechada y más difícil de justificar. En este caso a cuenta de un viaje de Juan Carlos I a Suiza en junio de 1992. Su ausencia impedía la designación de Javier Solana como ministro de Exteriores en sustitución de Francisco Fernández Ordóñez, pues se requería su firma. Nadie sabía dónde andaba el rey. El periodista Ignacio Cembrero se enteró por una carambola y adelantó en 'El País' que Juan Carlos I estaba ingresado en una clínica en Suiza. La noticia se escondió en una media columna en primera edición, y luego desapareció de imprenta en las ediciones principales de Madrid y Barcelona. La Casa del Rey tapó el pequeño escándalo señalando que el jefe de Estado había pasado una semana de vacaciones en Suiza y allí se había sometido a un chequeo médico. La verdad es que había acudido a acompañar a su amante mallorquina Marta Gayà en su ingreso en una clínica de desintoxicación.

Las ausencias continuadas de Zarzuela de Juan Carlos I para atender asuntos privados —amorosos en muchos casos— fue una constante durante su reinado, incluidos los primeros años, y perturbaron el funcionamiento de los distintos gobiernos. La clase política lo sabía, también los directores de los grandes periódicos, pero se optó por hacer la vista gorda. ¿Por qué?

La revelación por parte de El Confidencial y de otros medios de las operaciones bancarias de Juan Carlos I en Suiza, relacionadas posiblemente con su participación como comisionista en negocios multimillonarios, supone un golpe muy duro para la imagen pública del rey emérito y pone al aire las vergüenzas de la prensa española, incapaz de dar una mala noticia sobre el jefe de Estado durante casi 40 años.

A finales de los 80 y principios de los 90 la prensa comenzó a destapar escándalos políticos en los bajos fondos del Estado, desenmascaró a estafadores de cuello blanco y señaló tramas empresariales corruptas. Pero jamás posó la mirada sobre la figura más importante del país ni invirtió demasiado esfuerzo en fiscalizarle. Al menos en los principales medios. Salvo contadas excepciones, a nadie le chirriaba que Juan Carlos I de Borbón viajara por el mundo sin rendir cuentas y navegara en yates fastuosos junto a jeques árabes y empresarios de todo pelaje. Por ejemplo, Mario Conde. La Casa del Rey apenas tuvo que amenazar o imponer la censura a los periodistas. Sencillamente los trapos sucios del monarca no trascendían porque los periodistas no los buscaban.

Foto: Juan Carlos I sacó 100.000 euros al mes en billetes de su cuenta suiza entre 2008 y 2012

A continuación, tratamos de explicar por qué los negocios privados de Juan Carlos I de Borbón, una de las historias más importantes de la España democrática, no despertaron el interés de la prensa de la mano de algunos de los periodistas más influyentes de nuestra época.

Los primeros años: "Estábamos deslumbrados"

"La impunidad de Juan Carlos I es el resultado de una incompetencia colectiva. Todos estábamos aprendiendo en los primeros años de la democracia. Aprendían los políticos, aprendía la sociedad y también los periodistas. Todos éramos debutantes en nuestro oficio", recuerda Iñaki Gabilondo, uno de los periodistas más influyentes de nuestra historia reciente. "Por otro lado había ingenuidad. Se vivía con ilusión la construcción de algo nuevo y nadie sabía cómo se hacían las cosas. En tercer lugar está la propia figura del rey, que jugaba un papel fantástico como representante de la joven democracia española. El desempeño del rey, un hombre carismático que era respetado en todo el mundo y que hablaba idiomas, nos halagaba y contribuía a que se consolidara nuestra democracia. Antes que la prensa, falló el sistema político. Fue un error gravísimo no construir un marco normativo que definiera la actividad del jefe de Estado. Su misión era arbitrar, pero era una cosa muy nebulosa e imprecisa, un marco muy débil que dejaba su figura flotando en el aire. Eso contribuyó al poco celo con que los periodistas tratábamos sus asuntos. Era una restricción autoimpuesta, en la que casi no reparábamos".

"Fue un error gravísimo no construir un marco normativo que definiera la actividad del jefe de Estado", señala Iñaki Gabilondo

"Los primeros años son los que podemos denominar la década prodigiosa de Juan Carlos I. Empieza en 1978 con la Constitución en la que él, que viene de recibir todos los poderes dictatoriales que tenía Franco, los entrega a las Cortes Constituyentes y se convierte en rey representativo, sin poder pero con una fuerte carga simbólica", relata José Antonio Zarzalejos, uno de los periodistas que mejor conoce la Casa del Rey, exdirector de 'El Correo' (1993-1998) y 'ABC' (1999-2008 en dos etapas) y columnista de El Confidencial.

"En ese momento se produce un hecho desde el que hay que mirarlo todo, que es justo desde el que no se mira. La Corona se convierte, junto al Estado autonómico y las libertades, en una de las tres patas de la Constitución, y en esto participan incluso los comunistas y los nacionalistas catalanes. Ahí se toma la decisión de la que arrancan muchas cosas: se blinda el título segundo, el de la Corona. Cambiar una sola palabra implica un procedimiento extraordinario. Se consideró que al haber cedido el rey todos los poderes que había recibido de la dictadura, merecía que su figura estuviese absolutamente blindada. En ese periodo constituyente y en los años posteriores se produce la sacralización del rey. Y ahí ya arranca la distorsión general de su figura. El rey es una instancia fuera del alcance de cualquier tipo de auditoría porque la Constitución establece esa inviolabilidad".

El episodio que termina de canonizar a Juan Carlos de Borbón ocurre el 23 de febrero de 1981. Mucho se ha escrito y teorizado sobre la posible implicación y posterior paso atrás del rey en el intento de golpe de estado. Pero lo que importa es lo que finalmente queda. Y, en el imaginario colectivo de los españoles, ese día Juan Carlos I salvó a España de las tinieblas de una dictadura militar. Dio un paso al frente por la democracia, por las libertades y por el progreso, y con sus decisiones y palabras contundentes truncó el alzamiento encabezado por el general Alfonso Armada. El respeto y afecto por la figura del rey llegan ese día al paroxismo.

Juan Carlos I, en su alocución para detener el golpe de estado del 23-F. (RTVE)
Juan Carlos I, en su alocución para detener el golpe de estado del 23-F. (RTVE)

"Se convierte en un dios, en el motor del cambio. Inicia entonces una constante gira internacional que le lleva a los principales países de Europa, es el embajador que nos abre las puertas al mundo", prosigue Zarzalejos. "También se produce otra circunstancia. En octubre de 1982, un rey que procede de una reinstauración franquista se encuentra con un presidente de Gobierno socialista con mayoría absoluta, el primero desde la Segunda República. Y ambos se llevan maravillosamente bien".

"Se convierte en un dios, en el motor del cambio. Es el embajador que nos abre las puertas al mundo", afirma José Antonio Zarzalejos

Con este nuevo Gobierno encabezado por Felipe González, el 'Isidoro' líder de la oposición franquista, el rey autoriza una gran reforma militar para neutralizar cualquier intento golpista en las fuerzas armadas o en la Guardia Civil. Y rubrica la ley orgánica para el proceso de armonización autonómica. "El rey se convierte así en el mayor amparo de las políticas de la izquierda española antifranquista. Y los periodistas, claro, estábamos deslumbrados. Si no partimos de estas bases, no es posible comprender por qué teníamos al rey metido en una urna", subraya Zarzalejos.

Superado el 23-F y con el PSOE en el Gobierno, la democracia y la Corona parecen finalmente consolidadas. Ahí es cuando Juan Carlos I se retira de la primera línea política. Nunca más regresará a ella. "El rey estaba feliz. Inicialmente tuvo ese comportamiento impecable de rey constitucional, pero después del golpe de estado hay una especie de pacto no escrito en que el rey dice 'yo ya no me meto en política. Ahora vosotros haced lo que tengáis que hacer y dejadme organizar mi vida'", cuenta García Abad. "Y desde entonces se monta su vida sin ningún problema y los periodistas le ríen las gracias durante décadas".

Los años discretos: "Es mujeriego pero correcto"

En los mentideros del poder y en los despachos de los periódicos circulaban de tanto en tanto chascarrillos sobre el monarca desde los dorados 80 e inicios de los 90. Lo mujeriego, lo descarado que es con los asuntos del dinero, pero siempre en tono jocoso y nunca con pruebas claras. "La prensa seria que intentó saber no pudo porque no había pruebas. El hermetismo era total sobre su vida civil. Sin pruebas no es posible publicar nada y menos sobre el rey", recuerda Antonio Franco, fundador y director histórico de 'El Periódico de Catalunya', también director adjunto de 'El País' entre 1982 y 1988.

"Su primer asunto turbio es el adulterio. Debatíamos si era ético exponer las infidelidades de Juan Carlos I", recuerda Antonio Franco

"Su primer asunto turbio es el adulterio, que es una cosa un poco compleja porque atañe a su vida privada. Recuerdo reuniones del consejo de dirección en 'El Periódico' en los que debatíamos si era ético exponer las infidelidades de Juan Carlos I, si tenía o no derecho a mantener su adulterio en secreto. Eran los 90, los años del pulso sobre la vida privada de las personas, aunque fueran el jefe de Estado. Él venía mucho a Barcelona a ver a Marta Gayà, pero estaba todavía en la fase discreta, no se exhibían juntos. Yo me posicioné en contra de airear que el rey engaña a su mujer no por entusiasmo monárquico sino por principios. La prensa seria tenía que ponerse del lado de la cultura de la privacidad", explica Franco. "Lo que nunca hice fue censurar una información, en 'El Periódico' publicamos artículos sobre las visitas del rey a Barcelona a ver a sus amigos y amigas de los yates en los que se podía leer entre líneas. Pero información sobre Gayà no buscábamos. No existía un ánimo censor, pero tampoco investigador, y sigo creyendo que en sus asuntos amatorios no había que tenerlo".

"Cosa distinta son las comisiones del rey y el resto de corruptelas que hemos ido conociendo en los últimos años", matiza el exdirector de 'El Periódico'. "Entonces no había ningún indicio sobre esto. A mí jamás me llegó nada, solo habladurías y suposiciones de que 'tan pobres no son y algún dinero fuera tienen que tener'. Yo lo comparo un poco al caso de Jordi Pujol. Además en aquellos años todavía pesaba el miedo a que un presidente de república fuera peor que el rey, que entonces nos parecía un tío correcto. Se hablaba de que José María Aznar podría ser presidente de la república. Eso se decía y se escribía. Sin eso no hay comprensión del papel de la prensa en esa etapa, la del rey discreto. Luego llega el rey descarado y la película es distinta".

Juan Carlos I a bordo de su yate Fortuna, en una foto de archivo. (EFE)
Juan Carlos I a bordo de su yate Fortuna, en una foto de archivo. (EFE)

En efecto, hasta entrado el siglo XXI, los únicos trapos sucios públicos del monarca son sus líos de faldas. De su cercanía con sus primos los jeques árabes se habla con admiración. Los años 90 son los de la internacionalización de la empresa española, y ahí Juan Carlos I lleva a los grandes empresarios de la mano. En esas vueltas por el mundo teje alianzas y grandes amistades con el tuétano del poder empresarial español. Se revela como un embajador fabuloso. De esos viajes emergen sus negocios opacos, de los que apenas ha trascendido la punta del iceberg.

Si la prensa hubiera hecho su papel, el rey Juan Carlos no se habría confiado y no habría llegado a esos extremos

"Los 'lobbies' empresariales también apuntalan la figura de Juan Carlos I porque juega en su favor. El 'lobby' del Ibex siempre se desvive por echar una mano al rey", sostiene García Abad. Al funeral de don Juan de Borbón, conde de Barcelona, acude toda la nomenklatura financiera de España. "Si la prensa hubiera hecho su papel, el rey Juan Carlos no se habría confiado y no habría llegado a esos extremos", lamenta García Abad.

Protegido por el "cordón sanitario"

Año 1993. La prensa ha perdido la inocencia e investiga más o menos sin tapujos a los poderes del estado. Pero el rey sigue siendo tabú. Emerge el escándalo de los 500 millones de dólares que el gobierno de Kuwait, liberado del yugo de Sadam Husein, asegura haber entregado al empresario Javier de la Rosa, representante en España de la Oficina de Inversión Kuwaití, y que no aparecen por ningún lado. Es el llamado caso KIO. El fondo de inversión kuwaití acusa a De la Rosa de haberse apropiado de 100 millones. De la Rosa se defiende: él no es un ladrón, entregó esa cantidad a Manuel Prado y Colón de Carvajal, administrador privado del rey, con el fin de apoyar la causa de la monarquía kuwaití en el exilio tras la invasión del emirato por Sadam Husein.

"Al principio Prado lo niega, luego ya se rinde a la evidencia y explica que los 100 millones se destinaron a labores de asesoramiento, para estudios y proyectos", detalla con sorna García Abad, que siguió muy de cerca el juicio a Prado y De la Rosa. "Ambos fueron condenados, pero el juez no pudo investigar si el dinero había llegado a don Juan Carlos pues el rey, según la Constitución, es irresponsable. La prensa pasó de puntillas sobre el papel del rey en ese desfalco multimillonario". Para García Abad, el caso KIO es solo el episodio más grotesco de una práctica rutinaria desde que el rey alcanzó la jefatura del Estado: pasar la gorrilla entre aristócratas y empresarios, con más o menos decoro según el caso.

El rey Juan Carlos I en un encuentro empresarial en República Dominicana. (EFE)
El rey Juan Carlos I en un encuentro empresarial en República Dominicana. (EFE)

Juan Luis Cebrián, director-fundador de 'El País', diario que dirigió entre 1976 y 1988, y consejero delegado y presidente del Grupo Prisa desde esa fecha hasta 2018, es el editor de prensa más influyente y poderoso que ha existido en la España democrática. Así define Cebrián la relación entre la prensa y Juan Carlos I en el documental sonoro 'XRey': "Hubo una especie de cordón sanitario no establecido directamente por nadie, ni siquiera por el Gobierno. Los ciudadanos en general, y sobre todo los que habían estado en la oposición [a Franco] y la izquierda se sentían protegidos por el rey, más que ellos estar protegiendo al rey. Eran momentos de consenso, de buscar la reconciliación después de la guerra civil, y como este había dado todos los poderes y traído la democracia la gente dijo 'mejor no discutamos en torno a esto'".

El rey, revela Cebrián, le pidió al ex consejero delegado de Prisa que gestionara una entrevista con 'The New York Times' para tratar de explicarse tras el escándalo del viaje a Botswana en abril de 2012. El lavado de cara salió mal y el diario estadounidense trazó un perfil muy ácido de nuestro jefe de Estado. Entre otros aspectos, el diario se preguntó por los negocios secretos del monarca y calculó la fortuna de la familia real en 2.300 millones de euros.

"Juan Carlos I es un chaval que llega con 10 años a España sin ser hijo de rey, y viene a ser educado por Franco. De pequeño pasó calamidades, estaba tan pelado de dinero que no podía ni salir los fines de semana del internado si no le invitaban sus compañeros", subraya Rosa María Artal, que ha desempeñado casi toda su carrera en los informativos de TVE y en el programa Informe Semanal. "Que alguien que no tenía un duro haga tan enorme fortuna como jefe de Estado indicaba que algo raro pasaba. Esto lo sospechábamos todos. Pero nadie hacia nada".

La enorme fortuna de Juan Carlos I indicaba que algo raro pasaba, "pero nadie hizo nada", señala Rosa María Artal

Algo tuvo que ver en este fracaso colectivo Sabino Fernández Campo, el secretario personal más célebre y eficaz que jamás tuvo el monarca. Fue su guardían entre 1977 y 1993. En la biografía autorizada de Sabino escrita por Manuel Soriano, titulada ‘La sombra del rey’, se relata lo siguiente: “Sabino dedicaba mucho tiempo a conseguir que los medios 'trataran bien' a la familia real o fueran discretos con sus asuntos más delicados. (…) Existía un pacto táctico entre Sabino y la prensa según el cual todos los temas importantes que afectaran al Rey y a su familia se consultaban con él antes de publicarse. En muchas ocasiones, naturalmente, no salían a la luz. Cuando se trataba de persuadir al periodista de que desistiera de sus propósitos, el argumento más habitual era: 'Este tema no conviene’".

Sabino empleaba guante de seda con mano de hierro. Un virtuoso de su oficio. “Siempre utilizaba unas formas impecables, exentas de la más mínima brizna autoritaria. Desplegaba toda su inteligencia y simpatía para convencer al periodista de que quien tomaba la decisión era él mismo”, relata Soriano. “le convencía de que realizaba un valioso servicio al país con su decisión de no publicar un determinado tema. (…) Tuvo la capacidad de conseguir que los periodistas le fueran muy leales. Hipnotizaba dando la impresión de que hacía grandes revelaciones, pero administraba con reserva lo que sabía, que era casi todo, sin mentir al periodista”.

Foto: Letizia, Felipe y la muerte del juancarlismo: ¿la hora del exilio?

"La prensa cayó en lo que Harold Laski definió como el 'abrazo aristocrático'. Laski acuñó ese término para los sindicalistas británicos a principios de siglo XX para explicar que el poder ya no te castiga, te invita a cenar. Ese abrazo es más peligroso para la independencia de un sindicalista que un castigo, y se puede aplicar a nuestra prensa", apunta García Abad. "De hecho, Juan Carlos I derrochó seducción con la prensa, no solo con los empresarios de medios sino con los periodistas, tenía una habilidad extraordinaria para ganárselos. A mí mismo, cuando publiqué el libro 'Las soledades del rey', me dijo en un pasillo durante la fiesta nacional 'hombre, Pepe, cómo me haces esto, yo estoy aquí para aguantar pero la reina está desolada'. Que el rey te llame Pepe sin conocerte de nada te desarma. Esto explica pero no justifica la actitud de los periodistas, son detalles que ayudan a entender lo que ha pasado. Entre todos metimos la monarquía en un invernadero no vaya a ser que tengamos un susto, porque este no era un país monárquico y nos hicimos todos juancarlistas".

Rosa María Artal lo ve de modo parecido. "Había un halo de protección a lo que llamaban 'lo institucional'. La monarquía era institucional, Juan Carlos I era institucional. Desde el 23-F se alcanza un consenso no escrito de que es mejor no hablar de los Borbones, y eso se junta al predicamento tremendo, también en el extranjero, que tenía el rey. Eran tan altos, tan rubios, tan guapos... Hasta la reina Isabel II de Inglaterra manifestaba su envidia por esa familia real tan moderna y brillante".

Artal, que hoy destaca por un perfil público de izquierdas, ha elaborado dos reportajes extensos y amables sobre la vida y obra de Juan Carlos I para 'Informe Semanal'. "De sus asuntos económicos no se decía casi nada. Lo único sus líos amorosos, aunque no hasta el punto de que tuviera tantas amantes y les hiciera tantos regalos como sabemos ahora. Tengo un espina clavada por los dos reportajes que hice. Siempre intenté ir un poco más allá, que por lo menos no fuera una cosa merengosa de elogio al personaje. Pero también sabía, yo y todos mis compañeros, hasta dónde se podía llegar. No hacía falta que nadie nos censurara. La sensación siempre era que con Juan Carlos nos jugábamos la democracia. Tampoco los grandes intelectuales de la época daban pie. Entrevisté a Paul Preston, a Gregorio Peces-Barba, a Santiago Carrillo. Ninguno dijo nada salvo Carrillo, que hizo una broma sobre lo mucho que le gustan las mujeres al rey. Existía un consenso para callar en todos los estamentos, no solo en el periodístico. El fracaso pues es masivo de toda la sociedad española, cada uno en su responsabilidad. Da una sensación desoladora, de fracaso de todo un país, que espero se resuelva".

Existía un consenso para callar en todos los estamentos. El fracaso es masivo de toda la sociedad española

En los 90 la figura del rey desaparece y es a partir de 1995 cuando la familia crece y los Borbones se descosen. "La infanta Elena se casa en Sevilla con Jaime de Marichalar, y cuando entran los políticos en la familia empiezan las fisuras, a salir información de carácter negativo, entrevistas, surgen los primeros digitales en internet a partir de 1998", subraya Zarzalejos. "Y ya cuando la caída es total es a partir de los dos primeros años del siglo, con todo el asunto de Eva Sannum, aunque sin traspasar la barrera de la prensa del corazón a la prensa seria".

El rey rompe con su hijo en 2003, cuando Felipe se niega a acudir al desfile del 12 de octubre como protesta por la negativa de su padre a aceptar a Letizia Ortiz como su esposa. Ahí el rey comprende que está perdiendo parte de su aura. Termina por ceder y el entonces príncipe y Letizia Ortiz se casan en mayo de 2004. "En esos años ya se ha olvidado la década prodigiosa de los 80, ha caído la venda de consideración de la primera parte de los 90, y ya está más desregulada la mirada sobre el rey. Yo es cuando empiezo a conocerle. Entre 1999 y 2008 tengo contacto directo porque el rey llama a los directores de los periódicos para conversar. 'Vente esta tarde que tenemos que hablar'. Hablábamos de asuntos muy de fondo que le preocupaban. Él tenía una relación con los medios muy cercana. A la boda de Felipe VI acudimos cuatro directores: Jesús Ceberio ('El País'), José Antich ('La Vanguardia'), Pedro J. Ramírez ('El Mundo') y yo por el 'ABC'".

El hundimiento: "Corinna es su perdición"

El peor momento de Juan Carlos I comienza a partir de 2008, cuando conoce a la empresaria alemana Corinna Larsen. Lo relata Zarzalejos: "Corinna es la perdición del rey, porque además le exige un ritmo de vida para el que el rey no tiene fortuna. Y es cuando en 2008 recibe la donación de Arabia Saudí y cuando empieza a tirar de efectivo. Estos años culminan en abril de 2012, con aquel susto terrorífico en Botswana en el que se rompe la cadera y todo esto se destapa. Entre tanto, se produce el afer de Iñaki Urdangarin [año 2010] y el enfrentamiento con su hija Cristina, que le dice 'cómo me pides que renuncie a mis derechos dinásticos si tú eres un bala perdida, si mi marido ha venido y ha visto que esto es un cachondeo y solo hace lo que haces tú'. Y tiene que ser su hermano, el rey Felipe, quien finalmente le revoque el título de duquesa de Palma".

El episodio de Botswana estalla como una bomba fétida en la cara de la sociedad española. Es el principio del fin del rey emérito. Internet ya ha cambiado el ecosistema de medios y no basta con tener de aliados a un puñado de periódicos de papel. En unos años, Juan Carlos pasa de hombre intachable a presunto comisionista debido a su participación, primero como rumor y luego como investigación de la fiscalía, en la licitación del proyecto ferroviario entre Medina y La Meca, el llamado 'AVE del desierto'. Arabia se lo adjudica un consorcio participado por OHL, la constructora propiedad de su gran amigo Juan Miguel Villar Mir, a quien le concedió un marquesado. La información va llegando a los periódicos a cuentagotas, y esta vez sí sale a la luz pública. España archiva su primera investigación, pero cuando entra en escena una investigación del fiscal suizo la reabre. El dique ha saltado: no hay forma de evitar que la información llegue a la sociedad con toda la fanfarria. Ya no son audios grabados por Villarejo ni acusaciones veladas: hay documentación oficial. El Confidencial, por ejemplo, desvela la firma del rey en el acta de la fundación panameña que recibe 65 millones de euros de Arabia Saudí y los movimientos de la cuenta suiza con la que vivía a cuerpo de rey.

La publicación de los negocios secretos del rey emérito se está produciendo en la actualidad, ya entrando en la segunda década del siglo XXI y con el personaje fuera de circulación pública. Siempre quedará la duda de qué habría ocurrido si este escándalo de corrupción y evasión fiscal se hubiera conocido durante su reinado.

Corinna Larsen ha sido amante de Juan Carlos I y cómplice en sus negocios opacos. (EFE)
Corinna Larsen ha sido amante de Juan Carlos I y cómplice en sus negocios opacos. (EFE)

A José Antonio Zarzalejos le llegaron frecuentes rumores en su etapa como director de 'ABC', el periódico más cercano a la monarquía. Pero nunca nada consistente. "No solo del rey, sino de muchísimas personalidades de muy distintos ámbitos y muy relevantes, que no se publicaron porque nunca tuve pruebas evidentes. A mí no me llegaron nunca rumores mínimamente serios sobre trapacerías económicas de Juan Carlos I, siempre rumores que tenían que ver con su vida privada y las distintas señoras con que se movía. A toro pasado es muy fácil hablar, pero sí creo que con el rey hemos tenido una actitud de brazos caídos y que se le ha permitido todo. El primer responsable es el Congreso de los Diputados. Te pongo un caso. ¿Cuándo se aprobó la ley de transparencia en España? Hace muy poco. ¿Cuándo nombraron los gobiernos a auditores e interventores del Estado para controlar las cuentas de la Casa del Rey? Hace dos días. ¿Por qué ningún grupo parlamentario, empezando por el socialista, hizo una proposición de ley orgánica para regular los artículos de la Constitución que hacen referencia a la monarquía?".

"La sensación que me queda es muy mala para la gente de mi generación. Me siento avergonzado del rey y de nosotros", confiesa Gabilondo

"La sensación que me queda es muy mala para la gente de mi generación. Me siento avergonzado del rey y de nosotros. Ha degradado el proceso que él vivió, y todos con él. No puedo entender como alguien ha malogrado así el patrimonio moral de la sociedad, es un despilfarro absoluto", se lamenta Iñaki Gabilondo. "Entre los grandes manchones del periodismo de este país está el trato hacia Juan Carlos I. En la Transición, el periodismo hace grandes aportaciones, y luego hay otros momentos que constituyen pecados mortales. Este es uno gordo, que nos envilece y nos avergüenza a todos. Me siento en lo personal afectado, los periodistas hemos terminado manchados claramente porque se ha descubierto que no debió ser así. Pero insisto en que la política no marcó una línea de acción con el rey. Era un rey sin corte, lo señalábamos como virtud y lo era. Lo malo es que se creó un 'entourage' de amistades más peligroso que la peor corte".

"Estoy indignado", estalla en la misma línea Zarzalejos. "El rey ha traicionado toda la generosidad, todo el margen que se le dio para que fuese discrecional y utilizase sin ningún tipo de tutelas su vida personal. Ha sido una traición a esa buena fe, al agradecimiento en general de la sociedad española. Es imperdonable la esquizofrenia moral en que se movió durante los últimos años en que nos pedía sacrificios y austeridad y decía que la justicia ha de ser igual para todos mientras transfería millones y manejaba en efectivo cientos de miles de euros a espaldas del fisco".

Todos los periodistas consultados coinciden sin fisuras en que sería intolerable que se repitiera el servilismo con Felipe VI. Por el momento no se le conoce al actual monarca ningún asunto turbio. Tampoco se le conocía a Juan Carlos I en el año 1980. Periodistas y expertos sostienen que la personalidad del padre y del hijo son totalmente opuestas, y también sus escalas de valores. Solo el tiempo dirá si los periodistas, así como los políticos y el conjunto de la sociedad, tropiezan dos veces con la misma piedra.

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