Un testigo de excepción

El diario del sacerdote que susurraba al oído de los moribundos por covid

Ignacio Carbajosa, experto en el Antiguo Testamento, ejerció de capellán de hospital durante la pandemia. De la confesión a la extremaunción, un católico en el matadero del covid

Foto: Ignacio Carbajosa, en el hospital.
Ignacio Carbajosa, en el hospital.
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El sacerdote Ignacio Carbajosa (Cartagena, 1967) confiesa "con un tanto de vergüenza" que el estado de alarma no le "desagradó" al principio, pues pudo encerrarse a investigar: es experto en el Antiguo Testamento y profesor universitario. Pero el bucólico encierro entre incunables se acabó convirtiendo en un viaje al fin de la noche del coronavirus...

Tras presentarse voluntario, Carbajosa pasó cinco semanas de capellán en el hospital madrileño San Francisco de Asís. Arrancó en una jornada negra, el 22 de abril, con 950 muertos en toda España y las UCI a reventar. ¿Su misión? Ofrecer alivio espiritual a los moribundos. Comunión, confesión, unción y extramaunción.

¿Y para los enfermos no practicantes? Compañía si la requerían... y hasta conversaciones sobre las tensiones razón/fe al filo de la muerte. "El sacerdote va donde le llaman, pero sucedían estas cosas, bien porque un paciente estaba angustiado y buscaba compañía, bien porque entrabas en la habitación 'equivocada'. Surgieron diálogos espontáneos con personas no creyentes. También tiene que ver con cierta predisposición biográfica por mi parte: vengo de una familia católica, pero a los 16 años tuve una crisis fuerte de fe, la hipotésis Dios no me parecía razonable entonces; en ese sentido, soy un hijo de mi tiempo: tuve dudas. Este tipo de diálogo, por tanto, no me es ajeno", explica Carbajosa vía telefónica.

La razón, ante el sufrimiento, se bloquea

Todo ello en unas circunstancias de soledad excepcionales: miles de personas agonizaron, murieron y fueron enterradas alejadas de sus familiares. Ese momento decisivo en el que hay que estar... y no ha podido estar nadie. "Fue una medida para no extender la epidemia, pero quizá deberíamos hacer un esfuerzo material para que al menos un familiar pueda estar presente. Entiendo que es una decisión muy complicada de tomar, pero la falta de familiares ha marcado este proceso. Hubiera sido todo diferente. ¿Quién soy yo para contarle a una viuda que no conozco de nada cómo pasó su marido sus últimos días? Es un consuelo, sí, pero ¿quién soy yo?", pregunta el sacerdote.

"El Domingo de Resurrección es una día estupendo para cualquier cristiano, pero para mí fue durísimo en el hospital, porque sufrían como si fuera Viernes Santo. La fe que quería llevar a los que sufrían no era un consuelo, ni unas palabras de ánimo, del tipo 'mañana estarás en casa', porque seguramente se iba a morir al día siguiente. Yo he tenido que reflexionar mucho sobre el sufrimiento, como profesor del Antiguo Testamento, y estos días he aprendido que la razón, ante el sufrimiento, se bloquea", añade Carbajosa.

“Me inquietaba la perspectiva de que el drama que se empezaba a vivir en hospitales, residencias de ancianos y casas no estuviera acompañado de significado... Si la fe no sirve para estos momentos, ¿para qué sirve?", escribe Carbajosa en 'Testigo de excepción', su diario como capellán hospitalario, publicado por Ediciones Encuentro.

He aquí una versión editada con extractos de diferentes capítulos de 'Testigo de excepción'. Diario en primera persona de un sacerdote en el matadero del covid:

En primera persona

He dormido mal. Hoy es el primer día de hospital y no sé qué es lo que me voy a encontrar... Estamos en la tercera semana de confinamiento y hace tres días se decretó la "hibernación de la economía". Madrid es un desierto... Salgo a la calle bien pertrechado con mi salvoconducto… A los quinientos metros: un control de policía. Saco mi salvoconducto mientras digo: "capellán de hospital’.

Lo primero es quitarnos la ropa y ponernos una bata verde ligera y desechable. Y por encima otra bata impermeable azul, también desechable: será nuestra barrera ante los pacientes infectados... Llevamos dos mascarillas. Nos insisten en que la primera hace las veces de nuestra piel y no debemos quitárnosla nunca... ¿Cómo nos reconocerán los enfermos? En circunstancias normales, el capellán del hospital es reconocido por su alzacuellos… La pantalla que nos cubre la cara tiene una banda opaca por encima de los ojos. En ella, lucirá un rótulo con la palabra "sacerdote". Vestidos de esta guisa… cruzaremos el umbral que nos separa de ese mundo desconocido para nosotros, para la prensa y la televisión… y para los familiares. Pero antes de entrar en el ‘más allá’... recogemos el sacramento de la Eucaristía y el de la unción de enfermos... Todo aquello que entre en contacto con los pacientes debe ser desechado. Improvisamos pequeñas bolsas hechas con papel de aluminio para meter, en unidades independientes, algodones con el óleo de la unción.

La hermana Josefa ha servido durante años en este hospital como enfermera. Ahora es una especie de madre… y de sargento, si se me permite. Una autoridad querida y respetada por todos. Pertenece a los misterios de la ciencia el hecho de que nos se haya contagiado. Parece evidente que hasta el virus la teme y la respeta. Trabajadora incansable y mujer de ánimo recio, es ella quien da la cara tras los fallecimientos: cuerpo del difunto, relación con la familia, gestiones con la funeraria… y hasta con la UME (Unidad Militar de Emergencia), que ha tenido que retirar algún cuerpo en estas semanas.

Un hombre mayor me pide confesión. Le cuesta respirar. Impresiona verlo sentado, en pañales, con el torso desnudo. Me doy cuenta de que busca una confesión general de su vida pasada. Es curioso que en un gesto como el de confesar el mal de la propia vida sale a la luz toda la dignidad humana: el dolor por aquello que no quise hacer, el deseo de bien no concretado, al amor a los míos que no llegó hasta el extremo, la voluntad de amar a Dios y la conciencia de haberlo evitado. De golpe se presenta ante mis narices el misterio del ser humano: la dignidad máxima de un hombre que pone delante su vida… en pañales.

La queja de Mariano me hace pensar en la desesperación del hombre autónomo, racionalista. Se acabó el horizonte… queda la desesperación

Entro a ver a Custodia. Me encuentro con un hombre. O me he equivocado o Mariano es un nuevo ingreso no registrado en mi listado. Me coge la mano. ‘"Ay dios, ay dios!". Le digo que soy sacerdote. Le pregunto si quiere rezar. Me planta un "no" seco. Y vuelve a la carga: "Ay, dios, ay dios!". Lo que hace la ortografía con solo poner o quitar una ‘h’... Si supiera que efectivamente hay dios, que hay un Dios a quien gritar… La queja de Mariano me hace pensar en la desesperación del hombre autónomo, autosuficiente, racionalista. Se acabó el horizonte… Solo queda la desesperación. Pero no hay nada más evidente que el hecho de que somos criaturas, dependientes. Me coge la mano de nuevo. Criatura necesitada de compañía. El Titanic se hunde y la orquesta sigue tocando.

Una mujer se queja de que le han atado las muñecas a los laterales de la cama. Es una imagen habitual: muchos enfermos, tal vez agitados, inconscientes o con demencia, se mueven y pierden la via endovenosa. Me dirijo a ella y le señalo el crucifijo. Enfrente de cada enfermo, colgado de la pared, está el crucifijo de Asís. Es fácil señalárselo a cada uno de ellos. “Mira a este; también tiene las manos atados. Mejor dicho, clavadas”.

Hoy es Viernes Santo. He ido al hospital con la conciencia de que iba a hacer el viacrucis más singular de mi vida sacerdotal. Se juntaban todos los ingredientes: el sacrificio de cuatro horas en pie soportando el calor, la incomodidad del traje EPI, y sobre todo, los Cristos que me salen al encuentro en cada estación o habitación. Entro a ver a Javier. Está enfadado. Le señalo el crucifijo: otro como él sufre. "Ni san dios sufre como yo. Al carajo". Autónomos hasta el final. ¡Cuánta educación de la razón se echa de menos ahora, cuando se insinúa la nada!

Los enfermos que están conscientes y mínimamente lúcidos tienen la compañía del móvil. Esta es otra de las novedades de la pandemia. El móvil, especialmente útil gracias a las videollamadas, se ha convertido en la nueva sala de visitas. "¿Qué compañía les harán los familiares?", me pregunto. Piso terreno sagrado. ¿Irán más allá del aliento? No es poco, ciertamente, aunque en ocasiones muestra su límite. Hay casos en los que ya no se puede decir: "Ánimo, papá, que en unos días estarás de vuelta". No es verdad. No volverá a casa. Es más, no volverás a verlo en vida. ¿Cómo puede un hijo hablar con su padre con ese horizonte en los ojos? ¿Cómo puede un padre ver a su mujer o a sus hijos a través de una pantalla intuyendo que no los volverá a ver?

¿Cómo puede un padre ver a su mujer o a sus hijos a través de una pantalla intuyendo que no los volverá a ver?

Entro a saludar a Eusebio. Está dormido. Boca abierta. Sin dientes. Muy mayor. En su mesa unas pequeñas notas con letra de niño. Algún alma caritativa… se las habrá hecho llegar. "Serán sus nietos", me digo, "que escriben al abuelo". Necesitamos alguien que nos mire y nos diga quiénes somos. Especialmente en la soledad, cuando no parecemos valer nada.

Terminamos el recorrido en la UCI. Está en su capacidad máxima… Nos han pedido la unción para dos enfermos intubados y sedados… Yo me encargo de Patricia. Será mi primer contacto con esta paciente que, semanas después, pasará a planta. Está sedada. ¿Totalmente inconsciente? Es difícil de afirmar. Con el tiempo he aprendido que el oído es el último sentido que se pierde. Último resquicio de apertura al mundo exterior que tienen la conciencia. Al oído de Patricia recito la fórmula del sacramento para luego ungir su frente con el óleo santo. "¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder".

Portada.
Portada.

Jorge es nuevo. Me recibe señalando el crucifijo y diciendo "resurrexit sicut dixit". ‘Mucho latín sabe’, le digo. "Es que fui monaguillo en Soria". Rezamos. Le digo que todo termina en la resurrección. Se le escapa un "¡ojalá!". El "amén" es propio del creyente. El "ojalá" es la sorpresa esperanzada del que escucha una noticia inaudita que le afecta (como quien viene a saber hay una vacuna para su enfermedad). Aún hay otras fórmulas. Otra paciente me dice: "¡A ver si es verdad, Padre!".

Termino en la UCI con una unción. Rolando. Alguien me ha dicho que es italiano. Es todo cables. Le han hecho una traqueotomía. Respira por la máquina. Joven. Más joven que yo. Le hablo al oído. Mitad en italiano, mitad en castellano. No tengo claro que sea italiano. De hecho, unos días más tarde descubro que es cubano. Recito las palabras de la unción de los enfermos. De repente, intercepto una mueca con los labios. Rolando está ahí. A continuación, veo una lágrima que se hincha poco a poco en el lacrimal y empieza a deslizarles hasta los labios. Efectivamente, Rolando está ahí. Queda en paz después de la unción. Una vez más el misterio del ser humano: en medio de la debilidad más absoluta, sale a la luz, expresado en una lágrima, el deseo de eternidad que nos constituye.

Entro en la habitación de Justa. Ayer murió su marido en la planta de abajo. ¿Lo sabrá? "¿Qué pasó ayer, Justa?". "Que murió mi marido". La verdad es que yo no lo veía tan mal. Le ha sucedido como a otros pacientes: en pocas horas se precipitan en cuadro de fallo multiorgánico. Le hablo de mis conversaciones con él. "Tenía mucha fe, más que yo", me dice Justa. Comulga y a la vez muestra sus dudas y su miedo pensando en su marido "en el hoyo" (y eso que jamás lo verá en el hoyo, ni en el ataúd, ni siquiera muerto en la cama).

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